El señor del arcón (y 2)

“Arcón”, obra de Ubé

Norberto Solís se probó el traje blanco de lino. Las axilas le tiraban y los pantalones se le habían quedado cortos. Simulaba ahora un fantoche embutido a la fuerza en unas galas ajenas, un pobre hombre de hoy con la dignidad estrecha de ayer.

—¡Maravilloso! —exclamó Antoñita entrecerrando sus ojos de lince. Y de súbito hizo girar la silla alrededor de la bola del mundo, igual que si fuera un satélite alocado. Su padre la contempló con gesto severo, intentando adivinar en el rostro acartonado de aquella desconocida las delicadas facciones de su Antoñita.

—¿Cuántos años tiene usted? —le preguntó cuando comenzaba la octava vuelta.

Antoñita sonrió con arrobo, la velocidad había dividido en dos sus intenciones y ahora lucía una faz casi casi diabólica, similar a la de la generala Tomasa cuando galopaba a lomos de su caballo percherón por el páramo.

—Acabo de cumplir ochenta y cinco —y su boca se cerró lo mismo que una flor de cementerio.

Norberto Solís quiso sentir lástima, pero su corazón todavía se empeñaba en mantener congelados sus sentimientos. Se encogió de hombros y le dio la espalda. Antoñita frenó la silla en seco y, jadeante, clavó sus ojos en el Bósforo, vacíos como los de una estatua griega.

Una mujer chiquita con un gramófono colgado en su oreja izquierda emergió del fondo de un baúl. Se guardaban en él todos los recuerdos del mañana. Venía con una sonrisa recién estrenada, amplia e inmaculada, y tarareaba noticias desastrosas que hablaban del fin de todos los mundos. Antoñita habló con frialdad.

—¿Qué sucede, Casiana?

—Los periodistas ya están aquí. Han instalado sus cámaras en la sala de armas y se ha montado la de Cristo es rey. El explorador Andrés les ha relatado doce veces la historia de su vida, que no es otra que la de haber muerto de la manera más tonta cuando apenas comenzaba a vivir, mientras que las cabezas reducidas se insultaban con inquina las unas a las otras, aumentando considerablemente el volumen de su sinvergonzonería. Ya han conseguido cuatro exclusivas en una revista culinaria y amenazan con enfrentarse en un plató de televisión cinco veces por semana para contar en directo las vicisitudes de una cabeza de chorlito como Dios manda. Un verdadero caos, Antoñita —voceó con satisfacción.

El señor del arcón contempló a aquella extraña criatura durante largo rato, después se acercó a ella con sigilo, sin apartar los ojos del gramófono desde donde se escapaban las notas funestas de un pasodoble. A la que quiso darse cuenta se encontraba en brazos de Fuensanta, la bibliotecaria, que pegaba su cuerpo al suyo buscando con candor su contacto helado.

—Baila usted como un calamar —le dijo haciéndose la veinteañera—. Nunca había bailado con una celebridad congelada. Me estremezco de emoción —y fingió que le daba un calambre en el tobillo para apretar aún más su cuerpo contra el hombre—. ¿Es cierto que se metió en un arcón porque estaba harto del mundo? ¿Cree que el mundo tiene remedio? ¿Cómo se siente habitando dos mundos al mismo tiempo? ¿Hay que estar más allá que acá para entender el mundo? ¿Hay otros mundos más interesantes que el nuestro? ¿Giramos alrededor de un mundo equivocado? Hábleme de su mundo, no mejor, dibújeme un mundo nuevo ¿Si congelamos nuestros corazones accederemos a un mundo mejor? —e inmediatamente cayó fulminada al suelo, igual que se la hubiera atravesado un rayo.

El hombre más alto del mundo llegó en su auxilio y poniendo en movimiento sus brazos de remo, recogió a aquel ser indefenso de las baldosas, transportándolo con sumo cuidado al depósito. Allí, los pechos incorruptos de la madre Ederlinda le dieron la bienvenida, y unas bocas maldicientes le insuflaron el aire necesario para devolverla a la vida.

—Un paso más y te corto el dedo gordo, so bacalao —le dijo al brazo santo del charcutero Alfonso cuando éste intentaba trepar por sus nalgas.

