Angélica Morales

Febrero 27, 2009

Llagas en el pensamiento (5)

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Llagas en el pensamiento (5), obra de Ubé.

Detrás de la barra, se revolvió el dueño. Un tipo calvo y corpulento cuyo único orgullo provenía de la magnitud de su barriga. Era parco en palabras y su dentadura, escasa y accidentada, daba la sensación de pertenecer a un difunto.

—Ya te daré yo a ti taberna maloliente…

Mas su furia se aplacó al instante, por falta de interés. Al tío Iván, como así lo llamaban en la aldea, le traían al pario los acontecimientos del mundo. Su vida era una continua desilusión salpicada de rato en rato por un vaso a rebosar de vodka.

Inopinadamente, de un agujero de la pared, tres pasos más allá de la chimenea, apareció la “Princesa de Éboli”, una gata tuerta y con ronquera cuyo mísero pellejo envolvía todavía un esqueleto domesticado de insolencia. Intentó lanzar un maullido pero de su gaznate sólo salió un ruido desagradable que a Vladimiro le erizó el vello. A pesar de su repulsión intentó acariciar al animal. De un salto, alcanzó la aristócrata de callejón el regazo del forastero, aquel que no ha mucho había tomado asiento en un taburete cojo. Miráronse los dos con atención, la gata abrió sus fauces y al punto se desperezó, mimosa, como corresponde a las de su especie. En lo que se tarda en decir amén, aquella criatura de los infiernos se quedó dormida, Su pelo negro contrastaba sobremanera con el pantalón claro del forastero. Todos excepto Vladimiro pensaron que se trataba de un mal presagio.

—Otra ronda tío Iván, que paga la curiosidad —gritó el cartero.

—Yo no conozco a esa golfa —respondió sacándole brillo a un vaso desportillado.

—Más te vale, no trae nada bueno la susodicha. Fíjate para lo que sirve —y señaló a la gata que en ese momento comenzaba a ronronear—. Sólo para dar por saco, compadre.

El otro forastero apuró la copa. Del bolsillo de su chaleco sacó un paquete de tabaco. Antes de decidirse a liar un cigarro, lo sostuvo sobre la palma, intentando adivinar su peso. Tenía las facciones de un príncipe, sin embargo algo en sus ojos le otorgaban el aspecto de un truhán, de esos que nacen con la tempestad bajo el brazo. Al poco, agitó la cabellera y tomó asiento junto a su amigo.

—Venga ese vino, que tengo un desierto en la garganta —volvió a hablar el cartero.

—Ya va, cagoentó.

Sirvió el tío Iván vino a mansalva, como si en efecto, de pagar la cuenta se encargase una autoridad celestial. Mientras, los parroquianos, cerraron filas en torno a Vladimiro, cada vez más exigentes con su trato, hasta que el infeliz quedó reducido a un guiñapo. Una vez a merced de aquellos, diéronle de beber de forma impertinente, haciendo un embudo con uno de los panfletos de la boticaria que el cartero llevaba en su bolsa.

—Y dinos rapaz, ¿qué te cuentan esos lamentos abismales?

Nada podía contestar Vladimiro, que para evitar ahogarse, tenía que engullir a la velocidad del rayo el elixir dionisiaco.

—El diablo es puerco.

—Y cojo.

—Y bizco.

Uno a uno iban repitiendo la conversación anterior, y a sus palabras se sumaban las risas, carcajadas espeluznantes que afeaban sus rostros sonrosados por el alcohol. Y bebía el rapaz olvidado de razón, y el vino mancillaba sus ropas, su piel y su honor.

Hizo amago de levantarse el forastero que sostenía a la princesa de Éboli en el regazo, pero su amigo se lo impidió con un gesto.

El tío Iván echó el cerrojo una hora después.

—Pídele cuentas al gobierno —bramó el panadero borracho y furibundo.

Alguien ensayó un aplauso cuando salieron a la calle, otro tosió de forma brusca, hubo quien vomitó en la plaza, a los pies de la fuente. Don Aureliano intentó caminar con paso de soldado pero no consiguió sino tropezar consigo mismo cayendo de bruces al suelo, como un Goliat.

La casualidad hizo que pasara por allí el maestro. Traía el pelo revuelto, de medusa y su caminar era pausado, un ardid que a menudo utilizaba para no despertar sospechas. No obstante los forasteros, al verlo llegar se alejaron unos pasos, sincronizados, evitando el contacto con la turba que poco a poco iba perdiéndose en la noche.

—Este maldito frío me está consumiendo por dentro, ¡quiá! —protestó el cartero tambaleándose sobre la acera—. Es como si tuviese un perro dándole dentelladas a mi carne.

—Mal asunto —contestó con la boca torcida Don Aureliano.

En el centro de la plaza Vladimiro buscaba una salida a su vergüenza. Era tal la cantidad de vino que albergaba que parecíale la aldea una capital de categoría, incluso sus ojos creyeron divisar el palacio del Emperador, con sus almenas doradas y un pendón ondeando al aire, encarnado como sus carrillos.

Revolvió en su bolsa el cartero y sacó un pliego. Luego de mirarlo con atención, guardando un precario equilibrio sobre sus piernas de garza, se acercó a Vladimiro y lo arrojó sobre su cabeza. Quedóse el pliego un instante sobre la testa, cual cornamenta.

