Borderline, obra de Ubé.
Llueve.
Aplasto la colilla en el suelo y pego la nariz al cristal. La lluvia de Leuret es imperativa, aún así puede conjugarse con amabilidad.
Veo correr a tu parentela. Sobre las baldosas del patio van arrojando la pena hasta vaciar sus bolsillos de ti. Todo pesa más con la lluvia: las sábanas, los muertos y el adiós.
“Pasados por agua los huevos y los recuerdos”, dice una vocecita muy dentro de mí.
Un gato se atraviesa inopinadamente en el camino de la tía Conchita. A punto están los dos de estrellarse contra el albaricoquero. No temas, sólo ha sido una falsa alarma. Ambos están a salvo, cada uno toma ahora senderos diferentes, parecen hermanos en guerra. No sé que me produce más tristeza si el gato o la soledad mórbida de la tía Conchita.
Ya han transcurrido diez horas desde que desapareciste del mundo y todavía éste sigue girando. En Leuret hay más cadáveres que jamón. Tú pensabas marcharte, estoy segura. No me lo dijiste pero ya habías hecho el equipaje.
—A mí me gusta el membrillo y los mendrugos. Tienen algo de exótico ¿no crees? —me preguntaste sentada en un banco de la estación. Hablabas por no callar y tu mentón siempre apuntaba hacia el infinito, queriendo desinflar el globo en el que todos estábamos inmersos. Tu exotismo no era sino desconocimiento.
—Los membrillos son tan exóticos como mi abuela —dije al fin—, y en cuanto a los mendrugos, los hay a patadas.
—Puede ser.
Entonces arrojaste una piedra al vacío, cerca de los chopos. Al momento un grito espantoso llegó hasta nosotras. Se trataba del jefe de estación que oculto en la espesura hacía sudar a una muchacha moderna, de rostro pálido y figura en ruinas, como un templo de Delfos.
Cruzamos las vías y sofocamos la vergüenza en el río. Era el mes de abril, el último que habría de sacudirte.
Soñabas en silencio, lo sé, muy lejos de mí, mientras hacías trizas la superficie del agua con aquellos brazos que asemejaban remos. A menudo te imaginaba pirata, una viva la virgen con carita de Magdalena.
—Magdalenas somos todas, nenita —eso proclama mi madre cada vez que el televisor proyecta la imagen de un romano en blanco y negro que hunde su lanza en el costado de Cristo.
Alguien se acerca. Escucho una voz ronca al otro lado que murmura mi nombre, muy quedo. Calla, no me delates, boba, ¿no ves que pretenden separarnos? Yo soy el hombre de la casa ahora y mi deber es celarte, asistir a tu pérdida en tercera persona. Siento decirte que esta silla me está matando. Tendré que hacer unas flexiones para desentumecerme. Ir y venir a la ventana es un ejercicio insuficiente, todo esfuerzo a hurtadillas lo es. Por cierto, ¿dónde guardas el coñac? Un trago en estas ocasiones siempre es bienvenido. Mi padre perdía el conocimiento con el coñac Napoleón, por eso desde niña he sabido lo que era vivir en completa tiranía. A ti te resultaba graciosa mi forma de enfrentar aquella situación tan melodramática.
—Eres una Casandra empedernida. No haces más que augurar desdichas.
También engendré la tuya en el fondo de mis tripas.
Nuevamente las súplicas tras la puerta, y un intento infructuoso por irrumpir en nuestro santuario.
—¡Dejarnos en paz, cago en la leche! —lo he gritado en el tono exacto en el que lo hacía mi abuela. Hay mujeres que nacen sargentos.
Un, dos, un dos… Lo conocías todo de mí, incluso esos deseos de golpista que de vez en cuando me envenenaban la sangre y me obligaban a arrastrarte por los caminos.
—Asómate aquí, anda, listilla, y dime lo que ves.
Temblabas sobre aquella montaña roja, de arcilla por modelar, donde los niños habían olvidado sus tirachinas. Hubieras podido hacerte pasar por una india de rostro acalorado, oteando un horizonte azul y cercano.
—No veo nada.
Pero estaba ahí. El mar por el que tantos kilómetros estabas dispuesta a recorrer se encontraba a nuestros pies.
Leuret tiene el mar más perezoso del mundo por eso se empeñan en afirmar que no existe.
—La realidad es un cuento chino contado por desdentados, cago en la leche —así hablaba la abuela Apolonia, y al oírlo, se te escapó un chorro de pis por la risa.
¿Quieres que abra la ventana para que te salpiquen las olas? Lo comprendo. Es molesto dejar las ventanas abiertas en la madrugada, corres el riesgo de que se cuele el lamento de los enamorados. Parece mentira pero la gente hace el amor. Se aman impúdicos tras los tabiques, un lunes cualquiera, mientras tú estás muerta. El sudor de un semejante es el elixir de la vida eterna.
—Y déjate de gaitas.
No, no lo digo yo. Es tu primo Juan José el que habla, afuera, en el patio, impasible bajo el albaricoquero. A su derecha, Alicia juguetea con la alianza.



Save me now, obra de
“Caesar”, obra de 




