Angélica Morales

Enero 31, 2009

Rumor (y 2) -relato breve-

Archivado en: Rumor, relatos — angelicamorales @ 7:50 pm

rumor_web(Rumor, obra de Ubé)

No me rendí y comencé a frecuentar el Café del arte con la esperanza de un nuevo encuentro, sin embargo ella parecía haberse esfumado de la ciudad. Vacío, así me sentía; solo en mitad de la nada, con su recuerdo manchado por la niebla aquel día en la furgoneta de regreso a casa, sus labios rojos emergiendo sobre la taza en una de esas tardes tontas, y Patxi, por supuesto, el bueno de Patxi, con las botas y los sueños rotos. En ocasiones las parejas nacen de la incomprensión, de esa necesidad acuciante de litigio, de peleas en el interior de los bares cuando ya todo es cansancio y el alcohol envenena las tripas y la intención.

Ya son las ocho, cierro el local y me dirijo al Rugaca. Es posible que Teresa esté allí, antes solía frecuentarlo los jueves, después de salir del trabajo. Quizá ha estado llamando para avisar de que no vendría y yo no he escuchado el teléfono. Los móviles son una mierda, se quedan sin batería en el momento más inoportuno. Me pongo los guantes y aprieto el paso. Aquí los inviernos son interminables, el frío pellizca la carne bajo los abrigos; también la de las muchachas que exhiben el ombligo en pleno diciembre, rubias o morenas, con esa melena postiza que oculta su mirada, eternamente esquiva. En los porches, como de costumbre, Juana pasea el tedio, de su brazo cuelga a todas horas una bolsa repleta de objetos muertos.

—Eh, guapetón, ¿no tendrás una moneda por ahí, verdad?

Tiene la voz oscura, con el acento castrado. Nadie sabe a ciencia cierta dónde nació Juana. Es posible que viniera al mundo con la vejez entre los muslos, tan guapa y tan pintada, a vuelta de las desgracias

—No, lo siento.

—Eh, ¿y unas bragas? —insiste—. Mira a ver si me compras unas bragas modernas, de esas que llevan encaje, no te olvides.

Le digo que sí, que vale y doblo la esquina.

Sentada en la acera se queda Juana, viendo pasar al personal, estirando la mano de vez en cuando, sin dejar de aferrar la bolsa con sus miserias. Hoy pide unas bragas, ayer fueron unas medias. Las modas van y vienen pero Juana permanece en el Coso, igual que Teresa, lo mismo que todos.

Al llegar al Rugaca, creo divisarla a lo lejos, sentada en una mesa que comienza a cojear. Lleva el pelo recogido en un moño historiado. Aparto a un matrimonio que discute junto al ficus sin dejar de comer pepinillos. También debo esquivar a un niño llorón y mal vestido que me mira con ojos asombrados, como si en lugar de contemplar a un hombre estuviese enfocando a un dinosaurio. Teresa no sonríe, se esconde de pronto entre las hojas amarillentas de un periódico. Cuando me siento a su lado se limita a decir.

—Mira, no es el mejor momento —su voz suena a metralla.

—No has venido a la reunión. Hemos estado esperándote dos horas, pero no importa, ya verás qué barranco te he preparado, te va a encantar —me quito el abrigo y pido una cerveza.

—Me tengo que ir, lo siento.

Sus piernas rozan las mías bajo la mesa. La noto sudar a pesar del frío y el vino que apura ahora de un trago, mientras se levanta y comienza a vestirse.

—Podemos dejar el barranco para otro día y hacer una excursión. ¿Qué te parece si caminamos desde la ermita de Santa Helena hasta la Hoz de Jaca? A ti te gusta mucho ese sitio, ¿verdad? Tú me lo dijiste.

Me da la espalda en silencio, Teresa; después pone en marcha sus tacones, chac, chac, chac, hasta que la oscuridad y la niebla sepultan su huída. Huele su ausencia a hojarasca, barro y aguacero.

Recorrimos un sendero húmedo y sombrío bajo un cielo empeñado en ofuscarse, sí, y de la misma manera que penetrábamos en una maraña de ramas y árboles intrincados me hubiera gustado emboscarme contigo entre las sábanas, sólo contigo, Teresa, sin brújulas que señalasen nuestro rumbo. No puedo evitar pensar en aquellos días de naturaleza muerta, cuando tomabas mi mano para cruzar el agua que brotaba del fondo de la tierra. La primavera tiene esas cosas, ya lo sabes, alterna la belleza con el terror. Tus ojos y los míos anclados a las piedras, un paso en falso y podríamos caer en el vacío, teníamos la nada a nuestros pies y sin embargo tú te mostrabas risueña.

