Angélica Morales

Mayo 27, 2009

Las piernas de Tomasa

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 6:29 pm

piernas_tomasa_web

Las piernas de Tomasa, obra de Ubé.

Nadie había osado jamás levantar el rostro más allá de sus rodillas de cordillera, ni de buscar en la lejanía la mirada de unos ojos que todos imaginábamos oceánicos. Nos conformábamos con habitar bajo sus piernas de pilastra, tan poderosas que a menudo nos abrazaba un miedo bíblico al pensar qué ocurriría si aquellos titanes que sostenían nuestro mundo se venían abajo sin previo aviso, sin gritar: ¡ahí va mi tibia, señores! o ¡cuidado no le vaya a partir la crisma con el peroné de mis amores! Tomasa era muy suya, por eso la amábamos con desmedida necedad. Hacía tres años que me había instalado en su gemelo izquierdo y desde entonces gozaba de una vida plácida y sin sentido. A menudo solía encontrarme con otros de mi especie a la altura de sus talones esteparios y conversábamos largo rato acerca de estupideces, pomposos discursos que nos dejaban llenos de nada, abismos a los que de tiempo en tiempo era conveniente asomarse.

—Y dígame señor, ¿permanecerá algunos días más en nuestra compañía? —solía preguntarme cada anochecer un caballero con aspecto de merluza a la romana.

Yo me limitaba a encogerme de hombros, y a dejar que mi desventura vagara por las baldosas del suelo. Nada era tan importante como permanecer sumido en el misterio, ese estado que para algunos se tornaba gaseoso al amanecer y los hacía elevarse con impertinencia hacia una esperanza que siempre se vestía de golfa, de esas que escupen sentencias al hablar y menean unas caderas metálicas y chirriantes cuando caminan, como si arrastraran los grilletes de todas las cárceles conocidas.

—Pudiera ser —decía al fin chasqueando la lengua con chulería.

Una solterona de pelo soviético pasó a nuestro lado, casi rozándonos. Traía la frente empapada en un sudor perlado, de collar de novia. Sus ojos negros y achinados apuntaban directamente a la punta de unos zapatos cuya castidad estaba empezando a ponerse en duda, pues se adivinaba en ellos cierta desvergüenza. Sonrió la mujer con un arrobo pasado de moda y después se perdió en el muslo de Tomasa, dando pasitos cortos y estudiados, sin dejar de acunar suspiros en su pecho de matrona.

Un silencio sospechoso vino entonces a instalarse a nuestras espaldas. Más allá de mi cogote el bullicio despertó a la pereza, voces desgarradas que maldecían haciendo gala de una educación envidiable.

—Váyase a la mierda, señorita —decía uno.

—Faltaría más, capullo, pero usted primero.

—De ninguna manera, mademoiselle, las cabezas huecas siempre delante.

—Que le den morcilla malagueña, estimado señor.

Me giré hacia el caballero con aspecto de merluza a la romana y le pregunté sin más:

—¿Qué ocurriría si levantásemos nuestras narices de botón hacia el infinito?

La alegría danzó un instante sobre sus labios de reptil.

—Me temo que todo habría terminado. Nos daríamos de bruces con una realidad de color sepia.

De inmediato las piernas de Tomasa temblaron violentamente, como sacudidas por un enfado pasajero. Al poco, toda su monumentalidad se vino abajo, dejándonos desamparados, a solas con nosotros mismos.

Cuando al fin me atreví a levantar el rostro, unos ojos chiquitos me enfocaron con obstinación. De súbito se habían secado todos los océanos imaginados.

—¿Qué mira usted, imbécil? —me espetó Tomasa.

Me eché a un lado confundido. Todavía me costaba mantener la cabeza erguida.

—Nada —balbucí.

En mi garganta, el alfabeto era tan sólo un reducto arqueológico.

—Los hay con una jeta —murmuró mi antiguo sostén.

Vi a la solterona caer sobre el asfalto, su cabello desprendía ahora fogonazos de resignación, casi serviles, como si estuviera obligada a rendir pleitesía a la mala fortuna. Todas las realidades se asentaron de golpe sobre nosotros cortándonos de cuajo el misterio, ese hilo invisible que nos suspendía a los sueños.

—Váyase a la mierda, señorita —le dije con donaire.

—Bésame los talones, vejestorio —contestó Tomasa olvidada de toda magnificencia.

Mayo 22, 2009

Antes que nada

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 9:18 pm

antes_que_nada_web

Antes que nada, obra de Ubé.

No entiendo de amor, esa es la verdad. Mis encuentros siempre han sido breves, una mirada oportuna en un garito apestando a humo y desilusión, que si rozo su trasero en la pista, que si ella abre la boca para soltar risas y mentiras, que si más ron con coca cola por favor. Y la música martilleando mis oídos, naturalmente, y ese aroma a sudor dulce que me embriaga acabando de golpe con mi paciencia. Los hombres somos así, animales salvajes. Eso no lo digo yo, que conste, es Paula quien lo afirma, después de subirse las bragas y pintarse los labios. Me gusta, sí, su aspecto de mujer fatal y su forma de mover las caderas, también ese mal genio que la sacude en cuanto da por terminado el revolcón.

—Y no pienses que voy a darte mi teléfono.

