Angélica Morales

Septiembre 29, 2008

Las barbas de mi madre (4)

Archivado en: Barbas de mi madre, relatos — angelicamorales @ 7:06 pm

Las barbas de mi madre 4, obra de Ubé

Habíamos ido caminando durante la conversación. De vez en cuando Claudia se detenía y respiraba con satisfacción el aire puro de la barbilla peluda de su madre, un aire que, afortunadamente, estaba exento de contaminación. El contacto con este medio natural que limitaba sin fronteras con la realidad conocida y el conocimiento ficticio sumía a mi hermana en un estado de gran agitación. Sus sorprendentes reacciones llegaron a poner mi paciencia al límite, pues tan pronto se detenía y se echaba una siestecita que podía durar dos horas como echaba a correr mentón abajo atravesando rauda los bosques de pelo a los que, en su trayecto demoníaco, llegó incluso a bautizar.

—Tú te llamarás pelo royo —decía pasando a la velocidad de la luz—. ¡Y tú pelo negro! —le gritaba a otro sin detenerse—. Y tú… —su excesiva velocidad la hizo chocar contra un pelo pino. Del golpe cayó al suelo—. Tú te llamarás pelo tonto —dijo tocándose el chichón que comenzaba a aflorar en su cogote—. Deberías talar algunos pelos, son un peligro para los turistas.

—Me opongo rotundamente a hacer talas innecesarias. Las barbas de mamá son patrimonio de la humanidad.

Mi hermana Claudia me miró como si estuviera en presencia de una demente. Ya había perdido todo interés en la visita y de vez en cuando lanzaba miradas furtivas hacia abajo, contemplando desde la altura barbuda el mundo real. Llegando a mi campamento, Claudia, como consecuencia de un brinco soberbio, se torció un tobillo. No me fue difícil darle los primeros auxilios. Cuando era una adolescente, antes de instalarme en las barbas maternas, las monjas de mi colegio me enseñaron a socorrer a mi prójimo. En primer lugar debía cerciorarme de que, en efecto, era un ser de mi misma especie, de un color idéntico y con unos padres que tuvieran una renta per cápita similar a la de los míos, además de poseer bienes inmuebles, asistir a misa cada domingo, donar limosnas sustanciosas a la parroquia, acompañar a los pasos en la procesión junto al obispo y las autoridades corruptas y manejar discretamente grandes cantidades de dinero negro que no irían destinadas jamás a fines benéficos, patrocinados por desalmados comunistas. Por ello las probabilidades de toparme con seres afines a mí y convertirnos juntos en prójimos de ayer y de siempre fueron casi nulas. Es cierto que en alguna ocasión me di de bruces con gente que parecía ostentar sobre sus cabezas coronas invisibles, que caminaban con parsimonia sosteniendo sobre sus hombros huesudos el peso de todos los pueblos subyugados, que aferraban con sus manos cetros de baratija. Pero ninguno de aquellos seres me reconoció como su semejante, ni me pusieron la otra mejilla cuando intenté asestarles en vano una bofetada. Ninguna de las monsergas católicas que musitaban las monjitas de mi colegio se llegaron a cumplir. Fue entonces cuando dejé de buscar semejantes, de hacer el prójimo y de asistir a misa los domingos y fiestas de guardar. Me reservé la doctrina y actué por instinto.

—¡Eres un animal —se quejó mi hermana mientras ponía en práctica los auxilios de supervivencia barbuda.

—Lo que ocurre es que eres una quejica, Claudia —contesté sin dejar de apretar la venda alrededor del tobillo inflamado—. Será mejor que tengas cuidado al bajar, creo que tienes un esguince.

—¡Qué sabrás tú, ermitaña! —replicó totalmente fuera de sí—. Si no hubiera subido para advertirte no me habría lisiado. Estoy pensando en no volver a visitarte nunca

Yo me encogí de hombros, apoyé la mochila en un matorral de pelos y me adentré en la tienda. Claudia no tardó en arrastrarse hasta mi refugio.