—No exageres, anda; menudo montañero estás hecho.

En la mochila libros y bocatas, un refresco de naranja y chocolatinas.

Y un salto y otro.

—Los árboles caídos en el camino son como brazos de gigante pidiendo auxilio, ¿no te parece? —eso dijiste como si tal cosa, en cuclillas para tomar aliento, con el pelo empapado en sudor y la boca roja y entreabierta. Seguro que era una de esas frases de novela. A veces hablas en nombre de otro, disparas sentencias que se escribieron ayer, lejos de Huesca, en lugares que no existen y que saben a ron y a desengaño.

Aguardo a que el semáforo se ponga en verde y enfilo la calle, Coso arriba, faltaría más, ese lugar que se asemeja a un decorado cinematográfico donde se cruzan las vidas; siempre los mismos actores que pasean barras de pan recién hechas, perros o novias chillonas, mañanas, tardes, inviernos y otoños, de una estación a otra.

Al medio día, cuando salgas de la tienda, iré a recogerte. Eso determino al meter la llave en la cerradura, en el número 54, tercero izquierda, ¿recuerdas?

Llueve a las dos, también a las dos y media. Tengo que refugiarme del chaparrón en los porches, alimentando la impaciencia con chismes que duermen en los bolsillos de los transeúntes. Los rumores viajan, sí, pero en esta ciudad se quedan pegados a las suelas hasta que la palman de aburrimiento.

Te veo salir. Llevas el pelo suelto y unos vaqueros ajustados, también un jersey de lana blanco con dibujos en azul. Te sienta bien ese jersey. Es el mismo que te pusiste hace meses, cuando fuimos a Riglos y te quedaste dormida sobre la hierba.

Me acerco despacio. No quiero que vuelvas a escaparte.

—¿Es que nunca te rindes? —me dices.

No hay besos, tampoco sonríes. Tus labios son una línea firme, el trazo del fastidio.

—Olvida lo del barranco, si no te apetece no vamos a ningún sitio.

Te detienes en mitad de la acera, los brazos en jarra, la melena revuelta.

—Mira, no sé cómo decírtelo para que lo entiendas. Estoy saliendo con otro. Déjame en paz.

Llega Juana con compañía. Caminan los dos cogidos del brazo, ella lo mira coqueta, como si acabara de regresar a los quince años. Cuando nos alcanzan escucho su voz oscura, castrada de acento.

—Oye, guapetón, ¿no tendrás una moneda por ahí, verdad?

Escarbo en mis bolsillos y no hallo más que telarañas.

—No, lo siento.

Entonces Teresa me mira, perezosa, como si ya estuviese haciendo la digestión de mi cariño.

—Es mejor así, no teníamos nada en común; además, para serte sincera, estoy saliendo con Juan.

Pobre Patxi, pienso, tan rubio y tan coloradote, un galán de cine francés echado a perder en el Pirineo.

—Ehhh ¿Y unas bragas? Mira a ver si me compras unas bragas modernas, de esas que llevan encaje a los lados…

Le digo que oui, que vale y aprieto el paso, Coso abajo, un hombre bala, descendiendo en picado hacia el infierno.

Enero 30, 2009

Rumor (1) – relato breve -

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(Memory, obra de Ubé)


Bebo las cervezas de dos en dos. Entre mis manos se calientan los culos, como si fuesen muchachas al borde de un taburete en uno de esos locales que alternan con el aburrimiento. No sé qué ha podido sucederle a Teresa, pero hoy no se ha dignado a aparecer . A mi derecha Patxi apura un cigarrillo, sin dejar de dibujar estrellas en un papel tan sucio como sus botas. Acaba de llegar de Francia, rubio y coloradote, igual que un galán de cine, y no para de decir que si allí los montañeros son otra cosa, que si menudas cimas, que si él plantaba su tienda y no había Cristo bendito que le dijera ni mú; mucho colegueo, claro, y conversaciones en francés de catálogo, eso sí, todo el santo día con el oui en la boca.

—Oye, Juan ¿estás seguro de que vendrán? —me pregunta sin levantar los ojos del papel.

No contesto.

