Angélica Morales

Octubre 23, 2008

Las barbas de mi madre (8)

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Las barbas de mi madre 8, ilustración de Ubé

—Mi hermana Josefina —y silabeó el nombre despacio, como si intentara separar sus dientes de una masa de cemento—, está de viaje en estos momentos.

Luisito Torrelacárcel palideció. Todas sus esperanzas de encontrarse de nuevo con la rebelde Josephine se vinieron abajo.

—¿Y tardará mucho en regresar? —preguntó retorciendo sus mugrientas manos.

—Bueno, eso depende de su estado de ánimo. Precisamente se ha marchado como consecuencia de una desilusión.

—¿Y qué es lo que la ha desilusionado?

—El mundo en general, los habitantes de este planeta en particular. No ha podido acabar con la insolidaridad, el hambre, las mafias, los chantajes, la hipocresía, la depravación, la violación de los derechos humanos y la política bochornosa de los gobernantes de este siglo. Cosas que realmente no le interesan a nadie. Ahora no se llevan las protestas, la paz, ni las margaritas en el pelo. Ya no se hace el amor al aire libre, para eso están las casas. Nadie pega carteles en la calle ni hace pintadas clandestinas. No se lleva la canción protesta ni replicar por las malas acciones de los demás. Hay libertad y represión. Son dos opciones igual de respetables y totalmente viables. Ni fu ni fa, ni más ni menos y menos da una piedra; esa es mi máxima.

Luisito Torrelacárcel asistió al mitin conformista de Claudia Alastruey totalmente extasiado. Hacía mucho tiempo que no escuchaba un discurso tan poco esclarecedor. Estaba gratamente sorprendido porque, en el fondo, Luisito Torrelacárcel jamás compartió los ideales carmesí de la joven Josephine.

—Entonces no creo que regrese nunca —se aventuró a afirmar—. Es una pena, tenía pensado casarme con ella después de mi estancia en Marte.

A Claudia se le volvieron a encender las mejillas. Cuando recordaba que Luisito Torrelacárcel era una celebridad vilipendiada le brotaban lágrimas de emoción. El menosprecio, la pérdida de la fama, la falta de reconocimiento público, la desgracia, el gentío bramando con los rostros desencajados por la ira, dictando alegremente sentencias de muerte, las maldiciones televisivas de unas pitonisas con exceso de peso y escasez de conocimiento, los periodistas inquisidores de los programas de la incultura popular, afilando sus colmillos para adentrarse en la carne putrefacta de los perdedores… todo eso le producía a Claudia Alastruey una excitación grandiosa, algo parecido a un orgasmo que recorría su cuerpo con un ligero temblor y le hacía poner los ojos en blanco como si estuviera siendo poseída por una santa ramera.

Octubre 20, 2008

Las barbas de mi madre (7)

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Las barbas de mi madre 7, obra de Ubé

Luisito fue abandonado por la tripulación dos semanas después. Sin embargo aquella traición, lejos de minar su ánimo consiguió hacerle recuperar la alegría y la afición perdida. Conservó la nave y la convirtió en su hogar. En Salamanca encontró trabajo en un taller, así pues Luisito volvió a hurgar en las tripas de viejos utilitarios. Una tarde lluviosa de primavera, Claudia se acercó a los “Talleres Modernos” con su escacharrado seat panda. Luisito la reconoció:

—Tú eres la hermana de Josefina —le dijo apuntándola con una llave inglesa grasienta.

Mi hermana retrocedió unos pasos, Aquel mecánico con acento aragonés no le resultaba nada simpático.

—No señor, yo no tengo hermanas. Soy hija única, y deje de blandir esa herramienta contra mí. Soy alérgica a las llaves extranjeras.

En cierto modo mi hermana decía la verdad, yo para ella acababa de morir o lo que es lo mismo, que la desgracia que vaticiné en mi época infantil hacía escasos días que se había cumplido. Josefina Alastruey Ruiz habitaba ya las barbas maternas.

—Estoy seguro de que eres tú. ¿No me conoces? Soy Luisito, el novio de Josephine —el acento inglés volvió a fallarle.

Claudia se quedó pensativa unos instantes lo que hizo que entrara en un estado de somnolencia profunda.

—Luisito Torrelacárcel.

Al escuchar el insigne apellido mi hermana se recuperó de su indisposición y toda ella se iluminó de repente como si todas las bombillas de “Talleres Modernos” se hubieran encendido para hacer resaltar su rostro arrebolado.

—¿Luisito Torresdecárcel, el astrónomo?

—Torrelacárcel, sí, y astronauta, sí.

—¡Menuda sorpresa se va a llevar mi hermana en cuanto se lo cuente! —exclamó Claudia llevándose una mano a la cabeza con tanta fuerza que no pudo evitar darse un guantazo en plena frente.

—¿Qué es de Josephine? —preguntó Luisito, preso de un inusitado entusiasmo.

