Angélica Morales

Noviembre 30, 2008

Las barbas de mi madre (y 10)

Archivado en: Barbas de mi madre, relatos — angelicamorales @ 6:57 pm

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Me llamó a gritos mientras estaba asando un pollo en mi campamento. Hacía un día estupendo, el cielo estaba despejado, el sol se filtraba entre los pelos pino regalándome los primeros calores de la primavera. No esperaba ser interrumpida por nadie, mucho menos por mi hermana Claudia.

—Josefina, Josefina, asómate.

Añadí unos troncos a la hoguera y asomé mi rostro entre el follaje peludo de mi madre

—¿Qué pasa ahora? —dije malhumorada—, espero que sea importante, me disponía a comer.

—¡Tengo que hablar contigo, Josefina! —gritó con más fuerza Claudia.

—Entonces sube.

—¿Y por qué no desciendes tú?, sería mucho más fácil para lo que tengo que proponerte —su voz cada vez sonaba más desgarrada.

—Bajo ninguna circunstancia abandonaré las barbas de mamá. Si quieres que hablemos tendrás que subir.

Claudia gruñó, no le gustaba subir a las barbas de mi madre cuando estrenaba medias de encaje. Llegó al mentón completamente agotada, le costaba respirar.

—Será mejor que te quites esos zapatos, caminar por el mentón de mamá conlleva sus riesgos, máxime cuando no se utiliza un calzado adecuado.

—No pienso quitarme los zapatos, me los ha regalado un admirador.

—¿Un admirador? —repetí asombrada.

—Sí, ¿acaso no crees que haya hombres en la tierra capaz de admirarme?

—Por supuesto, ¿lo conozco yo?

—Después de tantos años en las alturas peludas dudo que conozcas a alguien.

—Yo también tuve admiradores.

—Querrás decir un admirador —especificó con sorna.

—Si hubiera sido una conformista tradicional, conservadora y retrógrada como tú me habría casado hace lustros.

—De eso precisamente venía a hablarte.

—¿Te vas a casar al fin?

Claudia hizo un mohín.

—Todavía no me lo ha pedido nadie.

—Ten paciencia, tarde o temprano acabarán pidiéndote, aunque sea prestada por un rato.

Claudia me dio la espalda ofendida. Cuando se le pasó el enfado volvió a retomar la conversación.

—Me he encontrado por casualidad con Luisito Torresdecárcel.

Yo enmudecí durante unos instantes.

—¿Luisito Torrelacárcel, el astronauta?

—Precisamente, el astrónomo.

Los nervios me traicionaron. Hacía muchos años que no tenía noticias del novio de mi infancia.

—¿Ha aterrizado en Marte?, ¿se ha casado?, ¿cuántos hijos tiene?, ¿le ha puesto a alguno mi nombre?

La emoción me embargaba, las imágenes del ayer se agolparon en mi mente, no obstante no lograba visualizar el rostro de aquel a quien un día amé, era como si el objetivo que lo enfocaba se empañara una y otra vez. No había manera de sacar una fotografía. Pensé que Luisito no me habría echado de menos en su vida terrenal y un suspiro de desencanto se escapó por el hueco de mis labios.

—Le gustaría mucho verte.

—¿Te ha dicho Luisito que me pidas una cita?

—De otro modo no hubiera subido hasta aquí.

Estuve dando vueltas alrededor de la hoguera en la que cocinaba el pollo durante largo rato. Claudia se acomodó en una de las sillas de camping que había subido de la terraza de mamá. El tiempo pasaba y yo continuaba rumiando respuestas. Al trepar hacia las barbas de mi madre me prometí que jamás volvería a mirar atrás. Ahora no estaba segura de poder cumplir mi promesa.

Noviembre 25, 2008

Las barbas de mi madre (9)

Archivado en: Barbas de mi madre, relatos — angelicamorales @ 8:52 pm

barbas_de_mi_madre_9—¿Quieres que le de algún recado? —dijo Claudia recuperándose de su estado catártico—. Sé dónde encontrarla.

