Angélica Morales

Julio 28, 2009

Entrega del I Premio de Textos teatrales Villa de Hecho

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 7:20 pm

En Hecho/Echo (Huesca) se celebró el pasado fin de semana la entrega del I Concurso Nacional de textos teatrales “Villa de Hecho”, con la ganadora Antonia Jiménez Rodríguez, de Lucena (Córdoba) y el accésit para José Gastón, de Hecho (Huesca). Allí estuvo la Asociación Aragonesa de Escritores, organizadoras junto al Ayuntamiento de Valle de Hecho  del premio, con el jurado Luis Bazán, Fernando Burbano y una servidora, además de Javier Aguirre como representante de la AAE. El acto fue presidido por el Delegado del Gobierno de Aragón, Javier Fernández. A continuación el grupo Trueque Teatro de Hecho, hizo una lectura de la obra ganadora “Zapatos rojos de tacón”.

Al día siguiente tuvimos una preciosa excursión a la selva de Oza y al maravilloso valle de Aguas Tuertas. Como la menda no iba equipada, no me quedó más remedio que subir con un conjunto de mango y unas sandalias de Zara. Monísimo conjunto, eso sí. Para muestra os dejo este pequeño album (pulsa en “ver todas las fotos” para verlo):

Julio 25, 2009

La cabeza del monstruo

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 9:44 am

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Se empecina en acercar su boca grandiosa a mí y escupir en mi oído millones de gérmenes que al cabo de un rato comienzan a declararme la guerra en mi interior.

Tiene los ojos chiquitos, de aceituna aún por madurar, y de su mandíbula cuelga  a todas horas un hilo de incertidumbre donde se columpian  sus pensamientos.

Me mira y retrocede, fingiendo enojo. Y entonces sacude su cabeza magna despojándose de intenciones.

Yo lo contemplo clavada al suelo, con los brazos en alto para agarrar su furia.

La cabeza del monstruo se desenrosca sola; eso me lo enseñó mi madre, a oscuras, mientras invocaba el sueño.

Por eso espero, con el aliento suspendido, su claudicación que no ha de llegar.

Por mi ventana se cuela un viento chillón, de doncella mancillada, que parece advertirme de un peligro que conozco.

Sus ojos chiquitos me enfocan obstinadamente. Aprieto los párpados y me dejo capturar por su insignificancia.

La cabeza del monstruo es idéntica a la mía. Eso me lo enseñó mi madre, a oscuras, mientras yo desenroscaba la suya.

Julio 21, 2009

Curiosidad a la carta

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 1:10 pm

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Una lata, obra de Ubé

Marina había escrito una carta a Pilar, en ella le contaba sus vacaciones a Venecia.

“Una lata, rica”, decía en cinco líneas.

La guardó en su bolsillo pero al jugar a la comba, en el patio de la plaza, se le cayó justo cuando había logrado superar el tocino.

Álvaro, su vecino, la recogió.

La leyó a solas, en el parque.

“Una lata, rica”, decía en línea y media.

Y al levantarse del banco, se le olvidó.

Elvira, una estudiante de arte, la recogió sin querer, la puso junto a sus dibujos de carboncillo donde Venecia pasó a convertirse en San Petersburgo.

“Una lata, rica”, decía en tres renglones muertos de frío.

De camino al médico se escapó de su carpeta yendo a parar a los pies de un turista alemán, que sin entender ni papa leyó de corrido:

“Una lata, rica”, eso decía en el margen derecho, tirano como él solo.

De vuelta a su país, abandonó la carta en un servicio, allí un académico la confundió con papel higiénico, pero como tenía la costumbre de leerlo todo, sentado en el retrete murmuró para sí:

—Una lata, rica —eso justamente era lo que decía, el renglón octavo con una letra de historia interminable.

Quiso descifrar el enigma y se la mostró a su esposa, una filóloga austriaca que se la metió en la maleta y viajó con ella hasta Suiza. En la montaña el viento le birló la carta. Esta vez se la encontró un inspector de hacienda.

—Habrá que investigar las latas —se dijo, pasando una a una a sus cuñadas por la aduana. Cuando le tocó el turno a Merceditas, la alarma pitó. Tuvieron que dejarla en el aeropuerto una semana, hasta que un vuelo charter de estudiantes de arqueología la condujo hasta Roma. En las ruinas del Coliseo se perdió Merceditas, la carta pasó a manos de un romántico que en Venecia la arrojó al canal.