Tiene la voz ronca, de gata maullando bajo el chaparrón. Enciendo un cigarrillo y aparto la mirada de su escote. Antes de arrancar el coche, la miro por última vez. Está guapa despeinada. Me dan ganas de volver a tenderla en el asiento trasero y meterme en ella. Las entrañas de una mujer son como ríos que no acaban de desembocar.

—A qué esperas, llévame a casa.

Cruza las piernas Paula, completamente vacía de mí. Ahora supongo que no hablará. Siempre es la misma historia. Hundo el pie en el acelerador y doy una calada, sin soltar el humo, como si fuese ella la que atraviesa mi garganta con sus tacones.

Ya nos conocíamos Paula y yo, íbamos al mismo instituto. Ella era entonces más flaca, casi el palo de una escoba, y llevaba el pelo corto, a lo garçon. Nunca he entendido esa obsesión de las jovencitas por parecer un tío. La prefiero así, dueña de una melena indómita, también con la carne forrando sus huesos. Cuando estábamos en primero de BUP, salía con el chori, un muchacho alto y desgarbado que no quería ser nadie en el futuro. Bebía mucha cerveza el chori, y su boca de cuchillo sostenía a todas horas un porro apagado por la desidia. Nos pelábamos las clases a menudo para escapar a la playa y gandulear, entregarnos a elucubraciones color tabaco, sin más. Ninguno de la pandilla pretendía ser un premio Nóbel, nos conformábamos con un trabajo digno que nos permitiera pagar nuestros vicios, alcohol, por supuesto y maría, el resto no tenía importancia. El matrimonio sonaba a guasa.

—A mí no hay quien me aguante —decía quemando una china. Tan moderna, Paula.

En tercero, le perdí la pista. Dejó el instituto y estuvo un par de años dando tumbos por ahí, sin dedicarse a nada en concreto. Al chori le dio puerta enseguida, en cuanto conoció a Braulio, un intelectual medio calvo que la convenció para que enseñara las tetas en el escenario. Actriz, sí; creo que Paula se convirtió en actriz.

La noche se ha vuelto fría. En el maletero he dejado mi chaqueta de cuero. No, no es una chupa con cremalleras como las de antes, es un modelo discreto. Ya no soy un chiquillo. El instituto pasó, la playa no guarda hoy mis secretos, ni enfría las litronas en la orilla. He comprendido que los recuerdos son humo y se esfuman a ratos enredándose a las telarañas del techo en casas que no nos pertenecen. Ayer, el tranvía no alborotaba el paseo ni yo esperaba ponerme al mando de uno para serpentear entre las aceras y tocar la bocina a las mujeres hermosas. A Paula, claro, una tarde de agosto, al doblar la esquina del instituto, ¡moooooccccc!. Dio un respingo y me miró a través de sus gafas. Pantaloncito corto y camiseta ceñida, el pelo recogido en una coleta alta que se movía con ritmo propio. No me reconoció, al menos no ese día. Me dieron ganas de sacar la cabeza por la cabina y gritarle.

—¡Eh Paula, soy yo, Andrés Solís, el mejillón!

A mí en el instituto me llamaban así, vete tú a saber por qué; se me ocurre que pueda ser debido al color naranja de mi pelo, pero eso fue años antes, cuando calzaba a todas horas unas náuticas y llevaba la raya al lado y un flequillo de Spandau Ballet que soplaba de forma automática para presumir ante las chicas, calderilla en los bolsillos, qué remedio, y entre las manos, sudor y sueños.

Una semana más tarde, volví a toparme con ella. Esta vez subió al tranvía, en el primer vagón, muy cerca de la cabina. En una parada en la que debía hacer trasbordo, me acerqué a Paula, como si tal cosa, masticando chicle y metiendo tripa.

—Hola —le dije—. ¡Cuánto tiempo!

—Perdona, ¿nos conocemos?

Me rasqué la barbilla y sonreí. A Paula siempre le gustó mi sonrisa, decía que era como un pedacito de cielo; sí, un cielo de primavera, ancho y despejado. Confieso que la forma de hablar de Paula me resultaba empalagosa, se empeñaba en ponerle mucha poesía al asunto, a cualquier cuestión, incluso a la más tonta. Ya lo he dicho, ninguno de la pandilla aspirábamos a ser un premio Nóbel.

—Ya lo creo, íbamos juntos al insti.

Sonrió perezosa, como si acabara de despertar de una siesta.

—Eres el chori, ¿a que sí? ¡qué fuerte!

Planchazo, eso pensé, e inmediatamente solté el aire dejando en libertad mis michelines. Mi aspecto me importaba un carajo ahora que me había confundido con otro.

—No, soy Andrés Solís, el mejillón.

—¡Coño, el mejillón!, haberlo dicho antes —exclamó golpeándose el muslo.

Me pregunté a dónde habría ido a parar el lirismo de Paula, ese verde que te quiero verde lorquiano que declamaba en el aula de teatro totalmente extasiada, igual que si bajo su falda hubiese un enano lamiendo su sexo.

—Termino mi turno dentro de veinte minutos, si te apetece podemos tomar un café.

Me dijo que sí, que bien, que me esperaba sentada en un banquito de la estación, pero que mejor una birra porque estaba tan seca como el desierto del Gobi.