—¿En serio? Me gustaría verla —y le extendió un diminuto bloc que sacó de un bolsillo de su mono de mecánico—. Puedes apuntarme aquí la dirección.

Claudia rechazó el bloc enérgicamente.

—No puedo darte la dirección. Josefina me mataría, le hemos prometido que no revelaríamos su paradero. Ya sabes lo reaccionaria, pasional, visceral y terrible que es en cuanto se la contradice. Pero le diré que te he visto y que le mandas muchos recuerdos.

—Bueno, ahora no recuerdo casi nada. Podría intentar recordarla mientras nos tomamos una horchata.

—¿Tú y yo? —preguntó sintiéndose halagada.

—Sí, al fin y al cabo vamos a ser cuñados. Porque yo me pienso casar con Josephine aunque se haya ido al polo Norte.

—A ella le tira más el sur.

—Pues al sur me iría si ella me lo pidiera.

—No creo que Josefina esté para romances. Mi hermana atraviesa un momento de egoísmo supremo, muy de carnes a dentro, ¿entiendes? Josefina es adoratriz de su ombligo, todas las mañanas mi madre tiene que subirle ofrendas que le sirven para desayunar, comer y cenar; las meriendas se las ofrendo yo, suelo subirle un yogur desnatado y unas galletitas saladas. Pero yo no le hago reverencias ni la llamo diosa Narcisa, ni le digo lo guapa y lo flaca que está. No señor, yo no apoyo las rabietas hippies de una cuarentona, no intento recuperar los sueños de la adolescencia, ni leo su Biblia de neón, ni me dejo las axilas peludas ni escupo contra los que no son como yo, y mucho menos me subo a las barbas de mi madre.

—¿A las barbas de tu madre? ¿Es allí donde se encuentra Josephine?

—En el mismísimo mentón velludo de mi madre —confesó.

Luisito Torrelacárcel se llevó la mano a la cabeza y como consecuencia de ello se atizó un fuerte golpe en el cogote con la llave inglesa. “Los talleres modernos” comenzaron a dar vueltas a su alrededor. Claudia se precipitó en su auxilio, abanicó a Luisito Torrelacárcel con su mano enjoyada, sopló repetidas veces sobre su rostro y a punto estuvo de insuflarle aire, tal era el grado de zozobra en el que se encontraba mi hermana.

—¡Luisito, despierta! —le rogaba—, mira que si te mueres no podrás ver a Josefín —le costó pronunciar el diminutivo, por lo cariñoso y ñoño.

—¿Josephine? —preguntó Luisito un poco atontado—, ¿eres tú Josefín?

Y estirando una mano, intentó atraerla hacia él con la intención de besarla. Pero Claudia se zafó de su abrazo y contestó con dignidad fingida.

—Vos me estáis confundiendo con otra, caballero.

Claudia, cuando se sentía amenazada, recurría al voseo.

Luisito Torrelacárcel arrugó el ceño, se incorporó con torpeza y volvió a blandir la llave inglesa contra el rostro contrariado de Claudia. Sin embargo, Luisito apenas si tenía fuerzas para sostenerla, por lo que la llave en vez de permanecer rígida y desafiante apuntaba hacia el suelo como si una fuerza invisible tirase de ella hacia las baldosas grasientas de los “Talleres Modernos”.

—Discúlpeme señorita, ha debido de ser el golpe —y ocultó la llave en uno de sus bolsillos.

—Acepto sus disculpas señor, pero que no vuelva a ocurrir.

Claudia estaba encantada consigo misma. No había nada más efectivo que el falso bochorno para resucitar en un hombre del calibre de Luisito Torrelacárcel el sentido de culpabilidad.

—No sé como ha llegado a suceder. En realidad, y permita mi atrevimiento, usted y su hermana no se parecen lo más mínimo.

Claudia sonrió coqueta, se había apoyado sobre el capó del seat panda, jugueteaba con el pañuelo que colgaba de su cuello y de vez en cuando movía sus pestañas como si cientos de partículas medio ambientales se hubieran introducido en sus ojos verdes.

—Podemos tutearnos de nuevo —le concedió.