Abandono la cerveza en la mesa y escarbo en los ficheros. He planeado un barranco temerario, tal vez demasiado peligroso para Teresa que acaba de estrenarse en esto. La primera montaña que escaló fue la del Gratal, de mi mano, mientras el sudor resbalaba por su cuello y sus pechos subían y bajaban frenéticos. Imaginé de pronto cómo sería hacerle el amor, si acaso Teresa gemía entre las sábanas de igual forma que ahora, rendida por el cansancio y esa especie de emoción que siempre da lo desconocido. Al llegar a la cumbre ceñí su cintura, en silencio, mientras los buitres planeaban sobre nuestros cogotes.

—A mí me da que esta tarde no nos visita ni Dios —refunfuña Patxi aplastando la hoja entre sus manos. Tiene las palmas grandes y rugosas, como si de noche cobijara en ellas un puñado de arena desértica. También es alto y desgarbado, con el pelo largo y una de esas barbas que acaban por abandonarse a su suerte.

—Paso, voy a dar una vuelta. Si alguien llama, dale mi móvil, yo le soltaré el rollo, no te preocupes.

Nos despedimos con un leve movimiento de cabeza. Los dos somos hombres de pocas palabras. Una vez escalé con Patxi en los Mallos, hará un par de meses, cuando Teresa todavía era su novia y fingía interesarse por las montañas. Tomamos la vía Endrixa y rapelamos por la chimenea, cada cual a lo suyo, con las manos y el pensamiento aferrado a las cuerdas. Hubo algún paso de cueva duro, pero nada que no pudiera salvarse con paciencia. Los Mallos de Riglos son un juego perverso entre panzas y abismos, pendientes cuya verticalidad provoca la náusea y cimas dolorosamente hermosas, como casi todo en Huesca. A Teresa la divisamos a lo lejos, tendida sobre la hierba como si fuese la letra abandonada de un alfabeto minúsculo. Creo que leía a Nietzsche, no sé; había metido en su mochila un montón de libros viejos, de esos que huelen a siglos de incomprensión. Cuando bajamos, la encontramos dormida; sobre el regazo descansaba la plata que envolvía su bocadillo, todavía tenía migas de pan entre los labios. A mí Teresa siempre me ha recordado a una muñeca rusa, frágil y ausente, con la tristeza a cuestas. Patxi sopló en su pelo, después se tendió junto a ella y la besó.

—Me vas a dejar seca-

De camino al pueblo se colgó de mi brazo.

—Prefiero agarrarme a ti, de este no me fío —y señaló a Patxi y su forma temeraria de sortear las piedras, un hombre bala descendiendo en picado hacia el infierno.

En el bar nos esperaba un bocadillo de tortilla y jamón, uno de esos violines que se mastican deprisa, sin apartar los ojos del plato; también el bullicio de una jornada intensa, escaladores rendidos al ego y a las cañas. Ya en la furgoneta sabía que aquellos dos no iban a durar mucho, Teresa tenía el ceño fruncido y los ojos vueltos hacia la ventanilla. Había niebla, lo recuerdo; la niebla siempre es tirana en Huesca y secuestra edificios y pensamientos. No se dirigieron la palabra hasta que no llegamos al Coso Alto. A mí me dijo adiós con la mano, a Patxi le dio un beso frío, tan muerto como el día. Dos semanas más tarde nos encontramos en el Café del arte; ella fumaba en una mesa del fondo, la melena lacia y ordenada, manzanilla y un libro, claro.

—Hola —me dijo.

Besos en las mejillas, dos.

—Anda siéntate, no te quedes ahí como una estatua.

Mientras le daba vueltas a un vaso, le pregunté el motivo de su ausencia, que por qué ya no me cogía el teléfono, si es que acaso había decidido dejarlo con Patxi, que le sentaba muy bien el rojo de labios y aquel vestido ajustado. Palabras, tan sólo, pedazos de mi delirio que acabaron estrellándose en la espalda de un camarero impaciente.

—Es mejor así, no teníamos nada en común —hizo una pausa y soltó el humo. Estaba guapa Teresa, tan lejos en la cercanía—. Además, hablando con sinceridad, estoy enamorada de otro.

Pobre Patxi, pensé. Alto, rubio, coloradote, un galán de cine echado a perder, allá en tierras galas donde las cimas son tan inalcanzables como Teresa, todo el santo día con el perdón en la boca. La invité a cenar, aunque ella se negó rotunda.

—Lo siento, ya he quedado. Pero me he alegrado de verte, cuídate.