—¿Josephine? ¿Quién demonios es Josephine? Yo no conozco a nadie llamado así.

Luisito sonrió. Era la primera vez que tenía que dar explicaciones acerca de su relación con Josefina.

—Verás —dijo engolando la voz—, Josephine es, en realidad, Josefina. Solía referirme a ella de esta manera. A tu hermana le encantaba todo lo que sonara a extranjero. Era tan extravagante… Naturalmente sólo utilizaba ese nombre en la intimidad. Josephine era tan…contradictoria, tan rebelde con mil causas, tan… comentarista de la vida de otros

Claudia retrocedió unos pasos. Luisito sostenía todavía entre sus dedos ennegrecidos la llave inglesa y aunque ya no amenazaba con ella el rostro de la joven, y la sacudía descuidadamente hacia un lado y hacia otro, Claudia se sintió acorralada entre el formidable cuerpo de Luisito y el maltrecho capó del seat panda. Cerró los ojos y respiró hondo para calmar sus nervios, fue entonces cuando sintió que un tufillo indefinido se adentraba por sus orificios nasales. De algún modo Luisito Torrelacárcel le estaba regalando un pedacito de su brutal intimidad. Compadeció en silencio a Josephine y se alegró de que nadie utilizara con ella nombres tan ridículos. Haber crecido a la sombra de una leona inconformista tenía sus ventajas, a ella nadie le pediría que cambiara el mundo, no tendría que dañar sus pulmones fumando como una chimenea para contradecir al ministro de sanidad, ni tendría que acomodar su trasero en los taburetes desvencijados de los antros nocturnos más vulgares de la ciudad para estar al mismo nivel de los que ya no están a la altura de nada, mucho menos de las circunstancias. No, Claudia Alastruey no había nacido para cacarear consignas. Se conformaba con dejar la soltería a una edad aceptable, contraer matrimonio con un hombre aceptable, que el aceptable novio tuviera un suelto mucho más que aceptable, dar a luz a un par de niños medianamente aceptables, hacerse socia de un club aceptabilísimo, disfrutar de una jubilación al menos aceptable y tener un funeral glorioso, con un número aceptable de plañideros.

Octubre 14, 2008

Las barbas de mi madre (6)

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Las barbas de mi madre (6), de Ubé.

Sabía que Claudia consideraba a Luisito un perdedor, uno de esos tipos mediocres que acabarían trabajando catorce horas diarias en un sucio taller, hurgando en las tripas de viejos utilitarios. Por aquel entonces Luisito se pirraba por los coches, a menudo ayudaba a su padre en el taller que tenía en la avenida de las Angustias. Luisito era un portento de la mecánica, no había avería que se le resistiera, y su padre, Tomasito Torrelacárcel, no podía hacer otra cosa que resignarse ante la pericia de su benjamín. En el fondo padre e hijo se odiaban encarecidamente.

Nada hacía sospechar que lo que empezó como un entretenimiento infantiloide nacido de la contemplación, el aburrimiento y la torpeza de su progenitor acabaría por convertir a Luisito Torrelacárcel en el primer astronauta del mundo que jamás traspasó la atmósfera ni rompió la barrera del sonido y que hizo de su nave su hogar, un hogar sin gravedad alguna que mi hermana Claudia se había encargado de redecorar personalmente.

No pude pegar ojo en toda la noche, me desperté varias veces envuelta en sudor. Aunque había empezado a olvidar a Luisito durante mi exilio no podía evitar sentir cierta envidia al saber que mi hermana iba a disfrutar lo que un día fue sólo mío.

—Yo nunca, nunca te dejaré, Josefina —me dijo años después en el transcurso de una manifestación en la que no sabíamos exactamente por qué protestábamos.

—No digas eso, Luisito. La vida da tantas vueltas como una noria —le respondí antes de darle un buen trago a una botella gigantesca que contenía en su interior cerveza desventada.

—Pero es verdad, Josephine.

Siempre que se ponía meloso me llamaba Josefina en inglés. Se esforzaba por parecer un londinense auténtico pero conseguía el efecto contrario

—Un día de estos aterrizaré en Marte —me decía sosteniendo con temor una pancarta cuyo lema apenas podía leerse porque cuando la estábamos elaborando a Luisito se le cayó el bote de pintura encima.

—Yo creo que tú hace años que aterrizaste en Marte —le dije harta de caminar por la avenida.

—Naturalmente esperaremos a que termines la carrera para casarnos.

Luisito era un hombre que respetaba las tradiciones, los noviazgos largos debían acabar en boda.

—Yo no me voy a casar —repliqué—. Estoy en contra de los matrimonios, ya sean eclesiásticos o civiles.

—Bueno, podemos seguir siendo novios, de todas formas aún tenemos tiempo para pensar. Los astronautas somos hombres que despistan al tiempo, y yo voy a ser el mayor astronauta que ha tenido nunca este mundo.

