Angélica Morales

Mayo 27, 2009

Las piernas de Tomasa

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 6:29 pm

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Las piernas de Tomasa, obra de Ubé.

Nadie había osado jamás levantar el rostro más allá de sus rodillas de cordillera, ni de buscar en la lejanía la mirada de unos ojos que todos imaginábamos oceánicos. Nos conformábamos con habitar bajo sus piernas de pilastra, tan poderosas que a menudo nos abrazaba un miedo bíblico al pensar qué ocurriría si aquellos titanes que sostenían nuestro mundo se venían abajo sin previo aviso, sin gritar: ¡ahí va mi tibia, señores! o ¡cuidado no le vaya a partir la crisma con el peroné de mis amores! Tomasa era muy suya, por eso la amábamos con desmedida necedad. Hacía tres años que me había instalado en su gemelo izquierdo y desde entonces gozaba de una vida plácida y sin sentido. A menudo solía encontrarme con otros de mi especie a la altura de sus talones esteparios y conversábamos largo rato acerca de estupideces, pomposos discursos que nos dejaban llenos de nada, abismos a los que de tiempo en tiempo era conveniente asomarse.

—Y dígame señor, ¿permanecerá algunos días más en nuestra compañía? —solía preguntarme cada anochecer un caballero con aspecto de merluza a la romana.

Yo me limitaba a encogerme de hombros, y a dejar que mi desventura vagara por las baldosas del suelo. Nada era tan importante como permanecer sumido en el misterio, ese estado que para algunos se tornaba gaseoso al amanecer y los hacía elevarse con impertinencia hacia una esperanza que siempre se vestía de golfa, de esas que escupen sentencias al hablar y menean unas caderas metálicas y chirriantes cuando caminan, como si arrastraran los grilletes de todas las cárceles conocidas.

—Pudiera ser —decía al fin chasqueando la lengua con chulería.

Una solterona de pelo soviético pasó a nuestro lado, casi rozándonos. Traía la frente empapada en un sudor perlado, de collar de novia. Sus ojos negros y achinados apuntaban directamente a la punta de unos zapatos cuya castidad estaba empezando a ponerse en duda, pues se adivinaba en ellos cierta desvergüenza. Sonrió la mujer con un arrobo pasado de moda y después se perdió en el muslo de Tomasa, dando pasitos cortos y estudiados, sin dejar de acunar suspiros en su pecho de matrona.

Un silencio sospechoso vino entonces a instalarse a nuestras espaldas. Más allá de mi cogote el bullicio despertó a la pereza, voces desgarradas que maldecían haciendo gala de una educación envidiable.

—Váyase a la mierda, señorita —decía uno.

—Faltaría más, capullo, pero usted primero.

—De ninguna manera, mademoiselle, las cabezas huecas siempre delante.

—Que le den morcilla malagueña, estimado señor.

Me giré hacia el caballero con aspecto de merluza a la romana y le pregunté sin más:

—¿Qué ocurriría si levantásemos nuestras narices de botón hacia el infinito?

La alegría danzó un instante sobre sus labios de reptil.

—Me temo que todo habría terminado. Nos daríamos de bruces con una realidad de color sepia.

De inmediato las piernas de Tomasa temblaron violentamente, como sacudidas por un enfado pasajero. Al poco, toda su monumentalidad se vino abajo, dejándonos desamparados, a solas con nosotros mismos.

Cuando al fin me atreví a levantar el rostro, unos ojos chiquitos me enfocaron con obstinación. De súbito se habían secado todos los océanos imaginados.

—¿Qué mira usted, imbécil? —me espetó Tomasa.

Me eché a un lado confundido. Todavía me costaba mantener la cabeza erguida.

—Nada —balbucí.

En mi garganta, el alfabeto era tan sólo un reducto arqueológico.

—Los hay con una jeta —murmuró mi antiguo sostén.

Vi a la solterona caer sobre el asfalto, su cabello desprendía ahora fogonazos de resignación, casi serviles, como si estuviera obligada a rendir pleitesía a la mala fortuna. Todas las realidades se asentaron de golpe sobre nosotros cortándonos de cuajo el misterio, ese hilo invisible que nos suspendía a los sueños.

—Váyase a la mierda, señorita —le dije con donaire.

—Bésame los talones, vejestorio —contestó Tomasa olvidada de toda magnificencia.

2 comentarios »

  1. ME ENCANTA!

    comentario por JLMON — Mayo 29, 2009 @ 11:51 am | Responder

  2. A mi tb me encanta, jaja! menuda es la tomasa. me recuerda a Paquita la del Barrio, y otras mujeers de armas tomar!
    Bravo Angélica!

    comentario por rafelin71 — Mayo 31, 2009 @ 5:15 pm | Responder


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