Bajamos juntos del tranvía, en silencio; yo masticando chicle, ella haciendo bailar los volantes de su falda, cortísima y negra, como una tarde de invierno. Al poco, frente a una mesa sucia, fue desnudando sus miserias, gajo a gajo, como quien pela una naranja; funciones tristes en pueblos que ni siquiera figuraban en los mapas, nicotina alrededor de los dedos y polvos de arroz en el rostro, cantidades ingentes de aburrimiento sobre escenarios estrechos, pan y salami entre los dientes; en la maleta, bragas del todo a cien y algún vestido de moda para no olvidar el paso del tiempo.

—Ya ves, Andresito, nunca planifiques tu vida si no quieres que ésta acabe dándote por saco.

No contesté. Mis ojos estaban detenidos en su escote. Las tetas de Paula son firmes y emergen curiosas a través de la seda para retar al mundo y de paso a la gravedad. Duros, sí; me fijé en que sus pezones estaban duros, como si en su imaginación ya los hubiese pellizcado.

Tres cervezas más y nos dijimos adiós.

—Y no pienses que voy a darte mi teléfono.

Esa es su frase preferida, también la repite ahora, a mi lado, mientras deja vagar la mirada por un paisaje de cemento y neón.

—Para, me quedo aquí —dice de pronto.

Cada vez la dejo en un sitio diferente. Teme que Braulio, su marido, pueda verla en compañía de otro hombre. Acaba de cumplir cincuenta y ocho años, Braulio, y no le queda ni un solo pelo en el cogote. Lo imagino encima suya, resoplando por el esfuerzo, con la frente sudorosa y la boca abierta. No sé por qué pero creo que los intelectuales deben follar de pena, que prefieren desplegar la lengua antes que derramar su semen. Me da por pensar que son pavos reales que la palman en un orgasmo de mosquito, visto y no visto. Yo no, a mí Paula me pone muy cachondo, y mientras me besa, le pido que me masturbe despacio hasta que mi polla no cabe en su palma, tan complaciente Paula.

Estamos en una plaza pequeña rodeada de árboles y jovencitos pelmazos. Se gira hacia mí y me lanza un beso de despedida. Nunca me toca cuando estamos cerca de su casa.

—Ya nos veremos —y se alisa la falda con gesto impaciente.

Huele Paula a engaño, a chicle de menta y a recreo.

Tienen que pasar dos días más antes de que pueda volver a verla, antes aún el tranvía ha doblado la esquina del instituto y tocado la bocina a una mujer hermosa, una desconocida de falda corta y camiseta ceñida que camina al lado de un hombre en ruinas.

—¡Eh, Paula, soy yo, Andrés Solís, el mejillón! —he querido gritarle.

No entiendo de amor, esa es la verdad, pero quizá se me ha metido en la cabeza que amo a esa mujer, a la extraña que se ha convertido en actriz y que ayer suspendía matemáticas. Tan perra, Paula, tendida sobre la arena como una muerta en vida mientras el chori le mordisqueaba el cuello con sus colmillos de roquero.

Ni teléfono ni gaitas. Nuestra siguiente cita no necesita más que de la casualidad, esa costumbre que ha acabado por adquirir la forma de una estación de paso, con banquitos de piedra puestos al sol de la esperanza. El número cinco, ese es mi tranvía con destino Neptuno; allí descargo turistas y familias al borde del aburrimiento. Entre un batallón de sandalias y faldas cortas busco a Paula, un día tras otro, tardes y mañanas de espera, cigarrillos que se apagan entre mis labios convirtiendo en ceniza la paciencia. Hasta que una noche detecto su rastro a sudor dulce en uno de esos garitos que apestan a humo y desilusión; que si rozo su trasero en la pista, que si ella abre la boca para soltar risas y mentiras.

—Mira Andresito, lo nuestro se ha terminado. Finita la comedia, así, como lo oyes —me dice mientras el ron con coca cola baila entre sus manos.

Al fondo, un grupo de niños viejos parecen querer comérsela, esos tipos echados a perder por los sueños, que continúan acudiendo a la facultad a pesar de haber sobrepasado los cuarenta, intelectuales de medio pelo que más que follar la palman en un orgasmo rápido, de moscardón playero.

Antes de nada quiero decir que fue un accidente, que no la vi venir, que aquella mujer hermosa se me echó encima, como si fuese la mismísima Ana Karenina, y que conste que al doblar la esquina del instituto le toqué la bocina… ¡mooooooccccc!, pero Paula se quedó quieta en mitad de las vias, con su falda corta y su camiseta ceñida. A mí me da que siempre le puso mucha poesía al asunto, a cualquier cuestión, incluso a la más tonta.

Ya lo he dicho, no entiendo de amor; esa es la verdad, señor juez.