—¿Sabes qué, Josefina? —me dijo poniendo los brazos en jarra—. Estoy empezando a hartarme de ser el correo de la familia. Si no quieres irte, allá tú, no voy a insistir más. Tengo cosas más interesantes que hacer que discutir con una hermana iluminada que habita en las barbas de su madre. El mundo no necesita a gente como tú, las personas decentes no nos subimos a las barbas de nadie, mucho menos nos quedamos a vivir allí sin pagar un alquiler. La tierra de hoy en día no ha cambiado en nada respecto a la de ayer día, y seguirá siendo la misma tierra el día de mañana .Nos conformamos con conservar al estupidez a lo largo de los tiempos. Acuérdate hermanita que en los test que nos hacían las monjitas en el colegio yo di un cien por cien de estupidez y positivo en la prueba de conformismo. Tú, en cambio, no llegaste al mínimo; te salió un porcentaje altísimo de inconformismo y una inteligencia supina que te capacitaba para la rebeldía, el entendimiento, la comprensión y la solidaridad, conceptos todos ellos totalmente obsoletos y denostados en la sociedad mundial actual.

—Yo siempre fui la oveja negra —contesté con alegría.

—Te compadezco, Josefina. Posees unas cualidades terribles para la convivencia en el mundo real. A veces agradezco a Dios Nuestro Señor y a el Presidente de los Mundos Unidos que te hayas ocultado en la frondosidad de un mentón. Si recapacitas, ya sabes dónde encontrarme. No voy a decir que te estaré esperando porque en realidad prefiero que permanezcas aquí. Luisito y yo acabamos de comprometernos.

Y antes de que pudiera despegar los labios, mi hermana Claudia se deslizó por el pelo que comunicaba el mundo real con mi mundo barbudo. Esa noche Luisito se me apareció en sueños.

Septiembre 24, 2008

Las barbas de mi madre (3)

Archivado en: Barbas de mi madre, relatos — angelicamorales @ 7:26 pm

Las barbas de mi madre (3), obra de Ubé.

El idilio repentino de mi madre me cogió por sorpresa. Era cierto que últimamente se reía haciendo retumbar su mentón y que en alguna ocasión noté un elemento extraño pululando por la geografía velluda de mamá. Algo parecido a un dedo que tenía la mala costumbre de enrollar las barbas a su alrededor. En aquel momento no le di importancia. A mamá los curiosos suelen estirarle la barba y algunos incluso osan arrancarle furtivamente un ramillete de pelos. Pero ni en mil vidas imaginé que la soltería casi centenaria de mamá iba a peligrar tan pronto y mucho menos que el causante de ello fuera a ser un señor de Soria.

—¿Y adónde voy a ir? —pregunté mostrando mi enfado.

—Puedes trasladarte a las barbas de la abuela Virtudes. Ella estará encantada de tenerte. Me cansa escuchar a todas horas que la tenemos abandonada.

—¿Y por qué no te subes tú a sus barbas?

—Yo tengo vértigo —contestó con sequedad—. Además, soy una mujer con los pies sobre la tierra, no necesito hacer castillos en el aire ni acampar en las barbas de nadie. Soy independiente y trabajadora —se había ido enardeciendo a lo largo del discurso.

—Un momento… Yo también soy una mujer trabajadora. Me subí aquí para cambiar el mundo y de paso poder extirpar del mentón de mamá algunos pelos conservadores que habían comenzado a echar raíces en el flanco derecho y que amenazaban con extenderse por el resto del territorio. Las barbas son privilegio de todos, no las deben acaparar unos pocos. Estarás de acuerdo en que no podía consentir que unos mentecatos exaltados y vociferantes pusieran en peligro la democracia barbuda. Con lo que cuesta cultivar las libertades silvestres. ¿Ves esta alfombra velluda que se extiende bajo tus pies? ¿Acaso no es hermosa, no resplandece con los rayos del sol, no guarda un equilibrio sin igual, no tiene la suavidad del terciopelo y la transparencia de un mar en calma?

Claudia acarició la superficie peluda y admitió que estaba en lo cierto.

—Todo gracias a mí, hermanita, que paso día y noche limpiando las barbas de mamá, que lucho contra las inclemencias de sus nervios, que desenredo con cariño la furia de sus nudos, que trato de hacer de ellas unas barbas de provecho, unas barbas progresistas, tolerantes, lejos del falso patriotismo barbudo que reinó en décadas anteriores. Las barbas de mamá, debido a mi esfuerzo y dedicación, son unas barbas ejemplares, modernas donde las haya, barbas asequibles, renovadas, cómodas y de confianza. Unas barbas que me hacen sentir como en casa.

Claudia se conmovió, incluso llegó de derramar unas lágrimas; pero después de sonarse en un pañuelo color fucsia con sus iniciales bordadas, levantó el rostro ahora desnudo de emoción e insistió en su petición

—Debes dejar el mentón, hermanita. Tan sólo será por unas semanas.

—¿Unas semanas? —repetí horrorizada—. ¿Y qué voy a hacer unas semanas perdida por ahí?

