Angélica Morales

Diciembre 26, 2008

El llanto de abril (2)

Archivado en: Llanto de abril, relatos — angelicamorales @ 11:28 am

borderline_webBorderline, obra de Ubé.

Llueve.

Aplasto la colilla en el suelo y pego la nariz al cristal. La lluvia de Leuret es imperativa, aún así puede conjugarse con amabilidad.

Veo correr a tu parentela. Sobre las baldosas del patio van arrojando la pena hasta vaciar sus bolsillos de ti. Todo pesa más con la lluvia: las sábanas, los muertos y el adiós.

“Pasados por agua los huevos y los recuerdos”, dice una vocecita muy dentro de mí.

Un gato se atraviesa inopinadamente en el camino de la tía Conchita. A punto están los dos de estrellarse contra el albaricoquero. No temas, sólo ha sido una falsa alarma. Ambos están a salvo, cada uno toma ahora senderos diferentes, parecen hermanos en guerra. No sé que me produce más tristeza si el gato o la soledad mórbida de la tía Conchita.

Ya han transcurrido diez horas desde que desapareciste del mundo y todavía éste sigue girando. En Leuret hay más cadáveres que jamón. Tú pensabas marcharte, estoy segura. No me lo dijiste pero ya habías hecho el equipaje.

—A mí me gusta el membrillo y los mendrugos. Tienen algo de exótico ¿no crees? —me preguntaste sentada en un banco de la estación. Hablabas por no callar y tu mentón siempre apuntaba hacia el infinito, queriendo desinflar el globo en el que todos estábamos inmersos. Tu exotismo no era sino desconocimiento.

—Los membrillos son tan exóticos como mi abuela —dije al fin—, y en cuanto a los mendrugos, los hay a patadas.

—Puede ser.

Entonces arrojaste una piedra al vacío, cerca de los chopos. Al momento un grito espantoso llegó hasta nosotras. Se trataba del jefe de estación que oculto en la espesura hacía sudar a una muchacha moderna, de rostro pálido y figura en ruinas, como un templo de Delfos.

Cruzamos las vías y sofocamos la vergüenza en el río. Era el mes de abril, el último que habría de sacudirte.

Soñabas en silencio, lo sé, muy lejos de mí, mientras hacías trizas la superficie del agua con aquellos brazos que asemejaban remos. A menudo te imaginaba pirata, una viva la virgen con carita de Magdalena.

—Magdalenas somos todas, nenita —eso proclama mi madre cada vez que el televisor proyecta la imagen de un romano en blanco y negro que hunde su lanza en el costado de Cristo.

Alguien se acerca. Escucho una voz ronca al otro lado que murmura mi nombre, muy quedo. Calla, no me delates, boba, ¿no ves que pretenden separarnos? Yo soy el hombre de la casa ahora y mi deber es celarte, asistir a tu pérdida en tercera persona. Siento decirte que esta silla me está matando. Tendré que hacer unas flexiones para desentumecerme. Ir y venir a la ventana es un ejercicio insuficiente, todo esfuerzo a hurtadillas lo es. Por cierto, ¿dónde guardas el coñac? Un trago en estas ocasiones siempre es bienvenido. Mi padre perdía el conocimiento con el coñac Napoleón, por eso desde niña he sabido lo que era vivir en completa tiranía. A ti te resultaba graciosa mi forma de enfrentar aquella situación tan melodramática.

—Eres una Casandra empedernida. No haces más que augurar desdichas.

También engendré la tuya en el fondo de mis tripas.

Nuevamente las súplicas tras la puerta, y un intento infructuoso por irrumpir en nuestro santuario.

—¡Dejarnos en paz, cago en la leche! —lo he gritado en el tono exacto en el que lo hacía mi abuela. Hay mujeres que nacen sargentos.

Un, dos, un dos… Lo conocías todo de mí, incluso esos deseos de golpista que de vez en cuando me envenenaban la sangre y me obligaban a arrastrarte por los caminos.

—Asómate aquí, anda, listilla, y dime lo que ves.

