Las barbas de mi madre (2)

Las barbas de mi madre 2, obra de Ubé.

Hacía quince años que me había instalado en las barbas de mi madre. En ocasiones mi hermana subía a hacerme un poco de compañía, pero acababa extraviándose o se caía pelos abajo porque tenía un pésimo sentido del equilibrio y mucho menos de la orientación.

—No sé dónde estoy, Josefina, hazme una señal —me pedía mi hermana Claudia desde el otro lado del mentón de mamá.

—¿Está muy poblado, poblado a secas o despoblado? —le preguntaba alzando la voz para hacerme una idea del lugar exacto en el que se encontraba.

—Pues no sabría decirte, hermanita. Depende de lo que se entienda por despoblado, muy poblado o poblado a secas. ¿No podrías hacer una pregunta más concreta?

Mi hermana Claudia tenía un concepto muy particular de las cosas, de las medidas, de los números y de cualquier cuestión estúpida en general.

Ignorando su petición, cogí mi mochila, me puse unas zapatillas de montaña y me dispuse a rescatarla de las cumbres peludas y borrascosas de mi madre. Me imaginaba que Claudia habría subido ligera de ropa. Ella ignoraba que en el mentón planicie de mamá soplaban todos los vientos al mismo tiempo, el del este, el del oeste el del norte y el del sur. En ese momento el que más fuerza cobraba era precisamente el sureño, e intuía por el dolor de mis huesos que posiblemente se acercaba una tormenta. Mamá siempre que estaba nerviosa desataba en su mentón fuertes tormentas que escupían desde un cielo amenazador y exclusivo rayos y centellas. Por ese motivo metí el paraguas en el interior de la mochila y me puse el chubasquero reflectante para que Claudia pudiera atisbarme a varios kilómetros ya fueran en redonda o en cuadrada.

—¡No te preocupes, hermana. Voy a buscarte, no te muevas! —grité poniéndome en marcha y luchando contra el gélido viento.

—Está bien, me echaré una siestecita hasta que vengas.

Después de luchar contra el temporal, de haber pasado por zonas pantanosas, de haberme empapado por aguaceros feroces, de atravesar espacios desérticos y de sudar al mismo tiempo que temblaba de frío, hallé a Claudia tumbada sobre el vello más fino de la meseta mentoniana de nuestra madre. Mi hermana con una sonrisa dibujada en su rostro infantil dormía placidamente. No quise asustarla, así que la zarandeé con suavidad.

—Claudia, claudia, despierta.

Claudia abrió los ojos despacio, estiró los brazos y bostezó ruidosamente.

—Menos mal, empezaba a pensar que me iba a quedar aquí eternamente, y hoy tengo cita con la esteticién para depilarme las pantorrillas.

—Deberías haberme avisado de que vendrías. Hubiera bajado a recogerte.

Claudia me miró.

—Tenía ganas de adentrarme solita en las barbas de mamá. Tú no tienes la exclusividad, Josefina. Yo también tengo derecho a subirme a sus barbas y a acampar en ellas si se me antoja.

Mi hermana tenía razón. Hacía tanto tiempo que habitaba las barbas de mi madre que creía que me pertenecían.

—Bueno, bueno. Yo estoy de visita, lo que ocurre es que me cuesta marcharme, eso es todo —me excusé reiniciando la marcha.

—Mamá me ha dicho que te diga que ha conocido a un señor de Soria y que se va a pasar con él unas vacaciones.

—¿Y qué tiene que ver un señor de Soria conmigo?

—¿No te lo imaginas? —me preguntó echando su lacia melena hacia atrás.

—Francamente no.

—Es muy sencillo, mamá quiere intimidad. Así que te aconsejo que abandones sus barbas por unos días y te instales en otro sitio.

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