
Nobody Home, obra de Ubé
La niebla es tirana en Huesca. Desde la ventana de mi despacho puedo ver su abrazo estéril, de un blanco sucio aunque insinuante, como la sonrisa de una mujer lejana. En ella pienso, en Nadia, ese nombre que se pierde entre mis labios y que tiene el sabor del algodón dulce. Hoy no ha visitado el archivo, tal vez mañana vuelva a contemplar sus manos pálidas escarbando entre los papeles. Sí, ahora que lo recuerdo se ha dejado la pluma sobre mi mesa. Hay amores que se presentan de pronto, en un pasillo estrecho que huele a olvido, precisamente cuando empezaba a rendirme. Nadia y su falda corta, y sus labios rojos, y sus medias rotas a la altura de las pantorrillas. Podría decirse que es ella la que ha venido en mi busca, una mañana cualquiera con el cielo tan aburrido como gris. Antes que su voz, mucho antes que el sonido de sus tacones, me llega su aroma. “Buenos días”, me dice, “busco información acerca de un teatro que debió ubicarse en el siglo diecinueve en el Coso bajo, más o menos donde se encuentra hoy la caja de ahorros”. Es Nadia, alta y flaca, con la cintura atada a los huesos, de ojos grandes y claros. De vez en cuando pestañea, pero sólo para dar a entender un entusiasmo pasajero; por lo demás, su presencia es gélida, como la de una estatua que se hubiera levantado de un mausoleo, y hermosa, y altiva y…
—Perdone, ¿he venido al lugar adecuado, verdad? Esto es el archivo.
Arrastra una ronquera elegante, también las erres, ese acento catastrófico propio de los extranjeros, como si en sus gargantas, el alfabeto estuviese en guerra.
—Claro —le digo. Y de inmediato me pongo a buscar lo que me pide, con el firme propósito de convertirme en héroe, en un tipo capaz de desentrañar los enigmas del mundo. Mi universo es pequeño, eso pienso evitando encontrarme con su mirada atormentada. No sé por qué extraña razón las mujeres del este parecen prisioneras de sí mismas, igual que si en su interior les aguardase a todas horas un pelotón de fusilamiento. Se sienta Nadia, despacio, en la silla en la que suelo depositar mis cosas, libros y varias revistas dominicales pasadas de fecha y con las hojas dobladas. Y entonces suspira, deshaciéndose toda. “No tardo nada”, le digo. En la pantalla comienzan a abrirse carpetas; “casi está”, le digo. Sonrío siempre hacia abajo, hacia mi propio abismo. “No tengo prisa”, eso contesta ella, cruzando las piernas, mordiendo levemente su labio inferior. Y yo mientras tanto no dejo de alborotar el ayer, pincho aquí y allá noticias polvorientas. El pasado debe de tener un tacto áspero, lo mismo que escama de dinosaurio; eso no lo digo, por supuesto, pero lo pienso. En mi boca la palabra teatro cobra un significado grandioso, casi tanto como el palacio de invierno de San Petersburgo. No puedo evitar preguntarle que por qué busca precisamente ese edificio y no otro. Se encoge de hombros, echando a un lado su melena lacia. Es rubia, Nadia, igual que todas. “Vivo allí”, me dice forzando una sonrisa, después silencio. Sudamos los dos bajo la ropa, lo sé. Mi despacho es ahora una sauna íntima en la que se dan cita dos desconocidos, sin querer, como suceden las cosas más importantes. “Además, me apasiona el teatro”. Sobre el teclado, mis dedos se detienen. La confesión de Nadia tiene tintes dramáticos, como si su apasionamiento no fuera sino una perdición. La imagino de pronto, griega, su cuerpo flaco ceñido por una de esas túnicas imposibles que dejan al descubierto la intención. Una copia de Hécuba disparando a través de sus labios rojos todo el infortunio de la humanidad. “A mí, el teatro también me gusta”, respondo. No quiero que mi entusiasmo salga a la superficie. Soy un hombre de mediana estatura, medianos conocimientos y un pudor mayúsculo. “Me gusta, sí”, repito garabateando en un folio. Fuera, la niebla comienza a disiparse para descubrirnos la ciudad, ese alboroto diario al que llamamos vida. Nadia se retuerce en el asiento, cambia ahora la posición de sus piernas enredándolas bajo una falda demasiado corta. Me asalta el deseo, quiero tocar la seda de sus medias, noto cómo mis manos se crespan. He de respirar dos veces, seguidas, tal como me enseña ese psicólogo de pago que finge preocuparse por mis problemas. Neuras, así las llama él, luego me acompaña hasta la puerta sin dejar de darme palmaditas en la espalda. No recuerdo cuánto tiempo llevo ocupando su diván. Sólo sé que tiene un muelle flojo y chirría cada vez que me alzo para gritarle en su cara que es un gilipollas. Los psicólogos se lo tragan todo, incluso los cuentos chinos. Muevo el ratón por última vez zanjando mi tarea. “Sígame”, le pido. Es obediente Nadia, coge su bolso y sonríe, como si acabara de encontrar a un viejo amigo. Sé