Temblabas sobre aquella montaña roja, de arcilla por modelar, donde los niños habían olvidado sus tirachinas. Hubieras podido hacerte pasar por una india de rostro acalorado, oteando un horizonte azul y cercano.

—No veo nada.

Pero estaba ahí. El mar por el que tantos kilómetros estabas dispuesta a recorrer se encontraba a nuestros pies.

Leuret tiene el mar más perezoso del mundo por eso se empeñan en afirmar que no existe.

—La realidad es un cuento chino contado por desdentados, cago en la leche —así hablaba la abuela Apolonia, y al oírlo, se te escapó un chorro de pis por la risa.

¿Quieres que abra la ventana para que te salpiquen las olas? Lo comprendo. Es molesto dejar las ventanas abiertas en la madrugada, corres el riesgo de que se cuele el lamento de los enamorados. Parece mentira pero la gente hace el amor. Se aman impúdicos tras los tabiques, un lunes cualquiera, mientras tú estás muerta. El sudor de un semejante es el elixir de la vida eterna.

—Y déjate de gaitas.

No, no lo digo yo. Es tu primo Juan José el que habla, afuera, en el patio, impasible bajo el albaricoquero. A su derecha, Alicia juguetea con la alianza.

Diciembre 24, 2008

De polvorones y cavas

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 9:11 pm

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(La autora en un descanso de Corporación Dermoestética)

Como esta noche no voy a chupar cabezas de cigalas, ni he de atragantarme con el ala de un pavo presuntuoso, ni mucho menos voy a soportar los berridos de Carlitos, ese niño momia que jamás engendró mi hermana, y tampoco he de escuchar las peroratas de la abuela Fernanda, ni las bravuconadas de ese cuñado que no tengo y que quizá fuese camionero de Lugo, ¡vayan ustedes a saber! Por todo eso y algo más que me callo, les deseo feliz navidad.

En breve retomaremos el siguiente capítulo de “El llanto de abril”. La plorera de enero la dejaremos para el inicio del verano, cuando el sol comienza a calentar los recuerdos echando a perder la melancolía. Mientras tanto disfruten de unos momentos musicales. Dirige la orqueeeeeeeeeesta, Pepe Cañón. Pinchen, no teman. Que pinchen, leñe.

Diciembre 21, 2008

El llanto de abril (1)

Archivado en: Llanto de abril, relatos — angelicamorales @ 11:34 am

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Se acabó, obra de Ubé.

Un día dijiste que yo tenía la mirada de Polifemo, abismal y terrible. No pude sino reírme, en silencio, como de costumbre; encerrando la catástrofe de mis dientes entre mi palma, todavía mojada por el agua del río. Habíamos estado nadando desnudas, con el sentido abandonado a su suerte.

—Hazte la muerta —ordenaste con voz atronadora, de generala de todos los ejércitos.

Obedecí al punto y cerrando los ojos me dejé acunar por el agua. El viento me hacía cosquillas en la nariz y enredaba las hojas entre mis dedos, como queriendo tejer un lecho fabuloso.

—Apuesto mi vestido de domingo a que no aguantas ni dos minutos.

—Tu vestido es horroroso —contesté maliciosa—. Piensa en algo mejor.

Pero ya no volví a escucharte. La corriente, como abrazo de madrastra, te llevó lejos, más allá de mi mirada ciclópea.

Ahora te contemplo en tierra firme. Alguien salido de ninguna parte te rescató de las entrañas del río, después se marchó como si tal cosa, sin darle importancia a tu muerte.

