Angélica Morales

Marzo 30, 2009

Historia de una Actriz Ilustrada

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HISTORIA DE UNA ACTRIZ ILUSTRADA

relato de  Eduard Blanco.

(Gracias mil por el regalo)

Sin quitarse el abrigo se acomodó en la silla para los clientes.

- Siéntese por favor

Dije queriendo dejar una sutil constancia de mi notable ingenio. No obstante, soy culpable de dejarme fascinar. Era la mujer más bella jamás vista, insólita como un felino por descubrir, atrayente como la gravedad de la tierra y sugestiva como el mirar de una serpiente. Derrochaba elegancia natural, con una superioridad inusual para las mujeres de aquellos tiempos.

- Quiero encargarle un trabajo. Que siga a alguien, porque eso es lo que hace ¿Verdad Sr. Mórtimer? Seguir a la gente.

No moví un músculo facial, dejando que nuestras miradas se fundieran en un mutuo deseo. Si bien, un estúpido lapsus impidió que mantuviera los ojos atentos. Mientras fumaba, dibujaba órbitas de humo en forma gradual y ascendente; otra demostración de mis habilidades, uno de los círculos humeantes se me metió en el ojo, decorándolo como un tomate partido. Y lo peor, cohibiendo la excitación que, sin duda, mi virilidad provocaba en ella.

- Sepa usted que me he informado de su pasado – Dijo de repente, dejándome con la mandíbula colgando de un cigarrillo. – Su paso por prisión y sus tres divorcios (El cuarto estaba al caer) Su expulsión con deshonor del cuerpo de policía.

- No siga por favor – Interrumpí – Me halaga tanta afición por mi biografía. Pero ¿A qué se debe el honor? ¿Si puede saberse?

- Quiero contratarle Sr. Mórtimer. Tengo mis razones personales y dinero para remunerar facturas y gastos extras.

- Tengo una reputación moral que sufragar Srta. Parker, la cual, como bien se ha documentado, está en entredicho.

- Cincuenta dólares la hora. Doscientos por adelantado.

- Trato hecho.

Comencé por ella, intentando fotografiar el recuerdo de sus marmoleas posaderas al partir en cuanto terminamos la entrevista. Angie Parker, nombre auténtico: Angélica Morales. Actriz, 31 años, metro setenta y tres, 90, 60, 90, europea, blindada por un agente anónimo que queda fuera del asunto. La Srta. Parker cometió el error de acudir a la comisaría personalmente a denunciar el acoso, mejor dicho, la supuesta persecución de un hombre al que nunca vio. Con todo, lejos de cohibirse a causa del trato policial, se envalentonó. Por expreso deseo de la casualidad, el sargento de guardia le proporcionó mi dirección.

Durante dos semanas no abrí las ventanas del despacho con la intención de contener el aroma de su perfume, también así mantuve la sesera centrada en el caso, y en caso de necesidad, un ambiente idóneo para la práctica del onanismo. Dormía de día y la seguía de noche. Aunque tuve que pedir un salvoconducto para que dejaran de vetarme la entrada a los locales que solía frecuentar. Infiltrado en la vanguardia de los famosos, pasé percibido. Sin embargo, ello no impidió el resultado de mis pesquisas, sobornos al personal de cocina, camareros, peluqueras, jardineros. A pesar de peinar la ciudad como el sedoso pelo de una muñeca, no di con una jodida pista. Y no podía defraudar a aquella mujer, existían posibilidades de boda si todo salía bien, razón por la cual decidí arriesgarme acercándome más.

Engrasé el viejo Colt y lo enfundé en el cinto. Acicalado como le hubiera gustado a la madre que nunca conocí, decidí convertirme en la sombra de su sombra. Aquella noche de estreno, descubrí al sospechoso entre bastidores, a pocos metros de mí, alto y fornido, con abrigo largo, cándido e inexperto. Aprovechando un cambio de escenario a media luz, probé emboscarlo pipa en mano. Caí sorprendido, atrapado en mi propio plan, con el frío cañón de un hierro presionándome el cogote. Al girarme para enfrentarme al captor, me quedé tonto, sordo y mudo.

- Dejo el caso. Le devolveré hasta el último dólar. Búsquese a otro.

- Pero, ¿Qué ocurrió? ¿A qué viene esta conducta? ¿Tuvo problemas?

La cité en el despacho esa misma madrugada. Mientras la esperé, bebiendo y fumando, me rompí la cabeza buscando cómo asimilarlo. Una definición; horror. Lo vi con mis propios ojos y no iba a verlo más porque era imposible. ¡Imposible!

- Usted lo sabía. Está buscando a un tonto para que cargue con el muerto, si se puede llamar de este modo. Alguien que lo asesine por miedo, o lo denuncie para que lo linchen. ¿Quién es, Parker? ¿El fantasma de su abuela? ¿Un científico loco? Rompo el contrato delante de usted. Ahora váyase y no vuelva nunca. Hablo muy en serio.

Aseguré quitando el seguro al Colt del 45, apuntando justo en medio de los pechos más hermosos que jamás volvería a ver.

Si mi pasado ya era una caja de truenos dada mi profesión, haber suscrito la existencia de un hombre invisible me hubiera costado el permiso de armas y tal vez la reclusión en un loquero. Razón por la cual: Ustedes no me conocen, yo a ustedes tampoco. Y esta conversación jamás tuvo lugar.

Dedicado a la Pluma de Gas y al Pincel Invisible

Marzo 26, 2009

La hija de todas las mujeres tristes

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(Foto: Ubé)

LA HIJA DE TODAS LAS MUJERES TRISTES

Mi madre se reía poco. Siempre tenía cara de mal genio, solía fruncir el ceño y encorvar la espalda al andar. No se depilaba el bigote, ni las piernas y cuando se levantaba por las mañanas cogía un peine del cajón y se lo pasaba por el pelo encrespado; despacio, sin desenredarlo, como si al clavarlo pudiera llevárselo de un tirón. Trabajaba todo el día, limpiado en las casas. A veces se preparaba un bocadillo en la cocina, algo frío, una lata de atún mal distribuida que goteaba a través del papel de plata y que dejaba rastros de aceite en su bolso de piel sintética. Se subía en el autobús y miraba por la ventanilla, en realidad no veía nada, ni pensaba en nada especial. Mi madre siempre fue una mujer que se dejaba llevar, no tenía ambiciones; lo único que le gustaba era sentarse los domingos en la mecedora y beberse una coca cola. Adoraba las películas de vaqueros y el color azul del cielo. Cuando supo que yo iba a nacer, se encogió de hombros y me dejó crecer en su vientre. Tuvo un embarazo muy bueno, no vomitó ni se mareó; sencillamente engordó, se hincho como un globo y se llenó de varices eso sí, un montón de venas que la acompañaron durante toda su vida y que en las tardes de verano se calentaban como el motor de un coche, y entonces mi madre tenía que poner los pies en alto durante un rato y usar zapatillas en vez de zapatos de tacón para ir a trabajar.

