Angélica Morales

Agosto 31, 2009

Desde la ventana

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 8:35 pm

exit_web

Exit, obra de Ubé.

El señor Roberto huele a churros de domingo con un ligero toque de azúcar, y camina regalando fogonazos de lavanda que arroja como si tal cosa mientras le arranca pasos al aire, cortos y toreros. Tiene la sonrisa cautiva y los dientes muy blancos, de mula recién parida. De noche se perfuma de azahar, hasta que la madrugada le devuelve un aroma a orín de taberna.

Las ciudades son cloacas que destilan esencias putrefactas, me digo.

Respiro hondo, dejando atrás al señor Roberto; entonces me doy de bruces con Engracia, la modista, que trae un toque de avena prendido al cabello. Sus ojos son del color de la tormenta y tiene los carrillos encendidos, al punto de ebullición; sobre todo los domingos,

cuando sale del cine de la mano de Antonio.

Entre sus palmas el sudor se convierte en tomillo, ese que arranca en la era cuando se despiden muy juntos, labio a labio los dos.

La tarde ha ido menguando y la oscuridad se cierne sobre nuestras cabezas. Doña Francisca parece sostener una corona de alabastro, pero al acercarme no es otra cosa que un sombrero, nuevo y carísimo, comprado en Barcelona. Me saluda coqueta. Su rostro es tan pálido como el de un cirio y se desprende de él cierto recuerdo a lilas marchitas, lo mismo que si hubiese estado deshojando recuerdos entre los visillos. Observo sus zapatitos de tacón en la lejanía.

Al doblar la esquina comprendo que su arrogancia está contenida, como mis ganas de correr hacia Tomás, el farero. Acaba de meterse en un bar angosto, de esos donde la desvergüenza se bebe a sorbos. Estar con él es como atrapar el mar en un puño. La única tempestad proviene de su cabellera hirsuta, semejante a la de un neptuno de pacotilla. Fuma en pipa dejando el aire impregnado de regaliz rancio; después, si ha bebido vino, eructa por lo bajini. Estoy convencida de que sus labios son odres que fermentan desdichas.

Abandono la tasca y enfilo la cuesta. Desde las ventanas me llega un olor a borraja y jamón,

pero el ruido lo engulle todo, de un bocado. Cientos de coches que golpean el silencio con ráfagas bailongas. En su interior imagino que huele a podrido.

Tengo la nariz arrugada al regresar a casa, en un intento desesperado por cerrarme a la vida.

Mi habitación es un campo a través donde crecen margaritas de quita y pon. Sobre la mesilla descansa una rama de olivo. No tarda en despertar la avidez en mí y olfateo más allá de mi ombligo, hasta alcanzar el origen del mundo.

Al día siguiente un olor familiar impregna el barrio. Me asomo a la ventana con prisa. Desde allí veo pasar el cortejo. El señor Roberto es introducido sin miramientos en un coche fúnebre.

A churros de domingo con un ligero toque de azúcar, me digo; a eso huele el fin.

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, domingo, 30 de agosto de 2009)

Agosto 24, 2009

Rebajas del corazón

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 8:00 pm

el_mercadillo

(Foto: Manolo Navarro)

Me gustan los mercadillos inútiles, esos en los que se venden bragas anchas y sujetadores que fueron ayer mágicos, cafeteras con tara y frutas mordidas.

–Eh, guapa, llévate unos “targas”, que les tengo de todos los colores.

El que habla es un hombre recio, de barriga prominente y tez cetrina. Me mira a través de unas gafas que resbalan a cada rato y de vez en cuando regala sonrisas inacabadas, de esas que se ensayan frente a los retrovisores de furgonetas sucias.

–Tres por uno, chata.

Nunca he sabido resistirme a las ofertas.

Me detengo ante el puesto y finjo interesarme por aquel material sin nombre. Una señora entrada en carnes se detiene a mi altura, huele a tomates sulfatados y a colonia de limón.

–Me los llevo –afirma al cabo.

El tipo lanza un suspiro antes de volver a abrir la boca. Cuando se decide, deja al descubierto una dentadura rebelde, de cordillera ibérica.

–Lo siento, señora, pero no tengo “targas” de su talla. Llévese una faja de encaje, que aprietan como unas condenadas.

Tarda en reaccionar la señora. Su enfado es evidente. Se le han dilatado las aletas de la nariz y ha puesto los brazos en jarras. De su codo derecho cuelgan un puñado de pimientos, una sandía enana y una camisola playera vuelta del revés, con la etiqueta borrosa.

–¡Métasela donde le quepa! –dispara la doña.

Ni siquiera le ha echado un vistazo a la faja que emerge de entre un puñado de bragas de encaje, como si fuera una ballena sola.

–Tres por uno, chata –repite el tipo.

Antes de que pueda decidirme, una chica teñida de rubio me arrebata el “targa” de las manos. Ha llegado con prisa al puestecillo, meneando piercings y caderas. Me fijo en el acné de su rostro, en sus ojos pintados de azul y en sus labios inyectados en sangre y silicona.