Besos en las mejillas, dos.

Las despedidas huelen a limón rancio, de ese que en los frigoríficos muerde el olvido. Igual que Teresa, lo mismo que Patxi.

(continuará)

Enero 28, 2009

El perfil de un jamón (y 3) – relato breve -

Archivado en: Perfil de un jamón, relatos — angelicamorales @ 10:04 pm

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(El perfil de un jamón -3-, obra de Ubé)

—Estás como una cerda —le dijo su mejor amiga—, tienes demasiada chicha, asúmelo. Los hombres las prefieren en los huesos ¿qué no has visto nunca la tele?

Maripi se entristecía ante los comentarios crueles de Paquita, y eso le daba un hambre feroz. Caminaba hacia la cocina y vaciaba la nevera, llegó a comerse la comida que Fuensanta metía en los tupperwares para bajársela a los cerdos. Sólo encontraba consuelo masticando; mientras su tripa se iba hinchando, su cara se redondeaba, sus mejillas se encendían, sus brazos colgaban y sus piernas se rellenaban de tocino. Tan apagada la vio el señor Serrano que haciendo caso a la hermana puerca de Maripi, ideó una estrategia que beneficiaría tanto a la empresa como a su hija.

—Ya es hora de que los jamones Serrano-Bueno se conozcan en el mundo entero.

—¿Qué quieres decir querido? —le preguntó su esposa saliendo del baño con la cara embadurnada de barro.

—Exactamente lo que has oído. Voy a tirar la granja por la ventana y a contratar al mejor publicista de la ciudad. Vamos a hacer el anuncio del milenio, después de esto nos lloverán las ofertas y la niña se hará famosa.

Fuensanta Bueno se encogió de hombros. Le dio a su marido un beso en el morro y roncó hasta el amanecer.

La ocurrencia de Pascual Serrano fue todo un éxito. Hermenegildo Perales, productor, director y guionista de la campaña, elaboró un spot publicitario que causó sensación. Cada vez que se emitía por televisión los índices de audiencia saltaban, se llegó a proyectar en la gran pantalla. Muchos espectadores acudían al cine tan sólo para ver en tres dimensiones el cuerpo rollizo de Maripi, que lucía espléndida en sus lorzas, mostrando de forma provocativa sus muslos, unos muslos que daban ganas de morder, por apetitosos. Pronto Maripi se convirtió en un modelo a seguir. Puso los kilos de moda y en las pasarelas las mujeres desfilaban haciendo mover sus carnes. En los restaurantes se sustituyeron las ensaladas y los yogures bajos en calorías por platos de embutido y tarta agridulce de callos. La empresa Serrano-Bueno inauguró sucursales en Europa y América Latina. Su eslogan estaba por todas partes: “Jamones Pascual Serrano, porque lo Bueno está en casa”.

Así fue como los hombres dejaron de comportarse como cerdos y los cerdos volvieron a ser cerdos.

C’ est la vie! —exclamó Maripi la cerda antes de ser pasada a cuchillo.

Enero 22, 2009

El perfil de un jamón (2) – relato breve -

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El perfil de un jamón (2), obra de Ubé.

(…)

El resto del clan, me refiero a la señora Fuensanta y a su benjamina, respondían orgullosas al apodo de “Las porquis”. Maripi acababa de cumplir 18 años y lucía unos hermosos 99 kilos. El día de su mayoría de edad su padre estaba atendiendo al parto de una cerda muy prolífica. Se alegró tanto del alumbramiento del animal que puso a su cerda el nombre de la hija. Maripi la una, Maripi, la otra. La fiesta que se celebró en el patio del secadero contó además de con la asistencia de vecinos y autoridades, con la presencia de los cochinos en pleno. Pascual mandó construir una valla y soltó a sus bien amados cerdos. Pronto los hombres se convirtieron en puercos y los puercos en hombres. Metían los hocicos en las copas de mistela, masticaban las ensaladas y lamían las salsas de los platos. Con una destreza y un saber hacer que dejaron a más de uno con la boca abierta.

—Tiene usted unos cerdos muy educados señor Serrano.

—Así es alcalde, no puedo decir lo mismo de sus concejales.