“Una lata, rica”, decía la posdata calada hasta los huesos de un amor ajeno

Julio 18, 2009

Historia de carnes y fajas

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 5:53 pm

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Me estoy mirando y no me lo creo. He tenido que pasar dos veces por el espejo del escaparate para darme cuenta de que la señora de tripa abultada y piernas hinchadas que paseaba por la calle acompañada de su nieto era yo. Apenas me reconozco. Hace años que no me miro en un espejo, pero hoy por casualidad me he visto y he tenido que huir de mi propia imagen. Miro el bocadillo de panceta que mi marido me ha preparado antes de marcharse a trabajar. Lo ha dejado sobre la encimera, en un plato, envuelto en una servilleta que chorrea aceite por los bordes. Mis tripas rugen, la boca se me llena de saliva. Cierro los ojos y evoco otra imagen, la de antes, la de la tienda, la del espejo, la de la señora gorda. Abro la nevera y sin dudar cojo un danone desnatado, bajo en calorías, sin azúcar. Me lo llevo a mi cuarto, pero antes de probarlo avanzo despacio hacia el espejo, con miedo, casi de puntillas para no hacer el ruido de un elefante al caminar. Eso dice mi marido, que parezco un paquidermo. Asomo la cabeza primero y me asombro ante mi rostro: desfigurado por la grasa, con la papada colgando, los mofletes pronunciados, la barbilla metida hacia dentro y el cuello fofo. “Tengo que ir a la peluquería”. Es lo primero que me pasa por la cabeza para disimular mi malestar. Lo que viene a continuación sin duda es más dramático. Levanto un brazo y noto que la chicha me baila. Mi piel es blanda y mi carne pesa, se desparrama hacia abajo. Doy unos pasos. Ya estoy en medio del espejo, pero no me recoge en su totalidad, me secciona uno de los laterales, la mitad de la tripa y el otro brazo. Estoy en mitad de ninguna parte, de ninguna geografía. Al cambiar de perfil compruebo que es igual de espantoso. Despacio palpo los michelines que asoman a través de mi faja y aguanto la respiración. Ni siquiera ese sacrificio reduce mi aspecto. Mi cuerpo sigue siendo apoteósico.

Me dejo caer en la cama, que cruje bajo mis nalgas; “los muelles de esa cama siempre han delatado mis excesos”, pienso en un intento estúpido de entregarme al disimulo. En la mesilla el yogur continúa intacto, y en la cocina, el bocadillo espera. Dudo un instante. La decisión es importante, no debo precipitarme. De nuevo me rugen las tripas, esta vez con mayor énfasis. “Ya no soy una chiquilla”, me digo. Aunque tampoco una vieja. Debería buscar el equilibrio, eso o una faja que apriete más. De pronto se me ilumina la cara. Salgo de casa y corro hacia la lencería, hace poco que han abierto una en mi calle. Me aseguro de que en el escaparate está la prenda deseada. Unos maniquíes exhiben ropa interior de la talla 36. Al fondo, una silueta parecida a la mía pero en plástico duro y completamente decapitada luce la faja mágica, esa que es incluso capaz de disminuir la cintura de una foca. Sonrió satisfecha y entro con paso firme.

–Quiero una faja que apriete como una condená –le digo a la dependienta.       –¿Se la va a probar? –contesta con un tono de fastidio.

–No, envuélvamela.

En casa, frente al espejo, inicio el ritual. Primero una pierna, después otra. Nada más tocar mi piel las gomas se ciñen a mi carne reduciendo el grosor de mis contornos. Me siento renovada. Con lo que más dificultad tengo es con la tripa, así que la introduzco por partes. Agarro las mollas del lateral izquierdo y las distribuyo con cuidado, repitiendo la acción con las del flanco derecho. Una vez embutida en la faja, sólo queda subir la cremallera, evitando que la masa carnal se rebele; así que, con mucha concentración y una fuerza casi sobre humana tiro del lazo y me cierro hasta los pechos, que se juntan en forma de colinas. Y de este modo me miro en el espejo y lo que encuentro es a otra mujer. Ahora si que puedo contemplarme entera, de arriba abajo, de perfil y de espaldas. Estoy delgada, sí, tan delgada como los maniquíes de la talla 36. Me acerco a la mesilla con andares renovados y cojo el yogur. Mis tripas ya no rugen, pero al llegar a la cocina el olor a panceta me hace perder la mesura. Arrojo el yogur a la basura y me como el bocadillo.

Ha transcurrido una semana desde que llevo la faja. Esta tarde he pasado de nuevo por el escaparate con mi nieto. No he querido mirarme al espejo, pero Carlitos me ha dicho: “Abuelita, qué gorda estás”, pero es que Carlitos, tiene tendencia a la exageración.