A los nueve meses y una semana mi madre seguía conmigo dentro. En el hospital la pusieron a dilatar, la ingresaron dos días y la llenaron de líquido, pero yo no salía; me encontraba muy a gusto en la barriga de mi madre, esa mujer que no protestaba ni sufría. Una noche a las doce, rompió aguas. Había luna llena. Mi madre le dijo a la enfermera que iba a parir, pero después de tres intentos fallidos, aquella mujer que estaba de guardia y que hubiera preferido irse a celebrar el aniversario de bodas con su marido en vez de atender a primerizas, le dijo que no se lo creía. “Señora, si le tengo que hacer caso, voy lista”. Mi madre no contestó, se limitó a retirar la sábana y enseñarle las piernas: por sus muslos ensangrentados empezaba a asomar mi cabeza, negra y peluda como las piernas de mi madre. Se armó alboroto en la sala y se la llevaron corriendo al quirófano. Mi madre no gritaba, no se quejaba, simplemente dejaba que yo saliera, por el pasillo, mientras se acumulaban los médicos en el ascensor y se gritaban unos a otros. “Respire, señora, relájese”. No hacía falta, mi madre nunca estuvo más tranquila que en esa camilla, y así fue como me trajo al mundo, en un santiamén, sin molestar, sin que el personal médico supiera siquiera su nombre. A mí me puso Apolonia, como mi abuela, como ella. Porque mi madre se llamaba Apolonia Báguena. Me entregaron envuelta en una toalla, las enfermeras me hicieron una coleta y me ataron un lazo rosa. De agujerearme las orejas se encargó mi tía Ascensión, la coja.

A la semana de mi nacimiento mi madre se fue de viaje a Málaga. Mi padre era malagueño pero nada saleroso, todo lo contrario; yo siempre lo vi muy serio. Hablaba poco, fumaba puros y bebía coñac los sábados, amodorrado en el sillón, viendo la tele sin pestañear. Este abandono materno no me causó ningún trauma. Mi madre me dejó con mi tía y con ella estuve dos meses, los primeros de mi vida. Me acostumbré a su olor a colonia de limón, y a sus andares renqueantes. Solía acunarme en el patio, bajo el albaricoquero. Tarareaba canciones que nunca llegaba a terminar porque tenía mala memoria y se fatigaba mucho. Ascensión era una mujer enferma, redonda y con los ojos tristes, pero fue la única que me enseñó a sonreír. Mi abuela decía que las desgracias de mi tía, tenían que ver con su nombre. Por eso la llamaba Chon, aunque no le gustaba como sonaba y apenas lo sabía pronunciar. “¡Shon!”, gritaba desde el comedor. Era la soltera de la familia. Su pierna tullida, su largo historial de enfermedades, su incapacidad para servir en las casas y su apatía por el sexo contrario sentenciaron el futuro de mi tía. Por eso cuando llegué yo me tomó y no quiso soltarme. “Tú eres mi niña”, decía. Y aunque mi madre regresó a por mí, tuvo que llevarnos a las dos a vivir a Valencia, a un piso pequeño, cerca del mar. Me crié a su lado, dormíamos en la misma habitación y al crecer, incluso en la misma cama. Me ponía el pijama y saltaba al colchón buscando a oscuras su cuerpo cálido, su carne blanda, sus brazos fofos. Entre susurros mi tía me contaba cuentos, se los inventaba igual que se inventaba sus secretos; claro que yo sabía que no tenía ninguno, porque nunca se me despegaba. Me llevaba al colegio, me recogía, elegía mi ropa, forraba mis libros y recibía a mis amigas en el comedor, con mucha naturalidad, como si ella fuera la dueña de la casa. “¿Es tu madre?”, me preguntaban. Yo contestaba que no. En el fondo, que creyeran que yo tenía una madre coja me producía cierta vergüenza. Entonces Ascensión disimulaba y hacía como que no había escuchado la sequedad de mi negación. “Es mi tía, nada más”, sentenciaba rotunda para dejar bien claro que las tías son algo ajeno. Pero tampoco me satisfacía señalar a mi verdadera madre. Apenas la conocía, no teníamos relación. De vez en cuando me daba dinero para ir al cine, de mala gana, con ese gesto tan suyo de ausencia e infelicidad. No íbamos al parque, ni al circo, ni siquiera a la playa en verano. Me pasaba el día encerrada en mi cuarto con la eterna compañía de mi tía, que continuaba cantándome canciones e inventando historias.

Así pasaron los años hasta que mi madre volvió a quedarse embarazada y nació mi hermana Ángela. La conocí una tarde, estaba metida en un capazo con volantes. Era muy pequeña y tenía los ojos azules. A ella también se la entregó mi madre. Lo que más me molestó fue que invadiera mi habitación. Pusieron la cuna cerca de la mesilla para que mi tía pudiera vigilarla sin tener que levantarse. Yo ya no pude dormir igual, ahora tenía que compartir el cariño de la mujer contra la que me acurrucaba por las noches. Y sentí por primera vez los celos, y deseé que aquella niña llorona desapareciera para siempre. Fue por eso por lo que la tiré al suelo, una mañana, cuando mi tía estaba duchándose. “Cuida a tu hermanita”, me dijo. Entonces aproveché el momento, metí las manos en la cuna y agarré su cuerpecito. Pesaba poco. Lo miré un instante y lo dejé caer. Hizo un ruido sordo. Lo que ocurrió después no lo recuerdo, sólo escuché el llanto incesante de mi hermana y el zapato de mi tía, pisando fuerte en el suelo, y ¡zas! un bofetón que me hizo girar la cara. Le dieron tres puntos. Como resultado le queda una cicatriz a la altura de la sien. “Podías haberla matado”, eso me dijo mi madre, pero no me tocó; se sentó en la mecedora y se bebió una coca cola, para calmar los nervios o acelerar su genio, no sé.

Desde aquel día mi hermana fue una mujer tan triste como mi madre. Creo que el accidente las unió porque tres meses más tarde, Ángela se trasladó al dormitorio de mis padres. Dormía en medio, entre el cuerpo flácido de mi madre y la barriga de mi padre. Ellos le dieron calor a su manera y yo regresé a mi refugio, pero mi tía ya no me contaba historias ni se inventaba secretos. A partir de ese momento me contó sólo la verdad. Me enseñó lo que era bueno y lo que era malo. Me tuve que conformar.

