Angélica Morales

Abril 26, 2009

La chaqueta de lentejuelas

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 8:34 pm


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Chaqueta de lentejuelas, obra de Ubé.

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, 26 de abril de 2009)

Colgada en una percha impar, muerde el silencio y tres polillas. Perteneció la prenda a una artista en ruinas, alta, teñida, de pechos gloriosos y muslos jónicos, igual a templo de Delfos. Su nombre suena a leyenda urbana, de esa que en los diarios se escribe con zumo de limón agrio. Vino al mundo Nancy Rosse en Loarre (Rosa María para su parentela), bajo la atenta mirada de ese castillo que todavía hoy engatusa al tiempo. La casualidad quiso que nuestros destinos se unieran años más tarde en Valencia, concretamente en un barrio repleto de marineros golfos, sueños echados a perder, farolas tuertas y clubs que alternaban día sí y día también con el aburrimiento; donde los hombres se habían convertido en un decorado al fondo, erguidos sobre taburetes; con cigarrillos de contrabando al borde de sus los labios y whisky a granel más allá, en una mesa tan sucia como la tierra prometida. Los escenarios en los que se trafica con el placer suelen ser estrechos, pero Nancy Rosse, a pesar de su monumental anatomía, se subía a él resuelta, agitando caderas y desvergüenza, cubierta apenas con esa chaqueta de lentejuelas que hoy despide en mi armario un destello lastimero, de llanto que no acaba. Por aquel entonces Nancy Rosse se creía estrella, fantaseaba a todo color con una vida de triunfos y tules, alfombras rojas y diamantes en la garganta. Sin embargo en los cabarets las ilusiones no duran ni tres domingos, las ahogan el humo de los hombre-lobo que sin querer, convierten el futuro en carne de albóndiga. Pasados unos meses, Nancy Rosse se puso al mando de una legión de señoritas, jóvenes busconas que escupían los embustes a través de sus labios rojos. Y una vez más, la fortuna se alió con los desengaños, los excesos, el amor canalla y un montón de deudas ajenas que se encargaron de liquidar su rastro de los neones. El olvido hizo de ella una mujer como cualquier otra, con una mísera pensión y cuatro caniches a los que sacar a pasear los días de sol. Ya no se carda el pelo frente al espejo, Nancy Rosse, ni canturrea rancheras pop en aquel camerino que olía a purpurina, laca y bocadillo de anchoas. Hace meses que una enfermedad degenerativa la ha postrado en una cama sin dosel. Sólo los cuatro caniches la acompañan en esa casa del puerto en el que hoy se amasan fortunas, corren coches de formula quinta, se alquilan pontífices por horas y se beben copas en el interior de veleros americanos. La chaqueta de lentejuelas ya no sale a escena. Y yo no puedo dejar de preguntarme en qué puerto habrán anclado aquellos marineros golfos mientras que en el armario, sobre una percha impar, las polillas sacuden alas y desvergüenza.

Abril 23, 2009

Mienten

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 9:39 pm

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Mienten, obra de Ubé.

Mienten.

Ni ojos de ginebra azul, ni piel de ángel caído. Desirée no era más que una chiquilla insulsa, asustadiza y poco agraciada, con ese acento catastrófico que arrastraba erres y nicotina, y una tendencia al suicidio que rozaba lo grotesco.

Ya lo he repetido hasta la saciedad. Mienten. Mi primo es inocente. Así se lo hice ver al señor Borrás primero, una tarde de primavera plomiza mientras despachábamos en una terraza de Caesaraugusta un dry martini.

-Señor Borrás, a pesar de las sospechas de nuestro amigo Eduard, y de las fantasías juveniles de Jaloza, Berbi es inocente. Él no intentó liquidar a la chica, créame. ¿Acaso no ha visto su semblante de tejón, sus ojos de ciervo herido, su risa de hiena amiga y domesticada? No, de ninguna manera. Desirée utilizó Tellerda como escenario para su fin. Era una desquiciada. Mienten. Se lo digo yo. ¡Mienten!

El hombre que tenía enfrente arrugó el ceño. Después, con una lentitud exasperante se llevó la copa a sus labios y apuró el martini.

-Estoy de acuerdo –afirmó.

El señor Borrás es uno de esos tipos que sentencian, un magistrado de pega al que le gusta ajusticiar los sentimientos.

-Pero dígame –continuó-. ¿Qué piensa hacer ahora?

Adopté una postura meditabunda, de catálogo de revista chic.

-Defenderlo, naturalmente. A fin de cuentas, es de la familia. ¿Acaso hay algo más importante que la famiiiiiiliiiaaaaa? –repetí alargando hasta el infinito aquella feroz palabra.

Al cabo, vino a nuestro encuentro el hombre invisible. Había olvidado tomar su superpócima, aquella que le hacía desaparecer del mundo a capricho, y por ello andaba desnudo por la city como si tal cosa, en carne viva la emoción. Clavé mis ojos de fuego en sus partes íntimas y murmuré un tanto avergonzada:

-¡Tápate un poquito, hombre! Que vas a asustar a los niños de pecho.

He de decir que el hombre invisible goza de una virilidad desorbitada. Es, muy a su pesar, un adán en un paraíso de neón y tequila, de serpientes con cuerpos de mujer que reptan sobre escenarios sucios.

De mi mochila extraje un slip y se lo tendí con prisa. El señor Borrás ahogó la risa en el humo de su cigarrillo.

-¡¡La famiiiiiiiiiiliiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaa!! – enfatizó entonces el invisible en calzoncillos-. ¡¡La familiiiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaa!!

Silencio.

-Mañana mi primo ingresará en la cárcel de Zuera –dije después de lo que me pareció una eternidad.

-En ese caso ya no hay vuelta atrás –soltó Borrás con un deje nostálgico.

-¡Mienten! –insistí yo.

-¡¡La famiiiiiiiiliiiiiiiiiiiaaaaaaaaaa!!

El señor Ubé nunca se cansa de ensalzar el drama de los otros. Eché de nuevo mano a mi mochila y extraje un pantalón chino y una camiseta turca.

-Anda, vístete y calla.

Silencio.

La tarde comenzó a enfadarse. Encima de nuestros cogotes comenzó a desatarse la tormenta. La primera gota cayó sobre la copa vacía de Borrás, la segunda sobre la recién estrenada normalidad del visible, y la tercera…

-¡Levantad el culo de ahí! –dijo de pronto una voz conocida. Era Eduard que había aparecido a nuestro lado como por arte de birlibirloque. Alto, guapetón, espigado, con un aire de ruina y fatalidad, igualito a uno de esos detectives de serie B que alimentan las televisiones de los mayores.