—¿Por qué no intentas regresar a la normalidad?

Medité unos instantes la propuesta de Claudia. De ningún modo podía aceptarla, No cometería la locura de poner mis pies sobre una tierra poblada de idiotas.

—Imposible, yo no soy de este mundo.

—¿Te refieres al mundo real o al mundo barbudo?

—La única realidad de tu mundo es que es una auténtica mierda —afirmé con rotundidad.

—No empieces a subirte al ego hermanita. Tus teorías ombligoides me parecen completamente pasadas de moda. Se nota que estás en las nubes.

—No estoy en las nubes, si no en las barbas de nuestra madre.

—Es lo mismo que estar en ninguna parte —no había reproche en su palabras más bien aburrimiento.

—Te equivocas, Cayo Claudia, yo me encuentro divinamente en este paraíso virginal, sin colonizadores ni nativos alborotadores. No tengo que aguantar la ineptitud de los gobernantes puesto que no los hay, ni hacer procesiones a deidad alguna porque no somos barbas creyentes. Tanto las especies autóctonas como las foráneas convivimos pacíficamente, desconocemos el valor del dinero porque nos abastecemos de lo que nos ofrece nuestra madre.

—Claro, cuando tienes hambre bajas a la nevera y llenas el estómago y la cesta.

—No seas absurda. Lo ensucias todo con tus ideas capitalistas.

—No tengo un duro en la cartilla así que no soy capitalista ni porras en vinagre, pero no vuelvas a repetir que soy un callo. He aprendido a aceptarme tal como soy. Ya no existen los conceptos contrapuestos. Está mal visto deprimirse e ir al psicólogo, mucho menos hacer terapia con un gurú en algún monte perdido. La moral baja no aporta nada al espíritu altísimo. Ahora, para ser un buen ciudadano hay que medir más de dos metros; pero si no llegas a dar la talla no importa, nadie te juzga, estamos en una sociedad abandonada.

—Estáis en una sociedad asquerosa.

—Nada de eso, las calles están limpísimas, se lleva el blanco y los detergentes con lejía, pero si quieres ir de negro o vestir con colores estridentes nadie te va a llamar la atención. Estamos viviendo un momento histórico precisamente porque no hay nada interesante que pueda pasar a la historia.

—Lo suponía, he ido a nacer en el siglo de las sombras.

—Te equivocas de nuevo, en lo que más gasta el estado de estar bien, mal o regular es en el alumbrado público.

—¡Qué mundo más loco!

—Sí, pero es el único que tenemos.

Las Barbas de mi madre (tira), obra de Ubé.

Septiembre 18, 2008

Las barbas de mi madre (2)

Archivado en: Barbas de mi madre, relatos — angelicamorales @ 7:32 pm

Las barbas de mi madre 2, obra de Ubé.

Hacía quince años que me había instalado en las barbas de mi madre. En ocasiones mi hermana subía a hacerme un poco de compañía, pero acababa extraviándose o se caía pelos abajo porque tenía un pésimo sentido del equilibrio y mucho menos de la orientación.

—No sé dónde estoy, Josefina, hazme una señal —me pedía mi hermana Claudia desde el otro lado del mentón de mamá.

—¿Está muy poblado, poblado a secas o despoblado? —le preguntaba alzando la voz para hacerme una idea del lugar exacto en el que se encontraba.

—Pues no sabría decirte, hermanita. Depende de lo que se entienda por despoblado, muy poblado o poblado a secas. ¿No podrías hacer una pregunta más concreta?

Mi hermana Claudia tenía un concepto muy particular de las cosas, de las medidas, de los números y de cualquier cuestión estúpida en general.

Ignorando su petición, cogí mi mochila, me puse unas zapatillas de montaña y me dispuse a rescatarla de las cumbres peludas y borrascosas de mi madre. Me imaginaba que Claudia habría subido ligera de ropa. Ella ignoraba que en el mentón planicie de mamá soplaban todos los vientos al mismo tiempo, el del este, el del oeste el del norte y el del sur. En ese momento el que más fuerza cobraba era precisamente el sureño, e intuía por el dolor de mis huesos que posiblemente se acercaba una tormenta. Mamá siempre que estaba nerviosa desataba en su mentón fuertes tormentas que escupían desde un cielo amenazador y exclusivo rayos y centellas. Por ese motivo metí el paraguas en el interior de la mochila y me puse el chubasquero reflectante para que Claudia pudiera atisbarme a varios kilómetros ya fueran en redonda o en cuadrada.

