
Algo huele mal, obra de Ubé
En efecto, el rellano apestaba. El olor comenzó a propagarse de madrugada, a hurtadillas, descendiendo sutil y etéreo, una mano invisible impregnada de hiel.
No le quedó otro remedio que reprender al vecino del tercero. Se armó de valor y llamó al timbre, tres veces seguidas, con determinación; repasando mentalmente su discurso para evitar olvidarlo en cuanto asomara su rostro por entre la puerta. Siempre le ocurría lo mismo. Su semblante de cordillera le causaba gran estupor, le hacía enmudecer y borraba de inmediato cualquier reproche. No se podía hablar con seriedad con alguien cuyas facciones definían a la perfección los Montes Universales en el carrillo derecho, Sierra Morena en el izquierdo, y un incipiente levantamiento pirenaico en la frente. No, de ninguna manera puede uno concentrarse con la visión de la geografía hispánica de su semblante, con unas venas azuladas que surcaban de parte a parte su piel cetrina. ¡Mira, el Ebro!, podía exclamar llena de alborozo. ¡o el Miño, sí, el Miño y más abajo, junto a la barbilla el Guadalquivir! El Guadiana aparecía y desaparecía por las aletas de su nariz, como si se adentrara a conveniencia en las profundas cavernas de aquella prominencia picuda y desafiante. Un pelo ralo y grasiento coronaba su cabeza apepinada, maltrecha y abandonada, como un desierto por descubrir.
–¿Qué quiere usted? –le preguntó aquel conjunto de cordilleras con aspereza.
–Mire usted…–comenzó a decir ella. Y su voz se fue perdiendo hasta caer sobre las baldosas sucias del rellano. Las bolsas de basura la acogieron en su seno, como si fuera una huérfana.
–¿Qué quiere usted? –repitió el vecino con indiferencia. Para su asombro, lucía unos zapatitos de charol blanco, reluciente como el vidrio. Lo observó con detenimiento y se percató entonces de que las aletas de su nariz acababan de engullir el Guadiana. Ella siguió su último rastro con cierta nostalgia. Todo lo que desaparece y aparece por arte de birlibirloque lograba conmoverla. Sobre sus zapatos de nube derramó una lágrima seca, tan gorda que se precipitó escaleras abajo
–Mire usted –repitió con ánimo renovado–, el rellano no es un contenedor de basuras, señor. Ni mucho menos un vertedero. Así que haga el favor de desalojar sus inmundicias o lo denuncio a usted las veces que haga falta denunciarlo.
Eso no entraba en su discurso. Había hilvanado para la ocasión frases que invitaban a la concordia, una gramática sutil y etérea como el olor que había comenzado a impregnar la escalera y que ya podía masticarse sin necesidad siquiera de abrir la boca. Sin embargo, se decantó en el último momento por un lenguaje más contundente. Prefirió las palabras afiladas, esas que se clavan como puñales en la conciencia del que las recibe.
Sostuvo su mirada con frialdad, pero de inmediato la cordillera Ibérica reclamó toda su atención y se vio esquiando a sus anchas por las pistas de Camarena, o recogiendo florecillas silvestres a la altura de Babia, ajena a la pestilencia que reinaba en la vecindad. De Sierra Morena surgió un grupo de bandoleros que le robaron el reloj y un pañuelo con sus iniciales bordadas.
–Mire que le denuncio las veces que hagan falta denunciarle –insistió señalándolo con el índice. Estaba empezando a acalorarse. Pequeñas gotas de sudor como perlas recién compradas recorrían su frente. La paciencia tiene un límite, pensó apretando los puños y sintiendo como en su estómago se desataba una tormenta de ira.
–¿Qué quiere usted? –repitió el hombre y, arrugando su rostro de cordillera, se rascó con indolencia la coronilla desértica.
–¡La basura! –le recordó ella al borde del estallido.
La falla de su cuello se movió lentamente hacia las bolsas de basura. Todo comenzó a temblar. El Guadiana se escondió de nuevo en las profundas cavernas de su nariz, los Pirineos iniciaron un plegamiento furioso; su frente cobró el aspecto de una pasa, pero era ésta una señora pasa pirenaica. Sus carrillos se abrieron como un abanico pétreo para después volver a su antigua posición. Notó que habían surgido montañas nuevas. El Ebro se desbordó y el Guadalquivir serpenteó con gracia dejando en su mentón un rastro húmedo. Pero cuando aquel rostro dejó de agitarse, ella sintió un leve temblor bajo sus piernas. Algo parecido a una lengua de fuego lamió su columna vertebral poniendo en alerta todos sus sentidos.
–Mire que lo denuncio los veces que hagan falta denunciarle –pronunció con la voz atenazada por el pánico.
No le dio tiempo a más. Las baldosas sucias del rellano se abrieron hambrientas para engullir su cuerpo.
Sus restos fueron encontrados meses más tarde, junto a unas bolsas de basura apiladas en el rellano del hombre de rostro de cordillera.
Dicen que de madrugada se escuchan sus pasos encadenados a un lamento suave, de melocotón pelado que ronda los umbrales sintonizando peldaño sí, peldaño no el dial de su eterna letanía.
–¡Mire que lo denuncio las veces que haga falta denunciarle! –exclama un eco con andares de chicharra





Había visto problemas entre vecinos, pero como esto, nada!
genia!
comentario por rafelin71 — Junio 17, 2009 @ 10:08 pm |