-Tenemos trabajo, señores.

Y antes de que pudiese replicar, de un coche negro con las ventanas ahumadas, salió un tipo estrafalario, feo como un pecao y tan gordo que parecía que de un momento a otro fuese a estallar.

-¡Andiamo bambina, tutto por la familia!

Aquel individuo trajeado que llevaba sombrero de ala estrecha y un clavel chuchurrío prendido en la solapa era ni más ni menos que el tío Paolo Moralinni. Cuando accedimos al interior del coche, una sombra pronunció:

-¡¡La famiiiiiiliiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaa!!

Inmediatamente descubrimos que se trataba de Jaloza, que sin dejar de mirarnos repitió:

-¡Tutto por la familia!

En su acento descubrí más mentiras que sueños.

-¡Andiamo!

Dedicado a mis amigos de pluma virtual Eduard Blanco, J.M. Morales, Jaloza y Luis Borrás.

Sigan las entregas anteriores en los blogs:

Eduard Blanco (1)

J.M. Morales

Jaloza

Eduard Blanco


Abril 20, 2009

Rumbo al olvido

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 8:17 pm


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Rumbo al olvido, obra de Ubé.

Ayer encendí la estufa por primera vez, Fernando. Al llegar a casa noté que tu presencia me daba frío, era como si todos estos años hubieras estado helándome el corazón, despacio, lo mismo que nevada moscovita. Ni siquiera me pregunté quién tenía la culpa, si tú con tus golpes o yo con mi silencio. Una acaba por acostumbrarse al terror, a viajar día sí y día también en el tren de la bruja. Duermo siempre a medias, con un ojo al acecho, y al comer mastico las penas, de tres en tres. Casi no tengo fuerzas para mirarme al espejo porque a cada rato encuentro mi cuerpo surcado de cicatrices, moratones que se extienden a lo largo de mi geografía como continentes fatales, y en lugar de caricias, hallo una brutal indiferencia. Ya no me amas. No soy para ti más que un ser vacío, un muro de metacrilato al que asestar patadas, al que escupir infamias. Ni siquiera me ves, camino a tu lado e ignoras mi presencia chiquita, y te adelantas en los semáforos sin importarte que yo cruce en rojo.

Si alguien te dijera que he muerto, te limitarías a encogerte de hombros. Si una noche la policía esposara tus manos ensangrentadas a la espalda, fruncirías el ceño y después te reirías por la ocurrencia.

—Antonia, eres una exagerada, cago en la leche.

Eso mismo dirías blandiendo el cuchillo, echando al olvido la calma, apretando los dientes y la mala intención. Y yo callaría, como de costumbre, y me metería en la boca un trozo de pan duro con el que poder atragantarme.

Por eso me marcho, Fernando, para continuar reconociéndome en los espejos y borrar de mi piel el terciopelo de la mentira. También los muros de metacrilato se derrumban y de su ruina surge la esperanza, siempre altiva, que toma senderos gloriosos.

En el cajón de la mesilla dejo sepultados los recuerdos que jamás compartimos, una postal de París ardiendo a lo lejos, dos niños mofletudos al fondo, en un paisaje campestre, al mediodía de un domingo soñado, un ligero olor a sándalo en los zapatos de ese viaje hacia ninguna parte que filmamos en cinemascope, el sol de abril rozando tus pestañas momentos antes de que llegaras al mundo y el peso de un hipopótamo sobre el pecho, el mío.

—Antonia, como vaya te cruzo la cara, cago en la leche.

Abril 16, 2009

Los pensamientos de Irina (4)

Archivado en: Pensamientos de Irina, relatos — angelicamorales @ 9:05 pm

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Pensamientos de Irina (4), obra de Ubé

La nube de humo se cernió entorno a Santiago dándole el aspecto de un santo. Dio unos pasos hacia ninguna parte y entonces me percaté de que mi amigo estaba borracho. Antes de que cayéramos en las redes del alcohol y de que sin ton ni son comenzáramos a darnos abrazos y a lloriquear como dos damiselas, insté a Santiago a que me contara la historia del otro majara, o sea a que hablara de Felipe Álvarez.

Entonces sucedió algo que me dejó perplejo. Santiago, preso de una histeria repentina comenzó a dar puñetazos en la mesa haciendo saltar los botes de cerveza y las colillas por el aire, después sus ojos negros se llenaron de lágrimas que resbalaron como lluvia de otoño por su rostro picado de viruela. No cabía la menor duda, Santiago llevaba una cogorza de padre y muy señor mío. Debía haber supuesto que antes de mi llegada habría estado empinando el codo con su hermano el Guadiana, así era como lo llamaba, porque decía que aparecía y desaparecía como el río, por arte de magia. Lo llevé a rastras hasta su habitación, le quité los zapatos y lo cubrí con la colcha. Antes de cerrar la puerta escuché sus ronquidos.

Una semana más tarde, mientras devoraba una ración de calamares en el Danubio Azul, Santiago se acercó a mí, abriéndose paso entre la gente que abarrotaba el local a aquellas horas. Por el camino se dio de bruces con Ignacio que lo saludó con la efusividad de costumbre.

- Hombre Santiago, el mundo es un pañuelo. Siempre acabamos en el mismo sitio, anda pide lo que quieras que te invito. Estamos a principio de mes y me lo puedo permitir, si nos hubiéramos encontrado a finales ni te saludo teniente, me hago el loco. De dónde no hay no se puede sacar ¿Estamos o no estamos? – Dijo palmeándole la espalda.

- No estoy para adivinanzas Ignacio, otro día te acepto la invitación, ahora tengo prisa.

- Vale, vale, como quieras, pero luego no digas que soy un agarrao, a mi a espléndido no me gana nadie; eso sí, cuando hay parné, porque de dónde no hay no se puede sacar ¿O no? – Volvió a insistir Ignacio.

- Que sí, hombre, que sí, mañana nos vemos.

Santiago logró zafarse de Ignacio y yo tuve que esconderme entre dos señoras corpulentas cuando el policía pegado a la barra estiró su cuello de tortuga para ver con quién se reunía el teniente.

- ¿Qué haces ahí Pepito? – me preguntó Santiago al verme atrincherado entre dos abrigos de falso visón.

- Ya ves, aquí, de incógnito, ocultándome del enemigo. – Dije apretando el plato de calamares contra mi pecho – Ignacio no nos quita ojo. Y no es que tenga nada contra él, pero ya sabes que se apunta a un bombardeo y cuando hay algo que echarse a la boca más y si es gratis ni te cuento…

Santiago me ayudó a incorporarme, pidió dos vinos tintos y otra ración de calamares que comimos en silencio. Al finalizar eche mano a la cartera, pero Santiago ya se me había adelantado, en ese momento estaba chasqueando los dedos para llamar la atención del camarero. Se notaba a la legua que estaba acostumbrado a dar órdenes y a que éstas se cumplieran de inmediato. El camarero no tardó en llegar.

