Angélica Morales

Julio 28, 2009

Entrega del I Premio de Textos teatrales Villa de Hecho

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 7:20 pm

En Hecho/Echo (Huesca) se celebró el pasado fin de semana la entrega del I Concurso Nacional de textos teatrales “Villa de Hecho”, con la ganadora Antonia Jiménez Rodríguez, de Lucena (Córdoba) y el accésit para José Gastón, de Hecho (Huesca). Allí estuvo la Asociación Aragonesa de Escritores, organizadoras junto al Ayuntamiento de Valle de Hecho  del premio, con el jurado Luis Bazán, Fernando Burbano y una servidora, además de Javier Aguirre como representante de la AAE. El acto fue presidido por el Delegado del Gobierno de Aragón, Javier Fernández. A continuación el grupo Trueque Teatro de Hecho, hizo una lectura de la obra ganadora “Zapatos rojos de tacón”.

Al día siguiente tuvimos una preciosa excursión a la selva de Oza y al maravilloso valle de Aguas Tuertas. Como la menda no iba equipada, no me quedó más remedio que subir con un conjunto de mango y unas sandalias de Zara. Monísimo conjunto, eso sí. Para muestra os dejo este pequeño album (pulsa en “ver todas las fotos” para verlo):

Julio 25, 2009

La cabeza del monstruo

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 9:44 am

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Se empecina en acercar su boca grandiosa a mí y escupir en mi oído millones de gérmenes que al cabo de un rato comienzan a declararme la guerra en mi interior.

Tiene los ojos chiquitos, de aceituna aún por madurar, y de su mandíbula cuelga  a todas horas un hilo de incertidumbre donde se columpian  sus pensamientos.

Me mira y retrocede, fingiendo enojo. Y entonces sacude su cabeza magna despojándose de intenciones.

Yo lo contemplo clavada al suelo, con los brazos en alto para agarrar su furia.

La cabeza del monstruo se desenrosca sola; eso me lo enseñó mi madre, a oscuras, mientras invocaba el sueño.

Por eso espero, con el aliento suspendido, su claudicación que no ha de llegar.

Por mi ventana se cuela un viento chillón, de doncella mancillada, que parece advertirme de un peligro que conozco.

Sus ojos chiquitos me enfocan obstinadamente. Aprieto los párpados y me dejo capturar por su insignificancia.

La cabeza del monstruo es idéntica a la mía. Eso me lo enseñó mi madre, a oscuras, mientras yo desenroscaba la suya.

Julio 21, 2009

Curiosidad a la carta

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 1:10 pm

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Una lata, obra de Ubé

Marina había escrito una carta a Pilar, en ella le contaba sus vacaciones a Venecia.

“Una lata, rica”, decía en cinco líneas.

La guardó en su bolsillo pero al jugar a la comba, en el patio de la plaza, se le cayó justo cuando había logrado superar el tocino.

Álvaro, su vecino, la recogió.

La leyó a solas, en el parque.

“Una lata, rica”, decía en línea y media.

Y al levantarse del banco, se le olvidó.

Elvira, una estudiante de arte, la recogió sin querer, la puso junto a sus dibujos de carboncillo donde Venecia pasó a convertirse en San Petersburgo.

“Una lata, rica”, decía en tres renglones muertos de frío.

De camino al médico se escapó de su carpeta yendo a parar a los pies de un turista alemán, que sin entender ni papa leyó de corrido:

“Una lata, rica”, eso decía en el margen derecho, tirano como él solo.

De vuelta a su país, abandonó la carta en un servicio, allí un académico la confundió con papel higiénico, pero como tenía la costumbre de leerlo todo, sentado en el retrete murmuró para sí:

—Una lata, rica —eso justamente era lo que decía, el renglón octavo con una letra de historia interminable.

Quiso descifrar el enigma y se la mostró a su esposa, una filóloga austriaca que se la metió en la maleta y viajó con ella hasta Suiza. En la montaña el viento le birló la carta. Esta vez se la encontró un inspector de hacienda.

—Habrá que investigar las latas —se dijo, pasando una a una a sus cuñadas por la aduana. Cuando le tocó el turno a Merceditas, la alarma pitó. Tuvieron que dejarla en el aeropuerto una semana, hasta que un vuelo charter de estudiantes de arqueología la condujo hasta Roma. En las ruinas del Coliseo se perdió Merceditas, la carta pasó a manos de un romántico que en Venecia la arrojó al canal.

“Una lata, rica”, decía la posdata calada hasta los huesos de un amor ajeno

Julio 18, 2009

Historia de carnes y fajas

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 5:53 pm

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Me estoy mirando y no me lo creo. He tenido que pasar dos veces por el espejo del escaparate para darme cuenta de que la señora de tripa abultada y piernas hinchadas que paseaba por la calle acompañada de su nieto era yo. Apenas me reconozco. Hace años que no me miro en un espejo, pero hoy por casualidad me he visto y he tenido que huir de mi propia imagen. Miro el bocadillo de panceta que mi marido me ha preparado antes de marcharse a trabajar. Lo ha dejado sobre la encimera, en un plato, envuelto en una servilleta que chorrea aceite por los bordes. Mis tripas rugen, la boca se me llena de saliva. Cierro los ojos y evoco otra imagen, la de antes, la de la tienda, la del espejo, la de la señora gorda. Abro la nevera y sin dudar cojo un danone desnatado, bajo en calorías, sin azúcar. Me lo llevo a mi cuarto, pero antes de probarlo avanzo despacio hacia el espejo, con miedo, casi de puntillas para no hacer el ruido de un elefante al caminar. Eso dice mi marido, que parezco un paquidermo. Asomo la cabeza primero y me asombro ante mi rostro: desfigurado por la grasa, con la papada colgando, los mofletes pronunciados, la barbilla metida hacia dentro y el cuello fofo. “Tengo que ir a la peluquería”. Es lo primero que me pasa por la cabeza para disimular mi malestar. Lo que viene a continuación sin duda es más dramático. Levanto un brazo y noto que la chicha me baila. Mi piel es blanda y mi carne pesa, se desparrama hacia abajo. Doy unos pasos. Ya estoy en medio del espejo, pero no me recoge en su totalidad, me secciona uno de los laterales, la mitad de la tripa y el otro brazo. Estoy en mitad de ninguna parte, de ninguna geografía. Al cambiar de perfil compruebo que es igual de espantoso. Despacio palpo los michelines que asoman a través de mi faja y aguanto la respiración. Ni siquiera ese sacrificio reduce mi aspecto. Mi cuerpo sigue siendo apoteósico.