—¡No te preocupes, hermana. Voy a buscarte, no te muevas! —grité poniéndome en marcha y luchando contra el gélido viento.

—Está bien, me echaré una siestecita hasta que vengas.

Después de luchar contra el temporal, de haber pasado por zonas pantanosas, de haberme empapado por aguaceros feroces, de atravesar espacios desérticos y de sudar al mismo tiempo que temblaba de frío, hallé a Claudia tumbada sobre el vello más fino de la meseta mentoniana de nuestra madre. Mi hermana con una sonrisa dibujada en su rostro infantil dormía placidamente. No quise asustarla, así que la zarandeé con suavidad.

—Claudia, claudia, despierta.

Claudia abrió los ojos despacio, estiró los brazos y bostezó ruidosamente.

—Menos mal, empezaba a pensar que me iba a quedar aquí eternamente, y hoy tengo cita con la esteticién para depilarme las pantorrillas.

—Deberías haberme avisado de que vendrías. Hubiera bajado a recogerte.

Claudia me miró.

—Tenía ganas de adentrarme solita en las barbas de mamá. Tú no tienes la exclusividad, Josefina. Yo también tengo derecho a subirme a sus barbas y a acampar en ellas si se me antoja.

Mi hermana tenía razón. Hacía tanto tiempo que habitaba las barbas de mi madre que creía que me pertenecían.

—Bueno, bueno. Yo estoy de visita, lo que ocurre es que me cuesta marcharme, eso es todo —me excusé reiniciando la marcha.

—Mamá me ha dicho que te diga que ha conocido a un señor de Soria y que se va a pasar con él unas vacaciones.

—¿Y qué tiene que ver un señor de Soria conmigo?

—¿No te lo imaginas? —me preguntó echando su lacia melena hacia atrás.

—Francamente no.

—Es muy sencillo, mamá quiere intimidad. Así que te aconsejo que abandones sus barbas por unos días y te instales en otro sitio.

Septiembre 17, 2008

Las barbas de mi madre (1)

Archivado en: Barbas de mi madre, relatos — angelicamorales @ 9:28 pm

“Las barbas de mi madre, 1″, obra de Ubé.

LAS BARBAS DE MI MADRE

El mundo me había exiliado a las barbas de mi madre. Hallé en ellas mi particular paraíso. Pronto me acostumbré a deslizarme por sus pelos, a saltar de un lugar a otro, a reposar tranquilamente sobre su mentón mientras contemplaba el azul del cielo. Mi madre me transportaba con cariño, escuchaba mis parlamentos largos y repetitivos, mis quejas constantes, soportando pacientemente ese genio tan diabólico que se me despertaba cuando algo no salía como yo esperaba.

—Hija mía, algún día tendrás que bajar de mis barbas y enfrentarte con la realidad.

Naturalmente yo hacía caso omiso a los consejos maternales y continuaba disfrutando del duro vello que se aferraba a su barbilla y que le otorgaba un aspecto tan pintoresco. Muchos eran los que al ver aparecer a mi madre con sus barbas colgando la contemplaban largo rato estupefactos, sin atreverse siquiera a pestañear. Sucedía a menudo, sobre todo en verano cuando dábamos largos paseos por la playa. Mamá era una mujer muy atractiva, le gustaba lucir su esbelta silueta y por eso prefería el bikini al bañador. Las mujeres cuchicheaban a nuestro paso, supongo que envidiando el cuerpazo de mamá, o tal vez sus barbas. Pese a sentirse objeto de tanta admiración, mamá nunca alardeó de sus barbas ni dio muestras de superioridad, ni concedió entrevistas ni se dejó analizar en un laboratorio científico. Mi madre vivió con total normalidad aún a sabiendas de que era un ser extraordinario. No estaba en la naturaleza de las mujeres con barba la malicia, ese cáncer que corroe las mentes que envidian todo aquello que no poseen.

—Las mujeres con barba somos una especie en extinción, como los dinosaurios —decía mi abuela Virtudes llevándose una mano a sus barbas nevadas—. Por eso hay que dar ejemplo al mundo. No dejes jamás que la gente se te suba a las barbas, hija mía.

—Entonces ¿qué debo hacer con ésta? —le preguntaba mamá señalándome.

—Es demasiado tarde Juliana, tu hija ya se te ha subido a las barbas. Tendrás que esperar a que baje por propia voluntad.

Yo asomaba mi cabeza y asistía en silencio a la prédica de mi abuela que aunque hablaba poco siempre tenía las palabras justas en la boca.