Llevo toda la noche velándote. En el interior de la tetera hace rato que el agua perdió su bravura. Me hubiera gustado llorar y sin embargo no he sido capaz de derramar una sola lágrima. Me he propuesto recordarte con firmeza, apoderarme de cada detalle que conformaba tu persona. Para ello he creído conveniente ponerme tu vestido de domingo, insulso y polvoriento, con ese olor tan tuyo a almizcle y limón. A buen seguro provocaría tu risa. Me pregunto si los muertos dedican algún momento de su quietud a revolverse en la alegría. No contestes. Sé que no puedes hablar, que en tu pecho bullen los secretos. He encendido un cigarrillo, uno de esos que tu hermano lleva en el bolsillo de sus vaqueros. Está roto a la altura de la boquilla y tan arrugado como tus manos al salir de la bañera. Yo no me he bañado nunca, sólo tengo una pila que sirve de fregadero y en la que sin miramientos mi abuela nos introducía una vez a la semana cuando éramos niños. Apenas había espuma y el agua estaba sospechosamente templada, lo mismo que si proviniera de un volcán enano y moribundo. Tarde o temprano todo se olvida. Los fregaderos se han tragado las tardes de verano dejándonos la memoria marchita. Por si acaso miro bajo tu cama. Es una acción puramente mecánica, policial; quiero comprobar que tu mal humor continúa entre nosotros. También los ratoncitos sin nombre roban las conciencias más negras. Mi madre dice que los hay de toda condición y que mientras unos birlan dientes de leche con los que se construyen sueños imposibles, otros, los más estúpidos, sustraen episodios de nuestra vida. Puedes estar tranquila, no permitiré que se acerquen a ti. Ya pueden aporrear la puerta y agitar en el aire pañuelos blancos. Nada me hará abandonarte antes de tiempo. Ya casi he consumido el cigarrillo. Fumo como una cupletista, con esa elegancia de club de alterne que tanto nos afanábamos en emular. Me gustaría que dieras una calada a mi cigarrillo, igual que ayer. He de decirte que chupabas con demasiada fruición; cuando me tocaba el turno de nuevo, tenía que disimular el asco, casi podía escurrir la boquilla. Bah, te perdono. Estoy dispuesta a decapitar nuestras diferencias. Tienes buen aspecto a pesar de estar muerta. Los ahogados descienden con dulzura hacia los infiernos, allí los recibe un señor con bigote y sombrero de copa, desnudo de cintura para arriba y con una cola diminuta y coquetuela que asoma entre sus piernas. Mi madre afirma que los demonios son hombres guapos, unos mister universo venidos a menos, ceñudos y con la boca acuchillada, tan pagados de sí mismos que no hay cristiano que se atreva a amarlos. Puede que sea cierto, porque yo osé quererte y no has tardado mucho en convertirte en una Ofelia de tres al cuarto

Diciembre 17, 2008

La Fe

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 7:38 pm

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Saling on a troubled sea, obra de Ubé.

La Fe y yo somos muy buenas amigas, tomamos té chino los domingos y bollos suizos los lunes. Ella está harta de la admiración que despierta porque su casa siempre está llena de feligreses que lo dejan todo perdido con sus oraciones y sus penitencias. Un día Fe hizo sus maletas y se marchó dejándome una nota que decía: “No aguanto más la presión católica, apostólica, política y folklórica”. Estoy de acuerdo, a la Fe hay que dejarla descansar.

Hoy me ha escrito desde el Caribe, dice que se está perdiendo. Yo tengo fe en que no regrese.

Diciembre 9, 2008

El espejo de Teresa

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 6:34 pm

save-me-now-webSave me now, obra de Ubé.

Teresa hacía años que no se encontraba. Rehusaba mirarse en los espejos porque siempre le devolvía una imagen que no era la suya. Aquella desconocida bebía té los domingos absorbiendo el líquido entre sus dientes que ya estaban amarillentos de tanto filtrar los posos; luego, arrojaba la taza sobre la mesa, con rapidez, como si de pronto la fina porcelana se hubiera transformado en brasas. No había transición en sus acciones; así, a una le seguía otra, y la desconocía reía sin motivo aparente, con carcajadas sonoras mientras se palmeaba el muslo y eructaba después por lo bajo, como pidiendo disculpas por su escandaloso comportamiento. Apenas se movía de su silla, de vez en cuando miraba por la ventana a la gente pasar y los saludaba con un silbido, igual que los pastores llaman al orden a sus ovejas. Nadie contestaba, miraban hacia arriba y no reconocían a la mujer que hacía aspavientos y se reía estrepitosamente. Esa no era Teresa, pensaban, aunque tenga su mismo aspecto. Al caer la noche, la desconocida abandonaba el cuerpo de Teresa, se desprendía de su carne sin hacer ruido y se fundía con el trajín de la calle, con el clamor del gentío, con los llantos de los niños y los gemidos de los amantes. Entonces Teresa se despertaba con la respiración agitada, buscando en la oscuridad a la desconocida que bebía té los domingos y eructaba por lo bajini. Se tranquilizó al darse cuenta de que de nuevo había sido víctima de una pesadilla. Se debió quedar dormida de madrugada justo en el momento en que anunciaban en la televisión un juego de té de porcelana china.