Mayo 19, 2009

La caricia del buitre

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 6:41 pm

nobody-home-web

Nobody Home, obra de Ubé

La niebla es tirana en Huesca. Desde la ventana de mi despacho puedo ver su abrazo estéril, de un blanco sucio aunque insinuante, como la sonrisa de una mujer lejana. En ella pienso, en Nadia, ese nombre que se pierde entre mis labios y que tiene el sabor del algodón dulce. Hoy no ha visitado el archivo, tal vez mañana vuelva a contemplar sus manos pálidas escarbando entre los papeles. Sí, ahora que lo recuerdo se ha dejado la pluma sobre mi mesa. Hay amores que se presentan de pronto, en un pasillo estrecho que huele a olvido, precisamente cuando empezaba a rendirme. Nadia y su falda corta, y sus labios rojos, y sus medias rotas a la altura de las pantorrillas. Podría decirse que es ella la que ha venido en mi busca, una mañana cualquiera con el cielo tan aburrido como gris. Antes que su voz, mucho antes que el sonido de sus tacones, me llega su aroma. “Buenos días”, me dice, “busco información acerca de un teatro que debió ubicarse en el siglo diecinueve en el Coso bajo, más o menos donde se encuentra hoy la caja de ahorros”. Es Nadia, alta y flaca, con la cintura atada a los huesos, de ojos grandes y claros. De vez en cuando pestañea, pero sólo para dar a entender un entusiasmo pasajero; por lo demás, su presencia es gélida, como la de una estatua que se hubiera levantado de un mausoleo, y hermosa, y altiva y…

—Perdone, ¿he venido al lugar adecuado, verdad? Esto es el archivo.

Arrastra una ronquera elegante, también las erres, ese acento catastrófico propio de los extranjeros, como si en sus gargantas, el alfabeto estuviese en guerra.

—Claro —le digo. Y de inmediato me pongo a buscar lo que me pide, con el firme propósito de convertirme en héroe, en un tipo capaz de desentrañar los enigmas del mundo. Mi universo es pequeño, eso pienso evitando encontrarme con su mirada atormentada. No sé por qué extraña razón las mujeres del este parecen prisioneras de sí mismas, igual que si en su interior les aguardase a todas horas un pelotón de fusilamiento. Se sienta Nadia, despacio, en la silla en la que suelo depositar mis cosas, libros y varias revistas dominicales pasadas de fecha y con las hojas dobladas. Y entonces suspira, deshaciéndose toda. “No tardo nada”, le digo. En la pantalla comienzan a abrirse carpetas; “casi está”, le digo. Sonrío siempre hacia abajo, hacia mi propio abismo. “No tengo prisa”, eso contesta ella, cruzando las piernas, mordiendo levemente su labio inferior. Y yo mientras tanto no dejo de alborotar el ayer, pincho aquí y allá noticias polvorientas. El pasado debe de tener un tacto áspero, lo mismo que escama de dinosaurio; eso no lo digo, por supuesto, pero lo pienso. En mi boca la palabra teatro cobra un significado grandioso, casi tanto como el palacio de invierno de San Petersburgo. No puedo evitar preguntarle que por qué busca precisamente ese edificio y no otro. Se encoge de hombros, echando a un lado su melena lacia. Es rubia, Nadia, igual que todas. “Vivo allí”, me dice forzando una sonrisa, después silencio. Sudamos los dos bajo la ropa, lo sé. Mi despacho es ahora una sauna íntima en la que se dan cita dos desconocidos, sin querer, como suceden las cosas más importantes. “Además, me apasiona el teatro”. Sobre el teclado, mis dedos se detienen. La confesión de Nadia tiene tintes dramáticos, como si su apasionamiento no fuera sino una perdición. La imagino de pronto, griega, su cuerpo flaco ceñido por una de esas túnicas imposibles que dejan al descubierto la intención. Una copia de Hécuba disparando a través de sus labios rojos todo el infortunio de la humanidad. “A mí, el teatro también me gusta”, respondo. No quiero que mi entusiasmo salga a la superficie. Soy un hombre de mediana estatura, medianos conocimientos y un pudor mayúsculo. “Me gusta, sí”, repito garabateando en un folio. Fuera, la niebla comienza a disiparse para descubrirnos la ciudad, ese alboroto diario al que llamamos vida. Nadia se retuerce en el asiento, cambia ahora la posición de sus piernas enredándolas bajo una falda demasiado corta. Me asalta el deseo, quiero tocar la seda de sus medias, noto cómo mis manos se crespan. He de respirar dos veces, seguidas, tal como me enseña ese psicólogo de pago que finge preocuparse por mis problemas. Neuras, así las llama él, luego me acompaña hasta la puerta sin dejar de darme palmaditas en la espalda. No recuerdo cuánto tiempo llevo ocupando su diván. Sólo sé que tiene un muelle flojo y chirría cada vez que me alzo para gritarle en su cara que es un gilipollas. Los psicólogos se lo tragan todo, incluso los cuentos chinos. Muevo el ratón por última vez zanjando mi tarea. “Sígame”, le pido. Es obediente Nadia, coge su bolso y sonríe, como si acabara de encontrar a un viejo amigo. Sé que inspiro confianza, tengo el aspecto de un ave nocturna, un búho quizá, de esos que descansan el aburrimiento sobre la rama de algún olmo. “No, qué va, mejor un buitre”, me corrige el psicólogo, cada tarde, de seis a siete; así que no me queda más remedio que cerrar los ojos y continuar mintiéndole, despacio. “¿Ha encontrado algo?” Eso dice la rumana sorteando un par de cajas, después tropieza en un escalón, justo el que conduce al sótano. “Allí guardamos casi todos los fondos”. Al hablar rozo su brazo. Huele Nadia a champú barato, a chicle de fresa y a bolas de naftalina. Me fijo entonces en su chaqueta, negra y raída, mordida por un tiempo que está empezando a esfumarse. “El archivo se construyó sobre las ruinas de un palacio”, le digo haciéndome el interesante. Hace frío, por lo que decido quitarme la bata y colocársela sobre los hombros. En el bolsillo derecho están bordadas mis iniciales. “¿B J?” Pregunta coqueta. Me veo obligado a desvelar mi identidad: “ajá, Bartolomé Jiménez para servirle”, y de inmediato la reverencio, como si fuese una condesa descalza e impúdica. Al poco, retomamos la marcha. A mi espalda escucho su respiración pausada, y me pregunto qué mecanismo oculta su pecho, de qué están hechas las mujeres hermosas y tristes; si acaso la lejanía que envuelve su mirada no es un velo de muerte, como la niebla que regresa nuevamente para tomar las riendas de la tiranía. “Así que el teatro”, le digo haciendo pedazos el silencio. No contesta. Más escalones, después un giro hacia la izquierda, dejando a un lado y a otro habitaciones ridículas que en vez de ventanas, exhiben cientos de ojos ciegos en sus paredes. Entre mis dedos, hago girar una moneda. Me he repetido muchas veces que es mi amuleto de la suerte, pero en realidad no vale nada. La suerte hay que ir a buscarla, trepar si es preciso hasta su cumbre. Ignoro el motivo de ese pensamiento, pero desde hace algún tiempo sostengo la teoría de que la suerte es una montaña. “Todos los oscenses se creen montañeros”, se mofa él .Mi psicólogo prefiere el mar, sobre las olas vomita las desilusiones, una a una. Yo le digo que en efecto, que en Huesca la montaña nos llama, es una sirena obesa encallada en una playa de piedra, testaruda y cruel. No duda en pedirme que le relate el episodio aquel acontecido en lo alto del Gratal, al ras de un cielo azul e insensato. “Váyase a la mierda”, le escupo. Sin embargo él insiste, cada tarde la misma historia. “Venga, hombre. Érase una vez un buitre…”, comienza a recitar. Tiene una boca fina, cortada a cuchillo, y sus carrillos se inflan al hablar, como si fuese un pez globo intentando capturar el aire. Después se rasca la barbilla con la punta del lápiz. Escribe siempre mi historia con carboncillo, negándome la posteridad.