—Esa niña necesita disciplina. Mándamela a mis barbas de vez en cuando.

—Lo intentaré mamá, pero ya sabes que es muy rebelde.

Septiembre 10, 2008

Las piernas de Tomasa

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 6:22 pm

Above the clouds, obra de Ubé.

LAS PIERNAS DE TOMASA

Nadie había osado jamás levantar el rostro más allá de sus rodillas de cordillera, ni de buscar en la lejanía la mirada de unos ojos que todos imaginábamos oceánicos. Nos conformábamos con habitar bajo sus piernas de pilastra, tan poderosas que a menudo nos abrazaba un miedo bíblico al pensar qué ocurriría si aquellos titanes que sostenían nuestro mundo se venían abajo sin previo aviso, sin gritar: ¡ahí va mi tibia, señores! o ¡cuidado no le vaya a partir la crisma con el peroné de mis amores! Tomasa era muy suya, por eso la amábamos con desmedida necedad. Hacía tres años que me había instalado en su gemelo izquierdo y desde entonces gozaba de una vida plácida y sin sentido. A menudo solía encontrarme con otros de mi especie a la altura de sus talones esteparios y conversábamos largo rato acerca de estupideces, pomposos discursos que nos dejaban llenos de nada, abismos a los que de tiempo en tiempo era conveniente asomarse.

—Y dígame señor ¿permanecerá algunos días más en nuestra compañía? —solía preguntarme cada anochecer un caballero con aspecto de merluza a la romana.

Yo me limitaba a encogerme de hombros, y a dejar que mi desventura vagara por las baldosas del suelo. Nada era tan importante como permanecer sumido en el misterio, ese estado que para algunos se tornaba gaseoso al amanecer y los hacía elevarse con impertinencia hacia una esperanza que siempre se vestía de golfa, de esas que escupen sentencias al hablar y menean unas caderas metálicas y chirriantes cuando caminan, como si arrastraran los grilletes de todas las cárceles conocidas.

—Pudiera ser —decía al fin chasqueando la lengua con chulería.

Una solterona de pelo soviético pasó a nuestro lado, casi rozándonos. Traía la frente empapada en un sudor perlado, de collar de novia. Sus ojos negros y achinados apuntaban directamente a la punta de unos zapatos cuya castidad estaba empezando a ponerse en duda, pues se adivinaba en ellos cierta desvergüenza. Sonrió la mujer con un arrobo pasado de moda y después se perdió en el muslo de Tomasa, dando pasitos cortos y estudiados, sin dejar de acunar suspiros en su pecho de matrona.

Un silencio sospechoso vino entonces a instalarse a nuestras espaldas. Más allá de mi cogote el bullicio despertó a la pereza, voces desgarradas que maldecían haciendo gala de una educación envidiable.

—Váyase a la mierda , señorita —decía uno.

—Faltaría más, capullo, pero usted primero.

—De ninguna manera, mademoiselle, las cabezas huecas siempre delante.

—Que le den morcilla malagueña, estimado señor.

Me giré hacia el caballero con aspecto de merluza a la romana y le pregunté sin más:

—¿Qué ocurriría si levantásemos nuestras narices de botón hacia el infinito?

La alegría danzó un instante sobre sus labios de reptil.

—Me temo que todo habría terminado. Nos daríamos de bruces con una realidad de color sepia.

De inmediato las piernas de Tomasa temblaron violentamente, como sacudidas por un enfado pasajero. Al poco toda su monumentalidad se vino abajo, dejándonos desamparados, a solas con nosotros mismos.

Cuando al fin me atreví a levantar el rostro, unos ojos chiquitos me enfocaron con obstinación. De súbito se habían secado todos los océanos imaginados.

—¿Qué mira usted, imbécil? —me espetó Tomasa.

Me eché a un lado confundido. Todavía me costaba mantener la cabeza erguida.

—Nada —balbucí.

En mi garganta, el alfabeto era tan sólo un reducto arqueológico.

—Los hay con una jeta —murmuró mi antiguo sostén.

Vi a la solterona caer sobre el asfalto, su cabello desprendía ahora fogonazos de resignación, casi serviles, como si estuviera obligada a rendir pleitesía a la mala fortuna. Todas las realidades se asentaron de golpe sobre nosotros cortándonos de cuajo el misterio, ese hilo invisible que nos suspendía a los sueños.

—Váyase a la mierda, señorita —le dije con donaire.

—Bésame los talones, vejestorio —contestó Tomasa olvidada de toda magnificencia.