Una tarde de invierno salió a pasear por la avenida y se topó de frente con un inmenso espejo que portaban dos jóvenes. Alzó los ojos y se encontró con ella misma. La desconocida la saludó con la mano, después emitió dos sonoras carcajadas al tiempo que se palmeaba el muslo. Era casi una anciana, tenía los dientes amarillentos y le daba sorbitos a una taza de fina porcelana china.

Teresa movió la cabeza, la desconocida también. Teresa dio dos pasos, la desconocida tres. Se quedaron una frente a la otra largo rato, esperando a que el semáforo cambiara de color. Cuando estuvo en verde los jóvenes aceleraron el paso. La desconocida se cayó del espejo y el juego de porcelana china se hizo añicos en el asfalto.

Teresa la miró con compasión.

—Ya no saben qué inventar para obligarte a comprar juegos de té de porcelana china.

Y con el fragor de su risa se alejó por la avenida. Durante todo el trayecto no dejó de palmearse el muslo.

Diciembre 4, 2008

César en rojo (fragmento)

Archivado en: Teatro — angelicamorales @ 10:19 pm
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caesar_web“Caesar”, obra de Ubé.

LIVIA: Adelante mis esclavos, Livia va a encontrarse con su buena amiga Mesalina.

(LOS PORTEADORES SALEN LLEVANDO LA LITERA. LOS LEGIONARIOS ROMANOS LA SIGUEN. SE ESCUCHA UNA MÚSICA ORIENTAL. LA LUZ SE VA APAGANDO POCO A POCO, DESPUÉS DE UNOS SEGUNDOS Y COMO SI DE UN INTENSO ATARDECER SE TRATARA SE VUELVE ROJA. DE NUEVO VEMOS A CÉSAR EN LA CAMA, ENCADENADO A SUS GOTEROS. EL EJÉRCITO DE ENFERMERAS ESTÁ TRAS ÉL, EN FILA).

JULIO CÉSAR: He vuelto a soñar, de nuevo han invadido mi mente personajes fantasmagóricos, terribles, pequeños monstruos agonizantes que me miraban con sus ojos vacíos, esa mirada torcida que lanzan los de su especie, ¿Por qué los seres que pueblan nuestra fantasía son tan feos? ¿Cómo se explica que sus facciones no se correspondan a las facciones humanas conocidas? Y de ser así ¿Por qué nuestra desbordada imaginación se empeña una y otra vez en dibujarlos con pinceladas tan horribles? ¿Será que es nuestra propia fealdad la que se refleja en los sueños? Es posible que escondamos aquello que no queremos ver en las cavernas profundas de nuestros pensamientos y que tan sólo cuando el sueño nos despista y entretiene, éstas afloran a la superficie en forma de terribles representaciones, de pantomimas absurdas que se enlazan unas a otras y cuyo sentido desconocemos. Y es que esos extraños, abyectos y retorcidos seres han perdido la capacidad de hablar, o si lo hacen utilizan un lenguaje silencioso que somos incapaces de descifrar. Se comunican a través del silencio, de la brutalidad de la calma y nos acechan en las tinieblas del sueño, se retuercen entre nuestras sábanas y atentan contra nuestros principios. Sí, ahora lo entiendo, soñamos la existencia y fingimos vivir. Todos estos años me ha perseguido un sueño, todos estos años me ha acosado un ejército de enfermeras al frente de una figura escurridiza y sin rostro que se viste de rojo. Esa mujer… ¿he dicho mujer? ¿Por que una aparición carmesí habría de tener sexo? ¿A santo de qué pretendo jugar a ser un dios? ¿Quién soy yo para decidir el sexo de nadie? Qué pregunta más estúpida, eres el César y el César es un dios, y como dios poseo todos los derechos incluso el de decidir los destinos. Yo César, soñé un día que violé a mi madre. Hoy, cuando la mujer vestida de rojo me regala el sosiego sueño con que violo a toda mi familia, sin excepción, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ninguno está a salvo de mis apetitos sexuales y no obstante con ninguno logro saciarme, siempre tengo hambre de otros cuerpos, de su carne que es mi carne de su sangre que es la mía. Y me despierto gritando, y corro inmediatamente hacia la pila y enjuago mi boca con abundante jabón, limpio mi lengua desesperadamente como si un ejército de bárbaros estuviera desfilando por ella e intentaran descender por mi garganta con sus torpes movimientos, blandiendo sus rudimentarias armas, luciendo sus sucios harapos, profiriendo sus terribles gritos y siento que me ahogo… Sí, apenas me dejan oxigeno para respirar, ellos lo absorben todo, lo impregnan todo con su presencia incómoda, con ese olor putrefacto de siglos, y es entonces, justo en ese instante, cuando los penetro, cuando me introduzco con furia en todos sus traseros estrechos (CÉSAR HACE UN MOVIMIENTO OBSCENO, COMO RECREANDO LA ESCENA) Y después caemos juntos al suelo, revueltos, entrelazados. Todavía me cuesta respirar, pero ha valido la pena, al fin puedo quedarme dormido. Y descansar. . (CÉSAR SE QUEDA EN EL SUELO, EN POSICIÓN FETAL)

