Las barbas de mi madre (4)

Las barbas de mi madre 4, obra de Ubé

Habíamos ido caminando durante la conversación. De vez en cuando Claudia se detenía y respiraba con satisfacción el aire puro de la barbilla peluda de su madre, un aire que, afortunadamente, estaba exento de contaminación. El contacto con este medio natural que limitaba sin fronteras con la realidad conocida y el conocimiento ficticio sumía a mi hermana en un estado de gran agitación. Sus sorprendentes reacciones llegaron a poner mi paciencia al límite, pues tan pronto se detenía y se echaba una siestecita que podía durar dos horas como echaba a correr mentón abajo atravesando rauda los bosques de pelo a los que, en su trayecto demoníaco, llegó incluso a bautizar.

—Tú te llamarás pelo royo —decía pasando a la velocidad de la luz—. ¡Y tú pelo negro! —le gritaba a otro sin detenerse—. Y tú… —su excesiva velocidad la hizo chocar contra un pelo pino. Del golpe cayó al suelo—. Tú te llamarás pelo tonto —dijo tocándose el chichón que comenzaba a aflorar en su cogote—. Deberías talar algunos pelos, son un peligro para los turistas.

—Me opongo rotundamente a hacer talas innecesarias. Las barbas de mamá son patrimonio de la humanidad.

Mi hermana Claudia me miró como si estuviera en presencia de una demente. Ya había perdido todo interés en la visita y de vez en cuando lanzaba miradas furtivas hacia abajo, contemplando desde la altura barbuda el mundo real. Llegando a mi campamento, Claudia, como consecuencia de un brinco soberbio, se torció un tobillo. No me fue difícil darle los primeros auxilios. Cuando era una adolescente, antes de instalarme en las barbas maternas, las monjas de mi colegio me enseñaron a socorrer a mi prójimo. En primer lugar debía cerciorarme de que, en efecto, era un ser de mi misma especie, de un color idéntico y con unos padres que tuvieran una renta per cápita similar a la de los míos, además de poseer bienes inmuebles, asistir a misa cada domingo, donar limosnas sustanciosas a la parroquia, acompañar a los pasos en la procesión junto al obispo y las autoridades corruptas y manejar discretamente grandes cantidades de dinero negro que no irían destinadas jamás a fines benéficos, patrocinados por desalmados comunistas. Por ello las probabilidades de toparme con seres afines a mí y convertirnos juntos en prójimos de ayer y de siempre fueron casi nulas. Es cierto que en alguna ocasión me di de bruces con gente que parecía ostentar sobre sus cabezas coronas invisibles, que caminaban con parsimonia sosteniendo sobre sus hombros huesudos el peso de todos los pueblos subyugados, que aferraban con sus manos cetros de baratija. Pero ninguno de aquellos seres me reconoció como su semejante, ni me pusieron la otra mejilla cuando intenté asestarles en vano una bofetada. Ninguna de las monsergas católicas que musitaban las monjitas de mi colegio se llegaron a cumplir. Fue entonces cuando dejé de buscar semejantes, de hacer el prójimo y de asistir a misa los domingos y fiestas de guardar. Me reservé la doctrina y actué por instinto.

—¡Eres un animal —se quejó mi hermana mientras ponía en práctica los auxilios de supervivencia barbuda.

—Lo que ocurre es que eres una quejica, Claudia —contesté sin dejar de apretar la venda alrededor del tobillo inflamado—. Será mejor que tengas cuidado al bajar, creo que tienes un esguince.

—¡Qué sabrás tú, ermitaña! —replicó totalmente fuera de sí—. Si no hubiera subido para advertirte no me habría lisiado. Estoy pensando en no volver a visitarte nunca

Yo me encogí de hombros, apoyé la mochila en un matorral de pelos y me adentré en la tienda. Claudia no tardó en arrastrarse hasta mi refugio.

—¿Sabes qué, Josefina? —me dijo poniendo los brazos en jarra—. Estoy empezando a hartarme de ser el correo de la familia. Si no quieres irte, allá tú, no voy a insistir más. Tengo cosas más interesantes que hacer que discutir con una hermana iluminada que habita en las barbas de su madre. El mundo no necesita a gente como tú, las personas decentes no nos subimos a las barbas de nadie, mucho menos nos quedamos a vivir allí sin pagar un alquiler. La tierra de hoy en día no ha cambiado en nada respecto a la de ayer día, y seguirá siendo la misma tierra el día de mañana .Nos conformamos con conservar al estupidez a lo largo de los tiempos. Acuérdate hermanita que en los test que nos hacían las monjitas en el colegio yo di un cien por cien de estupidez y positivo en la prueba de conformismo. Tú, en cambio, no llegaste al mínimo; te salió un porcentaje altísimo de inconformismo y una inteligencia supina que te capacitaba para la rebeldía, el entendimiento, la comprensión y la solidaridad, conceptos todos ellos totalmente obsoletos y denostados en la sociedad mundial actual.

—Yo siempre fui la oveja negra —contesté con alegría.

—Te compadezco, Josefina. Posees unas cualidades terribles para la convivencia en el mundo real. A veces agradezco a Dios Nuestro Señor y a el Presidente de los Mundos Unidos que te hayas ocultado en la frondosidad de un mentón. Si recapacitas, ya sabes dónde encontrarme. No voy a decir que te estaré esperando porque en realidad prefiero que permanezcas aquí. Luisito y yo acabamos de comprometernos.

Y antes de que pudiera despegar los labios, mi hermana Claudia se deslizó por el pelo que comunicaba el mundo real con mi mundo barbudo. Esa noche Luisito se me apareció en sueños.

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