Me dejo caer en la cama, que cruje bajo mis nalgas; “los muelles de esa cama siempre han delatado mis excesos”, pienso en un intento estúpido de entregarme al disimulo. En la mesilla el yogur continúa intacto, y en la cocina, el bocadillo espera. Dudo un instante. La decisión es importante, no debo precipitarme. De nuevo me rugen las tripas, esta vez con mayor énfasis. “Ya no soy una chiquilla”, me digo. Aunque tampoco una vieja. Debería buscar el equilibrio, eso o una faja que apriete más. De pronto se me ilumina la cara. Salgo de casa y corro hacia la lencería, hace poco que han abierto una en mi calle. Me aseguro de que en el escaparate está la prenda deseada. Unos maniquíes exhiben ropa interior de la talla 36. Al fondo, una silueta parecida a la mía pero en plástico duro y completamente decapitada luce la faja mágica, esa que es incluso capaz de disminuir la cintura de una foca. Sonrió satisfecha y entro con paso firme.

–Quiero una faja que apriete como una condená –le digo a la dependienta.       –¿Se la va a probar? –contesta con un tono de fastidio.

–No, envuélvamela.

En casa, frente al espejo, inicio el ritual. Primero una pierna, después otra. Nada más tocar mi piel las gomas se ciñen a mi carne reduciendo el grosor de mis contornos. Me siento renovada. Con lo que más dificultad tengo es con la tripa, así que la introduzco por partes. Agarro las mollas del lateral izquierdo y las distribuyo con cuidado, repitiendo la acción con las del flanco derecho. Una vez embutida en la faja, sólo queda subir la cremallera, evitando que la masa carnal se rebele; así que, con mucha concentración y una fuerza casi sobre humana tiro del lazo y me cierro hasta los pechos, que se juntan en forma de colinas. Y de este modo me miro en el espejo y lo que encuentro es a otra mujer. Ahora si que puedo contemplarme entera, de arriba abajo, de perfil y de espaldas. Estoy delgada, sí, tan delgada como los maniquíes de la talla 36. Me acerco a la mesilla con andares renovados y cojo el yogur. Mis tripas ya no rugen, pero al llegar a la cocina el olor a panceta me hace perder la mesura. Arrojo el yogur a la basura y me como el bocadillo.

Ha transcurrido una semana desde que llevo la faja. Esta tarde he pasado de nuevo por el escaparate con mi nieto. No he querido mirarme al espejo, pero Carlitos me ha dicho: “Abuelita, qué gorda estás”, pero es que Carlitos, tiene tendencia a la exageración.

Julio 15, 2009

El cadáver

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 5:11 pm

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Cadáver, obra de Ubé

Le cerró los ojos y lo vistió con su mejor traje. Después se fue a la cocina, dejándolo solo, para prepararse algo de comer. La última frase que le dijo fue: “Quiero que te vayas de aquí”. Antonio era un hombre obediente así que, dando un largo y hondo suspiro, se marchó de la casa de la calle del consuelo, dejando su cadáver de hombre complaciente. Cuando regresó al salón le susurró al oído: “Quiero que te quedes”. Han pasado dos años. Antonio continúa allí, quietecito en el sofá, con su traje de domingo. Ya no hay muertos que se quedan.

Julio 5, 2009

Vacaciones infernales

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 8:04 pm

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Las hermanas Hepburn porque sí.

Queridos amigos, admiradores, vecinos del quinto…

Mis hermanas y yo partimos de vacaciones a Teruel en busca de la calma deseada. Estaremos fuera el tiempo que nos dé la gana. Por favor, no intentéis buscarnos, iremos de incógnito.

En la ciudad de los amantes nos entregaremos con desenfreno al kalimotxo y a la cecina. Volveremos en un plis plas.

Saludos de diva en paro.

Julio 1, 2009

Azul insensato (2)

Archivado en: Azul insensato, relatos — angelicamorales @ 6:41 pm

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Como cada verano, las hermanas Taylor se disponen a conquistar un nuevo imperio. O dos…, ya veremos.

Para matar el aburrimiento les dejo con otro capítulo de una historia sin fin, azul e insensata:

CAPITULO SEGUNDO

PETRONILA

Registraba los bolsillos de su mortaja sin pudor. El clavel de la solaba se había marchitado. Era ahora de un color indefinido, como el de la sangre estancada.

Me quedé clavado al suelo, mientras Petronila escarbaba en el interior del ataúd de roble presa de un nerviosismo elegante. Mi madre sabía en cada momento cómo debía comportarse, pero a solas dejaba a un lado sus modales y se mostraba como una campesina cualquiera, esas mujeres que pueblan la tierra con el fruto de la impotencia. Sus hijos nos sirven a regañadientes y ellas se conforman con arrojar sobre los fogones su destino incierto. Cada día me levanto con el mismo temor, ser asaltado en el bosque por la mansedumbre de mi criado.

–Señor Lorenzo –me había dicho nada más marcharse mis abuelos–, necesito dinero para la leña.

No poseía más que un billete de veinte. Insuficiente para pagar siquiera una ronda de cerveza en la taberna.

–No me molestes con esas tonterías –contesté quitándole importancia a mi pobreza.

–Usted verá, pero sin leña nos vamos a quedar como un pajarito en cuanto venga el invierno.

Poco a poco me había alejado de él, sin apartar mis ojos de los suyos. Un amo debe saber imponerse a su criado sean cual sean las circunstancias.

–Algo encontraré.