Con la guasa se marcharon los parroquianos a sus hogares. Abrazados unos a otros, sin dejar de escupir canciones de fiesta, hasta que la nieve los engulló en la cumbre de su necedad.

(continuará)

Febrero 25, 2009

Llagas en el pensamiento (4)

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Llagas en el pensamiento (4), obra de Ubé.


En efecto, días más tarde, había vaciado ya la panza de dos botellas cuando se decidió a desenrollar su lengua de lagartijo.

—Así que ahora el rapaz además de aprendiz de boticario anda en negocios con el diablo —el de la vozarrona de sargento no era otro que Basilio, el cartero, hombre flemático y con gran sentido del honor si hubiera nacido con él.

—No señor —se apresuró a aclarar Vladimiro—. Lo que penetra en mis oídos no es una voz, si no muchas, un coro de ángeles celestiales.

A poco se atraganta el cartero y dejando a un lado el vaso, se dispuso a rascarse las patillas antes de retomar su discurso. El frío empañaba los cristales de la taberna, parecía que un dragón imaginario hubiese dado rienda suelta a su furia, ese aliento blanquecino que desde hacía semanas cubría tejados, cogotes y conciencias. Las calles estaban desiertas; frente a la botica, un burro se revolvía atado a un árbol. Todo el mundo sabía que era el penco de doña Casiana, escuálido y casi tan viejo como ella. Sobre su lomo colgaba una manta hecha de retales, oscura y pasada de moda, muy del gusto de aquellos que se complacen más en guardar las formas que el sentido común. Vladimiro pegó su nariz al cristal y lo observó detenidamente. Por un momento le pareció la estrofa de un verso soñado, la poesía en carne y hueso de una vida que se deshacía a gajos ya desde el instante mismo del parto. Lo intentó de veras, rescatar de sus sentidos aquella sensación de abandono, de fútil existencia, pero fueron inútiles sus esfuerzos porque no consiguió estremecerse siquiera por la compasión. Empezaba a creer, igual que el resto de sus vecinos, que poseía una cabeza de chorlito. Pronto los parroquianos se congregaron en torno a su figura desvalida. Fumaban unos con las bocas tenebrosamente abiertas, los menos se entregaban a cavilaciones necias, de esas que no llevan más allá del aborrecimiento. No ha mucho habían llegado a la aldea dos forasteros de planta urbana, altos, silenciosos y limpios, con ese toque que distingue a los que no han trabajado más que con el seso, eruditos de libro que lucen perillas elocuentes, sacan impertinentes de sus bolsillos y se hacen lustrar los zapatos mañana y tarde. De esos que están en la lejanía, como buitres rondando desgracias, hombres con sombrero de hongo y corazón de manzana mordida por el progreso. Se habían dispuesto éstos al pie del hogar, sin desprenderse de sus abrigos. Y miraban de hito en hito hacia la barra, sopesando la estupidez de Vladimiro y sin saltarse ni una sola de sus palabras.

—Nos han jodido con los ángeles afónicos. Ni que el bosque fuera una coral, ¡quiá! A mí me da que lo que has escuchao no ha sido más que el rugir de tus tripas. Dile a tu madre que deje de pensar en novelas y engorde los peroles.

—Eso, o que se afeite el bigote, que no hay mujer que pueda pensar en ser mujer portando los bigotes de un capitán —y desde su boca chiquita llegó la satisfacción de un chasquido. Don Aureliano además de amasar el pan y hacer rosquillas con el dedo gordo, en sus ratos libres instruía a los jóvenes haciendo que cargaran sobre sus hombros una estaca que él mismo preparaba al amanecer, después de alimentar el horno. Estaba convencido el panadero de que la milicia popular era imprescindible para salvaguardar la dignidad de cualquier hombre. A Vladimiro no lo quería entre sus filas y si lo veía merodear por sus tierras, sacaba la escopeta de perdigones y disparaba al aire. En más de una ocasión hizo blanco con una paloma que terminó en su cazuela sin querer, como las guerras que se avecinan.

—Y dinos rapaz, ¿qué te cuentan esos lamentos abismales?

—Nada, sólo son murmullos y algunas risas atronadoras.

—El diablo es puerco —afirmó con convencimiento Don Aureliano.

—Y cojo —el cartero, bebía ahora su tercer vaso de vino.

—Y bizco.

—Y huele a rayos.

—Y chapurrea en arameo.

—Y bendice con la izquierda.

—Y perdona a cambio de sangre.

—Y revienta a medianoche en todos los relojes buenos.

Don Aureliano arrugó el ceño. Sus cejas, pobladísimas, parecían dar cobijo a un Imperio.

—Pero si tú no entiendes las horas —le reprochó el panadero a su compinche.

El otro elevó los ojos al techo. Su mirada se quedó suspendida en la lámpara. Al cabo, meneó la cabeza apesadumbrado y destapó la caverna de su boca, donde un aliento de ladrón acarició el rostro de Vladimiro.

—Me las invento como todo en esta vida.

—Oye rapaz —se precipitó a decir Basilio—, ¿no nos estarás tomando la cabellera? —se había erguido instantáneamente, con la ofensa titilando en las aletas de su nariz ganchuda.

—Es tan cierto como que estoy aquí, en esta taberna maloliente.