Septiembre 7, 2008

La pastelería de Juliana (y 2)

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 9:18 am

Tainted Love, obra de Ubé.

En casa se quitó la chaqueta, sacó la carta y la depositó con cuidado en la caja de zapatos dónde se acumulaba la correspondencia de Juliana. Luego encendió la radio y escuchó las noticias. Esperó pacientemente en la butaca hasta que el cartero llamó a su puerta. Con una sonrisa de satisfacción, Francisco tomó la carta que Margarita, la chica de correos, le tendía. Buscó el remite y halló lo que ya sabía: la carta era de Juliana. El mismo la había enviado. Decía así:

“Estimado Francisco:

Hoy me ha llamado Paula para ir al cine, vuelven a poner Ben-Hur y ya sabes lo que me gustan las películas de romanos, con esas túnicas y esos postizos y los ejércitos, Francisco; en las películas de romanos lo que más me gustan son los soldados, con esas corazas tan brillantes y las faldillas de flecos y la cola de caballo roja ondulando cuando se lanzan al ataque. De haber nacido romana hubiera querido ser cristiana, pero cristiana de verdad, de las que rezaban al aire libre, de rodillas, mirando al cielo en busca de alguna señal. Y habría sido feliz si el ejército me hubiera capturado y los legionarios me rodearan y después me llevaran al circo y me metieran en unas mazmorras para padecer con los otros condenados. Seguramente algún gladiador me defendería cuando atada a un palo los leones quisieran hacerme picadillo. Parece que te veo, leyendo sentado en tu butaca, riéndote de mis pensamientos. Odio cuando te ríes de mí, Francisco. Hace meses que noto que ya no me miras como antes. Estás dejando de entenderme y no te lo reprocho, Creo que tú nunca has entendido nada, eres demasiado egoísta. Te encierras en tu mundo y no me dejas entrar. Y mira que yo hago todo lo que me pides. Paula me dice que eres raro, pero yo me encojo de hombros y le respondo que los hombres en general son raros. Ya me he acostumbrado y te echo de menos cuando te comportas con normalidad y me tomas sin mediar palabra. Subes mi falda y metes la cabeza entre mis piernas, te quedas largo rato mirando y me pregunto qué estará pasando por tu cabeza. Yo me dejo hacer como siempre e imagino que eres un general romano que de pronto ha visto la luz en mi pubis y rezo en silencio contigo para que te venga el conocimiento y dejes de parecer un fantasma. Sí, un fantasma, Francisco. Apareciste en mi vida de puntillas, sin hacer ruido y por las noches te transformas en otro y sientes placer con mi dolor y enciendes velas en la habitación que tiran un humo que me dejan la boca seca y me envuelves con la ropa de tu madre que me viene grande y que apesta a nicho y me atas las manos y me amordazas para que no te diga nada. Nunca has querido escucharme, hablas tú, pero hablas en un idioma extranjero y yo no logro comprenderte. Sin embargo ese sufrimiento me estremece, siento calor y sudo, sudo al sentirme sola, sudo al verte con tu media sonrisa, sudo cuando me abofeteas y después me escupes, con rabia. Y te imagino como a Judas y mis pechos se endurecen y mi coño se empapa y dejo de moverme y aguanto la respiración porque quiero morirme. Paula piensa que estamos locos, yo le digo que sí, que estoy loca por ti. Mañana me pondré el corsé negro que me regalaste y el liguero y aquel tanga tan pequeño que me deja libre los glúteos. Tú estarás fuera, pegado al escaparate como siempre, entonces me quitaré el vestido, me subiré al mostrador y gatearé entre las tartas, entre los pasteles y me untaré el corsé de nata y te miraré através del cristal y me quedaré quieta para que tú te muevas conmigo.

Paula acaba de llegar, te manda recuerdos. La semana que viene va a abrir una pescadería, en la calle Tenerías, la que está al lado de tu casa. Ha prometido enseñarme a limpiar el lenguado, dice que lo de estirar las tripas es un arte y que una se acalora con tanta refrigeración y tanto olor a muerte. La muerte de los peces huele a sal. Como las sábanas de tu cama.

Siempre tuya

Juliana.”