Mi madre enviudó al mismo tiempo que mi tía Angelines, su hermana mayor, la que vivía en el pueblo. Y mi casa se convirtió en un velatorio. Allí se reunieron todas las mujeres de mi familia: mi abuela, mis tías, mis primas… Y todas eran infinitamente tristes. Tenían un aire de melancolía constante. Sus labios siempre estaban cerrados en una fina línea. Juntaban las manos en su regazo y suspiraban. Yo entraba y salía del comedor como una autómata y me contagié de su pena y no quería ir al colegio porque me daban ganas de llorar. Pero no sabía la causa, en realidad no tenía ninguna. Aquellas mujeres lastimeras me resultaban extrañas. Mi madre era la única que no lloraba. Se asomaba a la ventana y contemplaba las nubes, en silencio, sin dejar de apretar el bote de su coca cola. Supongo que pensando en mi padre. Tampoco se lo pregunté, me daba miedo acercarme a ella. Hubiera querido hacerla sonreír, pero no sabía cómo.

Mi prima Antonia se casó en septiembre. Mi tía fue la madrina. Se compró un vestido de terciopelo verde y una pamela negra. Mi madre le prestó un broche de oro y se lo colocó en la solapa. Ellas se dejaban las cosas, se reunían en torno a la cama y sacaban sus joyeros, intercambiando pendientes y pulseras. Yo a mi hermana no le dejaba nada. Guardaba la llave de mi armario celosamente y tenía la ropa interior y las medias contadas para que no me las quitara. La boda cambió los rostros de las mujeres de mi familia. Bebieron vino y fumaron cigarrillos con el café. Después bailaron unas con otras, muy juntas, sin perder el ritmo. Mi madre se acopló a mi tía y estuvieron un buen rato danzando en la pista. Mi hermana y yo no nos levantamos de la mesa; ella hacía bolitas con las migas del pan y yo jugueteaba con la tarjeta del menú: “Enlace de Antonia Y Juan José”, me lo sabía de memoria. Las burbujas del champán me proporcionaron el valor para aferrar la mano de mi hermana y sacarla a bailar. Ella me miró sorprendida. Con Ángela me ocurría lo mismo que con mi madre, me daba reparo su cercanía. Aún así, enlazamos nuestras manos y nos movimos, primero con cautela, sin tocarnos apenas, girando torpemente alrededor de las otras parejas, para pasar luego a unir nuestros cuerpos igual que mi tía unía el suyo al de su hermana, y mi abuela al de su hija. Me salió sin pretenderlo. Acerqué mi boca a la oreja de mi hermana y lo dije: “Te quiero”.

Fue sencillo. Supongo que es lo que debería haber hecho hace mucho tiempo. Ángela se tensó en mis brazos, respiró hondo y me contestó que me olía el aliento a chupito de manzana. No me importó. Al pronunciar aquellas palabras había sentido alivio. Y quería volver a pronunciarlas de nuevo. Dejé a mi hermana y busqué a mi madre. Me agarré a su cintura y al son de un bolero, repetí: “Te quiero, mamá, siempre te he querido”. Mi madre se paró en seco, me miró y me dio un pequeño empujón, cariñoso y espontáneo. “Apolonia, me has pisado dos veces, a ver si aprendes a bailar”. Y descubrí que en aquel reproche había aceptación porque inmediatamente sonrió, era la primera vez que sonreía desde que me trajo al mundo, desde que el mundo la trajo a ella. Igual que mi hermana, que reía junto a mi abuela y a mis tías. Todas las mujeres tristes mudaron su faz y se olvidaron de fruncir el ceño, porque comprendieron que se querían y lo dijeron en voz alta, y los tequieros resonaron en el salón de bodas, en el enlace de Antonia y Juan José, un año cualquiera, en una ciudad que no importa.

Marzo 24, 2009

Los pecados de Claudia

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Los pecados de Claudia, ilustración de Ubé

LOS PECADOS DE CLAUDIA

A Claudia la dejé de querer despacio, un domingo por la tarde mientras comíamos chocolate bajo la sombra de uno de esos pinos que ascienden al cielo en completo mutismo, como la escalera mecánica de unos grandes almacenes. Ya antes, sus besos se me antojaban fríos, dados en el último momento, casi sin querer. No, no temas, amigo; ella te ama ahora. Si me he decidido a escribirte estas letras es para hacerte comprender que lo nuestro no fue más que un capricho, uno de esos amores que nacen muertos al pie de una playa repleta de turistas y crema hidratante. Tan altiva y tan hermosa, Claudia; siempre con prisas, Claudia, y aquella mirada lejana, proveniente de los confines del mundo; y su piel, claro, suave y perniciosa, veneno del que tú ahora bebes. No, no te culpo. Tampoco te guardo rencor. El cariño se derrama en bolsillos ajenos al menor descuido. Tal vez debería de haberte hecho caso aquella tarde, después de los primeros achuchones en el cine, mientras fingíamos interesarnos por aquel tipo pequeño y fanfarrón que a pesar de su fealdad acababa quedándose con la rubia, mujeres-tormento que sólo abren la boca para pedir un collar de perlas. “Esa tía no te conviene”, me dijiste, chasqueando la lengua, apartando los ojos de su falda, corta y estremecedora, igual que una buena canción. “Anda ya, Adolfito”, eso mismo contesté obsequiándote con un corte de mangas. Rió Claudia al instante, con esa desvergüenza de las de la capital, arrojando la cabellera hacia atrás y destapando su boca para pedirme un cubata de Larios con limón. Tan sargento, Claudia. Ya en el baile, sin despegar sus caderas de las mías, me contó la historia de su vida. Que si a ella los novios le sobraban, que si sólo tenía que mover el culo para provocar una hecatombe, que si yo era muy guapo y tú muy desconfiado, que si su amiga Conchi ya le había advertido que los chicos de pueblo eran muy brutos, que pensándolo bien… Tuve que besarla para hacerla callar. Y sí, lo hice con fuerza, apretándola contra mi pecho, tal y como nos enseñó Manolico. “Con las de fuera no hay delicadeza que valga, que ellas vienen aquí pidiendo guerra. Nada de contemplaciones; al tema señores, en las fiestas hay que ir directamente al tema”. Eso decía Manolico, con los ojos enfebrecidos y la boca repleta de saliva, como si ya estuviese haciendo la digestión de cinco extranjeras. A Manolico lo que más le gustaba eran las extranjeras, acuérdate. “No hay Dios que las entienda, pero ni falta que hace”. Cuando le presenté a Claudia, hizo un gesto de desaprobación, supongo que si hubiese sido del Congo belga habría suscitado en él mayor interés. “Bah, una esmirriada”, eso escupió la mañana en que Claudia y tú compartisteis el flotador, mar adentro, dejándome a mí con tres pares de narices; después, en silencio, observé vuestras figuras en la lejanía. Tan delgada Claudia, con ese bikini que dejaba al descubierto todos sus secretos. Negro sobre azul, su cabellera y la tuya muy juntas, y esa risa que me traía las olas, de vez en cuando; y el alborozo, claro, tu voz ronca acariciando su cuello, un saludo para mí, precipitado, como si mi presencia interrumpiese la puesta en escena de vuestra traición. Porque en aquel flotador, Adolfo, ahogasteis mis ilusiones, una a una, hasta que no quedó de mí más que la sombra, esa proyección del ser que acompaña a los perdedores los días de sol y que desde el asfalto, se burla de su destino. Cuando regresasteis, Claudia respiraba con dificultad. A pesar de estar mojada, su rostro tenía el color de la grana, parecía un melocotón de Calanda, de esos a los que no te cansas nunca de dar mordiscos. Manolico se dio cuenta inmediatamente de lo que había pasado y murmurando una excusa se levantó llevándo consigo aquella toalla que compró en Benidorm, la de colores chillones con el estampado de una sueca semidesnuda. Tan obseso, Manolico. Comimos como si nada, los tres. Claudia rechazó el bocadillo; en lugar de llevarse a la boca un pedazo de tortilla, le dio vuelta entre sus labios a un pitillo. Fumaba con la mirada perdida. Sus pensamientos se enredaban con los tuyos, allá, en el infinito, mientras yo masticaba la rabia sin dejar de sonreír estúpidamente. Adiviné tus palabras, horas más tarde, al inicio del baile, en una noche azul marino salpicada de estrellas. Te mandó Claudia, lo sé; la vi tomarte del brazo con esa arrogancia de los amantes, tan indiscreta Claudia, con su camiseta ceñida y esa falda corta y sucia que tanta inquietud te producía. Ya entonces la deseabas, Adolfo, no te engañes. Todos tus esfuerzos por alejarla de ti han resultado vanos. No quise escucharte. Me encogí de hombros y me marché justo cuando sonaba un bolero. Luego, con total seguridad, Claudia pegaría sus caderas a las tuyas y te contaría la historia de su vida; que si a ella los novios le sobraban, que si sólo tenía que mover el culo para provocar una hecatombe, que si tú eras muy guapo y tus amigos unos desconfiados. Tan previsible, Claudia.