(continuará)

Febrero 23, 2009

Llagas en el pensamiento (3)

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Llagas en el pensamiento (3) – Obra de Ubé

Gustaba la máxima autoridad de la fe de frecuentar la compañía de Doña Casiana, afín en doctrina y etiqueta. Y no ha menester en resaltar la estampa que aquellas dos componían; pues a la desmesurada planta de Doña Casiana se unía la pequeñez de la boticaria que, empujada por las circunstancias, torcía el cuello con gran esfuerzo en un intento por capturar el discurso apasionado de la otra. De lo único que se libraba era de su aliento, ya que el abismo que las separaba hacíase cargo de desviar el rumbo de su veneno. De siete a nueve, sin faltar un solo día, acudían a la imprenta del maestro para trabajar en sus octavillas, panfletos con alusiones evangélicas que tenían la misión de idiotizar al pueblo. Huelga decir que la mayoría de aquellos pedazos de gloria gramática terminaban por alimentar las chimeneas.

—Si el señor no se rindió en su adoctrinamiento, ¿quiénes somos nosotras para hincar la rodilla en el suelo?

Dos pasos más allá, con las manos pegadas al regazo y las piernas ligeramente arqueadas, Doña Casiana se entregaba a su elocuencia. El maestro, un tipo larguirucho y despeinado, las dejaba hacer en silencio. Tenía alrededor de treinta años y gozaba de una viudedad sospechosa. A la aldea lo trajo un carro del que tiraba una yegua vieja, enferma de aburrimiento. Del interior de su maleta sacó trece libros, cuatro calzoncillos, un par de pantalones sin estrenar y seis camisas gastadas por el uso, de puños miserables. No se le conocían amistades, ni siquiera era dueño de un periquito con el que poder espantar las horas. Era propenso, eso sí, a empacharse con las acelgas, dos platos seguidos hasta el borde que engullía con los ojos entrecerrados, invocando el trance, lo mismo que si en vez de verdura estuviese metiéndose al cuerpo una corte de cerdos. Sus lecturas eran en demasía intelectuales, alejadas del conocimiento popular que no alternaba sino con los evangelios y los panfletos de la boticaria. Después de aleccionar a la canalla, Don Braulio, se encerraba con llave en el hogar, un chamizo hecho de troncos húmedos y hojarasca del bosque que a más de uno le inspiraba pavor.

—Tate, por nada de este mundo y de mitad del otro quisiera tener sobre el cogote las sábanas del diablo.

De este modo tan peculiar era tildado todo aquello que procedía del bosque, lugar, al que nadie osaba adentrarse desde que apareciera muerto el pastor y su perro, dos meses atrás, justo cuando Vladimiro comenzó a depositar los fardos en el tercer roble.

Y era el rapaz firme de palabra. Ni una vez siquiera había inspeccionado el fardo y cuando la curiosidad crecía en sus tripas, alejábala de un cabezazo, directamente contra el tronco del roble, duro y siniestro que acababa por abrirle una brecha en la frente.

—¿De dónde vienes, tontaina? —le espetaba la madre atusándose el bigote. Parecíale entonces un corsario sin bergantín.

Se quitaba Vladimiro la gorra en la entrada donde le aguardaban unas zapatillas roídas con las que recorría la casa. Siempre llegaba sudado y con un arranque de tos, y sus ojos, enfebrecidos, parecían querer saltar de las órbitas. Ponía el infeliz tal cara de espanto, que su madre llegó a pensar que su locura había aumentado desde el día en que se puso a las órdenes del boticario.

—¡Rediez! Pues sí que nos la ha jugado el magnífico. Alumbre usted hijos para que te acaben dejando entre tinieblas.

No creía la madre las historias de su benjamín. Fruncía el ceño y se palmeaba el muslo ofendida si Vladimiro mentaba el bosque y sus aventuras misteriosas.

—¡En el tercer roble, rapaz! —exclamaba imitando la voz atimbrada del boticario—, y luego, ya sabes, echas a correr.

—Al bosque sólo van los locos —respondía al cabo—. Por eso te manda allá el señor boticario, métetelo en la chaveta, ningún hombre cabal asomaría la nariz por esos lares. Válgame el cielo que no hay ni redaños, ni insensatez. A saber qué mano traidora ha retorcido el pescuezo del pobre pastor. ¡A mí los villanos! —gritaba lanzándose al abordaje de la sinrazón.

Callaba Vladimiro el hecho de que muchas tardes, tras depositar el fardo en el tercer roble, se adentraba en el corazón del bosque para calmar la sed en la fuente que llamaban “mentirosa”, pues cuenta la leyenda que nadie en su sano juicio había sido capaz de capturar una sola gota entre sus labios ya que la muy tunanta se adentraba en su escondrijo al mero contacto con el hombre. La aldea llevaba lustros censurando su capricho y vituperando su nombre, como así suele suceder en la historia de la humanidad desde que las entendederas se estrechan. Mas no había nada de cierto en semejantes chismes, de ello podía dar fe Vladimiro , que aún conservaba en su garganta la frescura del agua, de una pureza sobrecogedora y tan deliciosa, que creía el rapaz haber besado a cien mil vírgenes.

Ya en el lecho y ahíto de ingerir caracoles sin salsa, se restregó el rasguño con un pañuelo amarillento. A mano derecha la madre había intentado bordar su inicial, pero no estaba tocada la mujer para las tareas propias de su género y tampoco disponía de paciencia con la que sostener sus artes, por lo que la letra acabó muriendo en el paño aún antes de ver la luz. No sintió sino un escozor ligero, igual al de sus ojos, que ya luchaban por echar la persiana de cierre.