- ¿Ve a ese tipo que sonríe tanto y estira el cuello como una tortuga?

- ¿El del abrigo grande?

- El mismo.

- Sí, lo tengo más visto que el tebeo ¿Qué pasa con él?

- Pues que el caballero invita.

El camarero nos miró extrañado pero como vio que Santiago saludaba a Ignacio y que el hombre del abrigo grande respondía con entusiasmo al saludo, se quedó conforme.

En la puerta del Danubio Azul, Santiago retomó la conversación que días atrás se había visto obligado a interrumpir.

- Siento lo de la otra tarde, bebí más de la cuenta.

- No pasa nada, un mal día lo tiene cualquiera. Lo único que me fastidió fue que me dejaras con la miel en los labios.

- ¿A qué te refieres?

- A tu hermano Felipe- Dije como si tal cosa.

Santiago se había metido las manos en los bolsillos y caminaba con la mirada perdida en los adoquines del suelo.

- No me gusta hablar de mi hermano, no hay mucho que contar. Va y viene eso es todo.

- Pero tú estás convencido de que le falta un tornillo.

Santiago se paró en seco, alzó el rostro hacia mí y me clavó sus ojos negros.

- Coño pues claro, nadie en su sano juicio se va a pasar calamidades por el mundo pudiendo estar como un señor en su casa. Y a Felipe le gusta pasarlas canutas, Pepito, tiene una especie de imán que lo atrae irremediablemente hacia los problemas.

- Eso no tiene nada que ver con la locura, más bien con la mala suerte.

Santiago reinició la marcha y sus ojos regresaron a los adoquines. Cuando llegamos a la Iglesia del barrio de San León se detuvo frente a las escaleras.

- Mira Pepito, te diré una cosa. Felipe aunque sea mi hermano es para mí un auténtico desconocido. El día menos pensado me lo envían desde la Cochinchina en una caja de pino.

Me quedé con las ganas de saber si Felipe al igual que el tío Genaro en sus largos periplos se dedicaba a rascar las cuerdas de algún violín de fabricación propia. Nos despedimos con prisa y regresé a casa dando un largo paseo, con todas aquellas historias flotando en mi cabeza, como el humo que inundaba la cocina de Santiago y que se pegaba en las baldosas color chocolate.

Al presionar el filtro por enésima vez sentí un escalofrío que todavía se acentuó más al percatarme de que la nariz picuda de Ignacio estaba aplastándose contra el cristal. Lo malo de tomarse un café justo enfrente del domicilio de la víctima a la que estás investigando es que corres el riesgo de que la mitad de la brigada interrumpa tus pensamientos. Eso era justamente lo que acababa de ocurrir. Tras la exhibición grotesca de su nariz, Ignacio no dudó en mostrarme su lengua, larga y roja que movía frenéticamente mientras ponía los ojos en blanco y meneaba las mangas del abrigo de Felipe sin que hubiera rastro de sus manos. Santiago salió de casa de Irina, cruzó la acera, se detuvo junto a Ignacio y le atizó un coscorrón en el cogote. El ruido de su cabeza chocando contra el cristal alarmó a una pareja de novios que desde hacía un buen rato intercambiaban saliva. Cambié el filtro de mano y esperé a que entraran.

- La has armado buena, Pepito, no se habla más que de los pensamientos del comisario. Los muchachos se tronchan de la risa cada vez que les cuento como le has cantado las cuarenta al gigante de los guisantes. Menudo cachondeo llevan los tíos. Claro que lo que peor les ha sentado ha sido lo de que la comisaría del barrio de San León es una mierda. Ahí ha salido el patriotismo, Pepito, o el nacionalismo o su puta madre, pero las pelotas se les han puesto a todos como balones de fútbol. Ya sabes lo que pasa con estas cosas, que la parienta y el oficio son sagrados y no se le consiente a nadie que los ponga en entre dicho, mucho menos que los eche por tierra o que se los cubra de mierda. Pues sí señor, mal hemos empezado con el comisario colosal.

Ignacio movió la cabeza a un lado y a otro y la solapa de aleta de tiburón le arañó la mejilla.

- Joder con el abrigo del difunto, parece que haya pertenecido a Jack el destripador.

Santiago se llevó el cigarrillo a los labios y estrujó la boquilla con tanta fuerza que se quedó con ella en la boca. Ignacio supo que aquello era una advertencia.

- Si no lo he dicho con mala fe, teniente, que el abrigo es una monería y además me sienta como un guante – Dijo estirando su cuello de tortuga – Lo que pasa es que tiene un diseño muy puñetero, Santiago, demasiado estrambótico. ¿Tu hermano era muy moderno?

- Y yo que coño sé.

- Venga no te enfades, que no he dicho nada del otro mundo. Será el abrigo que parece que tiene vida propia. Oye cualquiera diría que me tiene manía, ya me ha arañado tres veces, si parece que en vez de llevar un abrigo llevo encima a una novia celosa. Por cierto ¿Tu hermano tenía novia?

Santiago sacó del bolsillo otra cajetilla de tabaco e ignorando la pregunta del policía se sentó a mi lado señalando con su dedo índice el filtro de la aspiradora sensorial.

- ¿Alguna novedad?

Negué en silencio. Me sentía avergonzado.

- Es demasiado pronto para empezar a encontrarle sentido al asunto.

Ignacio permanecía de pie, el abrigo de Felipe le servía de escudo.

- A mí me parece que aquí hay gato encerrado Si tiramos un poco del hilo nos vamos a encontrar con una tienda de lanas.

- O con un almacén de mentiras.

Ignacio me miró por encima de la solapa de tiburón y me sonrió con sorna.

- ¿Y tú que opinas cazador de pensamientos?

Guardé el filtro en el maletín y enfrenté la mirada del policía.

- No me pagan para opinar si no para encontrar respuestas.

- Pues cuando tengas alguna me llamas, yo estoy que me caigo de sueño. Hasta la vista. Ya sabes dónde localizarme, jefe.

Ignacio se marchó arrastrando el abrigo de Felipe. Lo vi perderse por la calle de los porches desde el ventanal de la cafetería. Al rato Santiago salió de su mutismo y palmeándome la espalda a modo de despedida me dijo:

- Cuídate Pepito y tómate tu tiempo; no hay prisa y si te molesta alguno de estos cabrones me llamas, ya me encargaré yo de bajarles los humos.

