
Feo como un engaño, eso es.
De altura marsupiana y entendederas albinas.
Dedica las horas al intercambio de perniles,
muslos jamoneros tiesos, igual que su cartilla de ahorros.
Peina canas los fines de mes
y acaricia billetes en molinos sin aspas
donde, alrededor de una barra discotequera,
se reúnen la Paqui, la Katia y Anuska, aquella
que parió un hijo sobre la nieve moscovita,
ese cementerio de gentes muertas, de sonrisas
estrechas, de caviar asturiano a granel.
Tacaño como un judío viejo, eso es.
De vello hirsuto en el pecho, espalda y hombros.
Dedica los días al intercambio de cigarrillos, afuera,
mientras los cerdos aguardan
las últimas puñaladas.
Desconfiado como una novia, eso es
y necio y tosco y santo en espera de aureola.
Dedica las noches a soñar, en medio de una
salva de ronquidos.
En el aire alcanza perniles invisibles que se lleva a la
boca con desesperación. Y no reparte la magra con nadie.
A lo lejos quedan la Paqui, la Katia y Anuska, con tres palmos de narices soviéticas.
Feo como un engaño, eso es
¿o no?