Julio 15, 2009

El cadáver

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 5:11 pm

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Cadáver, obra de Ubé

Le cerró los ojos y lo vistió con su mejor traje. Después se fue a la cocina, dejándolo solo, para prepararse algo de comer. La última frase que le dijo fue: “Quiero que te vayas de aquí”. Antonio era un hombre obediente así que, dando un largo y hondo suspiro, se marchó de la casa de la calle del consuelo, dejando su cadáver de hombre complaciente. Cuando regresó al salón le susurró al oído: “Quiero que te quedes”. Han pasado dos años. Antonio continúa allí, quietecito en el sofá, con su traje de domingo. Ya no hay muertos que se quedan.

Julio 5, 2009

Vacaciones infernales

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 8:04 pm

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Las hermanas Hepburn porque sí.

Queridos amigos, admiradores, vecinos del quinto…

Mis hermanas y yo partimos de vacaciones a Teruel en busca de la calma deseada. Estaremos fuera el tiempo que nos dé la gana. Por favor, no intentéis buscarnos, iremos de incógnito.

En la ciudad de los amantes nos entregaremos con desenfreno al kalimotxo y a la cecina. Volveremos en un plis plas.

Saludos de diva en paro.

Julio 1, 2009

Azul insensato (2)

Archivado en: Azul insensato, relatos — angelicamorales @ 6:41 pm

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Como cada verano, las hermanas Taylor se disponen a conquistar un nuevo imperio. O dos…, ya veremos.

Para matar el aburrimiento les dejo con otro capítulo de una historia sin fin, azul e insensata:

CAPITULO SEGUNDO

PETRONILA

Registraba los bolsillos de su mortaja sin pudor. El clavel de la solaba se había marchitado. Era ahora de un color indefinido, como el de la sangre estancada.

Me quedé clavado al suelo, mientras Petronila escarbaba en el interior del ataúd de roble presa de un nerviosismo elegante. Mi madre sabía en cada momento cómo debía comportarse, pero a solas dejaba a un lado sus modales y se mostraba como una campesina cualquiera, esas mujeres que pueblan la tierra con el fruto de la impotencia. Sus hijos nos sirven a regañadientes y ellas se conforman con arrojar sobre los fogones su destino incierto. Cada día me levanto con el mismo temor, ser asaltado en el bosque por la mansedumbre de mi criado.

–Señor Lorenzo –me había dicho nada más marcharse mis abuelos–, necesito dinero para la leña.

No poseía más que un billete de veinte. Insuficiente para pagar siquiera una ronda de cerveza en la taberna.

–No me molestes con esas tonterías –contesté quitándole importancia a mi pobreza.

–Usted verá, pero sin leña nos vamos a quedar como un pajarito en cuanto venga el invierno.

Poco a poco me había alejado de él, sin apartar mis ojos de los suyos. Un amo debe saber imponerse a su criado sean cual sean las circunstancias.

–Algo encontraré.

Amanecía a mi espalda con insoportable belleza. La muerte siempre le hace el boca a boca a boca a la vida para que ésta permanezca a pesar de su pereza. Mi cansancio no era de este mundo, ahora estaba seguro. En el saloncito, los primeros rayos de sol hirieron los mofletes sonrosados de Nicolás. Si te acercabas a él aún desprendía un olor intenso a coñac. Era como si el alcohol lo hubiera disecado por dentro dejándolo tal cual había sido, con ese aspecto de beodo eterno.

–Deben de estar por aquí –murmuró Petronila afanándose en su execrable tarea.

–¿Qué es lo que busca, madre?

–Dinero. Tu padre siempre llevaba dinero encima, fajos de billetes tan gruesos como su desvergüenza.

El vestido de mi madre se extendía sobre las baldosas, era una plaga de moscardones silenciosos. Pude ver asomar unas enaguas blancas, femeninas, de esas que se deshacen entre los dedos.

–No seas escrupuloso Lorenzo y ayúdame –me pidió volviendo su rostro de cera hacia mí.

Toda la juventud de mi madre se la había bebido Nicolás, de un solo trago, eructando después por lo bajini y limpiándose los restos del festín con su palma pequeña y sudorosa, de hombre desconfiado. Mi padre no conocía más amor que el suyo propio. Me pregunté, mientras hacía penetrar mis manos en los bolsillos de su mortaja, cómo era posible que aquella bola de sebo enrojecida por el coñac pudiera haber amado siquiera una vez, con ese amor que nace del fondo de las tripas. Nicolás tenía un estómago inabarcable y esférico, de luna hambrienta. Pensé en aquella niña feucha y una sonrisa estúpida escapó de mis labios. “Hay tripas que carecen de escrúpulos”, me dije, y la imagen fugaz de la mujer que asía del brazo a Natacha pasó de forma fulgurante ante mis ojos.