Entonces el alcalde se dio la vuelta y fue testigo de un demencial espectáculo. El candidato que figuraba en la lista como el número uno para las próximas elecciones se había abalanzado hacia un plato de callos, renunciando al uso de los cubiertos, metió los dedos en la tortera de barro y comenzó a ingerirlos con avaricia, mientras el caldo resbalaba por su barbilla; después, tirándola a un lado, le arrebató a uno de los cerdos una bandeja con pimientos de piquillo rellenos con bacalao y se metió tres seguidos, tragándoselos sin masticar, lanzando un eructo largo y sonoro. Pero no era el único de los allí presentes que se comportaba de una manera poco decorosa, las damas hablaban enseñando los trocitos de carne que hacían dar vueltas en sus carrillos, se limpiaban en sus vestidos de fiesta, se reían dando cabezazos, palmeándose las piernas; de sus moños colgaban restos de peladuras de naranja y algún que otro guisante. Tan sólo la señora Fuensanta y su hija permanecieron en su sitio, alternando con los cerdos y huyendo de los hombres, que lo estaban poniendo todo perdido.

Maripi, en plena crisis de la adolescencia, solía sentarse en un rincón llevándose a la cerda Maripi con ella. Tenía que contarle que se había enamorado de un representante de chorizos, muy dicharachero y con planta de torero. Maripi la cerda, se frotaba las pezuñas cuando le relataba sus encuentros amorosos porque aunque ella ya estaba para pocos trotes, seguía teniendo los mejores jamones de la granja.

—Algún día yo tendré unos jamones tan ricos como los tuyos —le dijo Maripi Serrano.

A su madre le disgustaba el hecho de que su única hija se negara a seguir con la tradición familiar y en vez de dedicarse en cuerpo y alma al negocio jamonero, pensara en marcharse a probar fortuna como vedette de revista. Maripi soñaba con lucir su cuerpo serrano en los escenarios, pero aquellas chicas que coleccionaban amantes y atesoraban joyas no pesaban 99 kilos.


(continuará)

Enero 19, 2009

El perfil de un jamón (1) – Relato breve -

Archivado en: Perfil de un jamón, relatos — angelicamorales @ 10:27 pm

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El perfil de un jamón (1), obra de Ubé


Pascual Serrano tenía una granja de cerdos y un secadero de jamones, una mujer que se llamaba Fuensanta Bueno y una hija en edad casadera. Se levantaba al amanecer y después de asearse lo justo, es decir, quitarse las legañas con el dedo índice, rasurarse la barba con una maquinilla vieja y engominar su pelo, se sentaba a la mesa y con gran apetito devoraba los huevos revueltos y las tajadas que su esposa le ponía en el plato. Después, con el mono blanco de trabajo que tenía bordado en el bolsillo izquierdo sus iniciales, bajaba a las porquerizas y le daba los buenos días a sus cochinos. Y aunque todos parecían iguales, pascual sabía diferenciarlos.

—Hola Margarita —decía acercándose a la cerda más vieja—, ¿cómo te has levantado hoy? Estate quieto, Pedrito —le advertía al macho que se acercaba con la intención de montar a Margarita.

Enumerarlos uno a uno, sería imposible. En la granja del señor Serrano había más de doscientos cerdos. Y su destino, como bien habréis podido imaginar, era el de acabar colgados de la pernera en el secadero que se situaba justo enfrente, al lado del domicilio familiar. Los jamones Serrano-Bueno, así se denominaba la empresa, tenían fama por la calidad y el buen gusto de sus productos. No era lo mismo llevarse a la boca un pedazo de jamón de los Serrano que uno de esos jamoncitos que se exhibían en los supermercados. El secreto estaba en el cariño con el que Pascual cuidaba a sus cerdos.

—Es importantísimo tratarlos como si fueran de la familia —le decía a El tripas, un charcutero del pueblo que vendía sus embutidos—. Nunca les he dado pienso, no señor. Comen lo mismo que como yo, y lo mismo que come mi hija. Por muy cerdos que parezcan, son entrañables. Los quiero como si fueran carne de mi carne. Además Tripas, entre tú y yo —y se acercaba de forma confidencial, cogiendo a su amigo del hombro—. Yo con mis cerdos mantengo una relación de amistad. Sí, de amistad. Ellos saben cosas que nadie sabe —el tripas lo miraba con extrañeza, meneaba la cabeza lentamente y se encendía un cigarrillo.

—Si tú lo dices —respondía soltando el humo.

—Lo digo y lo afirmo, hay hombres que son como cerdos y cerdos que son como hombres.