Amanecía a mi espalda con insoportable belleza. La muerte siempre le hace el boca a boca a boca a la vida para que ésta permanezca a pesar de su pereza. Mi cansancio no era de este mundo, ahora estaba seguro. En el saloncito, los primeros rayos de sol hirieron los mofletes sonrosados de Nicolás. Si te acercabas a él aún desprendía un olor intenso a coñac. Era como si el alcohol lo hubiera disecado por dentro dejándolo tal cual había sido, con ese aspecto de beodo eterno.

–Deben de estar por aquí –murmuró Petronila afanándose en su execrable tarea.

–¿Qué es lo que busca, madre?

–Dinero. Tu padre siempre llevaba dinero encima, fajos de billetes tan gruesos como su desvergüenza.

El vestido de mi madre se extendía sobre las baldosas, era una plaga de moscardones silenciosos. Pude ver asomar unas enaguas blancas, femeninas, de esas que se deshacen entre los dedos.

–No seas escrupuloso Lorenzo y ayúdame –me pidió volviendo su rostro de cera hacia mí.

Toda la juventud de mi madre se la había bebido Nicolás, de un solo trago, eructando después por lo bajini y limpiándose los restos del festín con su palma pequeña y sudorosa, de hombre desconfiado. Mi padre no conocía más amor que el suyo propio. Me pregunté, mientras hacía penetrar mis manos en los bolsillos de su mortaja, cómo era posible que aquella bola de sebo enrojecida por el coñac pudiera haber amado siquiera una vez, con ese amor que nace del fondo de las tripas. Nicolás tenía un estómago inabarcable y esférico, de luna hambrienta. Pensé en aquella niña feucha y una sonrisa estúpida escapó de mis labios. “Hay tripas que carecen de escrúpulos”, me dije, y la imagen fugaz de la mujer que asía del brazo a Natacha pasó de forma fulgurante ante mis ojos.

–¿Qué hembra en sus cabales querría fornicar con un cerdo?

No me di cuenta de que estaba hablando en voz alta hasta que mi madre fijó su mirada de juez en mí.

–Lo siento –me disculpé–. No me refería a usted, naturalmente.

Se incorporó mi madre con los puños apretados. Los billetes aliviaron por un momento el luto de su manga. Entre el encaje se había enredado uno de cincuenta. Me dieron ganas de arrancárselo de cuajo, como si fuera un racimo de uvas balanceándose en la parra a la espera de una mano amiga que lo liberase del aburrimiento. De este modo se me apareció el fruto de aquel ultraje. Para engatusar mi conciencia quise creer que el dinero también siente la falta de compañía y gusta de mezclarse en los bolsillos con otros de su especie; sin embargo, cuando su dueño ha dejado de necesitarlo es del todo preciso que corra en busca de un amo mejor. Petronila presionó su botín y con la insensibilidad de las de su clase, lo metió en su bolsito, sin dejar de vigilarme.

–Ese cerdo, como tú lo llamas, me ha dado dos hijos –sentenció ajustando el bolsito sobre sus caderas.

Su talle todavía era esbelto. Había conocido a muchas jovencitas que ya en la primavera de su existencia se presentaban en los salones de baile luciendo una figura de matrona, como si pese a su soltería fueran cada noche dando a luz a una pléyade de bastardos que se ocultan entre sus carnes. Tuve la oportunidad de acariciar alguna de esas cinturas anchas y juro por mi honor que nunca supe encontrar el camino de regreso a su inocencia.

–Ruego me disculpe –repetí en un susurro.

En el saloncito el humo blanco se hizo nube. Sobre nuestras cabezas flotaron los primeros vapores de la muerte.

–Con esto y con lo que he encontrado en los cajones de su mesilla habrá suficiente para pasar el invierno –me dijo extinguiendo con su aliento la llama lánguida de un cirio–. Cuando se abra el testamento tendremos más.

Su sentencia sonó lejana, igual que si la hubiera pronunciado desde uno de esos países por los que había viajado el intruso. Recordé de pronto las palabras de Edgar M:”Europa es una mujer que se alimenta con los besos del viajero”. El decoro me obligaba a rescatar a Cristiana de su boca ávida, de extranjero insaciable. “Cristiana es un continente volcánico”, dije yo para mis adentros antes de besar la mano de Petronila y girar sobre mis talones.

Los encontré riendo, tendidos sobre una manta vieja que recorrían una legión de hormigas completamente disciplinadas. Algo parecido a las migas de un pastel se distinguía sobre sus cabecitas de alfiler. La casa de Edgar M se hallaba al otro lado del estanque. Siempre había una barcaza dispuesta para llegar hasta allí. Mi criado se ocupaba de mantenerla en condiciones para surcar aquellas aguas cenagosas que desprendían un olor a cloaca. El estanque no se había drenado en años. Ahora su color era el de un azul indefinido, echado a perder por la desidia. Até el cabo al saliente de una roca y limpié mi pantalón. La vegetación era abundante y salvaje, sus ramas peinaban la tierra hasta el interior. Tropecé dos veces antes de llegar junto a Cristiana.

–¡Demonios! –mascullé intentando guardar el equilibrio.

El intruso se levantó al punto. Ante mis ojos inquisidores quedó expuesta su figura de otro tiempo. El traje de sastre presentaba un sinfín de arrugas. A la altura de sus tobillos se habían enredado unas hojas de helecho que ya empezaban a amarillear, mientras que su chaqueta, ajustada en exceso al tronco, estaba salpicada por pequeños pétalos de margarita, como si mi hermana hubiera deshojado sobre su pecho un amor de contrabando.

–No me quiere –dijo Cristiana rodando hasta la otra punta de la manta–, Es usted un hombre malo –y su boca de grana se cerró en un mohín caprichoso–. ¿Se puede saber qué mira con tanta atención? –lo contemplaba ella a través de sus pestañas espesas, con el abandono propio de la que ama a regañadientes, casi sin querer.

–Edgar, conteste si no quiere que me marche ahora mismo. Soy capaz de dejarlo plantado y de mucho más –lo amenazó incorporándose apenas lo necesario para dejar al descubierto su ira.