—¿Falta mucho?

Se ha detenido en un pasillo desangelado, Nadia, y tirita bajo la bata. “Enseguida llegamos, ya sabe usted cómo son estos edificios oficiales, laberintos de faunos hambrientos”. Me dice sí meneando la cabeza. Su melena permanece rígida, paralizada por el suspense. Me acerco a ella y tomo su mano, sobre la palma deposito un beso. Otra vez dice sí, disimulando el asco. “Venga Bartolomé, qué pasó con los buitres en la montaña”. Hace una semana que ha decidido tutearme. Se recuesta en el sillón y aprieta  su cuaderno de notas, entre sus páginas imagino un acantilado con nombres y apellidos. “Está bien”, digo al cabo acomodándome en el diván. “Lucía el sol aquella mañana, me levanté temprano pero en vez de darme una ducha me quité las legañas frente al espejo”. “Eh, eh”,  me interrumpe el psicólogo. “Sáltate los detalles”. Está nervioso, sé que el episodio de los buitres le ha dejado perplejo, como si un físico nuclear hubiese venido a su consulta a pedirle cuentas. “En la mochila introduje dos litros de agua y un refresco de limón”, continúo, “varios bocadillos y chocolatinas, todas las que me cupieron en las manos”. Ríe el psicólogo, echando la cabeza hacia atrás. Ignora que se está quedando calvo a la altura de la coronilla. En realidad la mayor parte del tiempo está en Babia, aún así no deja de presumir de listillo. “Fue un ascenso difícil”, le aseguro poniendo cara de mártir. “La montaña es muy suya y uno no puede andarse con descuidos, un mal paso y te partes la crisma”. Ahora que me fijo, Nadia tiene los mismos ojos que mi psicólogo, son de color verde jade, unos ojos que se escapan al entendimiento, como si hubiesen nacido con el enigma a cuestas. “No me mire así”, le digo. Nadia retrocede, parece no entender mi actitud. No me extraña, mis palabras no iban dirigidas a ella, sino al psicólogo. “Lo siento, la soledad me hace hablar en voz alta”. Mi disculpa tiñe sus mejillas de grana. Respira ahora trabajosamente.

—¿Falta mucho?