Se lo agradecí con una sonrisa plena, de esas que no se ensayan.

- Ah, se me olvidaba – Exclamó tirando el humo hacía el techo – El abrigo era de mi tío Genaro, pero no se lo digas a Ignacio se llevaría una desilusión.

Era la primera vez que el teniente Santiago Álvarez me confesaba un embuste. Pagué la cuenta y salí del bar. En el momento en que yo cruzaba la calle, el cuerpo sin vida de Irina Prokofievna era introducido en la ambulancia.

(continuará, dicen, dicen, otra vez…)

Abril 7, 2009

Los pensamientos de Irina (3)

Archivado en: Pensamientos de Irina, relatos — angelicamorales @ 9:33 pm

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Pensamientos de Irina (3), obra de Ubé

Una hora después me encontraba sentado en la mesa de un viejo café, alineando las tazas vacías de mis consumiciones, dándole vueltas al filtro entre mis dedos, como si quisiera hacerle un masaje al pensamiento que albergaba, si es que había alguno. Empezaba a dudarlo seriamente. El café “Al momento” estaba situado frente al domicilio de Irina y me preguntaba si alguna vez la rusa se habría sentado en la misma mesa en la que yo estaba ahora, observando a la gente pasar por el mismo ventanal sucio que yo los miraba. Vi salir a Ignacio del portal. Llevaba el cuello de su abrigo subido hasta arriba, parecía un ladronzuelo escondido en un saco de patatas. Ignacio se ponía cualquier cosa que le regalaban, ese abrigo perteneció al hermano difunto de Santiago, cuando se lo entregó metido en una bolsa yo estaba allí.

- No sabía qué hacer con él, me da pena tirarlo la verdad, era su mejor abrigo.

Santiago desplegó el abrigo y nos lo mostró orgulloso. Yo pensé que más le valdría haberlo tirado a la basura. Estaba descolorido, tenía tres quemazos de cigarrillo en la manga derecha y una mancha de no se sabe muy bien qué a la altura del pecho.

- Es muy majo – Exclamó Ignacio echándole un vistazo rápido.

- Si te gusta es tuyo.

Mi amigo miraba el abrigo con tristeza, como si en lugar de un trozo de tela vieja fuera el cuerpo muerto de Felipe Álvarez, su hermano mayor.

Ignacio se probó el abrigo, Santiago y yo intercambiamos una mirada cómplice.

- ¿Qué os parece? Me sienta bien ¿No?

Santiago encendió un pitillo y me dejó a mí la respuesta.

- Sí, un poco ancho quizás, pero los abrigos se llevan holgados.- Le dije.

Ignacio sonrió y estiró el cuello, las solapas del abrigo eran gigantescas, de otra época, con las puntas afiladas y duras, como aletas de tiburón, así que el pobre Ignacio no tenía más remedio que estirar el cuello y proyectar el pecho hacia adelante si quería que el abrigo no lo engullera.

- Un poco ancho sí que es – Dijo contorsionando el cuerpo – Pero yo creo que tu hermano y yo tenemos la misma hechura.

Santiago asintió con la cabeza y dio una calada larga a su cigarrillo.

Yo sólo vi a Felipe Álvarez una vez, estando de visita en casa de Santiago, hará tres meses aproximadamente. Felipe era un hombre alto y fuerte, de aspecto desaliñado pero que inspiraba confianza. Estaba sentado a la mesa, sus grandes manos sostenían un bote de cerveza, al verme se levantó con la agilidad de un jaguar y apretó mi mano durante largo rato sin dejar de clavar sus ojos verdes en mí. A Felipe Álvarez le sonreían los ojos. Estuvimos hablando de lo cara que está la vida y de cuatro cosas más sin importancia. Era un hombre un tanto extraño, a veces me daba la sensación de que nos abandonaba, de que se marchaba dejándonos sólo un cuerpo que daba pequeños sorbos a su cerveza mientras su pensamiento viajaba por los azulejos color chocolate de la cocina de Santiago. Era un tipo raro, sí señor, de los que nacen con una estrella marchita que apenas es capaz de alumbrar su camino. Cuando se fue, Santiago me contó que su hermano no estaba bien, que había heredado la enfermedad de su tío Genaro, algo que afectaba a su cabeza. Cuando le pregunté si lo que quería decirme era que Felipe estaba loco, Santiago sonrió a medias y se removió en la silla.

- Loco, loco, no, pero algo tiene aquí que no le funciona Pepito – Dijo dándose unos golpecitos en la sien con el dedo índice.

Me quedé callado unos instantes intentando imaginar a Felipe dentro de una camisa de fuerza. Miré hacía arriba y detecté un pensamiento perdido de Felipe, lo leí de un tirón y después me eché a reír. Santiago aplastó la colilla en un cenicero y me preguntó que de qué coño me reía. Le contesté que en realidad no me reía yo, que mi risa era la risa de Felipe y del tío Genaro juntos y que por lo visto iba a haber cachondeo para años.

- ¿y eso qué significa? – Preguntó prendiendo otro pitillo.

- Pues que de loco tu hermano no tiene un pelo, y tu tío mucho menos.

- Joder Pepito, pues me acabas de desmontar un mito.

Le pedí que me contara la historia del tío Genaro, a ver si entre los dos sacábamos algo en claro. Santiago se levantó despacio y sacó dos botes de cerveza del frigorífico. Me tendió uno y carraspeó antes de comenzar a hablar.

- Verás, el tío Genaro era el hermano de mi padre pero se parecían tanto como la noche al día. Yo lo recuerdo como un hombre bajito que tenía los bigotes más largos que hubiera visto nunca, fíjate si eran largos que a veces en navidad para que nos riéramos un rato se los enrollaba al cuello como si fueran una bufanda. Mi abuela era la que más se reía al ver a su hijo estirarse los bigotes, pero luego cuando los bigotes dejaban de ser bufanda y el tío Genaro los convertía en una soga, mi abuela se ponía a llorar como una magdalena y se encerraba en su cuarto con una botella de anís del mono. El tío Genaro pasaba muy poco tiempo con la familia, desde niño se veía que no nos tenía apego. Era muy independiente, le gustaba estar solo y dar largos paseos, caminaba tanto que a menudo se salía del pueblo, hasta que un día no regresó.

- ¿Se murió? – Pregunté esperando encontrar una negativa.