Apagó la radio y fumó mientras miraba por la ventana a la gente pasar. Cualquiera de ellos podría ser un familiar o un antiguo compañero de escuela, o un hermano mayor que pasea a su hijo con la bicicleta que él le habría regalado en Navidades. Se fijó en una anciana que caminaba despacio apoyada en su bastón y la saludó. Esa tendría que ser la abuela de Juliana, la del pueblo, aquella que se casó con un tratante belga. Por eso Juliana tiene la tez tan pálida, pensó, porque en Bélgica el sol se esconde entre nubes grises. La quiso más por ser belga, si hubiera sido de Cáceres no la querría tanto, sólo un poco. En Bélgica se debe querer más porque sus calles son como un corredor hacia las tinieblas. Francisco aplastó el pitillo en un cenicero, bajó las persianas y se sumió en la oscuridad. Tendido en la cama volvió a soñar a Juliana.

Se despertó al día siguiente. El lado de Juliana estaba revuelto. Olió su almohada, después rodó hasta el suelo; miró las bragas rojas que todavía llevaba puestas, metió la mano y tanteó su pene; entonces comenzó a tocarse con la imagen de Juliana vestida con una túnica blanca. Le excitó su visión pura y etérea y se sintió pecador, el mayor pecador del mundo y quiso que Juliana con su hábito y sus pies descalzos lo redimiera. Y en su delirio se arrodilló y lloró; lloró buscando mediante la masturbación a la mujer que adoraba las películas de romanos y con el sufrimiento de Juliana logró el placer y las braguitas rojas se empaparon de semen. Se limpió con las sábanas y buscó el rostro de la pastelera entre sus pliegues, como si pensara encontrar a la Verónica.

Dos horas más tarde, Francisco salía a la calle. Caminó despacio, con pasos cortos y seguros, pisando firme en el piso.

Había cola en la pastelería. Una señora salió con una bandeja y miró un momento a Francisco que permanecía inmóvil con la frente pegada al escaparate. Esa mañana no fue al bar de costumbre, permaneció allí contemplando los dulces, buscando una señal, igual que Juliana buscaba las suyas mirando al firmamento. Un hombre alto con gabardina y sombrero llegó a la pastelería. Juliana le sonrió. Tiró la cabeza hacia atrás y secó la humedad de sus pechos, primero uno, después el otro.

Pasó el tiempo, tanto que a Francisco se le olvidó su existencia. Juliana cerró la persiana de la pastelería, tomó el brazo del hombre y se dejó besar en la boca, esa boca que tanto temía Francisco, esa boca que le parecía un abismo. El hombre la estrechó entre sus brazos y Juliana gimió.

Se apartó del escaparate y encendió un cigarrillo.

Aquella noche no pudo dormir.

Transcurrió una semana antes de que Francisco se decidiera a abandonar su casa.

En la mesa del fondo, la más oscura pidió un vino blanco, cruzó las piernas y sacó un cuaderno de notas del bolsillo de su chaqueta. Tamborileó un instante sobre el papel en blanco y escribió:

“Queridísima Paula:

¿Por qué te has ido sin decirme nada? Al despertarme no te he visto. He bajado al salón pero no estabas. Cuando he regresado a la cama he encontrado tus braguitas…”

Al finalizar, dobló la carta y la guardó en su chaqueta. Dejó unas monedas en la barra y salió a la calle.

Al pasar junto a la pastelería de Juliana, no la vio. En su lugar, una mujer morena de pelo corto y pechos pequeños despachaba a la clientela. La desconocida no sudaba, ni echaba la cabeza hacia atrás ni sonreía a los hombres.

Encendió un pitillo y empezó a andar, le temblaban las piernas. Junto a su casa habían abierto una pescadería. Se detuvo un instante, pegó la frente al cristal y observó a Paula.

Siempre llevaba el pelo recogido en un moño, pero a veces, por el trajín, se le escapaba un rizo rebelde que ondulaba un instante sobre su frente antes de pegarse al sudor de su cuello.

Francisco tuvo una erección.

Septiembre 4, 2008

La pastelería de Juliana (1)

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 8:16 pm

“Buildings have eyes”, obra de Ubé.