—Cuando diga en la taberna que el bosque habla me van a moler a palos, eso o me invitan a un cuartillo de vino, o dos…pardiez, que bien valdrían mis historias un tonel si me lo propusiera.

Y se durmió con ese aquel, dándole vueltas al asunto entre los dientes, paladeando bien una copa, bien un cigarrillo espeso, retorcido al punto, como los bigotes de la que le había dado el ser.

(continuará)

Febrero 18, 2009

Llagas en el pensamiento (2)

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Collage de Ubé.

Llegó a los dieciocho años sin pena. Gordo de desdicha, con las manos enrojecidas por el exceso de agua y la cabeza embotada de ideas modernas aprendidas en los libros; revoluciones, tronos que se liquidan, muchachos que enarbolan banderas y bosques que se trasforman en palacios para bribones. Por aquellos días circulaba el rumor de que la ciudad se había levantado en armas contra el gobierno, y ya los diarios no daban a basto para anunciar calamidades, ora la retirada de un ejército, ora la quema de un ayuntamiento, ora la destrucción de cinco iglesias. Minuto a minuto, desfallecía la calma.

—Bah, paparruchadas, aquí estamos a salvo. No le quepa la menor duda, alcalde, de que podemos dormir tranquilos. Mi señora hasta ha empezado a roncar, fíjese usted lo que le preocupa a la infeliz todo este alboroto —así hablaba el boticario, hombre fino y cultivado, que de noche, en el laboratorio, trabajaba en una fórmula secreta. No se le conocía más afición que la de desear los bienes del prójimo.

—Eso espero, Don Marcial, porque si llegasen a atacarnos no tendremos más remedio que defendernos con los ronquidos de su santa esposa —sentenciaba el alcalde.

Los domingos Vladimiro se mudaba la camisa y el calzón, y frente al espejo ensayaba gestos de hombre tales como fruncir el ceño, dilatar las ventanas de su nariz o morderse el labio inferior; todo ello de forma nerviosa, haciendo que una vena gruesa y del color del cielo saliera a la superficie amenazadora. Su madre lo observaba furibunda, y por no atizarle, arrojaba su mal humor a la sartén donde acababa friéndose junto a un par de huevos.

Tiempo ha que Vladimiro había abandonado la escuela y de su sabiduría sólo le restaba la lista de los reyes asirios y una cierta facilidad para inventar historias inverosímiles.

—Y que yo sepa, truhán, las coronas nunca han dado de comer.

Así se dejaba sentir la madre de camino a la mesa, blandiendo la cuchara de palo y poniendo en marcha unas caderas que empezaban a dislocarse. Los rumores la colocaron de inmediato al lado del bando insurrecto; sin embargo, aquella desgraciada jamás supo a ciencia cierta el significado de semejante palabra, y si alguien la acusaba, encogía los hombros y enfilaba la cuesta, como si tal cosa, mascullando insultos en latín.

—Hijo —dijo de pronto, una noche fría y antipática, de cuento ruso—: Ha llegado el momento de la verdad.

Vladimiro sostenía entre sus dientes un trozo de pan duro que había intentado hacer pedazos en vano. Despacio lo dejó caer, no sin antes limpiarse un hilo de baba que se precipitaba mentón abajo.

—¿Me entiendes, rapaz?

Movió la cabeza dos veces consecutivas Vladimiro; luego, buscó en el repertorio de sus gestos uno que se adecuara a la sensatez. No halló más que el vacío, por lo que se mantuvo quieto, clavado a la incertidumbre.

—Perras, eso es. Lo que falta en esta casa es el botín del pirata. Una moneda que echarse al mandil y un billete que guardar bajo la almohada, ¿estamos?

La madre era ducha en parlamentos literarios, leía con soltura aunque no era capaz de escribir su nombre. Había lenguas que otorgaban la paternidad de Vladimiro al capitán de un barco ballenero, un tipo malencarado, con olor a carne putrefacta y cojo de la pierna izquierda. Cuentan que de ahí le venía a la doña su afición por los romances marítimos y las aventuras difíciles.

—Estamos —contestó el muchacho.

—Y el Señor ha querido que empieces a ver la luz. Don Marcial tiene necesidad de un aprendiz. He hablado con él y hay conformidad. A primera hora te espera en la botica. Se acabó el gandulear y darse al vicio en la taberna que para echarte a perder ya tendrás tiempo.

En la sopa vio flotar una mosca, tan negra como la intención del boticario, pero eso lo supo más tarde, un sábado, el que hacía seis desde que llamó a su puerta.

—Cuidado con ese frasco, es una receta magistral.

Don Marcial tenía la costumbre de fumar en pipa mientras trabajaba. Iba el boticario soltando un humo débil a su paso, igual que un barco de vapor sin resuello.

—Y cuando termines de limpiar, no olvides que tienes que ir al bosque.

Vladimiro asentía sin soltar el trapo, dejando a buen recaudo las pociones mágicas. Si lo miraba de soslayo, aquel hombre orondo le resultaba de lo más insignificante, en cambio, al verlo elaborar sus ungüentos se le representaba un ser irreal, salido de una fábula.

—¿Me has escuchado, rapaz?

—Sí señor, tengo que ir al bosque y depositar en el tercer roble el fardo.

—Y después irte de allí con zancada endiablada.

—Escopeteado, sí señor.