—Naturalmente, Josefina.

—Claudia, yo me llamo Claudia Alastruey.

—Claudia Alastruey —repitió Luisito mirando a mi hermana con embeleso-

El seat panda de Claudia fue reparado en un par horas por las manos diestras de Luisito Torrelacárcel que dejó el vehículo irreconocible, parecía recién salido de un concesionario. A cambio mi hermana prometió hacer todo lo posible para que el astronauta y yo pudiéramos disfrutar de tan esperado encuentro. Claudia estaba convencida de que aquella cita resultaría un rotundo fracaso. Y en efecto lo fue.

Noviembre 20, 2008

Crítica a “Piel de Lagarta”

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 12:17 am
Crítica de Luis Borrás Dolz, en Aragón Literario:
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¿Podrían en una zapatería regalar un libro por la compra de un par de zapatos? Podrían si el libro fuera “Piel de lagarta” de Angélica Morales.
Podrían si fuera por comprar unos zapatos mágicos con los que un niño pudiera dejar atrás su cautiverio y volar desnudo por la ciudad arrojando bombas cómicas. Si fuera por comprar unas sandalias beige para una bailarina tuerta; o unos zapatos de caramelo para un hombre con pies de humo blanco. Si fuera por comprar unos mocasines color canela para un hombre que morirá doce horas antes del fin del mundo; o por comprar unos zapatos naranjas de tacto delicioso que hacen el pie más pequeño, como de bailarina turca, y que son ideales para ir a un velatorio. O por comprar unos zapatitos de gamuza azul para un ángel que anda en tratos con el demonio.
Podrían regalarlo si fuera por comprar cualquier modelo que sirviera para ponerle nombre a un piropo o un insulto. Si fueran unos botines blancos de caballero o unos zapatos de tacón con los que realizar un sacrificio.
Angélica nos deja en evidencia ante nosotros mismos. Derriba los diques, las barreras y las puertas cerradas. Muestra nuestros pensamientos sin trampas ni engaños; nuestros actos, en crudo, completos, sin cortes ni trucos. Angélica levanta las alfombras, y mira lo que se esconde bajo nuestras camas. Y después, con una fascinante prosa poética y unas metáforas perfectas, cuenta nuestros secretos y nuestros delirios sin ahorrarse una coma ni un puntapié.
Encuentro cierta afinidad con la literatura creativa de Óscar Sipán. Pero Angélica no copia, ella ha creado su propio territorio. Hay obsesiones deliciosas, imágenes que se repiten entre toda clase de zapatos: mujeres barbudas, hombres con sombreros de copa, un sofá de escay, pastelitos, y trajes de rayas y rombos.
Entre todos mi preferido es “Ni gota”. Y es que cada uno tenemos nuestras debilidades y una de las mías es la de los espectáculos feriantes. Me gustaría por una noche ser ese maestro de ceremonias y, vestido con una chaqueta de lentejuelas, presentar a todos esos fabulosos artistas: sirenas barbudas, chimpancés exquisitos que toman te a las cinco en punto, siamesas unidas por los tobillos que desean emprender caminos diferentes, golondrinas que jamás regresan, chinos que desmenuzan cuentos, guapos que matan, feos que enamoran y verdugos que decapitan penas por un módico precio.
El cuento “Un viaje por tus zapatos” resulta extremadamente inquietante, porque a su protagonista le pasa lo que alguna vez he imaginado: llegar por equivocación a la consulta de un psiquiatra especializado en esquizofrenia. ¿Quién se resiste a una historia con ese inicio? Mi subconsciente me llevó hasta “Alicia en el país de las maravillas”, pero Angélica ha convertido esas aventuras subterráneas en viajes por ascensores y escaleras de un edifico de 55 plantas en donde podremos conocer el piso de la dejadez, el del caos, el de los conflictos y el de las dudas, que está justo entre el piso 45 y el 44. Por sus pasillos veremos desfilar a personajes absurdos y mágicos: madres magas y barbudas, un hombre que se llama Plácido Malo, señoras obesas que comen pastelitos, Santa Rita, una familia circense, Teodoro Sí No y su mujer Lorito Loreto.
En esta “Piel de lagarta” la muerte viste gabán azul y calza unos botines blancos y puntiagudos, como de gato callejero. Si un hombre vestido así se sienta a tu lado, encontrarás esa misma tarde tu propia esquela en el periódico.
El único relato en el que no aparecen unos zapatos es el de un sueño en el desierto cabalgando a lomos de un camello, porque los camellos, ya se sabe, es el único animal que no usa zapatos.
Angélica destruye nuestra virilidad en un solo poema en prosa. King Kong era en realidad el muñeco de una mujer con sandalias de tacón fino. Incluso en los supermercados hace poesía con la lista de la compra y la voz de la megafonía anunciando las ofertas del día. La música la ponen las monedas de la caja registradora y el argumento un pisotón sin querer.
Hay crítica social, fetichismo, teatro falso y el monólogo de un hombre tramposo y cobarde. Hay una comedia en verso de un solo acto, un presumido derrotado y una deslenguada tímida y hambrienta. Un requiebro, un regate, un gol en propia meta, un pellizco y una sonrisa maliciosa.
Los penitentes de una procesión caminan descalzos y un hombre sigue a una mujer de peineta y mantilla, medias de cristal y zapatos puntiagudos perversamente femeninos. A veces sería mejor no descubrir el rostro de la ilusión, ni el tono de su voz, ni su lenguaje ordinario. La ilusión resulta más hermosa caminando de espaldas, muda, y sin rostro.
En “Piel de lagarta” está la música de un poema en prosa con la que bailan las mujeres sin suerte, los hombres cobardes y los salvajes; y el destino, que se merece un escupitajo por donde pisa.
He dejado el libro tan sobado, tan repleto de alucinadas anotaciones que me tendré que comprar otro y regalarle este a mi psiquiatra. Le escribiré esta dedicatoria verídica: písame, seré feliz bajo los tacones de tus zapatos.
“Piel de lagarta” Angélica Morales. Libros Certeza. Zaragoza, 2007

