Las barbas de mi madre (y 10)

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Me llamó a gritos mientras estaba asando un pollo en mi campamento. Hacía un día estupendo, el cielo estaba despejado, el sol se filtraba entre los pelos pino regalándome los primeros calores de la primavera. No esperaba ser interrumpida por nadie, mucho menos por mi hermana Claudia.

—Josefina, Josefina, asómate.

Añadí unos troncos a la hoguera y asomé mi rostro entre el follaje peludo de mi madre

—¿Qué pasa ahora? —dije malhumorada—, espero que sea importante, me disponía a comer.

—¡Tengo que hablar contigo, Josefina! —gritó con más fuerza Claudia.

—Entonces sube.

—¿Y por qué no desciendes tú?, sería mucho más fácil para lo que tengo que proponerte —su voz cada vez sonaba más desgarrada.

—Bajo ninguna circunstancia abandonaré las barbas de mamá. Si quieres que hablemos tendrás que subir.

Claudia gruñó, no le gustaba subir a las barbas de mi madre cuando estrenaba medias de encaje. Llegó al mentón completamente agotada, le costaba respirar.

—Será mejor que te quites esos zapatos, caminar por el mentón de mamá conlleva sus riesgos, máxime cuando no se utiliza un calzado adecuado.

—No pienso quitarme los zapatos, me los ha regalado un admirador.

—¿Un admirador? —repetí asombrada.

—Sí, ¿acaso no crees que haya hombres en la tierra capaz de admirarme?

—Por supuesto, ¿lo conozco yo?

—Después de tantos años en las alturas peludas dudo que conozcas a alguien.

—Yo también tuve admiradores.

—Querrás decir un admirador —especificó con sorna.

—Si hubiera sido una conformista tradicional, conservadora y retrógrada como tú me habría casado hace lustros.

—De eso precisamente venía a hablarte.

—¿Te vas a casar al fin?

Claudia hizo un mohín.

—Todavía no me lo ha pedido nadie.

—Ten paciencia, tarde o temprano acabarán pidiéndote, aunque sea prestada por un rato.

Claudia me dio la espalda ofendida. Cuando se le pasó el enfado volvió a retomar la conversación.

—Me he encontrado por casualidad con Luisito Torresdecárcel.

Yo enmudecí durante unos instantes.

—¿Luisito Torrelacárcel, el astronauta?

—Precisamente, el astrónomo.

Los nervios me traicionaron. Hacía muchos años que no tenía noticias del novio de mi infancia.

—¿Ha aterrizado en Marte?, ¿se ha casado?, ¿cuántos hijos tiene?, ¿le ha puesto a alguno mi nombre?

La emoción me embargaba, las imágenes del ayer se agolparon en mi mente, no obstante no lograba visualizar el rostro de aquel a quien un día amé, era como si el objetivo que lo enfocaba se empañara una y otra vez. No había manera de sacar una fotografía. Pensé que Luisito no me habría echado de menos en su vida terrenal y un suspiro de desencanto se escapó por el hueco de mis labios.

—Le gustaría mucho verte.

—¿Te ha dicho Luisito que me pidas una cita?

—De otro modo no hubiera subido hasta aquí.

Estuve dando vueltas alrededor de la hoguera en la que cocinaba el pollo durante largo rato. Claudia se acomodó en una de las sillas de camping que había subido de la terraza de mamá. El tiempo pasaba y yo continuaba rumiando respuestas. Al trepar hacia las barbas de mi madre me prometí que jamás volvería a mirar atrás. Ahora no estaba segura de poder cumplir mi promesa.

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