No, Adolfo, no te culpo; tampoco te guardo rencor. “El cariño se derrama en bolsillos ajenos al menor descuido”, eso dice Manolico, a mi lado, estrechando el talle de tu novia que no abre la boca más que para pedir un Larios con limón. Tan extranjera de sí misma, Claudia.

Marzo 18, 2009

Llagas en el pensamiento (y 10)

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Llagas en el pensamiento (10), obra de Ubé

Cuando el mariscal tomó su brazo se percató de que no estaba sola. Toda la aldea al completo había seguido a aquella perdida. En primer término se hallaba el boticario, sudoroso y resuelto; a su derecha el cartero, mordiendo la impaciencia; a su espalda, Don Aureliano, con las manos aún impregnadas de harina. También la polaca estaba allí luciendo busto y avaricia. Dicen que nada más enterarse de que hasta el bosque había llegado el Emperador, cerro las piernas de una parturienta y dejó suspendido en el aire el grito de dos mellizos.

—Ya vendrán al mundo en otra ocasión —le dijo al suegro dando un portazo.

No faltó un alma, incluso la princesa de Éboli quiso poner su pellejo a disposición del bandido.

—Queremos ver al Emperador para saber qué hay de cierto en las palabras de esa loca —gritó uno de los parroquianos al fondo.

—Eso, que asome la nariz el padre del loco —pidió una mujer fornida y con la calvicie a la vista.

Y es que tras leer el pliego que le entregara Vladimiro, la doña fue propagando por la aldea la noticia de que en efecto, en el bosque le aguardaba el capitán del barco ballenero para convertirla en su esposa y poder de una vez por todas formalizar un amor que tiempo ha transportaba el cariño en fardos de contrabando.

Se adelantó unos pasos el boticario exigiendo audiencia.

—Decidle al Emperador que he querido evitar esta rebeldía, pero el pueblo en cuestiones de amoríos siempre se torna en populacho y con él no se puede entrar en razón, si acaso en tiranía.

—Romualdo —aulló la doña—. Sal a conocer a tu hijo.

Miraronse el conde y el mariscal, circunspectos, como si en verdad tuviesen entre manos una cuestión de estado. Antes de adentrarse en la cueva, ajustaron la banda a su cuerpo con una dignidad fingida, de pobre hombre a secas.

Y no se hizo de rogar Romualdo, que sin moverse del trono, salió a hombros de dos presidiarios terribles y poderosos.

—¡Qué diantres! —exclamó sin soltar la cecina. Luego, sus ojos saltones recorrieron a la multitud con aburrimiento, hasta detenerse en el rostro arrebolado de la doña que, coqueta, extendió los brazos hacia él.

—Capitán, he aquí el fruto de nuestra pasión —y propinándole un empellón a Vladimiro lo arrojó a sus pies—. ¿Y qué otra cosa podía haber parido que a un loco? Pues loca estoy por vos, loca me volví cuando os marchasteis y como una cabra sigo —se inclinó sobre su vástago y le susurró al oído—: Ve y abraza a tu padre, deja que pellizque tus carrillos y no se te ocurra pedirle un Potosí, que los Emperadores guardan con celo sus tesoros y no reparten bagatelas ni con su abuelo.

Un silencio apoteósico se instaló entre los presentes. Vladimiro se alzó del suelo y despacio tomó la mano del Emperador depositando un beso en su dorso. El trozo de cecina tembló emocionado. Tanto el marqués como el mariscal se enjugaron las lágrimas, mas no duró demasiado su blandenguería y pronto recompusieron los truhanes su estampa fiera toqueteando dagas y pistolones con chulería.

—Un heredero —dijo el marqués.

—El heredero —le corrigió el mariscal.

—Cagoentó.

—Como tiene que ser.

El Emperador agarró a Vladimiro de la camisa y tras mirarlo con fijeza lo aplastó contra su pecho. Era tal su alegría que no encontró otro modo de plasmarla que violentando al rapaz, al que bien le atizaba un bofetón, bien le estiraba de los cabellos, bien le asestaba un puñetazo en mitad del estómago.

—¡Hijo mío! —decía cautivo del sentimiento—. ¡Loco mío!