Ante la sentencia filosófica de Pascual, El tripas callaba. Pero en el fondo el charcutero pensaba que algo de razón tenía aquel señor porque si lo mirabas con detenimiento, su aspecto, sus andares, su nariz de orificios grandes, sus orejas desmesuradas, sus labios gruesos y descolgados, su pelo ralo y puntiagudo e incluso la forma en que sorbía los mocos lanzando una especie de ronquido, lo hacían igualito a sus cerdos. Sí, Pascual Serrano era la viva estampa de un puerco y no sólo por la apariencia caricaturesca sino porque era poco aficionado al agua y si se te acercaba mucho, soltaba un tufillo que te echaba para atrás.

Enero 15, 2009

A mano derecha (y 2)

Archivado en: relatos, vete tú a saber — angelicamorales @ 9:36 pm

angievirtualbn_marcoIlustración de Eduardo Blanco.

Esta vez el señor Ubé ha cedido su trono al señor Blanco para que todos podamos recrearnos con su trabajo, un regalo que agradezco sinceramente; aunque advierto a mis múltiples admiradores que también acepto collares de esmeraldas y diamantes negros. Eso sí, que sean buenos, no vaya a ser que al morderlos eche a perder mis colmillos. Gracias también al señor Lozano y a mi primo, el señor Morales, por hacerme la tarde de ayer más grata si cabe. Dicho lo cual abandono el escenario para que mi pluma gansa pueda lucir peineta. Os dejo con la segunda parte del relato “A mano derecha”.

La habitación resultó ser amplia y luminosa. Decorada con sencillez pero al detalle. Disponía de un baño espacioso, con esos colores metálicos que apaciguan los sentidos, como si estuvieses en una cápsula espacial.

En ocasiones hacíamos el amor en hostales infectos, tugurios donde no hacía falta más que un billete de veinte euros. Resultaba excitante aquella dejadez, la rapidez del encuentro, el roce de los cuerpos sobre una cama mal hecha, con olor a turista o a estudiante extranjero, habitaciones angostas que retenían vidas miserables, que no conocían la elegancia, que te ocultaban de la vida que discurría fuera de sus paredes desnudas, hostales de nombre impronunciable y olvidadizo, pasaportes caducados hacia un placer efímero. Allí, más que hacer el amor, nos entregábamos con desespero, arañando el ansia.

Eso pensé deshaciendo la maleta. A solas con mis recuerdos, mientras aguardaba a Lázaro. “No podía engañarme”. Eso lo dije más tarde. Al escuchar sus pasos precipitados en el pasillo y una voz demasiado irritante como para ser la de un amante.

—No, nena, no. Llegaré el miércoles, ya te lo dije. Tengo una reunión

mañana a primera hora y el martes a mediodía. Venga no exageres, ya sabes que te quiero, nena.

Lázaro nos llamaba “nena” a las dos, a su mujer Magdalena y a mí.

Sus nudillos golpearon la puerta tres veces. Tal como acordamos. Todavía continuaba parloteando con el móvil al entrar. De la maleta tan sólo había sacado un par de faldas y el neceser.

—Te llamaré más tarde, nena.

Lo miré seria. De cerca me pareció más viejo. Todo su atractivo había volado, y me encontré frente a un hombre corriente, un tipo que engañaba a su esposa al otro lado del país, sin más. Egoísta y mezquino, un pobre hombre enfermo del corazón. Con los días llegué a convencerme de que su pecho no albergaba sino un trozo de plomo oxidado.

Dejó la bolsa en el suelo y se quitó los zapatos. Llevaba un agujero en el calcetín izquierdo.

—Tráeme un vaso de agua, nena; estoy molido.

—Yo no soy Magdalena —le dije.

—Deja de dar por saco, anda, no son horas —y se tumbó sobre la cama.

Al pasar junto a él me zafé de su abrazo. Lo oí maldecir entre dientes mientras se daba la vuelta.

—Me voy —le dije—,te dejo. Esto ya no tiene sentido.

Ni siquiera contestó.

La recepcionista me dedicó una sonrisa formal.

En la plaza me senté en un banco, a mano derecha de un sauce llorón. Miré el reloj con calma, quitándole importancia al tiempo, a su pavorosa pérdida. Al cabo de una hora llegó una mujer, alta y recia, de andares felinos. Llevaba un maquillaje llamativo y vestía un pantalón vaquero corto y ajustado. Sus pechos bien hubieran podido amamantar a una camada de lobos. La perdí de vista cuando entró en el hotel.