Noviembre 9, 2008

Conéctate conmigo

Archivado en: General — angelicamorales @ 8:04 pm


(para Chon)

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En una casa melancólica que ya comienzan a sobrevolar los buitres, más arriba de Los Arcos, en las menas, junto a una cuesta tan empinada como el tiempo, allí vivía Ascensión. La recuerdo hoy sentada bajo el albaricoquero, buscando en vano el cobijo de su mala sombra, regalando de rato en rato pedazos de su risa, ancha y destartalada, de cordillera penibética. Era Ascensión la hija de Antonio, el churripín, un tipo feo y sinvergüenza que gustaba de frecuentar El machaquitos. ¡Cuántos muertos sepultan los calendarios! Hoy pocos retienen en el paladar el sabor del hambre, ni recuerdan meriendas de pan, vino y azúcar, ni encuentran con su gps el lugar exacto de la felicidad. Ascensión sí, a ella la trajo al mundo una fortuna en ruinas que fue recomponiéndose con el paso de los días; por eso Chon, a pesar de todo, logró burlar a la parca en numerosas ocasiones, y fue su valentía ejemplar, casi dañina. Aquellos que la conocieron ya no podrán verla atravesar el arco de la traición con paso renqueante, endiabladamente pirata, con su mochila a cuestas, deteniéndose en cada esquina para recuperar el aliento, tal vez para desenvolver uno de esos chicles de menta que yo solía robarle a hurtadillas. Pero Chon ya no está, a estas horas no es más que polvo del recuerdo, una brisa suave que roza mi corazón dejándome la pena en el pellejo. Sin embargo no me quejo, ni maldigo, ni profiero juramentos atroces. Me siento un ser privilegiado por haber compartido su vida, porque en 38 años jamás me dejó de su mano, porque junto a ella descubrí el verdadero amor. Sí, Ascensión Soriano Vicente siempre fue más que amor, ahora lo sé. Gracias por hacerme tan feliz, tía. Y ya sabes, preciosa, cuando quieras, conéctate conmigo.

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