–Buenos días, Lorenzo –me saludó intentando planchar el traje con la palma de su mano. Los pétalos de margarita cayeron sobre la tierra lentamente, con la parsimonia de una lágrima de novia.

Hice un gesto brusco con la cabeza, sin dejar de observar sus movimientos pues con gran presteza había agarrado el sombrero de la manta y lo sostenía entre sus dedos de pianista. Me percaté de que su cabellera castaña comenzaba a clarear a la altura de las sienes lo que me llevó a deducir que ya habría entrado el intruso en los albores de la cuarentena.

–Cristiana, dentro de una hora darán sepultura a nuestro padre –dije de corrido.

Mi hermana volvió el rostro hacia mí. Los volantes de su falda estaban sucios de tierra, como si se hubiera arrastrado suplicante a los pies del extranjero. El solo pensamiento de su rendición me produjo una arcada. Recordé que no había probado bocado desde la noche anterior cuando, frente al cadáver de Nicolás, mi madre había repartido en los platos un poco de sopa de col con carne picada. La comimos en silencio, sin apartar la mirada de las patas de la mesa, ancha y destartalada, que solía desmoronarse hacia el lado derecho, donde Cristiana desmigaba con perversidad una hogaza de pan.

–En ese caso, debemos marcharnos –habló mi hermana recomponiendo su ropa y tendiendo hacia el hombre su mano de alabastro.

Cristiana vestía de luto riguroso. No obstante, era tal el desenfado con el que portaba la negrura insulsa de aquel vestido que, de inmediato, la sensualidad se había adueñado de todos y cada uno de sus pliegues. Digno de ver eran los encajes que rodeaban su cintura, tan fina que podría abarcarla con mi mano. Y el escote en forma de uve que ponía de manifiesto unos senos llenos, de mujer avocada al infortunio. Hubiera querido perderme entre los volantes polvorientos de su falda, enredarlos entre mis dedos y tirar de ellos hasta que no quedara de Cristiana más que su alma sucia. Porque si de algo estaba seguro era de que mi hermana había llegado a este mundo con el pecado tatuado en su piel de Afrodita. No había más que mirarla, respirar su aliento de serpiente, irresistible y letal para darse cuenta de que estabas perdido.     Como castigo a mis horribles pensamientos mordí mi labio inferior hasta notar la sangre entre mis dientes, amarga cual destino. También los ojos de nuestro padre habían retenido en sus pupilas la feminidad de mi hermana. Lo supe siempre, desde que Cristiana cumplió los doce años, el mismo día en que su infancia se redondeó como una manzana exquisita y andaba por la casa con la soberbia del que acaba de inventarse a la vida. Las mujeres hermosas carecen de lazos de sangre, por eso no me une a mi hermana más que la casualidad, el hecho detestable de haber asomado la cabeza entre los muslos de una misma madre. No pude evitar que la imagen de aquella niña feucha me embargara, tan sólo un instante, y Natacha ya estaba allí, muy dentro, golpeando mis sienes. La hija bastarda de Nicolás tendría ahora quince años. Mientras Cristiana caminaba colgada del brazo del extranjero contoneando las caderas como si fuera una pescatera en día de mercado, yo mastiqué el recuerdo de la otra.

–¿A qué esperas hermanito? –me espetó poniendo un pie en la barcaza.

–Permítame –dijo Edgar M haciendo alarde de unos modales irritantes.

Juntos atravesamos el estanque. Ya no nos separaríamos hasta el día siguiente. Una lluvia torrencial e imprevista nos obligó a dar cobijo al intruso. El techo de mi hogar se me antojó un firmamento exento de nubes donde su sombrero llamativo refulgía con la insolencia de una estrella tan fugaz como dañina. Para cortar de cuajo mis ansias batalladoras, se lo entregué a Brígida, la criada.

–Toma, guárdalo donde yo no lo vea –le ordené dirigiéndome a la chimenea.

El fuego crepitaba con timidez. Me acerqué a los leños y arrojé uno, el más grueso. Inocencio tenía razón, como no comprásemos más leña al llegar el invierno íbamos a quedarnos tan tiesos como un gorrión muerto.

Al sepelio de Nicolás no acudieron más que un puñado de conocidos. Vladimiro y Rosita ocuparon la primera fila. Mi abuela lanzó tres monedas cuando el féretro tocó fondo.

–¡Qué le vamos a hacer, son cosas de la vida! –se lamentó mecánicamente Vladimiro.

Junio 25, 2009

Ecos de sociedad

Archivado en: vete tú a saber — angelicamorales @ 7:22 pm

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Las hermanas O’Hara se van de congreso a Calatayud. Allí les aguardan jóvenes y  no tan jóvenes caballeros de la VIII Brigada Ligera de Atlanta. No tienen previsto su regreso hasta la semana próxima. Pongo a Dios por Testigo, ea. ¿Y qué me pongo para la gran fiesta? Bueno, mañana lo pensaré.

Azul insensato (fragmento)

Archivado en: Azul insensato, relatos — angelicamorales @ 5:52 pm

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“Indiferencia”, obra de Ubé

AZUL INSENSATO

PRIMERA PARTE: EN LA TRINCHERA

I. EL INTRUSO

Alrededor de una mesa ancha y destartalada se reunieron las mujeres. Una de ellas, la más vieja, masticaba incesante una oración enrevesada; ruegos apagados que se estrellaban de un diente a otro, los dos únicos que todavía permanecían anclados a unas encías blancas, vaciadas de sangre. Venían envueltas en mantos negros, de ganchillo, flores funestas que enlutaban su pobre existencia. Todas tenían idéntico rostro, alargado y consumido, nariz escarpada y mentón lanzudo, como si con cualquiera de sus filos pudieran desinflar el globo terráqueo. Mi madre les sirvió un poco de té. Dejó la tetera en el centro de la mesa y esperó a que sus voces de iglesia se ahogaran en el interior de las tazas. Era su mejor vajilla. Sólo la había utilizado dos veces: el día de su boda y aquella noche, cuando tuvo conciencia de que mi padre había muerto. Unos pasos más allá, Cristiana acariciaba con aire distraído los volantes de su falda. Sonreía, sí; mi hermana sonreía mientras el cuerpo de nuestro padre todavía retenía el calor en sus entrañas. La habitación apestaba a humo y a alcohol. Un olor nauseabundo que penetró de lleno en mí y me hizo alzarme de la silla. Cuando quise darme cuenta me encontraba frente a Cristiana. De inmediato mi mano cruzó su cara. Fue un bofetón limpio. Eso quise decirle pero la vergüenza desterró de mi garganta cualquier estúpida disculpa. Tal vez por eso, porque no tenía derecho a enrojecer las mejillas de Cristiana, tan pálidas que la huella de mis dedos quedó impresa allí, igual que si hubiera prendido sobre su piel de ángel un sinfín de fósforos.

