Desde la ventana

“Desde la ventana”. Ilustración de Ubé.

El señor Roberto huele a churros de domingo, con un ligero toque de azúcar

y camina regalando fogonazos de lavanda,

que arroja como si tal cosa mientras le arranca pasos al aire,

cortos y toreros.

Tiene la sonrisa cautiva, y los dientes muy blancos,

de mula recién parida.

De noche se perfuma de azahar, hasta que la madrugada le devuelve un aroma

a orín de taberna.

Las ciudades son cloacas que destilan esencias putrefactas, me digo.

Respiro hondo, dejando atrás al señor Roberto, entonces

me doy de bruces con Engracia, la modista,

que trae un toque de avena prendido al cabello.

Sus ojos son del color de la tormenta y tiene los carrillos encendidos,

al punto de ebullición, sobre todo los domingos,

cuando sale del cine de la mano de Antonio.

Entre sus palmas el sudor se convierte en tomillo,

ese que arranca en la era cuando se despiden muy juntos,

labio a labio los dos.

La tarde ha ido menguando y la oscuridad se cierne sobre nuestras cabezas.

Doña Francisca parece sostener una corona de alabastro,

pero al acercarme no es otra cosa que un sombrero,

nuevo y carísimo comprado en Barcelona.

Me saluda coqueta, su rostro es tan pálido,

como el de un cirio y se desprende de él cierto recuerdo a lilas marchitas,

lo mismo que si hubiese estado deshojando recuerdos entre los visillos.

Observo sus zapatitos de tacón en la lejanía,

al doblar la esquina comprendo que su arrogancia está contenida,

como mis ganas de correr hacia Tomás, el farero.

Acaba de meterse en un bar angosto,

de esos donde la desvergüenza se bebe a sorbos.

Estar con él es como atrapar el mar en un puño,

la única tempestad proviene de su cabellera hirsuta,

semejante a la de un neptuno de pacotilla.

Fuma en pipa dejando el aire impregnado de regaliz rancio,

Después, si ha bebido vino, eructa por lo bajini.

Estoy convencida de que sus labios son odres que fermentan desdichas.

Abandono la tasca y enfilo la cuesta.

Desde las ventanas me llega un olor a borraja y jamón,

pero el ruido lo engulle todo, de un bocado,

coches que golpean el silencio con ráfagas bailongas.

En su interior huele a podrido.

Tengo la nariz arrugada al regresar a casa,

en un intento por cerrarme a la vida.

Mi habitación es un campo a través donde crecen margaritas de quita y pon.

Sobre la mesilla descansa una rama de olivo.

Despierta la avidez en mí,

y olfateo más allá de mi ombligo, hasta alcanzar el origen del mundo.

Al día siguiente un olor familiar impregna el barrio.

Me asomo a la ventana con prisa.

Desde allí veo pasar el cortejo.

El señor Roberto es introducido en un coche fúnebre.

A churros de domingo con un ligero toque de azúcar,

me digo, a eso huele el fin.

Anuncios

2 pensamientos en “Desde la ventana

  1. Qué evocadores son los aromas, ¿cierto? Vidas enteras podrían reconstruirse apelando a la memoria olfativa…

    Me gustó tu escrito, angelicamorales, me quedaré a husmear un rato si no te importa.

  2. Lo que realmente pienso de este texto, que solamente es un sueño surtido con aromas de distintos tiempos, me gusta su descripción y el estado ritmico de sus palabras. Por otra parte muy nostálgico. Me ha dejado esa sensación.

    Chinasklauzz

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s