que inspiro confianza, tengo el aspecto de un ave nocturna, un búho quizá, de esos que descansan el aburrimiento sobre la rama de algún olmo. “No, qué va, mejor un buitre”, me corrige el psicólogo, cada tarde, de seis a siete; así que no me queda más remedio que cerrar los ojos y continuar mintiéndole, despacio. “¿Ha encontrado algo?” Eso dice la rumana sorteando un par de cajas, después tropieza en un escalón, justo el que conduce al sótano. “Allí guardamos casi todos los fondos”. Al hablar rozo su brazo. Huele Nadia a champú barato, a chicle de fresa y a bolas de naftalina. Me fijo entonces en su chaqueta, negra y raída, mordida por un tiempo que está empezando a esfumarse. “El archivo se construyó sobre las ruinas de un palacio”, le digo haciéndome el interesante. Hace frío, por lo que decido quitarme la bata y colocársela sobre los hombros. En el bolsillo derecho están bordadas mis iniciales. “¿B J?” Pregunta coqueta. Me veo obligado a desvelar mi identidad: “ajá, Bartolomé Jiménez para servirle”, y de inmediato la reverencio, como si fuese una condesa descalza e impúdica. Al poco, retomamos la marcha. A mi espalda escucho su respiración pausada, y me pregunto qué mecanismo oculta su pecho, de qué están hechas las mujeres hermosas y tristes; si acaso la lejanía que envuelve su mirada no es un velo de muerte, como la niebla que regresa nuevamente para tomar las riendas de la tiranía. “Así que el teatro”, le digo haciendo pedazos el silencio. No contesta. Más escalones, después un giro hacia la izquierda, dejando a un lado y a otro habitaciones ridículas que en vez de ventanas, exhiben cientos de ojos ciegos en sus paredes. Entre mis dedos, hago girar una moneda. Me he repetido muchas veces que es mi amuleto de la suerte, pero en realidad no vale nada. La suerte hay que ir a buscarla, trepar si es preciso hasta su cumbre. Ignoro el motivo de ese pensamiento, pero desde hace algún tiempo sostengo la teoría de que la suerte es una montaña. “Todos los oscenses se creen montañeros”, se mofa él .Mi psicólogo prefiere el mar, sobre las olas vomita las desilusiones, una a una. Yo le digo que en efecto, que en Huesca la montaña nos llama, es una sirena obesa encallada en una playa de piedra, testaruda y cruel. No duda en pedirme que le relate el episodio aquel acontecido en lo alto del Gratal, al ras de un cielo azul e insensato. “Váyase a la mierda”, le escupo. Sin embargo él insiste, cada tarde la misma historia. “Venga, hombre. Érase una vez un buitre…”, comienza a recitar. Tiene una boca fina, cortada a cuchillo, y sus carrillos se inflan al hablar, como si fuese un pez globo intentando capturar el aire. Después se rasca la barbilla con la punta del lápiz. Escribe siempre mi historia con carboncillo, negándome la posteridad.
—¿Falta mucho?
Se ha detenido en un pasillo desangelado, Nadia, y tirita bajo la bata. “Enseguida llegamos, ya sabe usted cómo son estos edificios oficiales, laberintos de faunos hambrientos”. Me dice sí meneando la cabeza. Su melena permanece rígida, paralizada por el suspense. Me acerco a ella y tomo su mano, sobre la palma deposito un beso. Otra vez dice sí, disimulando el asco. “Venga Bartolomé, qué pasó con los buitres en la montaña”. Hace una semana que ha decidido tutearme. Se recuesta en el sillón y aprieta su cuaderno de notas, entre sus páginas imagino un acantilado con nombres y apellidos. “Está bien”, digo al cabo acomodándome en el diván. “Lucía el sol aquella mañana, me levanté temprano pero en vez de darme una ducha me quité las legañas frente al espejo”. “Eh, eh”, me interrumpe el psicólogo. “Sáltate los detalles”. Está nervioso, sé que el episodio de los buitres le ha dejado perplejo, como si un físico nuclear hubiese venido a su consulta a pedirle cuentas. “En la mochila introduje dos litros de agua y un refresco de limón”, continúo, “varios bocadillos y chocolatinas, todas las que me cupieron en las manos”. Ríe el psicólogo, echando la cabeza hacia atrás. Ignora que se está quedando calvo a la altura de la coronilla. En realidad la mayor parte del tiempo está en Babia, aún así no deja de presumir de listillo. “Fue un ascenso difícil”, le aseguro poniendo cara de mártir. “La montaña es muy suya y uno no puede andarse con descuidos, un mal paso y te partes la crisma”. Ahora que me fijo, Nadia tiene los mismos ojos que mi psicólogo, son de color verde jade, unos ojos que se escapan al entendimiento, como si hubiesen nacido con el enigma a cuestas. “No me mire así”, le digo. Nadia retrocede, parece no entender mi actitud. No me extraña, mis palabras no iban dirigidas a ella, sino al psicólogo. “Lo siento, la soledad me hace hablar en voz alta”. Mi disculpa tiñe sus mejillas de grana. Respira ahora trabajosamente.