- No, puede que todavía esté vivo, en algún lugar, pero vete tú a saber dónde – Santiago dio un trago a su cerveza y se perdió en el recuerdo, di por sentado que su pensamiento había volado en busca del señor bajito de largos bigotes. La mente viaja tan rápido como la luz, sólo que algunos no están preparados para soportar esas velocidades de vértigo y entre ellos se encontraba Santiago. Él nunca podría ser un cazador de pensamientos. Santiago Álvarez no había dejado escapar un pensamiento en su vida, si acaso se permitía agitar un poco la cabeza, como las alas de un polluelo antes de iniciar el vuelo, pero siempre acababa regresando al nido dónde rumiaba con mayor tranquilidad esos pensamientos tan suyos y que guardaba con tanto celo.

El ruido metálico de la lata siendo aplastada por la mano de mi amigo me sacó de mi ensimismamiento. Santiago hacía rato que me observaba con los brazos cruzados.

- Estabas muy lejos compañero.

- No creas, yo no me he movido de aquí, pensaba que eras tú el que se había ido a dar un paseo, a lo mejor te has salido de la cocina y no te has dado cuenta.

- Yo no soy como Felipe. A mi no me va eso de perderme Pepito, yo soy un tío de ideas fijas y de costumbres aburridas. Del trabajo a casa y de casa al trabajo, no tengo más misterio, mal que me pese.

Y si hay algo que pesa como una losa, es la monotonía pensé. Me hubiera gustado haberle enviado ese pensamiento a Santiago, como una pelota de tenis, con acuse de recibo.

- ¿Continúo o ya no te interesan los mochales de mi familia?

- Continúa por favor.

Me levanté y cogí del frigorífico dos cervezas más. Santiago aferró el bote con las manos, apretaba con tanta fuerza que pensé que iba a hacer saltar la cerveza. Antes de que eso ocurriera, le arrebaté el bote y tiré de la anilla, la espuma comenzó a brotar como un vómito. Santiago se la llevó a los labios, después se limpió la boca con un movimiento brusco al tiempo que dejaba escapar una exclamación honda que parecía provenir del cuerpo colosal del comisario Juan José Villena y Castellar.

- Pronto el tío Genaro perdió el interés por los pueblos de alrededor y un día supimos que estaba en Vigo trabajando de estibador en el puerto. Nos lo dijo un conocido que fue a pasar allí unas vacaciones y encontró al tío Genaro tomando el sol en la playa, atusándose los bigotes.

- “Quién nos lo iba a decir a nosotros Santiago, darnos de narices con el Genaro, y oye que nos conoció a la primera sin tener que darle explicaciones, ni recordarle que su padre y el mío solían irse a emborrachar al “Machaquitos”. Nos miró y nos dijo: Decirle a mi familia que no se preocupe, que estoy bien”. Nos quedamos un rato hablando de estupideces, que es lo que se hace en estos casos, pero mi señora empezó a ponerse pesada y a decirme que dejara de darle palique al de los bigotes porque ella a lo que había venido era a comer marisco y a darse un chapuzón en la playa, que para eso nos habíamos hecho una porronada de kilómetros, así que al despedirnos nos dijo que si teníamos tiempo fuésemos al puerto que trabajaba allí cargando pescado o lo que fuera menester echarse sobre las espaldas. Total que no nos volvimos a ver, te digo esto para que estés tranquilo y sobre todo para que tu abuela descanse, que la pobre mujer desde que se fue el Genaro no para de darle vueltas a la cabeza y cuando una madre le da tantas vueltas a la cabeza acaba por hacerla saltar por los aires, tu ya me entiendes…” De Vigo se marchó a Bilbao, de Bilbao a Logroño, de Logroño a Pamplona y de allí salió con una cicatriz en la pierna izquierda causada por la cornada que le propinó un berraco en uno de los encierros. Años más tarde supimos que estaba en Francia, tocando la flauta en la puerta de Notre Dame mientras dos gatos callejeros trepaban por sus bigotes como si fueran las cortinas de un salón. Mi abuela se alegró de que al menos supiera tocar un instrumento. La afición repentina de Genaro por la flauta le recordaba a mi abuela a su marido, un prodigioso del acordeón. Y aunque mi abuela hubiera deseado que su hijo Genaro hubiera seguido la tradición familiar y junto a su padre y su hermano hubieran formado una orquesta para amenizar las fiestas de los pueblos de alrededor, la pobre olvidó que a su otro hijo aún no se le había despertado el sentido musical. Cuando mi padre cumplió los cincuenta y dos, el tío Genaro se marchó a Alemania, allí cambió la flauta por un violín que él mismo se fabricó y cuyo sonido según me contaron se asemejaba al graznido de un cuervo. Después los rumores situaron al tío Genaro en Rusia. Imagínate Pepito, mi tío en Rusia, perdido en mitad de un desierto de hielo y con un violín que suena a pajarraco.

- Hombre, en Rusia no todo va a ser estepa, también habrán lugares civilizados digo yo, y con estufa. Seguro que tu tío Genaro se las ha ingeniado para sobrevivir. Los tipos bajitos y de bigotes largos resisten incluso en las peores condiciones.

Santiago me miró por encima de su bote de cerveza. Una nube de humo nos envolvía difuminando nuestros rostros que parecían perderse en una niebla nocturna y siniestra. Aplastando el penúltimo de sus cigarrillos en un cementerio de colillas, Santiago se levantó, sus huesos crujieron; me dio la sensación de que se había dejado alguno pegado en el escay de la silla.

- Esa es la historia del tío Genaro, la historia que yo conozco naturalmente, porque los tipos que se vuelven majaretas y se van a dar vueltas por el mundo o tocan flautas, tambores o los cojones siempre tienen otra historia y esa Pepito es la que nunca se cuenta.

(continuará) (dicen, dicen…)

Abril 5, 2009

Los pensamientos de Irina (2)

Archivado en: Pensamientos de Irina, relatos — angelicamorales @ 6:26 pm

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Pensamientos de Irina (2) – Obra de Ubé.

A Santiago Álvarez le costaba explicarse cuando se refería a mi trabajo. Intentaba no juzgarme y si era necesario se partía la crisma con cualquiera que se atreviera a reírse de mí o de mis artilugios.

- Lo que hace Pepito es sagrado ¿Entiendes mamón? Así que no te vuelvas a reír ni de su red, ni de sus sensores, ni de sus polvos ni de nada o te mando al otro barrio ¿Entendido?

- Entendido jefe – Decía el otro arreglándose torpemente el uniforme. Tras la discusión Santiago encendía un pitillo, me observaba un rato trabajar y se marchaba tal y cómo había llegado, en silencio.

Pronto la brigada acabó acostumbrándose a mis extraños métodos, quizás debido a que mi trabajo había ayudado a solucionar algún que otro caso difícil o puede que su aceptación proviniera del miedo que suscitaba en todos ellos la sola mención del teniente Santiago Álvarez.