Es al segunda vez que me lo pregunta. Saco una manojo de llaves del bolsillo y abro una puerta herrumbrosa. Nos llega un olor a humedad que penetra en nuestras narices con violencia, después el aire se vuelve denso; me da la sensación de que tomamos bocanadas de hormigón, pedazos de historia putrefacta que flota en la oscuridad. Palpo un muro de cal, y al poco una bombilla macilenta nos ilumina. El aspecto de Nadia es aterrador. Su melena se ha convertido en una selva. Siento lástima por ella, por ese desamparo que la abraza, motivo por el cual debo desviar la mirada. “No puedo permitirme el lujo de flojear”. Eso mismo le digo al psicólogo llegando al momento en el que rozando la cumbre sentí desfallecer entre el barro y las piedras. “Menos lobos, hombre, ni que estuvieses ascendiendo al Himalaya. El Gratal no deja de ser una montaña enana, la caricatura de un peligro que se vislumbra más allá de la frontera”. Mi psicólogo tiene las piernas gordas y su barriga parece albergar un melón que no acaba de decidirse a echar raíces. No lo imagino subiendo una montaña, no, de ningún modo; si acaso pateando a sus compañeros de facultad en una de esas carreras oficiales y procelosas. “¿Qué sabe usted?”, contesto enfurecido. “No te sulfures, Bartolomé, amigo, relájate”. Me dice con voz meliflua. Su familiaridad me abofetea y salto en el diván, pero de forma inconsciente respiro por la nariz, dos veces consecutivas, mientras dejo la mente en blanco, un barbecho que concluye de sopetón cuando el psicólogo se inclina hacia mí e insiste: “A los buitres quiero yo llegar, ese es el quid de la cuestión”. Anota su sentencia en el bloc, al tiempo que chasquea la lengua. Su letra es ilegible, como la de un cirujano plástico. Ahora que recuerdo, es zurdo. “No me gustan los zurdos”, le digo a Nadia. Ella esconde su mano izquierda, un tanto avergonzada; después carraspea dando a entender una tranquilidad que no siente. Lo sé, puedo olfatear su miedo a medida que nos acercamos al sótano. Otra puerta que nos impide el paso, esta vez de madera recién cortada. Yo mismo la he fabricado, soy aficionado a la carpintería, a eso y a la cría de serpientes pitón. Disfruto con su ingesta, el modo que tienen de engullir a sus presas y guarecerlas en su interior hasta que no queda de ellas más que una elegante rendición. Las serpientes no conocen el tiempo, devoran carne y relojes. Tampoco yo tengo prisa. He aprendido a esperar.

—¿Falta mucho?

Nadia ha perdido el color, es un cirio de iglesia que comienza a consumirse. Antes de contestar, lanzo un suspiro. Estoy harto de su impaciencia. También el psicólogo se retuerce en su sillón de diseño. “Venga, hombre, que me tienes en un sin vivir”. “Dos respiraciones”, le digo, “dos más y lo cuento todo”. La rumana aprieta la bata contra su cuerpo flaco sin dejar de mirar en derredor. En sus ojos no se refleja sino el vacío. “De acuerdo, se acabó el misterio”. Mi voz ha dejado de pertenecerme, es un eco que estalla contra las paredes, metralla invisible que acaba por herir a Nadia, justo en el centro de su pecho. Poco a poco pega la espalda contra la puerta, la rumana, sin comprender, completamente ronca de tanto gritar. Yo sonrío, hacia abajo, hacia ese abismo que me habita. “Adelante, Bartolomé, condúcenos a la cumbre de tu pensamiento”. Mi psicólogo se frota las manos, siente un gran placer abriéndose camino entre las ruinas de los otros. “Sin aliento, así alcancé la cima”, digo envalentonado, después, acaricio el rostro de Nadia, y derramo sobre sus labios una bocanada de aire caliente; despacio, es un soplo de vida antes de que ella decida morirse. Lo sé, adivino el abandono al borde de sus pestañas. “¿Y sabe usted lo primero que hice, allí en las alturas?” “¿Fumarte un cigarrillo?” Bromea el psicólogo encendiendo uno. Cierro los ojos un instante. Mi cuerpo está ahora pegado al de Nadia, somos uno; mi piel contra su piel, sus huesos clavándose en mi alma, y a lo lejos la felicidad, esquivando los archivos donde se acumula el espíritu de lo cotidiano, esas existencias inútiles que atraviesan memorias y ciudades. “Por supuesto que no”, contesto buscando a Nadia, su mirada de extranjera complaciente. “Alzar los brazos y contemplar la niebla bajo mis pies, ese océano blanco que lo sepulta todo”. “Todo no, amigo mío, mucho me temo que su mala conciencia permanece a flote”. Lo dice para molestarme. Sí, es uno de esos métodos de libro viejo que tienen como finalidad sacarme de quicio. Los loqueros son así, unos miserables. Hago un movimiento brusco con las caderas. Mi sexo roza el sexo de Nadia. Sus pechos, a pesar del temor, se endurecen o quizá por eso mismo. El deseo no diferencia entre el bien y el mal, sencillamente emerge, como un náufrago, exhausto y mordido de desesperación. “No tardaron en llegar”, le susurro a la rumana. “Los buitres, claro”. Dice una voz que no es la suya. No contesto. El silencio se instala entre los tres. Es ella la primera que se atreve a romperlo, abre la boca y deja escapar un grito, otro más. No me había fijado antes pero tiene una nuez pronunciada, casi masculina. También el vello aflora en sus comisuras. “Nadie es perfecto”, le digo, obsequiándola con un pellizco. Suda. Su rostro está salpicado por gotas de sudor dulce, como licor de barra americana. “Una bandada de buitres que sobrevolaron mi cabeza, una y otra vez. ¿Ha visto a un buitre planear? ¿Ha escuchado el sonido del aire entre sus alas?” Mi psicólogo se hace el sordo. Nadia se apresura a decir que sí, enloquecida: “¡¡sí, lo he visto!!”, dice. Miente. Lo único que pretende es ablandarme, aprovechar mi debilidad para escapar. “Entonces entendí que era una señal”, prosigo. Mi mano atrapa un mechón de su cabello. Es Nadia rubia, como todas, ya lo he dicho ¿verdad? “No me irás a confesar ahora que eres un tipo supersticioso”. El psicólogo ha apurado el cigarrillo y se dispone a destapar un caramelo de limón. Los guarda en el cajón de su escritorio. A menudo premia mi charlatanería con un caramelo rancio, igual que si yo fuese un perro. No me importa lo que piense, pero desde aquel día me sentí coronado. Ríe el psicólogo, su risa es contagiosa, por eso la rumana pare una carcajada, rotunda y terrorífica. “Coronado… será hijo de puta”. Eso murmura el doctor en psicología mientras su tripa centrifuga una alegría dolorosa. “¿Y ahora qué, emperador?” Me pregunta recuperando la compostura. “Ahora”, respondo, “he comprendido mi destino”. Mi profunda convicción provoca en Nadia un estremecimiento. Ya no grita, se ha vestido de orgullo y me mira con esa seguridad del que todo teme. Despacio abro la última puerta. Huele a sala de cine porno, a caspa sobre la pana, y a paloma muerta. Neuras. Me diagnostica siempre lo mismo, una leve confusión del ser mezclado con una patología de tipo esquizoide. “Y nada de subir montañas, eso lo único que hace es alterarte”. Me tiende la mano con desgana. Al estrecharla me llega el frío, como si el psicólogo hubiese sido concebido bajo una nevada moscovita. “Bobadas”, repite acompañándome hasta la puerta sin dejar de asestarme palmaditas en la espalda. En el centro de la estancia queda ella, con su falda corta y sus labios rojos, y esas medias rotas a la altura de las pantorrillas, lo mismo que una de esas heroínas que en el escenario no dejan de sufrir desgracias, cada tarde, de seis a siete, sin más espectador que el miedo. Antes de cerrar la puerta, le digo: “sobre la mesa de mi despacho descansa la pluma de un buitre”. Ninguno de los tres contesta.