Y levantándose del trono lo hizo sentar en él, con ceremonia, obligando a sus secuaces a rendirle justa pleitesía mientras la gente de la aldea reía sin parar, como poseídos por una dicha puñetera. El boticario había echado al olvido su seriedad y ahora abría la boca para dar rienda suelta a una carcajada de hiena, y el cartero revolcábase en el barro de pura guasa, y en su trayecto quiso derribar a la comadrona, que se palmeaba los muslos pícara, sin soltar el alborozo. También Don Aureliano emitía risotadas atroces sin apartar los ojos de la estampa coronada de Vladimiro.

—Padre —dijo el rapaz—, quiero pediros una cosa.

—Habla hijo mío, que tus deseos serán cumplidos.

—¿El Emperador mata?

Arrugó el ceño Romualdo, adoptando al punto una pose científica, como si de veras estuviera capacitado para dar una contestación exacta.

—Mata el hombre, el Emperador esconde su crimen bajo el trono, donde siempre acaba llenándose de telarañas.

—Entonces yo guardaré el mío.

Y al batir de sus palmas, todos los vecinos fueron pasados a cuchillo. Más allá, una anciana bigotuda y paticorta se precipitó al agua con el orgullo moribundo. Bajo la cascada quedó sepultado su recuerdo.

En la aldea la nieve lo cubría todo, parecía una novia ausente, muerta de aburrimiento. Al cabo, de una de las chozas se escuchó un alarido; era la parturienta, que quebraba su talle en dos para alumbrar a los gemelos. Cuando a la mañana siguiente el ejército rebelde tomó la plaza, ellos ya habían nacido, solos y libres.

Marzo 15, 2009

Llagas en el pensamiento (9)

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Am I Dreamer, obra de Ubé.

Se agazapaba el rapaz ora en el tronco de un árbol, ora bajo unos matojos, pegando los pies al ras del suelo tan delicadamente como una bailarina, y tomaba aliento por las ventanas de la nariz dejándolo salir después por los labios. Tuvo que controlar más de una vez los latidos de su corazón, que golpeaba su pecho con tal fuerza, que parecíale que iba a brincar de un momento a otro en pos de aquellos bandidos.

En su ceguera no se percató Vladimiro de que habían llegado a la boca de la cascada. Escuchó aquel sonido incesante del agua y alzó la cabeza para echar un vistazo. Por un camino resbaladizo y angosto, tuvo que adentrarse. Al poco apoyóse en una roca a descansar. Cuando miró hacia abajo descubrió un abismo. Se secó el sudor de la frente con la palma y retomó la marcha. Las huellas de los malhechores estaban impresas en el barro. Cada paso que daba lo acercaba más a la cueva, ésa que en las leyendas dan cobijo a dragones y depravados. Penetró el rapaz con cautela, sobre su cogote cayó una gota firme y puntiaguda, de lanza enemiga; más allá contempló una cortina transparente confeccionada con el llanto de los duendes, una sucesión infinita de lágrimas que hacían que el bosque pareciera un lugar misterioso. Se rodeó con los brazos en busca de calor. En el interior de las cavernas el frío es tenaza, pensó, y aprieta la carne y la intención.

—Emperador, aquí están los fardos —y reconoció Vladimiro la voz del truhán.

Avanzó un poco más, de cuclillas, hasta que pudo ver aquel palacio de pega levantado a expensas de la vida. Sobre las paredes húmedas se extendían pañuelos de colores, brocados ostentosos y restos de baratijas, como si hubiesen querido imitar, sin conseguirlo, la finura napoleónica. Al fondo, divisó el rapaz una figura enjuta sentada en un trono enano. Masticaba el Emperador un pedazo de cecina, y tenía las manos gruesas, hinchadas de golfería, y un rostro cetrino y malencarado y unos ojos de buey y una mirada mansa que embestía a la menor ocasión.

—Mañana la aldea será historia —murmuró con una voz aguda y chirriante.

Los dos bandidos hicieron una reverencia y retrocedieron hasta pegar la espalda al musgo. Una banda de color azul cruzaba sus torsos, empero estaba ésta surcada de manchas de vino. El mariscal habló al conde, el conde se rascó la nariz.

—¿Y qué hacemos con las damas? — preguntó al cabo.

El emperador arrojó al suelo la cecina, dejó escapar un eructo y se colocó con dignidad sobre el trono, balanceando los pies en el aire y adoptando un gesto de indolencia como corresponde a los que están acostumbrados a decidir la suerte del prójimo.

—Traédmelas —ordenó.

No tardaron en aparecen doña Casiana y la boticaria atadas de pies y manos. Sus vestidos otrora elegantes y limpísimos, arrastraban el espanto. Sus rostros habían perdido la lozanía adquiriendo una palidez mortuoria, igual que si las acabaran de sacar de un mausoleo. Sin embargo no habían extraviado la fe, y presas de la devoción mascullaban salvas y credos.

—Bienaventurados aquellos que sufren porque de ellos serán las nubes, bienaventurados los que resisten porque en su pecho estallará la felicidad eterna, loada sea yo y doña Casiana porque…porque… —ahí detuvo la boticaria sus rezos.

—Madrecita, mejor sería ceder a la tentación, al fin y al cabo son hombres y si con algo se puede aplacar la furia de un hombre impío es con la carne y de eso andamos sobradas amiga mía.

Estuvo de acuerdo la boticaria y, dejando a un lado remilgos, pidieron que las desataran. Al momento fueron las santas desnudándose de enaguas y mandamientos. Como dos Evas se ofrecieron sin vergüenza a los bandidos.

—Nunca gozareis tanto como conmigo, Emperador. Que soy cristiana vieja y ladina.

—Ni que decir tiene que yo además soy estrecha de pensamiento y tan fanática e intolerante que si penetráis en mí, echareis por tierra las doctrinas.

—Convertidnos en pecadoras siendo castas, morder nuestra fe que está instalada entre los muslos, abofetear las creencias y escupir en los dogmas. Hacednos libres siendo esclavas —pidió Doña Casiana al borde del delirio.

Mas nada escuchó el Emperador, que tomando de nuevo otro pedazo de cecina entre sus manos, mandólas asesinar. El mariscal se encargó de la boticaria a la que propinó dos cuchilladas en el vientre, el conde descerrajó sobre la cabeza de Doña Casiana un trabucazo. Sus sesos salpicaron el musgo.

A la boca de Vladimiro vino una arcada. Con el miedo a cuestas inició la huida, pero tropezó el rapaz con una piedra y cayó de bruces.

—¿Habéis oído eso? —preguntó el Emperador

Pusieronse en guardia los bandidos y hallaron a Vladimiro tendido en el barro.