- Hola Pepito – Me saludó Ignacio. – Es toda tuya.

Antes de dejarme a solas con Irina, Ignacio chasqueó la lengua, moviendo la cabeza hacia arriba y hacia abajo como si su cuello fuera un muelle.

- Qué lástima Pepito, porque la rusa estaba para comérsela.

No hice ningún comentario, me limité a inspeccionar su mente, o lo que quedaba de ella. Me llamo José Portero Suárez, Pepito para los amigos y soy cazador de pensamientos. Por muy extraño que pueda sonar mi oficio es tan viejo como el mundo, al menos en el mundo que no conocemos, pero esa es otra historia que si me permiten reservaré para más adelante.

Rocié sobre la cabeza de Irina una especie de polvos incoloros, después ayudándome de una tela blanca y limpia la tapé dejando una distancia de varios centímetros entre la carne y la tela para que no hubiera contagio posible. Como los polvos necesitaban unos minutos para que surtieran efecto, me dispuse a pasar la aspiradora sensorial por la habitación, los muebles e incluso dentro del armario empotrado. Los pensamientos suelen esconderse dónde menos lo esperas, tienen tendencia a diluirse por el espacio, a traspasar puertas y a saltar por las ventanas. Sin embargo no encontré ni rastro del pensamiento travieso de la rusa. Nada indicaba que su pensamiento hubiera escapado instantes antes de su muerte. Aún así volvía a pasar la aspiradora sensorial.

Unos nudillos golpearon en la puerta.

- Adelante Santiago.

- ¿Molesto compañero?

- Supongo que vienes a ver si he averiguado algo.

Santiago me dedicó una sonrisa torcida al tiempo que hacía sonar la suela de sus botas en las baldosas. Yo me giré hacia él malhumorado. Enseguida captó el mensaje.

- Lo siento Pepito, siempre se me olvida que el ruido interfiere en el cacharro ese.

- Es una aspiradora sensorial.

- Pues eso.

Antes de guardar la aspiradora en el maletín, saqué el filtro y me lo metí en el bolsillo. Ha habido casos en los que he desechado muy alegremente lo que había en el interior del filtro y he llegado a tirar pensamientos a la basura. Desde entonces me lo guardo en el bolsillo de la chaqueta y lo examino con detenimiento mientras me tomo un café con leche en el primer bar que encuentro.

- ¿Cómo lo ves Pepito? ¿Hay algo que pueda sernos de utilidad? ¿Alguna pista qué seguir? A mí me da a la nariz que tanta limpieza se debe a que en el fondo hay toneladas de mierda.

- No sé que decirte santiago, de momento no hay nada.

- ¿Ni un grito, ni un nombre, ni un taco ni una maldición?

- Nada de nada. Irina parece una chica silenciosa.

- Me cago en las chicas silenciosas, Pepito. Con el silencio no se mete entre rejas a los hijos de puta. Busca, busca Pepito, que al final siempre acabas encontrando algo.

Santiago se estaba poniendo nervioso, apretó los puños y le asestó una patada con la punta de su bota a un peluche que había en el suelo.

- Cago en la leche… Dijo dándome la espalda.

En ese momento se escuchó una voz, era uno de sus muchachos reclamándolo.

- Ahora mismo voy – Gritó Santiago. – Tómate tu tiempo Pepito, no hay prisa.

Y salió de la habitación dejándome a solas con Irina. Quité la sábana y la observé. La muchacha tenía los ojos abiertos y parecía mirarme, me miraba y sonreía, supuse que se estaba riendo de mi y que quería decirme algo así como “No vas a encontrar nada de nada, baby” pero en ruso, claro. Coloqué la sábana en una esquina de la cama y pasé un rodillo especial que tiene como función atrapar la raíz del pensamiento o lo que es lo mismo el pensamiento motriz de dónde surgen los pequeños pensamientos. Todos poseemos un pensamiento motriz y aunque hayamos muerto este se conserva intacto durante un largo periodo de tiempo, por lo tanto Irina debía tener el pensamiento motriz, eso me permitiría empezar a trabajar. Doble la tela y la metí en el maletín junto al rodillo. Estaba dispuesto a marcharme de allí, pero me detuvo el orgullo. Nunca me había ocurrido antes, abandonar el lugar del delito sin encontrar ningún pensamiento póstumo. De modo que no lo pensé. Me incline sobre la frente de Irina y la olfateé de nuevo, me estaba preparando para pasar la aspiradora sensorial cuando una figura descomunal y renqueante se coló en la habitación.

- ¿Me has oído o quieres que te lo repita? – Bramó.

No tuve que pensar mucho para llegar a la conclusión de que aquel individuo gigantesco era el mismísimo comisario. Sin embargo ignoraba su nombre, por lo que decidí dirigirme a él como señor, con todas las letras y en mayúscula.

- Sí señor, le he escuchado perfectamente, señor.

- Entonces mueve el culo y lárgate de aquí, deja trabajar a los profesionales.

Me giré despacio hacia el comisario, y apuntándole con la aspiradora sensorial, le contesté.

- Mire usted por dónde yo también soy un profesional, así que no me voy, pero moveré mi culo. Es necesario mover el culo para ponerse en acción.

El comisario emitió un gruñido, avanzó renqueando hacia la puerta y su cuerpo inmenso se quedó atrapado en el quicio.

- Cabrón como te coja te vas a enterar… – Me decía sin soltar el puro.

- Sácame de aquí imbécil, sácame para que te parta la cara – Gritaba siempre con el puro pegado a los labios.

No me dio tiempo a reaccionar, Santiago Álvarez llegó en auxilio del comisario.

- Ignacio échame una mano – Gritó Santiago sin dejar de empujar el ciclópeo cuerpo.

Ignacio se arremangó la chaqueta y le dio un soplido a su flequillo antes de sumarse a los esfuerzos de Santiago.

- Joder jefe, lo mismo hay que llamar a una grúa – murmuró Ignacio apretando los dientes.

- Calla y empuja, que la fuerza se te va por la boca – Escuché que decía Santiago.

No sabría decir si el comisario Juan José Villena y Castellar era consciente de lo complicado que resultaba rescatar sus carnes del mordisco de la puerta, lo que sí puedo afirmar es que su ira aumentaba por momentos y su rostro pasó de pronto a adquirir el color de un tomate maduro, de esos que si los aprietas un poco te revientan en las manos. El único que se mantenía impasible ante aquella charlotada era el puro, que continuaba en su sitio, como si el asunto no fuera con él. Me dieron ganas de arrebatárselo de la boca.