—Y no mirar hacia atrás, métetelo en tu cabezota —llegados a este punto, el boticario se acercaba a Vladimiro con gesto severo, tan sólo unos centímetros distaban entre ellos. Rozábanse sus respiraciones, encendida la una, cautelosa la otra.

—Pierda cuidado que no pienso mirar mas que al frente, como los soldados.

Entonces el boticario destapaba una risa ácida que lo sacudía por entero, incluso la pipa vibraba entre sus labios.

—Así me gusta, la obediencia es la mayor virtud de los hombres en estos tiempos de infame rebeldía, vive Dios.

Sin motivo alguno y como si de un milagro se tratase, la sola mención del divino anunciaba la llegada de la señora del boticario. Era ésta pequeña y altiva, de una soberbia mayúscula. Lucía un peinado de romana cuya complejidad la hacía caminar ceremoniosa, sin girar el cuello, con esa tiranía del César.

—Marcial, para nombrar a Nuestro Señor tendrías antes que lavarte la boca —le recriminaba.

Luego, abandonaba el laboratorio de la misma forma en que había irrumpido en él, de sopetón. Se ocupaba la señora de los quehaceres de la casa, abusando de sirvientas y cocineras, que cada principio de mes, se veía obligada a variar. En la fuente de la plaza, lugar de encuentro de las mujeres de la aldea, la boticaria se convertía en la protagonista indiscutible del cuchicheo. También la madre de Vladimiro mentaba a la señora, pero cuando lo hacía le daba cierto aire folletinesco, como si quisiera vestirla de Ana Karenina.

—Lo que yo os diga, la susodicha cualquier domingo se nos escapa con un oficial de caballería o con un seminarista de la ciudad, que para el caso es lo mismo. Y allá cuentas.

—Para ti todas tienen que acabar igual, arrojándose a la perdición —añadía una.

—¡Quiá! Es el destino de las señoronas, a ver si te crees que pudiendo tener capitán vas a conformarte con boticario.

—Los amoríos pronto te dejan en los huesos. Si es buena Eva ,tiene por narices que arrimarse a la bolsa, y el boticario pesa casi tanto como su fortuna.

—Perras, eso es; lo que falta en esta aldea es el botín del pirata —repetía la filibustera.

—Déjate de marineros bigotudos, que bastante tenemos con ponerle freno a la revuelta. Como la cosa se enrede, veo a la Madame clavando una empalizada en el altar mayor.

Y reían en alto, las descaradas.

(continuará)

Febrero 16, 2009

Llagas en el pensamiento (1)

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Llagas en el pensamiento 1, obra de Ubé.

LLAGAS EN EL PENSAMIENTO

“Yo era un tonto y lo que he visto

me ha hecho dos tontos”

Rafael Alberti

Su mirada provenía del bosque, por eso tenía aquella oscuridad enmarañada, y arrugaba el ceño al caer la tarde, cuando las nubes precipitaban su marcha y dejaban el firmamento tiznado de negrura. Bien es cierto que hablaba poco, y siempre le daba vueltas a la misma letanía, en su lengua roja y fina, de lagartijo. En la aldea se hacía llamar Vladimiro, en la casa miserable que le daba amparo, su madre, una anciana bigotuda y paticorta lo reclamaba batiendo las palmas, como si el hijo hubiese nacido sirviente. Dicen que en pleno alumbramiento se apagaron todas las velas, tan sólo un cirio con el sebo mustio logró mantenerse ardiendo, empero su llama era dubitativa, cual si no estuviera seguro de que hombre alguno fuese testigo de semejante suceso. Se cuenta de más, en los lugares donde el frío es tenaza. Destapan las comadres sus gargantas para entretener el tiempo, ese reloj con manillas heladas que al ceñir las muñecas, mata. Y cayó de bruces al suelo el rapaz, ensangrentado aún, resbalando de entre las manos de la comadrona, ésa a la que llamaban Polaca; alta, rubia, guapa y rencorosa. El golpe lo dejó muerto unos instantes. Desde entonces su cabeza de infante se mostró perezosa. Se atreven a ir más allá las vecindonas, cuando se empecinan en creer que albergaba Vladimiro en su interior pensamientos monstruosos que, en ocasiones, lo hacían aullar como un lobezno; o bien reír sin venir a cuento en los funerales, mientras el cortejo atravesaba la plaza con el luto a cuestas y la pena al borde de los labios. A los tres meses aprendió a pedir pan, y a hurtadillas, hundía el dedo gordo en el frasco de melaza, la única dulzura que saboreó en su vida. Su madre se ufanaba en la botica, de que su benjamín, leía de corrido la cartilla de racionamiento y el misal que guardaba en la coqueta, después se santiguaba poniendo los ojos en blanco, pidiéndole perdón al Todopoderoso.

No había ni una sola alma que no se mofara de su locura, aunque entre dientes todos lamentaban su suerte.

—¡Qué se le va a hacer! Si ha nacido mochales por algo será. No hace el señor las cosas a la ligera, ni arroja al mundo criaturas porque sí. Motivo tendrá —decía doña Casiana, soltera y piadosa, de estatura pantagruélica y andar sinuoso, igual que si tuviese una cuesta entre los muslos. De sus entrañas subía a cada rato un aliento cálido, emponzoñado.

Al cumplir los quince, Vladimiro se echó a la boca el primer cigarrillo. En la taberna los parroquianos aferraron expectantes sus vasos, conteniendo apenas el aliento hasta comprobar como el pobre rapaz se ahogaba en aquel humo de locomotora ajada. Fuera, la nieve había cubierto los tejados y las aceras. La aldea parecía una postal de libro, de esas que se relegan al fondo de un baúl.