(EL COLOR ROJO SE INTENSIFICA CENTRÁNDOSE EN LA FIGURA ACURRUCADA DE CÉSAR. DE PRONTO SUENAN UNOS TAMBORES. EL EJÉRCITO DE ENFERMERAS QUE ESTÁ DETRÁS AVANZA, LEVANTAN A CÉSAR COMO SI ESTUVIERA MUERTO Y SE LO SACAN DE ESCENA CON PASO PROCESIONAL).

(OSCURO).

Fragmento de “César en rojo”, obra de teatro de Angélica Morales.

Diciembre 2, 2008

Las manos

Archivado en: poesía — angelicamorales @ 7:53 pm

manos

(“Manos”, obra de Ubé)

Las manos son paraísos sin retorno donde habitan las dudas existenciales.

Algunas deben contemplarse a lo lejos, porque de otro modo, liquidan.

Las hay blancas, blandas, negras y del color del té helado.

Todas hablan en un idioma extranjero, un sánscrito de andar por los salones.

Hay manos que saludan con ligereza, que sellan pactos, que juran venganza.

Manos en narices soberbias, como gárgolas de catedral.

Cortas o largas, suaves o de lija.

Manos que acarician rostros y memorias, escotes en ruinas o al hijo muerto; porque sí,

a manos de otro.

Manos igual que banderas, manos panteón, manos madreselva, manos botijo, manos chimenea,

Mano contra mano, mano amiga.

Manotazos al viento, mandoble en el cogote.

Manos columpiando cariño, aferrando bolsas de la compra, tijeras de modistilla.

Las manos son paraísos sin retorno, un charter gratuito a las islas Yuan-Yú.

Las manos son iglesias románicas, devotas como demonios, y señalan cruces en mejillas,

y frentes con agua de un pozo sin fe y sin fondo.

Manos que ajustician a fulanito o a menganito.

Mano a mano en el siete y medio.

Relojes en manos, vida en palmas, muerte en dedos.

Heridas hondas en manos viejas.

Manos que restriegan colchas, que arrancan la mierda.

Tu mano y mi mano sobre la almohada, sobre la humedad de un sexo dominguero.

Mano aquí y más allá, en continentes lejanos y oscuros, sobre nieves austriacas.

Mano turista y repelente depositada con descuido sobre una cámara fotográfica.

Mano en culata de revólver, en nalga de mujer.

¡Mano, para qué os quiero!

Las manos son paraísos existenciales; sí, reducto arqueológico de la estupidez humana.

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