Mayo 14, 2009

Moralovsky

Archivado en: poesía, vete tú a saber — angelicamorales @ 5:50 pm

moralovsky

Feo como un engaño, eso es.

De altura marsupiana y entendederas albinas.

Dedica las horas al intercambio de perniles,

muslos jamoneros tiesos, igual que su cartilla de ahorros.

Peina canas los fines de mes

y acaricia billetes en molinos sin aspas

donde, alrededor de una barra discotequera,

se reúnen la Paqui, la Katia y Anuska, aquella

que parió un hijo sobre la nieve moscovita,

ese cementerio de gentes  muertas, de sonrisas

estrechas, de caviar asturiano a granel.

Tacaño como un judío viejo, eso es.

De vello hirsuto en el pecho, espalda y hombros.

Dedica los días al intercambio de cigarrillos, afuera,

mientras los cerdos aguardan

las últimas puñaladas.

Desconfiado como una novia, eso es

y necio y tosco y santo en espera de aureola.

Dedica las noches a soñar, en medio de una

salva de ronquidos.

En el aire alcanza perniles invisibles que se lleva a la

boca con desesperación. Y no reparte la magra con nadie.

A lo lejos quedan  la Paqui, la Katia y Anuska, con tres palmos de narices  soviéticas.

Feo como un engaño, eso es

¿o no?

Mayo 10, 2009

Te llamaré Yuki

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 11:07 am

yuki_web

Yuki, obra de Ubé

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, 10 de mayo de 2009)

TE LLAMARÉ YUKI

Angélica Morales

En las islas que se pierden en el recuerdo nacen amistades estériles. Conocí a Yuki por casualidad, cuando el destino quiso unirnos en Tabarca para rodar un cortometraje con la escuela de cine de Berlín. Pequeño y despierto, de melena lacia y mirada inquisidora, así es Yuky. No sé si el hecho de permanecer encerrados en una isla fomentó nuestra comunicación, pero ya desde el principio ignoramos las barreras lingüísticas que nos separaban e inventamos un lenguaje propio. Al japonés le fascinan las exclamaciones, de su boca chiquita salían a todas horas oes encendidas, que acompañaba con gestos tan teatrales como estúpidos, de esos que sólo tienen sentido en las islas que se filman en cinemascope, a años luz de la cordura. Tabarca tiene esas cosas, siembra entre las rocas aburrimiento y nostalgias y le hace creer a uno que todo es posible sin moverse del sitio. Al atardecer caminábamos por la playa, arrastrando cansancio y una falda de Escarlata O’Hara que formaba parte de mi vestuario. Yuki sonríe a destiempo, como si le diera miedo perderse el alborozo de los otros. Imagino que en Berlín también, ahora que todo ha acabado, se reirá por nada, solo en una habitación sin muebles, con las persianas rotas y la cocina a rebosar de platos sucios. Afirma tener la edad de un Cristo modelo, Yuki, y una hermana a la que no ha visto en cinco años. Por lo demás continúa siendo un enigma, un pedacito de misterio con el que me he tropezado sin querer. Ya lo he dicho, en las islas que se pierden en el recuerdo nacen amistades estériles. Han transcurrido dos semanas desde que regresé y su imagen poco a poco va desvaneciéndose en mi pensamiento. Veo a Yuki a lo lejos apoyado en la barandilla de un faro que ya no alumbra, diciéndome adiós con su manita de comulgante, lanzando al aire margaritas castradas. A veces pienso que fue un sueño, que nada de aquello ocurrió, que Yuki no existe ni yo he rodado un cortometraje a las órdenes de una directora alemana con el genio de un coronel. Habitar una isla tiene esas cosas, algo en tu interior perece con el tiempo, las olas acaban por tragarse las ganas y, de vez en cuando, una bandada de gaviotas grazna sobre tu cogote para recordarte que la tierra que pisas es una ilusión.