—Es un muchacho excelencia —dijo el conde sacando el pistolón.

El otro llegando a su altura, desenvainó el espadín y ya se disponían a darle alcance, cuando escucharon jaleo al otro lado de la cueva.

—Dejadme entrar malandrines, que soy de vuestra calaña. Abrid paso a la Emperatriz de la Cochinchina o no respondo.

Vladimiro reconoció al punto la vozarrona de su madre e incorporándose con torpeza quiso correr a su encuentro.

—Alto ahí, mozalbete —dijo el conde apretando el trabuco contra su sien—. Y tú —ordenó al mariscal—, ve a sellar la boca de esa loca.

—Es mi madre —murmuró el rapaz.

—Por mí como si es Cleopatra.

—Dejadme os digo, redios.

Traía las sayas puestas del revés y un ligero perfume a lilas marchitas. Sus labios finos estaban cubiertos por una capa pegajosa y del color de la sangre y movía las caderas sin concierto iniciando un baile tonto con los pies, que parecían perderse dentro de unos zapatos altísimos y pasados de moda.

(continuará)

Marzo 11, 2009

Llagas en el pensamiento (8)

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Foreigner, obra de Ubé.

Todo lo cubría la nieve. La aldea se asemejaba a un velo de novia infinito, Sobre la rama helada de un almendro, graznó un cuervo. Su negrura le resultó a Vladimiro de una belleza estremecedora. Cuando extendió sus alas, cerró los ojos. Entonces rememoró lo acontecido la noche anterior, su estancia en la taberna, la bravuconería de los parroquianos y la aspereza del vino en su garganta. Sacudió la cabeza y apretó el paso. El frío quemó sus carrillos. Bajo las botas sintió el crujido de la nieve y pensó para sus adentros que con cada zancada estaba decapitando un alma. Rió el rapaz al imaginar cómo sería asistir al fin de todos sus semejantes.

Ya en casa, entrególe a su madre el pliego que guardaba en su camisa. En el hogar, un tronco se consumía despacio, alimentando el fuego con tacañería.

—¿Se puede saber dónde has chafado la oreja esta noche, gañán? Aunque seas tonto soy tu madre, y por ese motivo te tengo que tener apego.

Y acto seguido lo abofeteó con furia, apretando el morro y con los ojos centelleantes.

Vladimiro cayó a sus pies. No sangraba sino muy adentro, en el fondo mismo de sus pensamientos.

—He estado por ahí —murmuró por decir algo.

—Por mí como si te hacen ministro.

Desenrolló el pliego la madre, primero con desinterés, haciéndolo colgar entre sus dedos de carnicera; después, acercóse al hogar para leerlo con detenimiento, como si fuese la misiva de Barba azul.

Notó Vladimiro un cambio repentino en la que le había dado el ser, pues al instante de terminar su lectura, volvióse hacia él con gran felicidad. Quiso besarlo pero se apartó el rapaz temeroso, retrocediendo hasta la puerta. Diríase que aquella mujer esperpéntica acababa de vestirse de hermosura. Antes de marchar a casa del boticario todavía hubo de verla desempolvar pañuelos y enaguas con esa gracia de las doncellas que aguardan a la oscuridad para encontrarse con sus galanes. Cambió el ron del pirata por sorbitos de pipermín y frente al espejo ensayó sonrisas pudorosas, de prometida, al tiempo que inclinaba la frente y decía: “Por favor, señor, vos ¿Qué diantres os habéis creído? Luego reía lo mismo que una vikinga, con la alegría asilvestrada.

—Llegas tarde, rapaz —le espetó el boticario desde el laboratorio.

Vladimiro se puso la bata azul y cogió el plumero.

—Deja eso, tengo otra faena para ti. Es preciso que vayas al bosque.

—Pero si hoy no es sábado.

—Hoy es lo que a mi me da la gana que sea, ¿estamos?

Asintió Vladimiro.

—Ve al almacén y trae los fardos. Yo he de terminar unos asuntos.

Se alejó el boticario con paso incierto, balanceando su monumental anatomía, ese mundo de carne y gloria que atesoraba bajo las vestimentas.

Enseguida halló los fardos bajo unas cajas de ungüentos para las muelas y un remedio novedoso que acababa de adquirir y que no se sabía a ciencia cierta para qué servía. La comadrona, aquella que llamaban polaca y que lo sacó de las entrañas de su madre, fue a pedir un frasco el jueves pasado. Dicen que le dio a beber unas gotas a una parturienta y que ésta se desmayó al punto, como si un ángel la hubiese venido a buscar y después se diera cuenta de que no podía cargar con ella, dejándola entre los suyos sin aliento y sin alma.

Con los fardos cargados a la espalda cruzó la botica, sin hacer ruido, la puerta del laboratorio estaba entreabierta. Vio una pistola apuntando al vacío, luego la mano del boticario que aferraba con determinación la culata. Aguardó unos segundos antes de llamar su atención con los nudillos, tímidamente.

—Ya los tengo —le dijo con voz trémula.

—Date la vuelta.

—Pero señor… —empezó a decir el rapaz.

—He dicho que te vuelvas.

De la frente del boticario se desprendían gotas gruesas, rosarios de mentiras que echaban a perder las cuentas.

—Y ahora ve al bosque y deja los fardos en …

—En el tercer roble, sí señor —se adelantó a decir.

Cada paso que daba lo hundía más y más en la nieve. El viento sacudía los árboles dormidos, arrancándolos de su letargo. Más arriba de su cabeza, las nubes formaban extrañas figuras; eran monstruos que unas veces abrían sus fauces para engullirlo y otras pasaban de largo indiferentes, como si Vladimiro no fuese un bocado de categoría. El corazón del bosque destilaba un olor nauseabundo, similar al de las cestas del maestro. Sólo se escuchaba el sonido de su respiración, agitada y veloz, de galgo. Y no quiso Vladimiro alzar el rostro en ningún momento, dejando a un lado sus modales de soldado. Fue así como al llegar al tercer roble se topó con el horror. De la rama más alta colgaba un cuerpo decapitado, la sangre lamía la hojarasca formando un charco en el que flotaban un escarabajo y tres gusanos. Más allá se encontraba la cabeza del difunto. Pertenecía ésta al maestro, nada quedaba de su cabellera alborotada, le habían afeitado el cráneo y sus labios tenían el color de un capirote de semana santa. Vladimiro lo observó largo rato, hipnotizado, intentando comprender el motivo de aquella barbarie. De pronto le asaltó una duda, se preguntó qué habrían hecho sus asesinos con los panfletos revolucionarios, y enloquecido de veras, comenzó a buscarlos por los alrededores, pero tuvo el rapaz que desistir porque llegaron hasta él los ardores de una discusión fantasmagórica.

