
Llagas en el pensamiento (5), obra de Ubé.
Detrás de la barra, se revolvió el dueño. Un tipo calvo y corpulento cuyo único orgullo provenía de la magnitud de su barriga. Era parco en palabras y su dentadura, escasa y accidentada, daba la sensación de pertenecer a un difunto.
—Ya te daré yo a ti taberna maloliente…
Mas su furia se aplacó al instante, por falta de interés. Al tío Iván, como así lo llamaban en la aldea, le traían al pario los acontecimientos del mundo. Su vida era una continua desilusión salpicada de rato en rato por un vaso a rebosar de vodka.
Inopinadamente, de un agujero de la pared, tres pasos más allá de la chimenea, apareció la “Princesa de Éboli”, una gata tuerta y con ronquera cuyo mísero pellejo envolvía todavía un esqueleto domesticado de insolencia. Intentó lanzar un maullido pero de su gaznate sólo salió un ruido desagradable que a Vladimiro le erizó el vello. A pesar de su repulsión intentó acariciar al animal. De un salto, alcanzó la aristócrata de callejón el regazo del forastero, aquel que no ha mucho había tomado asiento en un taburete cojo. Miráronse los dos con atención, la gata abrió sus fauces y al punto se desperezó, mimosa, como corresponde a las de su especie. En lo que se tarda en decir amén, aquella criatura de los infiernos se quedó dormida, Su pelo negro contrastaba sobremanera con el pantalón claro del forastero. Todos excepto Vladimiro pensaron que se trataba de un mal presagio.
—Otra ronda tío Iván, que paga la curiosidad —gritó el cartero.
—Yo no conozco a esa golfa —respondió sacándole brillo a un vaso desportillado.
—Más te vale, no trae nada bueno la susodicha. Fíjate para lo que sirve —y señaló a la gata que en ese momento comenzaba a ronronear—. Sólo para dar por saco, compadre.
El otro forastero apuró la copa. Del bolsillo de su chaleco sacó un paquete de tabaco. Antes de decidirse a liar un cigarro, lo sostuvo sobre la palma, intentando adivinar su peso. Tenía las facciones de un príncipe, sin embargo algo en sus ojos le otorgaban el aspecto de un truhán, de esos que nacen con la tempestad bajo el brazo. Al poco, agitó la cabellera y tomó asiento junto a su amigo.
—Venga ese vino, que tengo un desierto en la garganta —volvió a hablar el cartero.
—Ya va, cagoentó.
Sirvió el tío Iván vino a mansalva, como si en efecto, de pagar la cuenta se encargase una autoridad celestial. Mientras, los parroquianos, cerraron filas en torno a Vladimiro, cada vez más exigentes con su trato, hasta que el infeliz quedó reducido a un guiñapo. Una vez a merced de aquellos, diéronle de beber de forma impertinente, haciendo un embudo con uno de los panfletos de la boticaria que el cartero llevaba en su bolsa.
—Y dinos rapaz, ¿qué te cuentan esos lamentos abismales?
Nada podía contestar Vladimiro, que para evitar ahogarse, tenía que engullir a la velocidad del rayo el elixir dionisiaco.
—El diablo es puerco.
—Y cojo.
—Y bizco.
Uno a uno iban repitiendo la conversación anterior, y a sus palabras se sumaban las risas, carcajadas espeluznantes que afeaban sus rostros sonrosados por el alcohol. Y bebía el rapaz olvidado de razón, y el vino mancillaba sus ropas, su piel y su honor.
Hizo amago de levantarse el forastero que sostenía a la princesa de Éboli en el regazo, pero su amigo se lo impidió con un gesto.
El tío Iván echó el cerrojo una hora después.
—Pídele cuentas al gobierno —bramó el panadero borracho y furibundo.
Alguien ensayó un aplauso cuando salieron a la calle, otro tosió de forma brusca, hubo quien vomitó en la plaza, a los pies de la fuente. Don Aureliano intentó caminar con paso de soldado pero no consiguió sino tropezar consigo mismo cayendo de bruces al suelo, como un Goliat.
La casualidad hizo que pasara por allí el maestro. Traía el pelo revuelto, de medusa y su caminar era pausado, un ardid que a menudo utilizaba para no despertar sospechas. No obstante los forasteros, al verlo llegar se alejaron unos pasos, sincronizados, evitando el contacto con la turba que poco a poco iba perdiéndose en la noche.
—Este maldito frío me está consumiendo por dentro, ¡quiá! —protestó el cartero tambaleándose sobre la acera—. Es como si tuviese un perro dándole dentelladas a mi carne.
—Mal asunto —contestó con la boca torcida Don Aureliano.
En el centro de la plaza Vladimiro buscaba una salida a su vergüenza. Era tal la cantidad de vino que albergaba que parecíale la aldea una capital de categoría, incluso sus ojos creyeron divisar el palacio del Emperador, con sus almenas doradas y un pendón ondeando al aire, encarnado como sus carrillos.
Revolvió en su bolsa el cartero y sacó un pliego. Luego de mirarlo con atención, guardando un precario equilibrio sobre sus piernas de garza, se acercó a Vladimiro y lo arrojó sobre su cabeza. Quedóse el pliego un instante sobre la testa, cual cornamenta.
Con la guasa se marcharon los parroquianos a sus hogares. Abrazados unos a otros, sin dejar de escupir canciones de fiesta, hasta que la nieve los engulló en la cumbre de su necedad.
(continuará)