Luego que hubo dado la última calada, sentáronle en una mesa, como si fuese un personaje histórico. Y dejaron caer sobre su hombro palmadas de complacencia, fuertes y sinvergüenzas, con el fin, de festejar su recién estrenada hombría.

Pero desde entonces adoptó Vladimiro una nueva manía; la de lavarse las manos de forma incesante, pues el tabaco había dejado en sus dedos un olor a podredumbre tan intensa que se le antojaba que era el mismísimo perfume del diablo el que había venido a instalarse en su piel. Cuando se lo contó a su madre, ésta le cruzó la cara. Tuvo el barbero que zurcirle el morro y sacarle un diente.

Nadie vino a consolarlo al lecho y en la escuela , ocupando como de costumbre el pupitre más alejado, le dio por pensar en cómo sería su vida si todos los que habitaban la aldea desapareciesen, mágicamente, con un batir de palmas.

—Te he dicho que a la escuela se va a aprender, no a dormir, maldita sea tu sombra —rosigaba la madre horas más tarde, en la cocina, sin dejar de trajinar en los fogones. Al poco, hacía picadillo el aire con sus palmas. Vladimiro obedecía sin rechistar, como un perro de caza, poniendo en marcha su buena voluntad.


(continuará)

Febrero 12, 2009

La cabeza del monstruo (relato breve)

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 10:12 pm

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Frustrated, obra de Ubé.

Se empecina en acercar su boca grandiosa a mí y escupir en mi oído millones de gérmenes que al cabo de un rato comienzan a declararme la guerra en mi interior.

Tiene los ojos chiquitos, de aceituna aún por madurar, y de su mandíbula cuelga a todas horas un hilo de incertidumbre donde se columpian sus pensamientos.

Me mira y retrocede, fingiendo enojo. Y entonces sacude su cabeza magna despojándose de intenciones.

Yo lo contemplo clavada al suelo, con los brazos en alto para agarrar su furia.

La cabeza del monstruo se desenrosca sola. Eso me lo enseñó mi madre, a oscuras, mientras invocaba el sueño.

Por eso espero, con el aliento suspendido, su claudicación que no ha de llegar.

Por mi ventana se cuela un viento chillón, de doncella mancillada, que parece advertirme de un peligro que conozco.

Sus ojos chiquitos me enfocan obstinadamente. Aprieto los párpados y me dejo capturar por su insignificancia.

La cabeza del monstruo es idéntica a la mía. Eso me lo enseñó mi madre, a oscuras, mientras yo desenroscaba la suya.

Febrero 9, 2009

Cola de caballo (relato breve)

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 7:45 pm

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Cola de caballo, obra de Ubé.

COLA DE CABALLO

“La memoria es el diario que todo el mundo lleva consigo”

Oscar Wilde

Se descomponía la tarde pedazo a pedazo, como la manzana abandonada en el alféizar de una ventana. Me sudaban las manos y el cuello, y hacía rato que vagaba con el rumbo extraviado por aquella huerta microscópica en cuyo centro se erigía una barraca, de esas que en las novelas dan cobijo a historias horripilantes. No ha mucho me habían comunicado la muerte de su inquilina, una tal Jacinta, hembra de boca suelta y cadera estrecha, guapa como ninguna y rencorosa hasta la médula. Yo estaba allí para cerciorarme de que en efecto, la de la cola de caballo, como solían llamarla los pocos vecinos que se mantenían al pie del cañón, había dado el último suspiro. Un campo de limoneros altivos por el que ya había pasado tres veces sirvió de aparcamiento improvisado para mi seat panda.

En la puerta, pintada de un llamativo color verde, gimoteaba una vieja. Sobre su cabellera, cana y crespa, se sostenía a duras penas un pañuelo con las puntas ligeramente retorcidas. Tenía la mirada oscura y tan lejana que sus pupilas parecían estar observándote desde el faro de Alejandría. No se inmutó ante mi presencia. Se limitó a alzar los brazos y manosear las puntas de su pañuelo, como si con ese gesto estuviera ajustando la sintonía de su dolor. Golpeé con los nudillos pero no obtuve respuesta, entonces empujé la puerta despacio.. Olía a romero y a paella, a tomates pelados y a colonia de lavanda. El silencio reinaba en el hogar, No sabía qué hacer. Estuve largo rato anclada a las baldosas del suelo, a ese mosaico de otro tiempo, sucio y descolorido, un pedacito de alegría marchita que me recordó todo aquello que jamás llegaría a poseer. Justo cuando comenzaba a desesperar escuché una voz ardiente, de úlcera de estómago.

—Tuerza a la derecha y camine de frente. Tenga cuidado con las cajas y evite al perro; no muerde pero ladra como un condenado. Estoy hasta los cojones del perro —escupió.

No dudé en seguir sus instrucciones. El perro, que respondía al nombre de bandido, era un caniche amarillento, de dentadura escasa y andares renqueantes, como si viniera de haber atravesado el desierto del Gobi. Ladraba sí, pero con un cansancio de siglos, sentado sobre sus patas traseras, con el rabo en continuo movimiento mientras una mosca rondaba incesante su cabeza..

Jacinta se encontraba al fondo, en una alcoba de dimensiones gigantescas, un pequeño palacete levantino que amenazaba ruina y olvido.