LA PASTELERIA DE JULIANA

A Francisco le gustaba pasar por la pastelería de Juliana. Se encendía un cigarrillo y aspiraba el humo con la frente pegada al escaparate. La mujer que despachaba siempre llevaba el pelo recogido en un moño, pero a veces, por el trajín, se le escapaba un rizo rebelde que caía sobre su frente ondulando un momento antes de pegarse al sudor de su cuello. Juliana sudaba mucho y a Francisco le excitaba ver a la pastelera secarse con la mano la humedad de su pecho. Lo hacía sin disimulo, lanzaba un suspiro pequeño y tiraba la cabeza hacia atrás, después metía la palma en su escote y frotaba sus pechos, primero uno y después otro. Era una acción breve, casi imperceptible para el resto de la clientela pero a él le parecía demasiado perturbadora y hubiera querido provocar un incendio para que Juliana se limpiara el sudor o mejor aún, convertirse por arte de magia en su mano y rozar la delicia de su piel blanca y brillante. Sólo de pensarlo tuvo una erección. Tiró la colilla y caminó hacia la plaza. Aquella mañana hacía calor. Francisco era un hombre solitario, no tenía amigos, en realidad creía que no tenía nada. Dobló la esquina y entró en el bar de siempre. Desde la mesa del fondo, la más oscura, Francisco pidió un vino blanco, cruzó las piernas y sacó un cuaderno de notas del bolsillo de su chaqueta. Tamborileó un instante con sus dedos sobre el papel en blanco y después comenzó la carta:

“Queridísima Juliana:

¿Por qué te has ido esta noche sin decirme nada? Al despertarme no te he visto. He bajado al salón pero no estabas. Cuando he regresado a la cama he encontrado tus braguitas. Las rojas, esas que tienen encaje a los lados. Me he metido entre las sábanas y me he colocado en tu lado. Todavía estaba caliente y la almohada tenía el hueco de tu cabeza. Me he puesto de espaldas y la he olido. Hueles tan bien Juliana, tu aroma estaba por todas partes. Sin soltar las braguitas he permanecido allí, un buen rato, sin moverme para no borrar las arrugas que había producido tu cuerpo y cerrando los ojos he pensado en ti, en la suavidad de tu piel, en la exuberancia de tus pechos colgando ante mi cara, voluptuosos y duros. He abierto la boca y casi he podido capturarlos en la nada. Las braguitas seguían en mi mano, así que las he acercado a mi nariz y las he apretado fuerte contra mis orificios para tener tu sexo dentro de mí. Y he recordado tus manos en mi pene, nadie me ha masturbado como tú, Juliana, con esa abnegación, olvidándote de ti para dármelo todo. A veces he tenido la sensación de que tus labios querían exprimirme de que iba a desaparecer por tu garganta y al observarte, te tenía miedo. De cuclillas ante mí, con tu pelo suelto, enredado, tapándote la cara me parecías un monstruo, alguien que había venido desde el más allá para matarme de una felación. Como aquella vez que insististe en ejercer de cadáver. Me pediste que te maquillara, te tumbaste en la cama, desnuda, con las manos enlazadas en tu vientre, quietecita. Yo te extendí el cabello sobre el edredón, te pinté los ojos de color azul, tu preferido y los labios muy rojos. Encendí un cirio y te velé durante horas. Nunca he comprendido tu obsesión por abandonar el mundo. Pero callaba, callaba y te miraba, rígida, bella. Me levanté y te acaricié los pies; nada, tú no reaccionabas, tan digna, tan estirada. Me dieron ganas de marcharme y dejarte a solas con tu muerte, pero sabía que querías que yo estuviera contigo por eso metí la mano entre tus muslos y sentí tu humedad. Y ya no pude resistirme, subí a la cama y me coloqué encima; cuando te penetré abriste un momento los ojos.

Me acuerdo de eso ahora Juliana, de tu inmovilidad y tus rarezas. Y no es que me importen, al contrario, me conmueven. Creo que yo he nacido para velarte, para mirarte en la lejanía para comer las migajas que esparces por mi habitación; como estas bragas que quisiera masticar y que ahora llevo bajo mis pantalones. Si, Juliana, me he puesto tus bragas y al caminar siento el encaje en mis caderas y se me meten por los mofletes y me oprimen la polla. Me he detenido en la pastelería para verte como cada día. Y ahí estabas tú sonriéndole a los hombres, ignorando que llevo tus bragas, que he dormido en el lado de tu cama, que te estoy escribiendo esta carta. Tal vez no la eche al buzón y te la entregue esta noche, te la daré después de cenar. Nos sentaremos en el sillón y tú la leerás en voz alta. Sí, eso haremos, escucharemos mis palabras de tu boca y después me dormiré. Nunca duermes Juliana, te revuelves entre las sábanas y suspiras. Crees que no me doy cuenta, pero sé que después de hacer el amor desapareces y sólo me queda tu cuerpo, retorcido, inquieto, extraño…”

Francisco dobló la hoja y la guardó en el bolsillo, dejó unas monedas en la barra y salió a la calle. Al pasar por la pastelería Juliana no estaba.

Blog de WordPress.com.