Las barbas de mi madre (8)

Las barbas de mi madre 8, ilustración de Ubé

—Mi hermana Josefina —y silabeó el nombre despacio, como si intentara separar sus dientes de una masa de cemento—, está de viaje en estos momentos.

Luisito Torrelacárcel palideció. Todas sus esperanzas de encontrarse de nuevo con la rebelde Josephine se vinieron abajo.

—¿Y tardará mucho en regresar? —preguntó retorciendo sus mugrientas manos.

—Bueno, eso depende de su estado de ánimo. Precisamente se ha marchado como consecuencia de una desilusión.

—¿Y qué es lo que la ha desilusionado?

—El mundo en general, los habitantes de este planeta en particular. No ha podido acabar con la insolidaridad, el hambre, las mafias, los chantajes, la hipocresía, la depravación, la violación de los derechos humanos y la política bochornosa de los gobernantes de este siglo. Cosas que realmente no le interesan a nadie. Ahora no se llevan las protestas, la paz, ni las margaritas en el pelo. Ya no se hace el amor al aire libre, para eso están las casas. Nadie pega carteles en la calle ni hace pintadas clandestinas. No se lleva la canción protesta ni replicar por las malas acciones de los demás. Hay libertad y represión. Son dos opciones igual de respetables y totalmente viables. Ni fu ni fa, ni más ni menos y menos da una piedra; esa es mi máxima.

Luisito Torrelacárcel asistió al mitin conformista de Claudia Alastruey totalmente extasiado. Hacía mucho tiempo que no escuchaba un discurso tan poco esclarecedor. Estaba gratamente sorprendido porque, en el fondo, Luisito Torrelacárcel jamás compartió los ideales carmesí de la joven Josephine.

—Entonces no creo que regrese nunca —se aventuró a afirmar—. Es una pena, tenía pensado casarme con ella después de mi estancia en Marte.

A Claudia se le volvieron a encender las mejillas. Cuando recordaba que Luisito Torrelacárcel era una celebridad vilipendiada le brotaban lágrimas de emoción. El menosprecio, la pérdida de la fama, la falta de reconocimiento público, la desgracia, el gentío bramando con los rostros desencajados por la ira, dictando alegremente sentencias de muerte, las maldiciones televisivas de unas pitonisas con exceso de peso y escasez de conocimiento, los periodistas inquisidores de los programas de la incultura popular, afilando sus colmillos para adentrarse en la carne putrefacta de los perdedores… todo eso le producía a Claudia Alastruey una excitación grandiosa, algo parecido a un orgasmo que recorría su cuerpo con un ligero temblor y le hacía poner los ojos en blanco como si estuviera siendo poseída por una santa ramera.

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