—Mañana esto será un centro comercial o una supermercado para merluzos —la voz volvió a destapar su rotundidad.

Era un hombre de una fealdad conmovedora, de estatura media y espaldas anchas, de esas que acostumbran a cargar patatas y desdichas.

—Se preguntará quién coño soy.

—¿Su hijo, tal vez? —me atreví a decir.

El extraño sonrió para dentro, con esa alegría íntima que se guarda en las entrañas.

—Veo que tiene usted buen ojo.

—Es lo normal en estos casos —dije deshaciéndome de bandido.

El hombre sacudió la cabeza contrariado.

—Supongo que sí —hizo una pausa y se incorporó, no sin antes echar un vistazo al cadáver de Jacinta.

—¿La mandan los de la constructora o los del ayuntamiento? Porque si es así, ha hecho usted el viaje en balde. Mi respuesta sigue siendo la misma: que le den morcilla a todos.

—Soy periodista —susurré.

—Acabáramos.

El sonido inoportuno y festivo de un móvil hizo añicos el duelo.

—Ya estuvieron aquí los de la prensa y se pusieron las botas haciendo fotos. A mi madre le gustaba mucho que la retrataran, de esa forma se sentía importante.

Hice un amago de acercarme a Jacinta. El móvil continuaba sonando en el interior del bolsillo del hombre.

—¿No va a cogerlo?

—Sea lo que sea puede esperar. Para mí los muertos tienen prioridad en la vida. Ya tendremos tiempo de sepultar después su memoria.

La melodía se hizo más apremiante, como si estuviera acelerando las notas. Sentí ganas de abalanzarme contra el hombre y apoderarme de su teléfono. Debió de notar mi impaciencia porque me miró divertido, con esa languidez del que nada espera.

Nos mantuvimos en silencio unos instantes, hasta que se cortó de cuajo la insolencia del móvil.

—No va a levantarse —dijo encendiendo un pitillo.

—¿Perdón?

—Jacinta. Para ella se acabaron todos los dramas.

No encontré una respuesta apropiada, por lo que permanecí callada frente a la cama con dosel que cobijaba los despojos de aquella mujer que se había convertido en la Agustina de una causa perdida. Me pregunté, dejando vagar la mirada por el mosaico del suelo, en las veces que ésta habría hecho el amor allí mismo, sobre esa cama infinita, de puente románico tendido entre dos mundos. Jacinta, vestida de luto riguroso, cual matrona siciliana, permanecía con esa actitud de aparente ausencia que siempre tienen los muertos, con su cola de caballo asomando entre la petulancia de una almohada cuya blancura comenzaba a amarillear; lo mismo que su pelo, prisionero en la vulgaridad de una goma que ya no sujetará más que un olvido agusanado.

—Tenía guardada la ropa de su mortaja desde hacía diez años, desde el mismo día en que murió mi padre.

Era cierto, yo tomé nota de sus declaraciones cuando visité la barraca por primera vez, un septiembre frío y ventoso, la tarde en que a tan sólo unos metros, las excavadoras devoraban huertas y sueños.

—A mí de aquí no me sacan más que con los pies por delante —había afirmado Jacinta, brava como un mihura, con los ojos y los carrillos encendidos.

De pronto bandido lanzó un ladrido, lobezno y antipático. Quise acariciarlo pero el hombre me lo impidió.

—A éste también se le ha acabado el chollo.

Me fijé en su mandíbula, una máquina de hacer picadillo las intenciones, y en el pequeño lunar junto a su boca, y en sus labios finos y desdibujados, y en su cuello de columna jónica, tan tenso que contemplarlo provocaba escalofríos, como si de un momento a otro fuese a estallar convirtiendo la tosquedad primitiva del hombre en un humo pasajero y caribeño.

—En el fondo ha tenido suerte. La muerte ha sido amable con ella.

En la cabecera, un crucifijo invitaba a contar las penas una a una.

Desde la ventana pude ver a la anciana coronada de algodón doméstico. Continuaba con su llanto, monótono y cansino; fuera, en mitad de una tierra condenada a una modernidad de pega, donde con total impudicia un neón infatigable se encarga de anunciar nuestra estupidez.

Me despedí del hombre y salí de la barraca con prisa, como si la vida estuviera pellizcando mis nalgas. Ya en el interior del coche, pensé en ese conjunto veraniego que guardaba en el armario, hacía ya dos años, desde el mismo día en que decidí morirme.

Febrero 6, 2009

Las botas del viejo (relato breve)

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Las botas del viejo, obra de Ubé

LAS BOTAS DEL VIEJO

“Mía es la venganza; yo daré el pago merecido, dice el Señor”.

(Romanos, 12, 19)

El viento azotaba los cables eléctricos con tal furia que bien hubiera podido pensarse que una mano divina castigaba la presunción del hombre.

Un frío moscovita había convertido en rehenes a los vecinos. En el camino, la nieve se amontonaba a capricho formando pequeños montículos.

Anatolio se sacudió ante el hogar. Traía la cabellera húmeda y sus mejillas habían cobrado el color de una berenjena. De forma inconsciente se pellizcó la carne. Sobre la mesa descansaba el libro de Gorki, una historia acerca de madres y revoluciones que en un principio leyó con ansia, pero de eso hacía ya una semana. Ahora no era sino papel viejo, una combinación de palabras que contenía los secretos de la humanidad. Y la humanidad no le interesaba lo más mínimo.