—¿Falta mucho?
Es al segunda vez que me lo pregunta. Saco una manojo de llaves del bolsillo y abro una puerta herrumbrosa. Nos llega un olor a humedad que penetra en nuestras narices con violencia, después el aire se vuelve denso; me da la sensación de que tomamos bocanadas de hormigón, pedazos de historia putrefacta que flota en la oscuridad. Palpo un muro de cal, y al poco una bombilla macilenta nos ilumina. El aspecto de Nadia es aterrador. Su melena se ha convertido en una selva. Siento lástima por ella, por ese desamparo que la abraza, motivo por el cual debo desviar la mirada. “No puedo permitirme el lujo de flojear”. Eso mismo le digo al psicólogo llegando al momento en el que rozando la cumbre sentí desfallecer entre el barro y las piedras. “Menos lobos, hombre, ni que estuvieses ascendiendo al Himalaya. El Gratal no deja de ser una montaña enana, la caricatura de un peligro que se vislumbra más allá de la frontera”. Mi psicólogo tiene las piernas gordas y su barriga parece albergar un melón que no acaba de decidirse a echar raíces. No lo imagino subiendo una montaña, no, de ningún modo; si acaso pateando a sus compañeros de facultad en una de esas carreras oficiales y procelosas. “¿Qué sabe usted?”, contesto enfurecido. “No te sulfures, Bartolomé, amigo, relájate”. Me dice con voz meliflua. Su familiaridad me abofetea y salto en el diván, pero de forma inconsciente respiro por la nariz, dos veces consecutivas, mientras dejo la mente en blanco, un barbecho que concluye de sopetón cuando el psicólogo se inclina hacia mí e insiste: “A los buitres quiero yo llegar, ese es el quid de la cuestión”. Anota su sentencia en el bloc, al tiempo que chasquea la lengua. Su letra es ilegible, como la de un cirujano plástico. Ahora que recuerdo, es zurdo. “No me gustan los zurdos”, le digo a Nadia. Ella esconde su mano izquierda, un tanto avergonzada; después carraspea dando a entender una tranquilidad que no siente. Lo sé, puedo olfatear su miedo a medida que nos acercamos al sótano. Otra puerta que nos impide el paso, esta vez de madera recién cortada. Yo mismo la he fabricado, soy aficionado a la carpintería, a eso y a la cría de serpientes pitón. Disfruto con su ingesta, el modo que tienen de engullir a sus presas y guarecerlas en su interior hasta que no queda de ellas más que una elegante rendición. Las serpientes no conocen el tiempo, devoran carne y relojes. Tampoco yo tengo prisa. He aprendido a esperar.
—¿Falta mucho?