Casiana había desaparecido de la sala de mapas haciendo sonar con fuerza su gramófono. Se marchó sin prisa, dando pequeños saltos entre una noticia terrible y otra más terrible aún. Junto a la bola del mundo gigantesca, Norberto Solís continuaba digiriendo pensamientos.

—Papi, ha llegado el momento de ser más que nadie —le dijo Antoñita interrumpiendo su concentración—. Tienes la obligación de contarle al mundo tu viaje a ninguna parte.

Hablaba con una voz suave, de clavel chino, y sin embargo en sus ojos de lince titilaba una soberbia de siglos.

—Recuerda que ahora eres un ser extraordinario, alguien que ha decidido regresar del más allá para darse la gran vida acá. La gente te venerará sólo por eso, hará cola para escuchar tus palabras huecas, estampará tu imagen en camisetas, adoptará tu estilo insulso, se fotografiará en el arcón con su familia, querrá comprar un chalet junto al museo y no dudará en bautizar a sus hijos con tu nombre. Y yo estaré contigo para compartir el peso de este triunfo banal. Nos alzaremos con un protagonismo perecedero y habremos al fin conseguido pasar a la posteridad —afirmó con la rotundidad de un césar—. Algún día nos levantarán una estatua en la plaza y nuestros rostros se encerrarán en marcos historiados desde donde podremos competir en arrogancia con la generala Tomasa. El pueblo nos forjará una leyenda estúpida que traspasará todas las fronteras imaginables ¿No te parece magnífico? —le preguntó con las mejillas rubicundas.

Norberto Solís había permanecido impertérrito. Por sus venas comenzaba a bullir la rebeldía de años atrás, cuando decidió enterrarse en el hielo. Definitivamente el mundo continuaba siendo el mismo. No sentía la necesidad de compartir con extraños el largo sueño de los que no esperan nada. Se preguntó en silencio si acaso la única vida verdadera estaba en el arcón y vinieron a su mente las imágenes vacías de su letargo, y recordó sentirse nadie rodeado de gambas muertas y trozos de pollos arrancados a la razón. Por primera vez añoró la existencia que no tuvo y se compadeció de los que habitaban en un mar de embustes haciéndose cada día más y más insignificantes, unos monstruos que debían encerrarse en el sótano de todos los pensamientos que todavía estaban por mancillar. No, Norberto Solís no estaba dispuesto a compartir su secreto.

Poco a poco se fue despojando del traje de lino hasta quedar desnudo ante los ojos asombrados de Antoñita que creyó ver en la palidez de su piel el reflejo del mismísimo demonio. Sin mediar palabra caminó en dirección al arcón. No hubo despedidas, Norberto Solís apenas reconocía a aquella extraña que giraba su silla con la fiereza de un puma.

Cruzó la sala de mapas, giró a la izquierda y se tropezó con el hombre más alto del mundo que inclinó su cuerpo colosal a modo de saludo. Norberto, de un salto, le colocó el sombrero de ala ancha. Pantagruel sonrió mostrando una dentadura penibética donde un matrimonio de jubilados paseaba cogidos de la mano recordando su felicidad a medias.

Abrió la tapa del arcón e introdujo una pierna. La generala Tomasa seguía sus movimientos expectante, arrugando su nariz de cóndor mientras las lenguas más desvergonzadas insistían en su letanía.

—Hay quien la ha visto volar encima de una alfombra de esparto, con el pelo suelto y unas medias de lana gorda —afirmaba una rodeándose la cintura con sus brazos de araña.

—¡Ahí es nada! —exclamaba otra frunciendo el ceño.

—Yo podría jurar que cuando hay luna llena se convierte en dragona y anda por el pueblo escupiendo una niebla espesa que no hace sino sumirnos en un soberano aburrimiento.

Desde el sótano llegaban las protestas acaloradas de Antoñita. Casiana se encargó personalmente de propagarlas a través de su oído izquierdo donde el gramófono escupía los reproches al son de un bolero.

—Papi, no me dejes sola —rogaba—, me volveré a poner minifalda, te lo prometo… —se lamentaba la desdichada.

En la sala de armas reinaba la calma.

Ya nadie recordaba al señor del arcón.

Un hombre con dos pupilas filmó en el último momento la descomposición del brazo santo del charcutero Alfonso. Los pechos incorruptos de la madre Ederlinda aparecieron semanas después en las portadas de todas las revistas.

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