–¿Qué hembra en sus cabales querría fornicar con un cerdo?

No me di cuenta de que estaba hablando en voz alta hasta que mi madre fijó su mirada de juez en mí.

–Lo siento –me disculpé–. No me refería a usted, naturalmente.

Se incorporó mi madre con los puños apretados. Los billetes aliviaron por un momento el luto de su manga. Entre el encaje se había enredado uno de cincuenta. Me dieron ganas de arrancárselo de cuajo, como si fuera un racimo de uvas balanceándose en la parra a la espera de una mano amiga que lo liberase del aburrimiento. De este modo se me apareció el fruto de aquel ultraje. Para engatusar mi conciencia quise creer que el dinero también siente la falta de compañía y gusta de mezclarse en los bolsillos con otros de su especie; sin embargo, cuando su dueño ha dejado de necesitarlo es del todo preciso que corra en busca de un amo mejor. Petronila presionó su botín y con la insensibilidad de las de su clase, lo metió en su bolsito, sin dejar de vigilarme.

–Ese cerdo, como tú lo llamas, me ha dado dos hijos –sentenció ajustando el bolsito sobre sus caderas.

Su talle todavía era esbelto. Había conocido a muchas jovencitas que ya en la primavera de su existencia se presentaban en los salones de baile luciendo una figura de matrona, como si pese a su soltería fueran cada noche dando a luz a una pléyade de bastardos que se ocultan entre sus carnes. Tuve la oportunidad de acariciar alguna de esas cinturas anchas y juro por mi honor que nunca supe encontrar el camino de regreso a su inocencia.

–Ruego me disculpe –repetí en un susurro.

En el saloncito el humo blanco se hizo nube. Sobre nuestras cabezas flotaron los primeros vapores de la muerte.

–Con esto y con lo que he encontrado en los cajones de su mesilla habrá suficiente para pasar el invierno –me dijo extinguiendo con su aliento la llama lánguida de un cirio–. Cuando se abra el testamento tendremos más.

Su sentencia sonó lejana, igual que si la hubiera pronunciado desde uno de esos países por los que había viajado el intruso. Recordé de pronto las palabras de Edgar M:”Europa es una mujer que se alimenta con los besos del viajero”. El decoro me obligaba a rescatar a Cristiana de su boca ávida, de extranjero insaciable. “Cristiana es un continente volcánico”, dije yo para mis adentros antes de besar la mano de Petronila y girar sobre mis talones.

Los encontré riendo, tendidos sobre una manta vieja que recorrían una legión de hormigas completamente disciplinadas. Algo parecido a las migas de un pastel se distinguía sobre sus cabecitas de alfiler. La casa de Edgar M se hallaba al otro lado del estanque. Siempre había una barcaza dispuesta para llegar hasta allí. Mi criado se ocupaba de mantenerla en condiciones para surcar aquellas aguas cenagosas que desprendían un olor a cloaca. El estanque no se había drenado en años. Ahora su color era el de un azul indefinido, echado a perder por la desidia. Até el cabo al saliente de una roca y limpié mi pantalón. La vegetación era abundante y salvaje, sus ramas peinaban la tierra hasta el interior. Tropecé dos veces antes de llegar junto a Cristiana.

–¡Demonios! –mascullé intentando guardar el equilibrio.

El intruso se levantó al punto. Ante mis ojos inquisidores quedó expuesta su figura de otro tiempo. El traje de sastre presentaba un sinfín de arrugas. A la altura de sus tobillos se habían enredado unas hojas de helecho que ya empezaban a amarillear, mientras que su chaqueta, ajustada en exceso al tronco, estaba salpicada por pequeños pétalos de margarita, como si mi hermana hubiera deshojado sobre su pecho un amor de contrabando.

–No me quiere –dijo Cristiana rodando hasta la otra punta de la manta–, Es usted un hombre malo –y su boca de grana se cerró en un mohín caprichoso–. ¿Se puede saber qué mira con tanta atención? –lo contemplaba ella a través de sus pestañas espesas, con el abandono propio de la que ama a regañadientes, casi sin querer.

–Edgar, conteste si no quiere que me marche ahora mismo. Soy capaz de dejarlo plantado y de mucho más –lo amenazó incorporándose apenas lo necesario para dejar al descubierto su ira.