—Cagoentó, como te acerques más te enredo los bigotes.

—Échate a un lao, merluzo, que cacareas más que una gallina y a mi tus cuentos me dejan frío, ¿te enteras? Igualito a un pingüino.

—Querrás decir a una foca, que últimamente no haces más que ejercitar la mandíbula.

—¿Ah sí? ¿Y quién te crees que ha partido en dos a ese de ahí? Pues el menda. Todavía se me da bien la escabechina.

Antes de que aquellas voces cobraran forma, Vladimiro se escondió entre la maleza. Desde allí, contempló a los truhanes. Eran ambos de una fealdad demoníaca, altos y desgarbados, iban cubiertos de harapos y tenían las orejas agujereadas donde colgaban unos pendientes de perlas que a buen seguro habrían pertenecido a una dama de alcurnia. De su calzón pendía un arsenal: pistolas, un espadín y navajas de diferentes tamaños, por lo que al andar hacían el ruido de un buhonero. Hablaban en alto y de vez en cuanto soltaban carcajadas terroríficas que los hacía abrir la boca dejando al descubierto una dentadura pirenaica. Al llegar al pie del tercer roble, levantaron los ojos hacia el maestro.

—Buen trabajo a fe mía. Veremos que dice el Emperador, ya sabes que ahora se ha vuelto muy fino.

—Bah, un bandido siempre será un bandido.

—Y un capitán de barco, un sinvergüenza.

Se golpearon a modo de chanza y sacando una botella de vodka bebieron con alegría, propinándole a la cabeza decapitada un par de patadas antes de recuperar la compostura.

—Creo que ya es tiempo de volver a palacio, mariscal.

—Verdad, marqués

Y haciendo una tosca reverencia se alejaron de allí.

Vladimiro se dio cuenta de que con las prisas se había olvidado de dejar el fardo. Iba a salir de su escondrijo cuando los bandidos se detuvieron.

—Un momento, merluzo. Nosotros hemos venido por lo de siempre ¿no?

—Sí, por el fardo.

—¿Y tú? ¿Has visto algo?

—Yo no he visto más que tu cara de tontaina.

—¿A que te cruzo la jeta?

—¿A que te hago picadillo?

Pusieronse aquellos dos a pleitear con sarna, como dos pillos de orfanato. Por lo que Vladimiro aprovechó para colocar el fardo en su sitio, ocultándose de nuevo.

Cuando hubieron acabado de calentarse, retrocedieron sobre sus pasos y en efecto hallaron el fardo.

—Ajá, he aquí el asunto —dijo uno gozoso.

—Como tiene que ser.

—Mañana a estas horas no quedará un alma fuera de este bosque.

—Como tiene que ser —se reafirmó el otro.

La curiosidad de Vladimiro lo hizo correr tras ellos, con prudencia, no fuera que la fortuna le jugara una mala partida.

(continuará)

Marzo 9, 2009

Llagas en el pensamiento (7)

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Llagas en el pensamiento (7), obra de Ubé.

Iba a salir de la choza Vladimiro, sin embargo unas voces femeninas y devotas alentaron al maestro. Sin necesidad de mediar palabra el rapaz tomó las cestas y las metió bajo el lecho, después disimuló hojeando un libro de Puskin que hablaba de fortalezas y de hijas de capitanes. Doña Casiana entró del brazo de la boticaria. Traían la frescura de la mañana prendida al talle, más amplio debido al almuerzo que ambas acababan de degustar.

—Esas tartitas de fresa me han sabido a gloria bendita

—¿Y qué me dice usted de las yemas de Santa Felisa?

—Calle, calle por dios, que son pecados capitales. Por no mentar la tortilla de chorizo y el pernil. Nunca imaginé que acabaría alabando a un puerco.

—Ni yo que adoctrinaría al pueblo

Arrugó el ceño Doña Casiana, un tanto disgustada.

—¿También el pueblo come cerdo?

—Seguro que sí madrecita, pero son puercos de otro costal.

Vladimiro, al verlas, las saludó con un movimiento de cabeza. El libro continuaba entre sus manos, abierto por la página 86. Doña Casiana con paso resuelto asomó la nariz entre sus líneas; luego, olfateó en el aire su fragancia, como si aquellas letras impresas perteneciesen al enemigo.

—¿Qué historias son esas, jovenzuelo?

—Ya sabéis, señora, que me chiflo por las leyendas negras.

La boticaria se mantenía erguida, con su sombrero de domingo, aquél que portaba la pluma de tres faisanes a la izquierda. Había decidido en el último momento atravesar la aldea para personarse en la choza del maestro y hacer acopio de sus octavillas. Si el bosque hablaba, ella tenía la obligación de aleccionarlo.

—Casiana, querida, deja al muchacho que se instruya como le plazca. Al fin y al cabo todas las leyendas están escritas por la mano de Dios, aún si éstas son del color del hollín.

La madrecita se alejó del rapaz un tanto molesta, sin dejar de dirigirle miradas inquisitivas por encima del hombro, hueco y brillante de su vestido de seda.

—Sea como dices —concedió. Y de inmediato comenzó a revolver entre las octavillas.

El maestro les ofreció un par de cestas limpias.

—Nuestro señor, sin duda, ha tenido a bien enviarnos una señal —murmuró la boticaria persignándose al punto.

Mordióse el labio el maestro. Sus ojos, vagaban sin rumbo por la mesa buscando quizá la prueba de su propio delito. Pero nada había allí que pudiese poner en peligro su empresa, si acaso la antipatía que despertaban en él sendas damas.

—Y doy gracias al cielo, a la tierra y a los espacios de fe ambulatoria por haber depositado en mí la esperanza de la conversión.

—Amén —concluyó la otra cargando con las cestas.

—Ya ve, querido maestro, el bosque nos llama, ya parece que escucho sus súplicas, de pecador milenario. ¿No oyes, madrecita, esa voz lastimera que dice: ven, ven y conviérteme?

Doña Casiana, muy atenta, escudriñó el silencio, Al poco sus ojos se agrandaron por una dicha pasajera. El rostro se arreboló al completo, como si de pronto alguien hubiese prendido un fósforo a la altura de sus cejas achicharrando su desconfianza.

—Cierto es, amiga mía. Nos llama el magno deber.

Y salieron las dos atropelladamente, propinándose codazos por el camino, hasta que sus figuras grotescas se adentraron en el corazón del bosque.

Una vez a solas el maestro retomó su misión.

—Ya no habrás de verme más en calma —le dijo cargando las cestas.

—Qué le vamos a hacer, el diablo es puerco —contestó el rapaz haciéndose el tonto.