- Te vas a enterar listillo – Gritaba el comisario – Voy a hacerte picadillo. No te va a conocer ni tu madre.

Juan José Villena y Castellar escupía con cada palabra y entre una amenaza y otra se veía obligado a tomar aire y chupetear el puro como si en su interior hubiera una especie de elixir medicinal que le hacía recuperar el vigor que perdía con los empellones que Santiago Álvarez e Ignacio Castaño le propinaban a su formidable persona.

- Un poco más Ignacio, empuja un poco más que ya lo tenemos – Decía Santiago sacando la voz de las tripas.

Ajeno al esfuerzo de sus muchachos, el comisario continuaba dedicándome miradas furiosas. A mí me recordaba a uno de esos toros bravos que echan espuma por la boca y arañan el piso de la plaza con sus pezuñas antes de salir a toda castaña del toril. Lo malo de las comparaciones es que uno siempre sale perdiendo, porque si Juan José Villena y Castellar era un toro bravo a mí no me quedaba más remedio que ser uno de esos muñecos de paja que plantan delante de los toriles para que el animalito se ensañe a sus anchas y lo empitone hasta que el torero de marras lo salude con una verónica o con tres padres nuestros.

- Tranquilo comisario, que casi está fuera. Venga Ignacio, a la de tres con todas tus fuerzas.

Santiago contó tres e Ignacio hizo lo que pudo, se escuchó un grujido y yo pensé que el comisario del barrio de San León se acababa de partir en dos. Retrocedí unos pasos apretando la aspiradora sensorial contra mi pecho y al cerrar los ojos la imagen sonriente de Irina me vino a la cabeza, pero la muy tunanta no soltó prenda, continuaba sin decir este pensamiento es mío. Cuando abrí de nuevo los ojos Santiago estaba a mi lado, limpiándose el sudor de la frente con la palma de la mano mientras que con la otra golpeaba suavemente mi hombro en una actitud que no dejaba espacio a la confusión.

- Señor comisario le presento a Pepito, nos está ayudando con el caso. Es un cazador de pensamientos, supongo que habrá oído hablar de ellos.

Juan José Villena y Castellar se sacó el puro de la boca, después hizo que su lengua se paseara de un lado a otro capturando la saliva sobrante de la comisura de sus labios.

- Me paso por los cojones a los cazadores de pensamientos. Yo no comulgo con mariconadas.

Ignacio emitió una risita nerviosa, Santiago se giró hacia él y sus ojos se clavaron en el rostro sonriente del policía como si fueran cien puñales.

- Cualquier método es bueno por extraño que parezca, señor. Hasta ahora Pepito no nos ha fallado.

El comisario Juan José Villena y Castellar volvió a introducirse el puro chupado en la boca.

- ¿Y tú te fías de alguien que continua llamándose Pepito a los cuarenta y tantos?

El comentario hirió mi orgullo, pero en el fondo tenía razón, hacía tiempo que intentaba en vano reivindicar un nombre más acorde con mi edad, por eso insistía siempre que tenía ocasión en que me llamaran José, haciendo hincapié en el acento, porque a mí los acentos me parecen de lo más masculino.

- Mire comisario, a mi el nombre de cada uno me la trae al fresco ¿comprende? Lo que me importa de veras son los resultados y Pepito en eso es un fuera de serie, sus resultados son cojonudos.

El comisario me examinó mientras hacía girar su puro con la lengua. Debía estar registrando en su memoria cada detalle de mi insignificante persona, sin mediar palabra el gigante se inclinó hacia mí, parecía la torre de un castillo viniéndose abajo. Santiago lejos de sentirse intimidado, sacó pecho y apretó mi hombro, era su modo de decirme “No te preocupes chaval, que aquí estoy yo para lo que haga falta”. Ese era otro de los enigmas que encerraban el comportamiento de Santiago hacia mi, el hecho de que se empeñara en llamarme Pepito y se hubiera adjudicado el papel de hermano mayor cuando todo el mundo sabía que yo le llevaba tres años.

- Vamos a ver cazador de hostias, a ver si adivinas qué es lo que estoy pensando en este momento.

Hizo una maniobra de ajuste corporal y alzó su anatomía hasta volver a parecer el coloso de Rodas, después se cruzó de brazos y esperó mi respuesta chupeteando el puro apagado.

- Usted está convencido de que en vez de cazar pensamientos debería dedicarme a cazar moscas, que la policía siempre ha sido un cuerpo respetable y no un circo, que los extraterrestres son un invento publicitario, aunque haya sido comprobada científicamente su existencia e incluso se tenga contacto oficial. Esta pensando sobre todo por las noches cuando da vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño que más les valdría a los tipos del espacio haberse ido a aterrizar a Plutón o a hacer puñetas. Y que en lugar de abrirnos la mente y enseñarnos a utilizar el cerebro hubiera sido mejor que nos hubieran pegado un par de guantazos como Dios manda o en el peor de los casos hacer de nosotros paté de mortadela con olivas. Está pensando, señor comisario, que el mundo ya no es lo que era, que no teníamos ninguna necesidad de inventar tanto ni de mandar cohetes a la luna, que como en casa no se está en ningún sitio y que de fuera vendrán y del planeta nos echarán. Está pensando que el nombre de Pepito me queda que ni pintado porque todos los pepitos que ha conocido eran unos soplapollas. ¿Quiere usted que continúe o ya tiene bastante?

El comisario Juan José Villena y Castellar apretó los puños y su rostro se incendió como un bosque de pinos en una tarde de agosto.

- Haga lo que tenga que hacer pero no se cruce en mi camino.

- Por cierto – Me atreví a decir soltándome del brazo de Santiago – No hay comisarías mierdosas, si no comisarios con el olfato atrofiado.

Pantagruel salió de la habitación con paso marcial, el enfado acentuaba su cojera, pero lograba mantener el equilibrio y aunque su cuerpo se mecía frenéticamente hacia la izquierda, no llegaba a precipitarse como todos hubiéramos deseado. Cuando cruzó el quicio de la puerta a Ignacio se le escapó una risita.

- ¡A trabajar coño! – Gritó el comisario dándonos la espalda. Luego se perdió por el pasillo soltando una retahíla de tacos y sin dejar de chupar el puro.

Ignacio se acercó a mí.

- ¿De verdad piensa que esta comisaría es una mierda?

- Una mierda pinchá en un palo.

- Qué hijo de puta el comisario. No, si ya lo decía el Damián, como os traigan al del Carrel os vais a enterar y vaya si nos estamos enterando. Me ha dejado con menos energía que un pajarito. La próxima vez que se quede atrapado no me llames Santiago, que sabes que yo no tengo chicha.