–Perdóname –murmuré con la cabeza gacha.

La vieja desdentada clavó sus ojos de aceituna en mí; después con una tranquilidad pasmosa retomó su letanía. Estaba hecha para rezar, del mismo modo que yo estaba hecho para batallar únicamente conmigo mismo, con las miserias que me habitaban.

–Perdóname –repetí sintiendo arder las sienes.

Cristiana tenía la mano sobre su mejilla derecha y me miraba fijamente, con el orgullo en carne viva.

–Te perdono –concedió al cabo, haciendo bailar en sus labios una sonrisa displicente.

Un caballero de familia desconocida, pero que había viajado alrededor de toda Europa, entró inopinadamente en el saloncito. Tras saludar con empalagosa cortesía a mi madre, su figura de hombre de otro tiempo se inclinó levemente ante el cadáver de Nicolás, mi padre. Sobre sus dedos hacía deslizar el ala del sombrero, de un color llamativo, demasiado protagonista para asistir a un velatorio.

Cristiana, al fondo, jugueteaba con un mechón de su cabello. Desde la irrupción del caballero extranjero había permanecido sumida en un silencio cantarín, pues, aunque no se escuchaba con claridad, yo sabía que los labios de mi hermana dejaban escapar las notas tontorronas de una de esas canciones de fiesta.

–No sabe cómo lo lamento, señora –afirmó con fingido pesar el intruso.

Mi madre, asintió. No había derramado ni una sola lágrima durante toda la noche. Se había limitado a pulir la vajilla y a mantener el agua caliente para el té. A veces me preguntaba cuál era el mecanismo interior que hacía funcionar a mi madre, si acaso la que me había dado el ser era una máquina programada para resistir las embestidas de la vida, sin más obligación que ver los días pasar desde una ventana empañada de indiferencia.

–Gracias, Edgar.

Hacía una semana que se había decidido a otorgarle al extranjero un trato amistoso.

–Te agradezco que nos acompañes en un momento así.

Los dos dientes de la vieja asomaron a la superficie. Eran de una longitud extraordinaria, como si su soledad les hubiera dado alas para cobrar formas caprichosas. Así, aquellos incisivos más parecían los colmillos de un dragón que los dientes de una anciana; daba pavor pensar en ellos, contemplar su brutalidad al cobijo de una boca insignificante. Recordé al punto las palabras de Inocencio, mi criado: “Nunca hay que fiarse del agua mansa, se lo digo yo que sé de qué hablo”, decía el infeliz sorbiendo los mocos que se precipitaban hacia su mostacho de buhonero. La hija de Inocencio había sido hallada muerta en el bosque tres años atrás. Todavía hoy se desconocía la identidad de su asesino. Cuarenta y cinco puñaladas no habían sido suficientes para borrar de su mente el recuerdo de Celina. “Se lo digo yo, que sé de lo que hablo”, repetía el infeliz.

El desconocido tomó las manos de mi madre entre las suyas. Fue apenas un instante, lo justo para que ella sintiera una quemazón en el pecho, como el estallido de una granada. De inmediato se zafó de su contacto.

–Cristiana, trae una silla para Edgar –ordenó.

“Ajá”, me dije, “la máquina de mi madre comienza a engrasar pasiones”. Entonces, como en un sueño, la imaginé siendo estrechada entre los brazos de aquel caballero extranjero, abriéndose a unas caricias abrasadoras que fundiría de una vez por todas la coraza metálica que la tenía presa. Mientras, mi padre permanecía quieto en su ataúd de roble, con las manos muy juntas y los ojos cerrados a la traición. Mi madre lo ignoraba pero Nicolás tenía una amante, y de su unión ilícita había nacido una niña. La había visto sólo un momento, por casualidad, una tarde al salir de la Iglesia. Iba cogida del brazo de una mujer menuda que caminaba de forma marcial, como si fuera el sargento de todos los regimientos. Luego, sin detenerse, había cruzado la calle, adentrándose al poco en una casa de fama sospechosa, esas en la que se dan cita las perdidas y los sinvergüenzas. Pude ver claramente como Nicolás se reunía con ella; sin embargo, lo que más me dolió fue el modo que tuvo de besar a la niña, con una devoción que nos había robado a Cristiana y a mí. Juré desde aquel día destinar todas mis fuerzas a odiarlo, poner mi futuro a los pies de un rencor que ya comenzaba a envenenarme. ¡Pobre diablo! Era demasiado cobarde para nada excepto para compadecerme. Nicolás se había largado de nuestra casa a lo grande, con los pies por delante, haciéndonos la burla desde las estepas de nuestro pensamiento donde sin duda se había instalado con una desfachatez insoportable. Me dieron ganas de arrojar sus despojos escaleras abajo; en cambio, lo que hicieron mis manos fue arreglar el clavel de su solapa. “El amor es lo único en este mundo que puede salvarnos del aburrimiento”, pensé. Y sin saber por qué el recuerdo de aquella niña feucha vino en mi busca.

–Se llama Natacha –dije acalorado.

–¿Quién?

Los ojos de mi madre despertaron a la curiosidad.

–La hija de tu marido –hice una pausa para mirar al intruso que, a pesar de haber recibido la silla de Cristiana, no se decidía a ocuparla–, la hija bastarda de Nicolás.