Yo maté la espera con un cigarrillo. El humo abrasó mi garganta.

El matrimonio maduro abandonó su guarida para salir a respirar aire fresco. El hombre se detuvo un momento, a escasos pasos del sauce, pero la noche ya había extendido su manto y me ocultaba en su espesura.

Debí quedarme dormida, pues creí soñar que alguien me hablaba.

—Señora, oiga… —y una mano huesuda me sacudió.

Se trataba de Judas, la prostituta que había contratado Lázaro, la misma que viajó conmigo en el autobús. Dejé caer su tarjeta en el Hotel, por casualidad.

—Liquidado cachalote.

—¿Seguro?

—Y tanto que sí, a ver si se cree que estas dos piernas no saben de achuchones. A mí me llaman la boa constrictor porque mato de amor. Vamos, no pierda cuidado que se ha quedao el infeliz tieso como la mojama. Palabrita de Judas. No me ha durao mas que un asalto, mucho cuento es lo que tienen algunos, sí señor.

Saqué un sobre del bolso y se lo tendí.

—Oiga, no me espere que me vuelvo en el autobús de las doce.

Cerca del banco se detuvo un taxi.

En el asiento de atrás encontré a Magdalena.

—Asunto resuelto, nena —le dije depositando en sus labios un beso.

Al llegar al hotel nos tendimos en la cama.

—Hazte la muerta —le ordené.

Y sin querer me puse a llorar su ausencia.

Enero 13, 2009

Inciso

Archivado en: Teatro — angelicamorales @ 8:54 pm

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Nuestra autora inicia gira teatral de andar por casa. Mañana, a las 19:30 h., en IBERCAJA ZENTRUM (C/Joaquín Costa, 5 – Zaragoza) interpretará unos monólogos dentro de las Jornadas literarias El humor de ayer en Aragón, “por eso lo haré mañana”, dijo ella, “porque me habían ofrecido hacerlo hoy pero he dicho que no, porque si no es antesdeayer, yo no acepto nada”.

Presentará el acto el escritor Amadeo Cobas.

Estais todos invitados. Habrá barra libre de carcajadas.

Enero 10, 2009

A mano derecha (1)

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 1:05 pm

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Above the clouds, obra de Ubé.

“Las personas fieles sólo conocen el lado trivial del amor.

Sólo los infieles viven tragedias de amor”

Oscar Wilde

El autobús entró en la dársena con retraso, las ruedas habían pasado a escasos centímetros de una zapatilla, la de un niño llamado Tomás. Eso lo supe más tarde, cuando la anciana que estaba a su lado gritó con desespero. Luego ambos se perdieron entre el gentío y yo me dispuse a rescatar mi maleta de la panza metálica de aquel autobús desvencijado.

Fuera, el calor empapaba frentes y camisetas. El estómago me dio un vuelco al contemplar la ciudad. Fue entonces cuando recordé a lo que había venido; de súbito, como si antes alguien se hubiese zampado mi memoria, quizá la mujer que viajaba a mi lado, excesiva y poderosa, una afrodita de Lavapiés que rumiaba insultos a cada rato. En la avenida, paré un taxi.

—Al Hotel Mefisto —le dije.

El taxista asintió en silencio. Tenía el perfil de una moneda fenicia, y olía a tabaco negro y sudor. Calculé que ya habría pasado de los cincuenta, a pesar de que su pelo, corto y ralo, brillaba con una negrura de cuento chino. Me entretuve admirando el paisaje urbano, edificios cuya arrogancia rozaba casi las nubes, monstruos de cemento y metacrilato concebidos para matar de gusto. Imaginé cómo sería habitar en ellos, despertar una mañana suspendida entre nubes, otear desde las azoteas la inmensidad del horizonte, como una india errante, moderna y disparatada, absolutamente fuera de lugar.

El semáforo su puso en ámbar y el taxista dio un frenazo. La maleta cayó a mis pies.

—Cago en diez —murmuró.

Al poco, en una plaza redonda y sombría, detuvo el coche. El taxímetro marcaba siete euros cincuenta. No quise dejarle propina. Al cerrar la puerta me miró un momento, con los ojos entrecerrados, como si quisiera guardar mi imagen en su retina; después, chasqueó la lengua y puso el taxi en marcha. Lo vi alejarse despacio, con la parsimonia de un tiburón, sorteando tráfico y viandantes, un asfalto oceánico que pronto lo engulló.