(continuará)

Marzo 2, 2009

Llagas en el pensamiento (6)

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Llagas en el pensamiento (6), obra de Ubé.

—Levántate, rapaz —le dijo el maestro sujetándolo por los hombros.

Vladimiro miró en derredor y todo comenzó a dar vueltas; la cabellera del maestro, la princesa de Éboli y los dos forasteros, aquellas figuras elegantes que permanecían ancladas al decoro.

Resopló el maestro al cargarlo sobre su espalda. Cuando abandonaron la plaza, los forasteros en completo mutismo siguieron su estela. La noche había reunido con avaricia todo el frío del invierno. No tuvieron cuartel sino al hallarse frente a la lumbre.

Se cercioraron los forasteros antes de penetrar en la choza del maestro de que nadie merodeaba por los alrededores. Primero estiró el cuello el más alto, su compañero, sin perder más tiempo aguzó el oído. A Vladimiro le pareció que le habían crecido las orejas. Una vez a salvo, murmuró unas palabras incompresibles y cayó al lecho como un saco de patatas. Los forasteros se precipitaron hacia la imprenta, revolviendo con desespero entre las octavillas que el maestro tenía ocultas en una caja de zapatos. Aquellas que exaltaban la fe, fueron apartadas de un manotazo. Por el aire volaron credos, rosarios y demás limosnas alfabéticas.

—¡Por Júpiter que hay más santos aquí que en el firmamento! —exclamó el de aspecto principesco.

—Apresúrate camarada, y mete cuantos pasquines puedas en esta maleta. Si a alguien se le ocurriera curiosear diremos que se trata de tu colección de calzones.

El maestro les sirvió vodka. Después se acercó al rapaz para comprobar que a pesar de la borrachera continuaba entre los vivos.

—¿Está loco de veras? —le preguntó el más alto.

—¿Y quién no iba a estarlo en estos tiempos? ¿Acaso no lo estamos nosotros a ojos del gobierno?

Callaron los tres.

Al cabo, depositó el príncipe la maleta sobre la mesa. Le sudaban las manos y el rostro. El maestro se preguntó qué diablos se le habría perdido a un tipo así en la revuelta. No se fiaba de su finura, ni del modo en que enfrentaba su mirada, tan gallardo que bien podría haberlo hecho a él claudicar. Tomó el vaso y lo apuró de un trago, en el fondo de sus tripas alojó la reticencia.

—Mañana a primera hora deben estar en la capital —les informó—. De las demás aldeas me encargo yo.

Asintieron los forasteros. Bebía el uno, el otro, había rechazado educadamente el vodka. Del bolsillo de su abrigo sacó una petaca.

El olor a whisky inflamó el humor y las narices del maestro.

Estaban a punto de abandonar la choza cuando el más alto, habló en tono sentencioso.

—¿Confías en el muchacho?

—Confío.

Una mano de mármol se había aferrado al picaporte, le dio una vuelta y se detuvo. Entonces pudo el maestro contemplar con calma al forastero; unos ojos azules y astutos, enmarcados en unas cejas delicadas, como si hubiesen sido trazadas a pincel, la frente rotunda y la nariz recta, alejandrina. De entre aquella perfección sobresalían las mejillas, pálidas y rasuradas, una invitación a la caricia, y aquellos labios carnosos, tan exquisitos como perversos. Sin duda la belleza del forastero era su mejor arma, pues dedujo el maestro y con razón, que liquidaba más que cualquier metralla.

—Muy pronto estará aquí el ejército. Prepárate.

No le disgustó su voz, grave e insolente.

—Pierde cuidado.

Un ronquido de Vladimiro vino a coincidir con el portazo. A solas, el maestro leyó la última octavilla de la boticaria:

— “Bienaventurados aquellos que aguardan porque serán premiados con una embajada celestial. Bienaventurados aquellos que discuten porque de los otros será la paz eterna. Bienaventurada yo y doña Casiana porque en nuestras manos está la salvación ajena…”

La arrugó en la palma y dejó que se consumiera al fuego. Después, se tumbó al lado del rapaz. En el interior de la camisa le metió el pliego. La choza olía a perfume francés, sudor y felicidad venidera.

Despertose Vladimiro cuando el cielo estaba siendo serrado en dos por un rayo de claridad. Aquella luz cegole, y rezongando se dio la vuelta en el lecho, pero tropezó súbitamente con un obstáculo. Sobre el tronco esmirriado del maestro, depositó el rapaz su mano temblorosa. Todavía atesoraba en el gaznate el sabor rancio del vino.

—Maldita sea —se quejó el maestro incorporándose con pereza.

Vladimiro arrojó la manta a un lado y saltó del lecho. Sus ropas habían tomado prestado el color de las cerezas.

—¿Por qué me ha traído usted aquí? —le preguntó desconcertado.

Se rascó el maestro la coronilla, sus cabellos despeinados caíanle hasta los hombros, donde ondularon un momento cual visillos de encaje. Su rostro resultaba amable, no era feo, aunque carecía de hermosura. Su nariz, redonda y exagerada, le proporcionaba un cariz simpático, de cómico, y aquellos ojos verdes parecían no tomarse demasiado en serio el juicio al prójimo.

—Anoche bebiste más de la cuenta.

—Ya soy un hombre, puedo hacer lo que me venga en gana.

Asintió el maestro. Al cabo, se dirigió hacia la imprenta. Sobre la mesa descansaban tres columnas de panfletos que fue introduciendo en cestas y cubriéndolos después con pedazos de retales donde depositaba fruta podrida de forma arbitraria, hasta lograr hacerlas aparecer a la vista como algo nauseabundo. Vladimiro se tapó la nariz con los dedos.

—Si eres un hombre para beber, espero que también lo seas para mantener un secreto.

—Depende del secreto —contestó Vladimiro envalentonado.

—No hay pacto posible con los secretos, o eliges el silencio o estás muerto.

Habló el maestro con calma, sin mirarlo siquiera, concentrado en la revolución de su pequeño mundo. Cuando hubo concluido su tarea, limpiose las manos en un trapo manchado de tinta.

—La vida siempre te pone en el paredón. De nosotros depende pegar la espalda al muro de la vergüenza o arrebatarle al enemigo la razón.

El rapaz se puso colorado. Mas no era su calentura cobardía ni pudor, sino algo más poderoso a lo que no podía encontrar explicación.

—Yo no soy más que un loco —hizo una pausa para tragar saliva y continuó: pero el bosque habla y bajo la fruta podrida hay un arma peor que la pólvora; la disconformidad—. Claro que ya se lo he dicho a usted, estoy chalao.

—Sí, me hago cargo.

(continuará)

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