–Me los llevo –afirma al instante con soltura.

Y rascando en el bolsillo de sus tejanos, le tiende al tipo un billete de diez.

Al marcharse respiro su aroma a chicle y sudor.

Más allá, en el puesto número siete, un  fulano larguirucho bate las palmas en señal de atención.

–Acercarse, guapas, que hay para todas. Les tengo rubios, morenos, peludos y calvos; con los ojos verdes y la mirada turbia, que lo mismo tienen una cuenta bancaria en Suiza que acumulan deudas en los cajones. Venga, chatas, que hoy regalo tres por uno. Hombres-estatua que saben a hiel, que roncan en la noche de bodas y parten el corazón con los dientes, sin siquiera moverse del sillón, domingo tras domingo. Tres por uno, guapísimas –sentencia el fulano.

La señora entrada en carnes se hace un hueco entre la multitud, inspecciona  el  género y grita al poco:

–¡Me los llevo!

Estoy a punto de abandonar el mercadillo cuando escucho a mi espalda:

–Pues si no te quedas los “targas”, cómprate unas medias de “nilon”, que son muy “sesis”, reina.

–Me las llevo –repite la doña mientras los hombres-estatua acarician con descuido una faja solitaria.

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, el domingo, 16 de agosto de 2009)

Agosto 8, 2009

San Lorenzo, la verdadera fiesta

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 1:19 pm

san_lorenzo_2007_v3

cartel de Ubé

Pues eso, buen provecho y felices fiestas.

Saludos de albahaca en su punto de presunción.

Agosto 5, 2009

Amada suya

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 8:58 pm

terraza1_peque

No, no era amor, estaba seguro, ni siquiera fijación; tampoco podía hablarse en términos absolutos, tales como obsesión o locura. Margarita no era más que una de tantas; calladita, la chica, y resultona por detrás, con un culo que bien podría haber provocado la rendición de Napoleón. La vio acercarse calle arriba, cargada con las bolsas del súper, peripuesta y supermoderna, el último grito en estupidez. Un obrero sin andamio le dedicó un silbido, algo parecido a la sirena de un barco mercante; después chasqueó la lengua con chulería, con esa destreza de los de su gremio y se perdió entre el bullicio. A Margarita se le escapó una sonrisa perezosa, de hija de Sodoma, pero siguió avanzando con su compra y su falda, y sus pendientes de aro y sus zapatitos de tacón, y su perfume barato que dejaba el aire en continuo suspense. Le había contado ya tres novios: Lolo, Franchu y Moncho. Todos ellos de cabellera rala, rasgos simiescos y carcajada sospechosa. No, naturalmente que no se trataba de amor, un capricho, si quieres, un decir “me la como”. De amor… de eso no entendía, si acaso de fútbol y de gresca a la salida del bar, en las madrugadas más frías donde el invierno es madrastra y regala caricias de hielo, igual que los que chupa los domingos, en casa, cuando ya ha apurado el whisky que le trajo su cuñado de Escocia.
–¿Qué otra cosa iba a traerle a un pringao como tú? Güisquito del bueno, macho, una delicatesen o como coño se diga la cosa.
Amancio, su cuñado, tenía la boca muy suelta, y un tic en el labio inferior que se lo levantaba cada dos por tres dejando al descubierto unas encías sonrosadas y eternamente húmedas. Era más feo que él, sin embargo ligaba como un Hermes.
–Sexapil. Eso es lo que las vuelve locas. Hazme caso, no hay nada como un feo de categoría. Pringao, que eres un pringao.
¿Amor? De ninguna manera. Quizá debilidad. Sí, esa era la palabra exacta: debilidad, un cierto cosquilleo en la planta de los pies al verla aparecer, como si un volcán enano le pellizcara con su aliento de fuego.
A Margarita le gusta el tequila a palo seco. El limón lo muerde él, muy despacio mientras clava sus ojos en los suyos. No, no son de color violeta, son unos ojos normales, sin importancia, dos granos de café colombiano.
Le costó un gran esfuerzo, pero al final la invitó a casa el día de su cumpleaños.
–Como debe ser pringao, las cosas hay que hacerlas bien: que si unas velitas, que si una música romántica, que si un güisquito del bueno…
Vieron Salomé en la versión de Rita Hayworth. Ella vino muy arreglada, de domingo de ramos, tan moderna que causaba espanto, con sus aros y sus zapatitos de tacón y ese perfume barato que olía a gaseosas de papel, a espuma de mar embotellada.
Antes de que Herodes mandara segar la cabeza del bautista, Margarita había dejado de existir. Él apuró el escocés y sofocó el disgusto con una ducha. Hasta allí le llegaron sus ronquidos.
No, no era amor, estaba seguro. Tal vez desilusión.
–Pringao, que eres un pringao… –escucha decir al Hermes.

(Relato publicado en el libro “Ducha Escocesa“, obra conjunta dedicada a José Antonio Román Ledo)

14duchaescocesa

Blog de WordPress.com.