–Buenos días, Lorenzo –me saludó intentando planchar el traje con la palma de su mano. Los pétalos de margarita cayeron sobre la tierra lentamente, con la parsimonia de una lágrima de novia.

Hice un gesto brusco con la cabeza, sin dejar de observar sus movimientos pues con gran presteza había agarrado el sombrero de la manta y lo sostenía entre sus dedos de pianista. Me percaté de que su cabellera castaña comenzaba a clarear a la altura de las sienes lo que me llevó a deducir que ya habría entrado el intruso en los albores de la cuarentena.

–Cristiana, dentro de una hora darán sepultura a nuestro padre –dije de corrido.

Mi hermana volvió el rostro hacia mí. Los volantes de su falda estaban sucios de tierra, como si se hubiera arrastrado suplicante a los pies del extranjero. El solo pensamiento de su rendición me produjo una arcada. Recordé que no había probado bocado desde la noche anterior cuando, frente al cadáver de Nicolás, mi madre había repartido en los platos un poco de sopa de col con carne picada. La comimos en silencio, sin apartar la mirada de las patas de la mesa, ancha y destartalada, que solía desmoronarse hacia el lado derecho, donde Cristiana desmigaba con perversidad una hogaza de pan.

–En ese caso, debemos marcharnos –habló mi hermana recomponiendo su ropa y tendiendo hacia el hombre su mano de alabastro.

Cristiana vestía de luto riguroso. No obstante, era tal el desenfado con el que portaba la negrura insulsa de aquel vestido que, de inmediato, la sensualidad se había adueñado de todos y cada uno de sus pliegues. Digno de ver eran los encajes que rodeaban su cintura, tan fina que podría abarcarla con mi mano. Y el escote en forma de uve que ponía de manifiesto unos senos llenos, de mujer avocada al infortunio. Hubiera querido perderme entre los volantes polvorientos de su falda, enredarlos entre mis dedos y tirar de ellos hasta que no quedara de Cristiana más que su alma sucia. Porque si de algo estaba seguro era de que mi hermana había llegado a este mundo con el pecado tatuado en su piel de Afrodita. No había más que mirarla, respirar su aliento de serpiente, irresistible y letal para darse cuenta de que estabas perdido.     Como castigo a mis horribles pensamientos mordí mi labio inferior hasta notar la sangre entre mis dientes, amarga cual destino. También los ojos de nuestro padre habían retenido en sus pupilas la feminidad de mi hermana. Lo supe siempre, desde que Cristiana cumplió los doce años, el mismo día en que su infancia se redondeó como una manzana exquisita y andaba por la casa con la soberbia del que acaba de inventarse a la vida. Las mujeres hermosas carecen de lazos de sangre, por eso no me une a mi hermana más que la casualidad, el hecho detestable de haber asomado la cabeza entre los muslos de una misma madre. No pude evitar que la imagen de aquella niña feucha me embargara, tan sólo un instante, y Natacha ya estaba allí, muy dentro, golpeando mis sienes. La hija bastarda de Nicolás tendría ahora quince años. Mientras Cristiana caminaba colgada del brazo del extranjero contoneando las caderas como si fuera una pescatera en día de mercado, yo mastiqué el recuerdo de la otra.

–¿A qué esperas hermanito? –me espetó poniendo un pie en la barcaza.

–Permítame –dijo Edgar M haciendo alarde de unos modales irritantes.

Juntos atravesamos el estanque. Ya no nos separaríamos hasta el día siguiente. Una lluvia torrencial e imprevista nos obligó a dar cobijo al intruso. El techo de mi hogar se me antojó un firmamento exento de nubes donde su sombrero llamativo refulgía con la insolencia de una estrella tan fugaz como dañina. Para cortar de cuajo mis ansias batalladoras, se lo entregué a Brígida, la criada.

–Toma, guárdalo donde yo no lo vea –le ordené dirigiéndome a la chimenea.

El fuego crepitaba con timidez. Me acerqué a los leños y arrojé uno, el más grueso. Inocencio tenía razón, como no comprásemos más leña al llegar el invierno íbamos a quedarnos tan tiesos como un gorrión muerto.

Al sepelio de Nicolás no acudieron más que un puñado de conocidos. Vladimiro y Rosita ocuparon la primera fila. Mi abuela lanzó tres monedas cuando el féretro tocó fondo.

–¡Qué le vamos a hacer, son cosas de la vida! –se lamentó mecánicamente Vladimiro.

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