Dos semanas, sí, eso me digo mientras recorro el Coso, ese escenario estrecho que vuelve a conectarme con la realidad. A lo lejos alguien grita: “Silencio, se rueda”. Entonces del estanco salen dos señoras orondas, tres jovencitas con el ombligo al aire destapan una risa atronadora y yo camino al lado de una sombra pequeña y vivaracha, de melena lacia y ojos esquivos. “Te llamaré Yuki”, le digo a nadie, justo en el instante en que un señor con el puro pegado a los labios masculla: “¡Corten, joder!”

Mayo 6, 2009

La mujer de la pantalla

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 7:10 pm

sogni

Sogni, obra de Ubé

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, 25 de enero de 2009)

Las mujeres hermosas carecen de alma, por dentro surcan su carne túneles de metacrilato que comunican directamente la vida con los sueños. Román llevaba veinte años contemplando su sonrisa felina, y aquellas piernas largas, de bailarina por horas. Cada tarde acudía a su cita furtiva con la pantalla, de cinco a siete y sin moverse del sitio se introducía en su mundo pequeño, en esa cama revuelta con olor a pachulí y desencanto, en el vaso de whisky sin hielo con las huellas de su carmín donde naufragaba a cada rato un beso frío, de milenios de olvido. Una existencia plana y en tecnicolor, es posible. Tan vacía como placentera, sí; cercana a pesar de la distancia de ese muro etéreo que insiste en separar la verdad de la mentira. Y regresaba a casa masticando la pena, vuelta y vuelta entre sus labios finos, cortados a cuchillo, en sus ojos titilando aún la imagen de aquella Afrodita de barrio, poderosa y cruel, con la arruga domesticada.

Al doblar la esquina, un gato negro se atravesó en su camino. Lo vio alejarse con el rabo muy tieso; al poco, de un brinco, se zambulló en una bolsa de basura. Le pareció que atravesaba la barrera del tiempo, ese instante donde lo cotidiano no deja de sucederse a pesar de mudar de aspecto.

Ya en el dormitorio, se despojó de la ropa de espaldas al espejo. Cuando se deslizó entre las sábanas, comprobó que no estaba solo. Alguien acarició su piel, despacio, con esa parsimonia que otorga el misterio. Tenía la desconocida una sonrisa felina, y sus piernas, kilométricas, pronto se enredaron a su cintura. Lo encontraron muerto al amanecer en una cama revuelta con olor a pachulí y desencanto. Allí continúa cada tarde, de cinco a siete, desde hace veinte años.

Mayo 4, 2009

Color sepia

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 7:03 pm

color-sepia

Color sepia, obra de Ubé

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, 4 de enero de 2009)

Por mucho que se empeñen en sepultar las carpas de lentejuelas, y pinten de carmín la boca de las panteras, y aunque los trapecistas luzcan taparrabos confeccionados a base de lapislázuli faraónico, los circos no son más que postales en color sepia, un recuerdo-bomba que va y viene en la memoria. Y no se traguen el cuento, señores, que las sirenas barbudas no existen, ni siquiera los cocodrilos que salen a la arena completamente idiotizados, como si hubiesen visto en los ojos de Mister Peter un vergel bíblico. Tomen nota: nada de domadores de elefantes que hacen el indio sobre dos patas, ni princesas asirias con los pies tan grandes como los de un cofrade, olvídense de divisar entre las carrozas circenses, el peluquín de algún inventor chalado, y no esperen clavados a sus asientos la aparición estelar de los payasos, esos hermanos merluzos que se despiertan cada día columpiados por la tristeza. Ni hablar. Dejen a un lado la ilusión de resucitar el miedo con cada rugido de los leones africanos. Hace tiempo que se extinguieron las señoritas solteras que enroscan a su cintura serpientes pitón. Tampoco dan brincos los enanos, ni corren los caniches tras las yeguas, con la lengua y el orgullo al rojo vivo. No restallan en el aire aplausos ni risas, mucho menos se enredan entre las muelas los hilos del algodón dulce. Ni se les ocurra pensar que huele a pólvora y vida, que la magia todavía aguanta la respiración en el interior de sombreros viejos y que, con las fiestas, se convierte en caravana y recorre los caminos, y se instala en las plazas de toros. Por supuesto que no, sean cabales; los circos no son más que embustes multicolor, canciones de cuna estrecha. Este mundo no necesita engalanarse, ¡qué tontería!. Por eso, yo les advierto, echen el cerrojo a la imaginación, es peligroso para los bolsillos y la conciencia. Los circos no son más que postales en color sepia, no me hagan repetirlo; misiles cómicos que siempre detonan en el centro del corazón. Y si aún así no se han convencido. Pasen, pasen y vean.

Blog de WordPress.com.