Nadia ha perdido el color, es un cirio de iglesia que comienza a consumirse. Antes de contestar, lanzo un suspiro. Estoy harto de su impaciencia. También el psicólogo se retuerce en su sillón de diseño. “Venga, hombre, que me tienes en un sin vivir”. “Dos respiraciones”, le digo, “dos más y lo cuento todo”. La rumana aprieta la bata contra su cuerpo flaco sin dejar de mirar en derredor. En sus ojos no se refleja sino el vacío. “De acuerdo, se acabó el misterio”. Mi voz ha dejado de pertenecerme, es un eco que estalla contra las paredes, metralla invisible que acaba por herir a Nadia, justo en el centro de su pecho. Poco a poco pega la espalda contra la puerta, la rumana, sin comprender, completamente ronca de tanto gritar. Yo sonrío, hacia abajo, hacia ese abismo que me habita. “Adelante, Bartolomé, condúcenos a la cumbre de tu pensamiento”. Mi psicólogo se frota las manos, siente un gran placer abriéndose camino entre las ruinas de los otros. “Sin aliento, así alcancé la cima”, digo envalentonado, después, acaricio el rostro de Nadia, y derramo sobre sus labios una bocanada de aire caliente; despacio, es un soplo de vida antes de que ella decida morirse. Lo sé, adivino el abandono al borde de sus pestañas. “¿Y sabe usted lo primero que hice, allí en las alturas?” “¿Fumarte un cigarrillo?” Bromea el psicólogo encendiendo uno. Cierro los ojos un instante. Mi cuerpo está ahora pegado al de Nadia, somos uno; mi piel contra su piel, sus huesos clavándose en mi alma, y a lo lejos la felicidad, esquivando los archivos donde se acumula el espíritu de lo cotidiano, esas existencias inútiles que atraviesan memorias y ciudades. “Por supuesto que no”, contesto buscando a Nadia, su mirada de extranjera complaciente. “Alzar los brazos y contemplar la niebla bajo mis pies, ese océano blanco que lo sepulta todo”. “Todo no, amigo mío, mucho me temo que su mala conciencia permanece a flote”. Lo dice para molestarme. Sí, es uno de esos métodos de libro viejo que tienen como finalidad sacarme de quicio. Los loqueros son así, unos miserables. Hago un movimiento brusco con las caderas. Mi sexo roza el sexo de Nadia. Sus pechos, a pesar del temor, se endurecen o quizá por eso mismo. El deseo no diferencia entre el bien y el mal, sencillamente emerge, como un náufrago, exhausto y mordido de desesperación. “No tardaron en llegar”, le susurro a la rumana. “Los buitres, claro”. Dice una voz que no es la suya. No contesto. El silencio se instala entre los tres. Es ella la primera que se atreve a romperlo, abre la boca y deja escapar un grito, otro más. No me había fijado antes pero tiene una nuez pronunciada, casi masculina. También el vello aflora en sus comisuras. “Nadie es perfecto”, le digo, obsequiándola con un pellizco. Suda. Su rostro está salpicado por gotas de sudor dulce, como licor de barra americana. “Una bandada de buitres que sobrevolaron mi cabeza, una y otra vez. ¿Ha visto a un buitre planear? ¿Ha escuchado el sonido del aire entre sus alas?” Mi psicólogo se hace el sordo. Nadia se apresura a decir que sí, enloquecida: “¡¡sí, lo he visto!!”, dice. Miente. Lo único que pretende es ablandarme, aprovechar mi debilidad para escapar. “Entonces entendí que era una señal”, prosigo. Mi mano atrapa un mechón de su cabello. Es Nadia rubia, como todas, ya lo he dicho ¿verdad? “No me irás a confesar ahora que eres un tipo supersticioso”. El psicólogo ha apurado el cigarrillo y se dispone a destapar un caramelo de limón. Los guarda en el cajón de su escritorio. A menudo premia mi charlatanería con un caramelo rancio, igual que si yo fuese un perro. No me importa lo que piense, pero desde aquel día me sentí coronado. Ríe el psicólogo, su risa es contagiosa, por eso la rumana pare una carcajada, rotunda y terrorífica. “Coronado… será hijo de puta”. Eso murmura el doctor en psicología mientras su tripa centrifuga una alegría dolorosa. “¿Y ahora qué, emperador?” Me pregunta recuperando la compostura. “Ahora”, respondo, “he comprendido mi destino”. Mi profunda convicción provoca en Nadia un estremecimiento. Ya no grita, se ha vestido de orgullo y me mira con esa seguridad del que todo teme. Despacio abro la última puerta. Huele a sala de cine porno, a caspa sobre la pana, y a paloma muerta. Neuras. Me diagnostica siempre lo mismo, una leve confusión del ser mezclado con una patología de tipo esquizoide. “Y nada de subir montañas, eso lo único que hace es alterarte”. Me tiende la mano con desgana. Al estrecharla me llega el frío, como si el psicólogo hubiese sido concebido bajo una nevada moscovita. “Bobadas”, repite acompañándome hasta la puerta sin dejar de asestarme palmaditas en la espalda. En el centro de la estancia queda ella, con su falda corta y sus labios rojos, y esas medias rotas a la altura de las pantorrillas, lo mismo que una de esas heroínas que en el escenario no dejan de sufrir desgracias, cada tarde, de seis a siete, sin más espectador que el miedo. Antes de cerrar la puerta, le digo: “sobre la mesa de mi despacho descansa la pluma de un buitre”. Ninguno de los tres contesta.





¿sabe que publico un relato con los mas grandes?
Comment por JM Morales — Mayo 20, 2009 @ 9:47 pm |