Arrojó un leño y se deleitó con la visión del fuego, aquella voracidad lo mantuvo clavado al suelo durante diez largos minutos. Cuando quiso darse cuenta, tenía la ropa seca. En la cocina bebió un trago de vodka, hasta que la garganta le escoció. Lo único que le quedaba de su vida anterior era un retrato en blanco y negro. Desde el abismo, una mujer sonreía. Era menuda y hermosa, de ojos grandes y despiertos, con esa languidez que poseen las criaturas que están condenadas a extinguirse. Con la yema de su dedo rozó el rostro de Natacha.

—¡Qué solos se quedan los muertos! —pensó.

Anotolio hubiera dado cualquier cosa por resucitar a Natacha de las tinieblas de su pensamiento. No le tenía miedo a nada, ni siquiera al viejo aquel que deambulaba por el pueblo profanando tumbas y recuerdos. Lo había visto de lejos, un domingo al salir de la iglesia. El pope le dedicó una mirada furibunda, después murmuró entre dientes algo parecido a una maldición. El resto de vecinos se apresuró a regresar a sus casas, despavoridos, igual que si se les hubiera aparecido el demonio. Un hombre escupió sobre la nieve, a su lado, justo cuando el viejo se quitaba el sombrero a modo de saludo.

—Que tengan ustedes un buen día —dijo.

Su visión resultaba hipnótica. Era bajo de estatura, de aspecto circense, y lucía una barba hirsuta y negra, como ovillo de lana. Al caminar movía los hombros exageradamente, dando a entender su indiferencia, y sus ojos, saltones, miraban en derredor con curiosidad casi infantil. Anatolio se fijó en sus pies, de un tamaño considerable si se tenía en cuenta su talla de duende.

En la taberna del tío Iván los rumores circulaban frenéticos, de un vaso a otro.

—Por la virtud de mi madre que ese viejo trae mal fario. Dicen que lo vieron hablar con la señora Lizaveta Pretovna y su hija, y poco después las dos abandonaron el pueblo. Claro que nadie las ha visto, pero la casa está cerrada a cal y canto.

—Eh tú, muchacho, ¿no ves que tengo el gaznate como un desierto? —bramó un fulano sucio y mal vestido.

También la familia que habitaba frente al estanque había puesto tierra de por medio.

—Mira que tragarse eso de que las botas tienen el poder de conducirte donde están los muertos —volvió a decir.

—Por la memoria de mi difunta que eso es tan imposible como que éste huela a perfume francés —y señaló al hombre harapiento.

—Váyase a tomar el aire a Estambul —le espetó—, eh muchacho, esa botella que me ahogo —luego torció el cuello con la gracia de un vencejo.

—A mí si me muero, hagan el favor de no venir a darme por saco.

Anatolio escuchó sin rechistar, en la mesa del fondo, la más alejada. Sin embargo en su mente comenzó a concebir una idea: ver a Natacha de nuevo allá donde se encontrara su muerte.

Por ese motivo de camino a casa se detuvo junto al viejo.

Al calor del hogar saborearon un silencio con sabor a vodka.

—Quiero que sus botas me conduzcan hasta mi esposa —y le mostró la fotografía en blanco y negro. La sonrisa de Natacha parecía haber oscurecido, como si temiera una emboscada.

El viejo asintió. Esa misma noche Anatolio se calzó sus botas, con ellas merodeó por los alrededores del pueblo, daba la sensación de estar condenado a perderse en su propia fe. En un recodo del bosque, el viejo le hizo detenerse.

—Aquí es.

Anatolio, nervioso, echó un vistazo en torno suyo, esperando hallar algo insólito, terrorífico, quizá; pero nada extraño había en aquel paisaje desolador y familiar, la estampa de una vida agonizante.

—Ahora, para ver a su esposa, tendrá que cerrar los ojos y creer, creer con todas sus fuerzas.

Apretó Anatolio puños y párpados, ciegamente, con esa ignorancia del fiel.

Al momento un golpe partió en dos sus ilusiones.

Le costó al viejo una hora enterrar el cadáver.

Más allá, bajo un manto de nieve, quedó el recuerdo de Natacha, las huellas de unas botas la sumieron para siempre en el desencanto.

Febrero 3, 2009

En Babia

Archivado en: poesía — angelicamorales @ 8:07 pm

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(En Babia, obra de Ubé)

Si me pongo a pensar fenezco,

me muero a gajos, como una mandarina china.

Y se me seca la piel formando pliegues alpinos

y sudo en gris, muy lento, sin siquiera

mojar la camiseta.

Si recuerdo esto o lo de más allá

me hastío,

me entra una diarrea enciclopédica que me

encadena al sofá, junto a mi hermana Rosita que lee novelas

de romance chillón y suspira hasta quedarse sin vida.

Si hago memoria me aflojo

y los huesos se me destornillan de súbito,

dejándome despachurrada en el piso, a

merced de nadie.

Si recapacito me hundo en un mar

profundo y sin nombre en el que sólo

surcan cáscaras de nueces capitaneadas por

mosquitos tropicales.

Si me pronuncio ensordezco.

Si me ordeno, me resisto.

Si me fastidio, acabo por aguantarme,

a escondidas,

cojeando hasta la habitación que comparto con Rosita,

donde ya me aguardan sus suspiros de otro tiempo.

Si me lo propongo,

me envenena el sueño.

Si me duermo, existo a medias.

Si lo pienso… Me hago columna jónica.

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