No era la primera vez que me reunía con Lázaro en el hotel de una ciudad desconocida. Lo nuestro no podía ser de otro modo, estábamos condenados a gozar de un amor furtivo, a regalarnos fogonazos de cariño sobre un lecho ajeno. Los hoteles que habían pasado por mi memoria conservaban cierto aroma a nostalgia. Lejanos o a la vuelta de una esquina, baratos o con el lujo domesticado. Todos ellos parecían formar parte de una postal en color sepia donde yo salía retratada de espaldas y al final de cada encuentro regresaba a casa con la sensación de haber perdido una guerra, cansada y rota.

Di un nombre falso en recepción. Lázaro aún no había llegado.

—La 702 —me informó una chica rubia de sonrisa ancha. Su voz sonó lejana, como si proviniera de los confines del mundo.

En el ascensor me topé con un matrimonio maduro. Él lucía una elegancia de mercadillo; desde el cristal, sus ojos me recorrieron sin prisa. A su lado, la mujer luchaba por mantener a raya un bostezo. Llevaba unos zapatos de tacón vertiginoso y se movía inquieta, haciendo girar las caderas sin concierto. Me dio la impresión de que se estaba orinando. Las puertas se abrieron en el tercer piso pero no había nadie esperando. Lanzó el hombre un suspiro, ella mordió la impaciencia. De inmediato volví a marcar el número siete, sin despegar los labios, apretando la maleta contra mis piernas en un intento infantil por mantenerme a salvo de aquellos extraños.

Me pareció que había transcurrido una eternidad hasta que llegué a la habitación 702, en la planta séptima, a mano derecha.

Ninguno de los dos dijo adiós. Se alejaron en silencio, como si tal cosa. En el aire dejaron prendidos pedacitos de desilusión.

Estaba a punto de introducir la llave cuando sonó el móvil.

—Oye, nena, voy con retraso, ya sabes como son estas cosas. Ponte cómoda y espérame. Ñam.

Lázaro siempre se retrasaba y para limpiar su conciencia me regalaba una animalidad cautiva, de león destronado.

—Ñam, ñam —solía decirme. Y acto seguido me clavaba los dientes en la carne.

También le gustaba hacerse el muerto. Se tendía sobre la cama y entrelazando las manos sobre el vientre cerraba los ojos a la pasión. Luego, tras el fuego de mis caricias, fingía resucitar.

—No aprenderás nunca, nena. Ahora viene eso de “levántate, Lázaro”, ¿es que tú no has leído la Biblia?

—No.

—¿Tampoco has visto ninguna película de romanos, de esas en que le dan a Cristo hasta en el cielo de la boca?

—No —contestaba yo con un desinterés mayúsculo.

—Joder, Chus, así no se puede. Menuda inculta emocional. Sin educación cristiana no hay traumas y sin traumas no hay fantasías sexuales que valgan.

La discusión se zanjaba de golpe, en cuanto yo sellaba su boca con la mía.

Enero 7, 2009

El continente africano

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 7:20 pm

cabezas

África Chic, obra de Ubé.

“Mamá, quiero ser negra”. Eso le he dicho nada más levantarme de mi lecho blanco.

“Mamá, quiero pasar hambre”. Eso le he dicho desayunándome dos huevos fritos con chorizo.

“Mamá, quiero que las moscas funestas ronden con impertinencia mi cabeza descomunal, de muerto recién nacido”. Eso le he dicho deshaciendo el lazo de mi trenza.

“Mamá, quiero ser olvidada por la memoria tanguista de los hombres”. Eso le he dicho recordando el mapa del continente africano.

“Mamá, quiero ser negra”. He insistido alisando mi falda azul.

Mi madre me ha dado la espalda. En ella he podido ver la indiferencia tatuada, un trazo obsceno de pinceladas negras y lejanas.

Enero 5, 2009

En la encrucijada

Archivado en: Teatro, vete tú a saber — angelicamorales @ 9:36 pm

(Advertencia previa: Pongan los altavoces a tope porque el sonido tiene baja calidad)

Sí, soy yo, aunque han pasado lustros sigo siendo una folclórica de tomo y lomo. Por eso de darle un respiro al alfabeto sumerio les dejo a ustedes con un video-clip extraído de una obra de teatro que protagonicé allá en los noventa, cuando aún había bosques y pelos en las piernas  (“El invitado”, obra de Vicente Villanueva representada por el grupo Teatraco Teatro).

Que la República les traiga esta noche sentido común.

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