El llanto de abril (1)

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Se acabó, obra de Ubé.

Un día dijiste que yo tenía la mirada de Polifemo, abismal y terrible. No pude sino reírme, en silencio, como de costumbre; encerrando la catástrofe de mis dientes entre mi palma, todavía mojada por el agua del río. Habíamos estado nadando desnudas, con el sentido abandonado a su suerte.

—Hazte la muerta —ordenaste con voz atronadora, de generala de todos los ejércitos.

Obedecí al punto y cerrando los ojos me dejé acunar por el agua. El viento me hacía cosquillas en la nariz y enredaba las hojas entre mis dedos, como queriendo tejer un lecho fabuloso.

—Apuesto mi vestido de domingo a que no aguantas ni dos minutos.

—Tu vestido es horroroso —contesté maliciosa—. Piensa en algo mejor.

Pero ya no volví a escucharte. La corriente, como abrazo de madrastra, te llevó lejos, más allá de mi mirada ciclópea.

Ahora te contemplo en tierra firme. Alguien salido de ninguna parte te rescató de las entrañas del río, después se marchó como si tal cosa, sin darle importancia a tu muerte.

Llevo toda la noche velándote. En el interior de la tetera hace rato que el agua perdió su bravura. Me hubiera gustado llorar y sin embargo no he sido capaz de derramar una sola lágrima. Me he propuesto recordarte con firmeza, apoderarme de cada detalle que conformaba tu persona. Para ello he creído conveniente ponerme tu vestido de domingo, insulso y polvoriento, con ese olor tan tuyo a almizcle y limón. A buen seguro provocaría tu risa. Me pregunto si los muertos dedican algún momento de su quietud a revolverse en la alegría. No contestes. Sé que no puedes hablar, que en tu pecho bullen los secretos. He encendido un cigarrillo, uno de esos que tu hermano lleva en el bolsillo de sus vaqueros. Está roto a la altura de la boquilla y tan arrugado como tus manos al salir de la bañera. Yo no me he bañado nunca, sólo tengo una pila que sirve de fregadero y en la que sin miramientos mi abuela nos introducía una vez a la semana cuando éramos niños. Apenas había espuma y el agua estaba sospechosamente templada, lo mismo que si proviniera de un volcán enano y moribundo. Tarde o temprano todo se olvida. Los fregaderos se han tragado las tardes de verano dejándonos la memoria marchita. Por si acaso miro bajo tu cama. Es una acción puramente mecánica, policial; quiero comprobar que tu mal humor continúa entre nosotros. También los ratoncitos sin nombre roban las conciencias más negras. Mi madre dice que los hay de toda condición y que mientras unos birlan dientes de leche con los que se construyen sueños imposibles, otros, los más estúpidos, sustraen episodios de nuestra vida. Puedes estar tranquila, no permitiré que se acerquen a ti. Ya pueden aporrear la puerta y agitar en el aire pañuelos blancos. Nada me hará abandonarte antes de tiempo. Ya casi he consumido el cigarrillo. Fumo como una cupletista, con esa elegancia de club de alterne que tanto nos afanábamos en emular. Me gustaría que dieras una calada a mi cigarrillo, igual que ayer. He de decirte que chupabas con demasiada fruición; cuando me tocaba el turno de nuevo, tenía que disimular el asco, casi podía escurrir la boquilla. Bah, te perdono. Estoy dispuesta a decapitar nuestras diferencias. Tienes buen aspecto a pesar de estar muerta. Los ahogados descienden con dulzura hacia los infiernos, allí los recibe un señor con bigote y sombrero de copa, desnudo de cintura para arriba y con una cola diminuta y coquetuela que asoma entre sus piernas. Mi madre afirma que los demonios son hombres guapos, unos mister universo venidos a menos, ceñudos y con la boca acuchillada, tan pagados de sí mismos que no hay cristiano que se atreva a amarlos. Puede que sea cierto, porque yo osé quererte y no has tardado mucho en convertirte en una Ofelia de tres al cuarto

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