Las viejas enlutadas se tragaron sus rezos.

–¿Nuestro padre tiene una hija? –Cristiana se había acercado casi de puntillas, echando a un lado su natural afán de llamar la atención.

–Así es –afirmé adelantándome hacia el caballero.

–Creo que mi presencia aquí sobra –murmuró tomando nuevamente la mano de mi madre.

–Quédese –dijo ella regresando a la formalidad–. No tengo nada que esconder.

Cristiana se cruzó de brazos. Las viejas eran sólo una mancha negra en el saloncito.

–En buena hora nos das semejante noticia. Tienes tanta delicadeza como mal humor –me reprochó haciendo un mohín de fastidio con su boca de grana. Iba su gesto dirigido al intruso. Cristiana estaba hecha para la perdición, para arrastrar las voluntades de los hombres por un fango infinito.

–Insisto en que mi presencia… –comenzó a decir el del sombrero llamativo.

–Quédese –repetí sin saber qué me había conducido a claudicar.

–Eso, quédese Edgar –habló mi hermana con voz de almíbar.

“¡Ah Lorenzo!, la cobardía ¿qué otra cosa si no?”, dijo una vocecita en mi interior. Para acallar la conciencia le propiné un golpe a la silla, igual que si ella fuera la culpable de los males de la humanidad.

–¿Eso es todo lo que sabes hacer?

Los brazos de Cristiana descansaban ahora sobre sus caderas. Me fijé en su mirada fría, de asco y dejándome arrastrar por mi inherente estupidez de nuevo la abofeteé.

–¡Animal! –exclamó apretando los dientes. Después salió como una flecha del saloncito. Los volantes de su falda se agitaron en el aire con la suavidad de cien amapolas–. ¡Cerdo asqueroso! –oímos desde el jardín.

El caballero de familia desconocida murmuró una disculpa y se precipitó en busca de Cristiana. Las mujeres como ella necesitan constantemente ser consoladas por unos brazos que vienen y van, que han cruzado Europa de parte a parte y que de noche, al abrigo del heno, escriben promesas en francés sobre una piel que ya repudian.

–Ve con ellos –me pidió mi madre vertiendo té sobre la vieja desdentada.

–Se llama Natacha –repetí con una maldad mayúscula antes de abandonar el saloncito.

En el jardín, Cristiana aceptaba el pañuelo del extranjero con tal gracia que más parecía que daba su consentimiento para un baile que tomaba un simple trozo de tela. En una de las esquinas había bordadas dos iniciales: la E de Edgar y una M alargada en exceso que no supe descifrar. Me apoyé en la puerta y encendí un cigarrillo. Mi actitud daba a entender una indiferencia que estaba lejos de sentir, pues mis ojos no se apartaban de los ojos de Cristiana. Quizá por ese motivo mi hermana se colgó del brazo del intruso y caminaron pegados el uno al otro hasta el embarcadero. Di una calada larga y ahogué la rabia en mis pulmones. Allí permaneció un buen rato, hasta que mi deber recién impuesto me empujó a seguir sus pasos. Esta vez mandé la discreción al cuerno. Antes de que pusieran un pie en la barcaza lancé un grito de advertencia. Se lo había visto hacer mil veces a Inocencio, en plena noche, en mitad de una calle desierta de hombres y coches. Solía aullar el infeliz como un lobo en celo; daba miedo estar a su lado porque cobraba entonces un aspecto amenazador, igual que uno de esos criminales de novela que saltan a la yugular de los tarambanas, de todos aquellos que son incapaces de encauzar sus vidas y que por su torpeza merecen morir irremisiblemente y de la forma más cruel. Los pobres siempre mueren a manos de una tragedia exquisita, es su último acto glorioso. Tiré la colilla y me planté entre medio de Cristiana y Edgar M. Los ojos del hombre que había viajado por toda Europa eran verdes y amarillos, de gato. Me fijé en su nariz, torcida hacia la izquierda, y en su barbilla poderosa, y en sus labios llenos, y en sus mejillas salpicadas por una viruela que había hundido su juventud en la desconfianza. Era el intruso de una fealdad hipnótica.

–¿Qué quieres ahora? –me espetó Cristiana reanudando su enojo.

–No eres tú la que debes preguntar si no yo, ¿dónde te crees que vas?

El aire comenzaba a ser fresco. Mi hermana se abrazó en busca de calor.

–Permítame –se apresuró a decir el extranjero cubriéndola con su vieja chaqueta de sastre.

Sin mediar palabra me despojé de la mía y retirando aquella prenda pasada de moda y algo polvorienta envolví a Cristiana con ella.

–Si tienes frío será mejor que regreses a casa.

–Tú no eres mi padre –se defendió.

–Pero soy el que va a cuidar de ti a partir de hoy.

–¡Imbécil! –escupió arrojando la chaqueta al suelo.

Después Edgar M y mi hermana subieron a la barcaza.

–Permítame –habló de nuevo el extranjero ayudándola a acomodarse.

Completamente quieto los vi alejarse de la orilla. Edgar se despidió agitando el sombrero con mucha cortesía, sólo tras asegurarse de que yo no me movería del sitio. Cuando me encendí el segundo cigarrillo mi criado estaba junto a mí.

–La señora me manda decirle que van a empezar los rezos.

En el interior de la barcaza Cristiana desataba su risa de prima donna. Me dieron ganas de estrangularla

–Vamos –le dije sin apartar la mirada de sus botas. Su suciedad logró conmoverme por un instante.

