Peace & Pee (obra de Ubé)
FIEBRE
Mi nombre no importa pero puedo decirles el de mi perro.
Cuando llegué a Moscú llovía, sobre las cúpulas y los sombreros, más allá de las aceras y las bocas de metro.
Eliot.
Así se llama mi pequinés. Un niño lo dejó tuerto de un pelotazo. Era domingo en una ciudad que no recuerdo.
Viajamos mucho Eliot y yo, en trenes sin wifi, y sin calefacción mientras dejamos atrás los mapas y devoramos mandarinas.
Tengo un agujero en las medias y me sudan las manos. Mi espectáculo es sencillo. Introduzco objetos en mi vagina, cuchillas de afeitar y collares de perlas. De vez en cuando enciendo bombillas al mover la pelvis hacia delante, sufro descargas rápidas en mi interior, doscientos veinte voltios de carne y flujo.
Hace mucho tiempo que he dejado de sentir placer. Me conformo con un plato de sopa caliente y un cigarrillo. Los hombres solo son sombras chinas que se proyectan en la pared y casi todos tienen el mismo aspecto. Me gusta que se parezcan a papá y lleven sombrero, que no sepan hacerse el nudo de la corbata y que huelan a madera y jabón.
Vivo en una pensión maldita. De noche escucho el ruido de los pájaros al caer por el hueco de la chimenea mientras Eliot, desde la alfombra, no cesa de repetir:
“Abril es el mes más cruel, engendra lilas de la tierra muerta
mezcla recuerdos y anhelos, despierta inertes raíces con lluvias
primaverales”
Pero tras los cristales sigue siendo otoño y el viento sacude las ramas de los árboles y alborota hojas y cabellos y obliga a cerrar la boca al cruzar los puentes.
Desde que cumplí quince años tengo fiebre. Treinta y ocho grados de miedo bajo las bragas. No es verdad el mundo y sus prisas, los neones y las clínicas para dementes.
Un día tuve una madre gorda que comía bocadillos de atún con olivas y dejaba caer su insignificancia en un sillón con los muelles rotos.
Miento.
Me crecen en los ojos mariposas negras que nublan mi existencia y entonces tengo que beberme el llanto junto a una copa de vodka.
Hace dos semanas que actúo en un club regentado por un turco, en las afueras. Todas las ciudades tienen un río helado y gatos que lamen la carne podrida de los contenedores.
Ayer Madame Sesostris me leyó las cartas.
Es tan alta como dos hombres y tiene las uñas mordidas. Le gusta hablar haciendo pausas y arrastra las erres y la tos. Parece muerta a ratos, solo cuando se concentra en el misterio.
Eliot le profesa un gran cariño. Al verla llegar mueve el rabo y su ojo único se abre al asombro.
Madame Sesostris no entra en éxtasis jamás, fuma mientras reparte los naipes y según la carta que queda al descubierto, suele rascarse el mentón, donde aflora un pelo negro anclado a una peca.
Al cabo, afirma ver a una muchedumbre girar en círculo; después, Eliot y ella se quedan conversando acerca de un marinero fenicio que se ahogó en un poema.
Quedan cinco minutos para salir a escena.
No llevo encima más que una corona roída y unos zapatos de tacón.
La capa se ha quedado en la pensión, también las plumas y el corsé que me regaló mi último amante. Era un comerciante noruego que traficaba con caviar. Le faltaban dos dientes y olía a sal y vinagre. Se enamoró de mí en el instante en que mi sexo engulló los tres huevos duros que había puesto a hervir en mi camerino.
Ya no tomo pastillas.
Me enjuago la boca con bicarbonato y me lavo al acabar la función en una palangana azul.
A menudo me da por pensar que me llevo el mar a los labios.
No es fácil ser acróbata vaginal, en cualquier momento asomará mamá entre mis piernas para decirme que es hora de merendar.
Antes de actuar como pan con azúcar y me invento una oración mientras beso a Eliot como si fuese un novio.
La sala apesta a humo y pedacitos de caspa.
Mi desnudez resplandece y bailo.
Entre bastidores una vedette discute con un negro que sacude su gorra. Es cubano y llora. Puede que escriba versos apoyado en sus nalgas, antes de que ella (la vedette) ponga en marcha el erotismo.
Hace unos minutos se besaban, lengua contra lengua.
-Tu sabes, mamita.
-Je ne comprends pas, mon amour.
Cuando llegué a Roma llovía, sobre las azoteas y los sombreros, más allá de las aceras y del esqueleto de mi perro.
ummm…. me ha encantado, el ritmo es estupendo…. Cuanto tiempo sin saber de usted, doña Angélica….. enhorabuena por sus premios!
Gracias, Julio..
Ando enfrascada entre las plumas.
Ya me cuenta Jose tus andanzas por el “Facebú”.
Cuando vuelvas a exponer en Zaratustra, nos lo dices.
Saludos pirenaicos