Santiago Álvarez sonrió, era su primera sonrisa de la mañana. Me dio unos golpecitos en el hombro y miró en dirección a la rusa. Ignacio y yo seguimos el recorrido de sus ojos.

- ¿Y ésta qué, continua tan silenciosa?

- Como una tumba.

Ignacio se rió por lo bajini.

- No he querido hacer un chiste, Ignacio, pero es que Irina Prokofievna está más muda que Nefertiti.

- Será porque hace menos tiempo que está muerta. Poco tiene que contar uno cuando acaba de palmarla, digo yo que como para todo en esta vida y en la otra se necesita tiempo para reaccionar.

Ignacio confiaba tanto en mi trabajo como el comisario, pero al menos el policía lograba disimularlo con cierta gracia.

- Venga, vámonos de aquí, estamos estorbando a Pepito.

Santiago Álvarez antes de marcharse me guiñó un ojo, yo lo interpreté como que le había echado un par al asunto. Santiago era hombre de pocas palabras.

(continuará)

Abril 2, 2009

Los pensamientos de Irina (1)

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Pensamientos de Irina (1) – Obra de Ubé

Cuando me la presentaron estaba muerta.

–Se llamaba Irina. La encontraron hace un rato. Todavía no sabemos con exactitud la causa de su muerte, habrá que esperar a la autopsia. A lo mejor tú puedes ayudarnos.

Me quedé mirando fijamente a Irina mientras el policía se alejaba. No había signos de violencia, aquella muchacha tenía una sonrisa dibujada en su rostro, como si fuera un tatuaje póstumo. Era una de esas sonrisas que surgen de la incomodidad y no conozco nada más incómodo que la muerte. Me incliné sobre ella y olfateé su frente. Nada, no encontré ni rastro de su pensamiento. Pudiera ser que llevara muerta mucho tiempo, los pensamientos se evaporan con rapidez. Abrí el maletín y saqué mis artilugios colocándolos con cuidado sobre el suelo. Un hombre de dimensiones pantagruélicas apareció de la nada, como por arte de birlibirloque. Después, sin sacar el puro de su boca, se acercó hasta dónde me encontraba. Cojeaba ostensiblemente de la pierna izquierda por lo que toda su monumental anatomía parecía que iba a venirse abajo de un momento a otro, como un gran coloso siendo asaltado en su flanco izquierdo por un ejército de pigmeos.

–Eh tú, ¿qué son todas esas pamplinas? No sé cómo coño lo hacéis pero los de la prensa os enteráis de todo antes que la propia policía, sois unos profesionales del saqueo, buitres, cantamañanas. Recoge tus cacharros y lárgate si no quieres que te empapele por manipular las pruebas de un delito, por ocultarlas o por lo que me salga de los cojones. Que inventiva me sobra.

Mientras me soltaba todo aquel sermón, el señor Juan José Villena y Castellar, como más tarde me enteré que se llamaba, movía el puro de un lado a otro de su boca. Lo tenía sujeto por unos dientes menudos que comparados con el resto de su persona resultaban ridículos e infantiles. Sin soltar el habano que hacía rato que debía de estar apagado, agachó su cabeza y me dirigió una mirada desafiante.

–¿Me has oído o quieres que te lo repita?

No tenía ganas de discutir. Me había llamado Santiago Álvarez a las dos de la mañana para pedirme que acudiera a la calle de Los porches.

–Al número cinco, no tiene pérdida. Parece que es un asunto feo.

–¿Hay mucha sangre? –pregunté disimulando un bostezo.

–No te preocupes Pepito, no hay ni una gota de sangre. Ven lo antes posible, antes de que llegue el comisario.

–¿El Comisario Benítez?

–No, a ese lo han destinado a Huesca. Ahora tenemos a uno que da gusto verlo, vamos que no te cansas nunca de mirarlo -Santiago guardó silencio, supuse que estaría dándole una calada a su cigarrillo, después escuché el sonido de una sirena a lo lejos. Mi informador soltó un par de tacos.

–Mala suerte amigo, el comisario acaba de hacer acto de presencia. Voy a ver si lo ayudo a salir del coche, me temo que se ha quedado encajado. Nos han jodido con los comisarios de grandes proporciones.

Salté de la cama sin convencimiento. Apenas había dormido un par de horas, así que yo también maldije entre dientes mi mala suerte. De pie frente al espejo del baño observé mi rostro detenidamente. Por mucho que se empeñaran en seguir llamándome Pepito, los cuarenta y ocho ya no los cumplía. Me pasé el peine sobre el pelo mojado y me abroché el último botón de la camisa. Santiago me recibió en la puerta. Habían acordonado el lugar pero un par de vecinas se habían saltado la prohibición y asomaban sus narices curiosas por la puerta del domicilio de “la rusa”. Así era como se la conocía en el barrio, Irina Prokofievna, nacida en Minsk en 1974, al menos eso decía su pasaporte.

–En el caso de que no sea falso, claro, que vete tú a saber Pepito. A estas pobres las traen y las llevan a base de engaños; a estas y a quién se crea el cuento de los tres cerditos, porque hay cada uno por ahí que le echa un cuento a la vida… Bueno eso de los cuentos te lo dejo a ti que eres el profesional.

Santiago se abrió paso entre un grupo de policías que con cara de sueño metía en bolsitas todo aquello que les resultaba sospechoso, a punto estuvo uno de agarrar el pitillo que mi amigo se disponía a aplastar con su bota de falsa piel de serpiente.

–Quieto parao, Adolfo, que el pitillo es mío.

El policía, al que calculé unos veinticinco años, se disculpó de inmediato, no sin antes hacerle a su jefe una advertencia que pretendía ser graciosa.

–Pues no se me ponga a tiro jefe, o lo que es lo mismo, a tirar las colillas a otro sitio que sino se confunde al personal. Y a estas horas soy capaz de meter en una bolsa hasta a mi madre si se me pone por delante.

Santiago no contestó, se limitó a darle una patada a la colilla que fue a aterrizar a las manos enguantadas de otro policía que como era de esperar la introdujo con cuidado en una bolsita.

–Al final voy a acabar en comisaría Pepito, haciéndome la foto de turno.

Lo seguí por un largo pasillo desangelado. Al fondo a la izquierda había una habitación pequeña con una gran cama deshecha en la que descansaba el cuerpo sin vida de Irina Prokofievna.

–Les he pedido a los chicos que tocaran lo menos posible, ya sabes a lo que me refiero, no he querido que ellos hablasen aquí dentro por si se confundía con… bueno tú ya me entiendes.

(continuará

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