Luisito estudió muchos años, se preparó concienzudamente, sudó a mares, levitó por el espacio ficticio de una nave, se familiarizó con los mandos ficticios, comió píldoras ficticias de pollo y pato a la naranja, hizo sus necesidades en el espacio ficticio, se hizo amigo ficticio de sus compañeros y dio ronquidos de pega en literas que se elevaban por el espacio. Superó un sinfín de pruebas con sobresaliente, pero todo resultó una gran mentira porque cuando terminó de experimentar con lo que tendría que poner en marcha en un futuro no muy lejano y subieron a la nave, lo ficticio nunca llegó a hacerse realidad y en vez de aterrizar en Marte, como estaba previsto, el comandante Luisito y su tripulación espacial se estrellaron en territorio español, concretamente en Salamanca.

—¿Dónde estamos, comandante? —preguntó en perfecto inglés el segundo de abordo.

Luisito se desabrochó el cinturón, gravitó unos momentos por la nave y pudo ver por una de las ventanillas el ojo desafiante de un berraco.

—¡Santo Dios! ¡Estamos en tierra de toros!

—¿Marte tierra de toros? —preguntaron a coro el resto de tripulantes.

—Niet, niet, yanquis idiotas, estamos en Spain. Vous comprenez? —Luisito en los momentos cruciales era capaz de dominar más de tres idiomas al mismo tiempo.

—Spain olé olé? —exclamó el copiloto

—No, Spain a secas, mendrugo, y apártese de la ventanilla no vaya a ser que el berraco nos embista y nos vayamos con la gravedad a otra parte.

—A otra parte no, a Marte, comon, comon!- pedía el segundo de abordo toqueteando frenético los mandos que volvían a ser ficticios.

Octubre 6, 2008

Las barbas de mi madre (5)

Archivado en: Barbas de mi madre, relatos — angelicamorales @ 5:50 pm

Las barbas de mi madre (5), obra de Ubé

Éramos apenas unos niños cuando nos hicimos novios. Grabamos nuestros nombres en el tronco de un olmo que acababa de morir. Luisito le había cogido la navaja a su madre del cajón de los cubiertos y la llevó durante toda la mañana en el bolsillo del pantalón corto, temeroso de que alguien adivinara su hurto y le instara a devolver aquel arma afilada que, del mismo modo que se hundía en el tronco duro y blanquecino, podía penetrar en la carne hasta desgarrarla y mudar el sonrojo por la palidez mortecina. Ante el olmo, Luisito me juró amor eterno. Y allí mismo me besó por primera vez, dejándome en los labios un rastro húmedo que me limpié rápidamente con la palma sudada de mi mano. A mí el amor me daba por sudar.

Así pues Luisito Torrelacárcel y yo pasamos a convertirnos en unos jovencísimos novios que, pese a nuestra oficialidad y nuestros firmes propósitos de permanecer fieles y unidos en las penas y aún más en las glorias, nos vimos obligados a mantener en el más estricto de los anonimatos esa relación infantil. Mi madre, ese ser extraordinario y libre, ignoraba que su hija mayor estaba comprometida y mi abuela Virtudes, más preocupada por la incipiente caída de su barba que por la estabilidad sentimental de su nieta, se dedicó con total exclusividad a conducir su matriarcado por el camino tortuoso del totalitarismo.

Mi único consuelo fue mi hermana Claudia, dos años menor que yo, que estaba al tanto de todas mis tribulaciones y que se había ofrecido voluntariamente a hacerse cargo de Luisito Torrelacárcel en el supuesto caso de que a mí me ocurriera alguna desgracia.

—Puedes estar tranquila, Josefina —me dijo Claudia posando su mano fría sobre la mía—. Yo cuidaré de Luisito Torresdecárcel.

—Torrelacárcel —la corregí yo—. Tienes que aprendértelo bien por si una vez que yo desaparezca de este mundo, quieres convertirte en su esposa y llevar su apellido.

—¿Y por qué tendría que casarme con alguien con un apellido tan largo y tan tétrico? —me preguntó haciéndose la remolona.

—Sencillamente porque has hecho una promesa y como eres cristiana apostólica y de Salamanca, deberás cumplirlo, de lo contrario irás directamente al infierno y te achicharrarás soltera. No hay nada más espeluznante que chamuscarse en la soltería sin posibilidad de darse una juerga póstuma.

—Calla, calla, Josefina, no seas gafe —decía retirando su mano de reptil y separándose de mí con repugnancia—. Yo no me voy a achicharrar, sabes que apenas tomo combustible, unas cañas de vez en cuando que no son inflamables. Si te ocurriera algo en el futuro asumiré la responsabilidad y cargaré con Luisito Torresdecárcel.

—¡Torrelacárcel! —gritaba yo.

—Eso, Torresdecárcel.

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