Inocencio caminaba de forma apresurada, arrancándole al aire zancadas imperiosas, sin dejar de chasquear la lengua en el interior de su boca inmensa, ese abismo que desprendía un constante olor a vino de taberna. Nunca antes había despertado interés en mí su persona; sin embargo, al tenerlo tan cerca, no pude sino observarle con detenimiento, desde los pies a la cabeza, donde una cabellera crespa y abundante flotaba al compás de su marcha. Calculé que sobre la espalda amplia de Inocencio bien podrían cargarse al menos dos sacos de patatas, incluso imaginé que sería capaz mi criado de trasportar un muerto. Ese pensamiento me devolvió a Nicolás, mi padre. Inocencio había sido el último en verlo con vida. Recuerdo con exactitud cómo habían estado bebiendo después de la cena, frente a la chimenea apagada, vaciando botella tras botella y haciendo estallar los vasos contra el suelo. Brindaban a la salud de nadie, como suele suceder en estos casos. Los borrachos no necesitan velar por su existencia porque apenas se dan cuenta de que viven, de que sus bocas sirven para otro menester que no sea ingerir alcohol. Me pregunté, mientras cruzábamos el porche, si a caso mi criado sentiría algún pesar por la muerte de su compañero de correrías. Las relaciones entre los hombres de diferente condición casi siempre sorprenden por su complejidad. Nicolás obligaba a toda la servidumbre a llamarlo Señor Nicolás, con un tono solemne, pronunciando perfectamente la palabra “Señor” como si ni él mismo acabara de creerse merecedor de semejante dignidad. “Señor Nicolás por aquí, señor Nicolás por allá”. Esas eran las únicas frases que se escuchaban en mi casa a todas horas. Sin embargo, con los primeros velos de la noche, todo cambiaba y lo que antes había sido mandato indiscutible se tornaba de súbito en ley revocada, echada a un olvido pasajero frente a una chimenea que se llevaba los malos humos que exhalaban de la cabeza grandiosa de mi padre.

–Para ti soy Nicolás a secas –le decía derramando su coñac más preciado.

–Sí, señor –aceptaba Inocencio acercando su vaso con avaricia.

–Nicolás, hombre, Nicolás, ¿Es que no somos iguales?, ¿no estamos compartiendo mesa y confidencias? El coñac es el mejor amigo de los hombres como nosotros –sentenciaba mi padre, librándose de las etiquetas y adquiriendo una pose de pobre diablo–. Bebe, Inocencio, bebe hasta que te reviente el alma.

No escuché más porque subí de inmediato a mi alcoba. Cristiana me aguardaba al pie de la escalera. Sus trenzas estaban deshechas y traía la falda revuelta, puesta del revés.

–¿Está abajo? –me preguntó en un susurro.

Su voz era ronca y sensual. Por un momento quise que mi hermana fuera una desconocida. Por si acaso, aparté la mirada de su rostro, encendido y salpicado de sudor.

–Sí, está con Inocencio.

–¿Todavía?

Asentí en silencio. Cristiana entonces comenzó a retorcer con impaciencia los volantes de su falda.

–¿Por qué Dios nos ha castigado con un padre borracho?

Siempre que surgía algún contratiempo la ira de mi hermana se dirigía directamente a Dios.

–Es el peor padre del mundo, preferiría mil veces ser huérfana a tener que soportar a esa bestia.

Luego se sentó despacio en el peldaño más alto, con la frente erguida, como si fuera una reina a punto de presenciar la ejecución de un reo.

–¿Crees que la muerte de un borracho es importante? –dijo al cabo dejándome tan frío como una estatua.

–La muerte siempre es importante.

–Bah, no sé por qué me molesto en preguntarte nada. Eres un cobarde.

La tomé por los hombros con fuerza, después acerqué su boca a la mía y la besé con toda la rabia de la que era capaz. Sobre los labios me dejó un gusto a anís y a sangre.

–¿Un cobarde se atrevería a besar así a su hermana?

–¡Imbécil! –escupió atravesando el saloncito con la rapidez del rayo.

Frente a la chimenea, Inocencio y mi padre apuraban el quinto vaso. A sus pies yacían los restos de su particular contienda, una batalla que normalmente ganaba la inconsciencia.

–Salut, mon ami! –exclamaba Nicolás en un francés tan afectado como impropio.

Horas más tarde el hombre que se hacía llamar “Señor” protagonizaría una muerte sin importancia. Cristiana fue la primera en darme la noticia.

–Baja al saloncito, nuestro padre ha muerto –pronunció con una pasión conmovedora.

Cuando el criado se volvió hacia mí, sus facciones se me antojaron amenazadoras, como las de una animal herido. Hubiera jurado que en el corazón del bosque, Inocencio daba rienda suelta a su ferocidad. La muerte de Celina lo había convertido en un solitario peligroso, de esos que buscan compañía para liquidarla.

–A partir de este momento quiero que me llames “Señor Lorenzo” –le dije tomando la delantera.

–Sí señor.

Me dieron ganas de despedirlo. Los criados tienden a pensar en la inferioridad de sus amos, lo que les hace desconfiados y distantes. Una barrera que yo me impuse el deber de no traspasar de noche, frente a la chimenea. En el saloncito un frío intenso me dio la bienvenida. Allí encontré a Vladimiro y a Rosita, mis abuelos paternos. Las mujeres enlutadas se habían esfumado dejando un humo blanco en la estancia, las cenizas de todas sus penas.

–¡Muchacho, al fin nos vemos las caras! –exclamó Vladimiro extendiendo sus brazos de remo hacia mí.

Yo me dejé capturar por su alegría. Mi abuelo siempre estaba contento, era como si hubiera nacido para torear las desdichas. Ni siquiera había llorado al enterarse de la muerte del hijo.

–Qué le vamos a hacer, son cosas de la vida –decía encogiendo los hombros y dando una chupada a su cigarrillo.

Ocupando el lugar de la vieja desdentada se hallaba Rosita. Bajo un abrigo ajado asomaba el encaje de su camisón. Tenía los pies descalzos, parecía que algún malintencionado la hubiera arrancado del lecho para traerla hasta nosotros. Sus manos blancas y huesudas arrojaban monedas sobre la taza donde el té no había dejado de humear.

–Qué le vamos a hacer, son cosas de la vida –repitió Vladimiro mirando a su mujer.

Hacía un año que Rosita había perdido la razón. Ahora no vivía más que para escaparse de casa y correr hacia el mar. A la orilla de una playa que ya llevaba su nombre, mi abuela llamaba a los marineros que surcaban las aguas, con voz de sirena, y sin esperar respuesta se arrancaba el camisón para que la luna iluminara su desnudez, un cuerpo lozano todavía que despertaba su propia lujuria. Cristiana se mostraba desdeñosa con la madre de Nicolás. Decía que una vieja no tenía derecho a reclamar las atenciones de nadie, mucho menos de unos marineros que nunca estaban. Las dos tenían los ojos azules, de océano esquivo.

Mi madre sirvió más té. En su ataúd de roble mi padre dormía la borrachera de la vida.

– “Señor Nicolás, señor Nicolás…” –oímos desde el jardín.

Reconocí al punto el tono arrogante de Inocencio.

Junio 8, 2009

Algo huele mal

Archivado en: relatos — angelicamorales @ 9:04 pm

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Algo huele mal, obra de Ubé

En efecto, el rellano apestaba. El olor comenzó a propagarse de madrugada, a hurtadillas, descendiendo sutil y etéreo, una mano invisible impregnada de hiel.

No le quedó otro remedio que reprender al vecino del tercero. Se armó de valor y llamó al timbre, tres veces seguidas, con determinación; repasando mentalmente su discurso para evitar olvidarlo en cuanto asomara su rostro por entre la puerta. Siempre le ocurría lo mismo. Su semblante de cordillera le causaba gran estupor, le hacía enmudecer y borraba de inmediato cualquier reproche. No se podía hablar con seriedad con alguien cuyas facciones definían a la perfección los Montes Universales en el carrillo derecho, Sierra Morena en el izquierdo, y un incipiente levantamiento pirenaico en la frente. No, de ninguna manera puede uno concentrarse con la visión de la geografía hispánica de su semblante, con unas venas azuladas que surcaban de parte a parte su piel cetrina. ¡Mira, el Ebro!, podía exclamar llena de alborozo. ¡o el Miño, sí, el Miño y más abajo, junto a la barbilla el Guadalquivir! El Guadiana aparecía y desaparecía por las aletas de su nariz, como si se adentrara a conveniencia en las profundas cavernas de aquella prominencia picuda y desafiante. Un pelo ralo y grasiento coronaba su cabeza apepinada, maltrecha y abandonada, como un desierto por descubrir.

–¿Qué quiere usted? –le preguntó aquel conjunto de cordilleras con aspereza.

–Mire usted…–comenzó a decir ella. Y su voz se fue perdiendo hasta caer sobre las baldosas sucias del rellano. Las bolsas de basura la acogieron en su seno, como si fuera una huérfana.

–¿Qué quiere usted? –repitió el vecino con indiferencia. Para su asombro, lucía unos zapatitos de charol blanco, reluciente como el vidrio. Lo observó con detenimiento y se percató entonces de que las aletas de su nariz acababan de engullir el Guadiana. Ella siguió su último rastro con cierta nostalgia. Todo lo que desaparece y aparece por arte de birlibirloque lograba conmoverla. Sobre sus zapatos de nube derramó una lágrima seca, tan gorda que se precipitó escaleras abajo

–Mire usted –repitió con ánimo renovado–, el rellano no es un contenedor de basuras, señor. Ni mucho menos un vertedero. Así que haga el favor de desalojar sus inmundicias o lo denuncio a usted las veces que haga falta denunciarlo.

Eso no entraba en su discurso. Había hilvanado para la ocasión frases que invitaban a la concordia, una gramática sutil y etérea como el olor que había comenzado a impregnar la escalera y que ya podía masticarse sin necesidad siquiera de abrir la boca. Sin embargo, se decantó en el último momento por un lenguaje más contundente. Prefirió las palabras afiladas, esas que se clavan como puñales en la conciencia del que las recibe.

Sostuvo su mirada con frialdad, pero de inmediato la cordillera Ibérica reclamó toda su atención y se vio esquiando a sus anchas por las pistas de Camarena, o recogiendo florecillas silvestres a la altura de Babia, ajena a la pestilencia que reinaba en la vecindad. De Sierra Morena surgió un grupo de bandoleros que le robaron el reloj y un pañuelo con sus iniciales bordadas.

–Mire que le denuncio las veces que hagan falta denunciarle –insistió señalándolo con el índice. Estaba empezando a acalorarse. Pequeñas gotas de sudor como perlas recién compradas recorrían su frente. La paciencia tiene un límite, pensó apretando los puños y sintiendo como en su estómago se desataba una tormenta de ira.

–¿Qué quiere usted? –repitió el hombre y, arrugando su rostro de cordillera, se rascó con indolencia la coronilla desértica.

–¡La basura! –le recordó ella al borde del estallido.

La falla de su cuello se movió lentamente hacia las bolsas de basura. Todo comenzó a temblar. El Guadiana se escondió de nuevo en las profundas cavernas de su nariz, los Pirineos iniciaron un plegamiento furioso; su frente cobró el aspecto de una pasa, pero era ésta una señora pasa pirenaica. Sus carrillos se abrieron como un abanico pétreo para después volver a su antigua posición. Notó que habían surgido montañas nuevas. El Ebro se desbordó y el Guadalquivir serpenteó con gracia dejando en su mentón un rastro húmedo. Pero cuando aquel rostro dejó de agitarse, ella sintió un leve temblor bajo sus piernas. Algo parecido a una lengua de fuego lamió su columna vertebral poniendo en alerta todos sus sentidos.

–Mire que lo denuncio los veces que hagan falta denunciarle –pronunció con la voz atenazada por el pánico.

No le dio tiempo a más. Las baldosas sucias del rellano se abrieron hambrientas para engullir su cuerpo.

Sus restos fueron encontrados meses más tarde, junto a unas bolsas de basura apiladas en el rellano del hombre de rostro de cordillera.

Dicen que de madrugada se escuchan sus pasos encadenados a un lamento suave, de melocotón pelado que ronda los umbrales sintonizando peldaño sí, peldaño no el dial de su eterna letanía.

–¡Mire que lo denuncio las veces que haga falta denunciarle! –exclama un eco con andares de chicharra

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