A mano derecha (1)

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Above the clouds, obra de Ubé.

“Las personas fieles sólo conocen el lado trivial del amor.

Sólo los infieles viven tragedias de amor”

Oscar Wilde

El autobús entró en la dársena con retraso, las ruedas habían pasado a escasos centímetros de una zapatilla, la de un niño llamado Tomás. Eso lo supe más tarde, cuando la anciana que estaba a su lado gritó con desespero. Luego ambos se perdieron entre el gentío y yo me dispuse a rescatar mi maleta de la panza metálica de aquel autobús desvencijado.

Fuera, el calor empapaba frentes y camisetas. El estómago me dio un vuelco al contemplar la ciudad. Fue entonces cuando recordé a lo que había venido; de súbito, como si antes alguien se hubiese zampado mi memoria, quizá la mujer que viajaba a mi lado, excesiva y poderosa, una afrodita de Lavapiés que rumiaba insultos a cada rato. En la avenida, paré un taxi.

—Al Hotel Mefisto —le dije.

El taxista asintió en silencio. Tenía el perfil de una moneda fenicia, y olía a tabaco negro y sudor. Calculé que ya habría pasado de los cincuenta, a pesar de que su pelo, corto y ralo, brillaba con una negrura de cuento chino. Me entretuve admirando el paisaje urbano, edificios cuya arrogancia rozaba casi las nubes, monstruos de cemento y metacrilato concebidos para matar de gusto. Imaginé cómo sería habitar en ellos, despertar una mañana suspendida entre nubes, otear desde las azoteas la inmensidad del horizonte, como una india errante, moderna y disparatada, absolutamente fuera de lugar.

El semáforo su puso en ámbar y el taxista dio un frenazo. La maleta cayó a mis pies.

—Cago en diez —murmuró.

Al poco, en una plaza redonda y sombría, detuvo el coche. El taxímetro marcaba siete euros cincuenta. No quise dejarle propina. Al cerrar la puerta me miró un momento, con los ojos entrecerrados, como si quisiera guardar mi imagen en su retina; después, chasqueó la lengua y puso el taxi en marcha. Lo vi alejarse despacio, con la parsimonia de un tiburón, sorteando tráfico y viandantes, un asfalto oceánico que pronto lo engulló.

No era la primera vez que me reunía con Lázaro en el hotel de una ciudad desconocida. Lo nuestro no podía ser de otro modo, estábamos condenados a gozar de un amor furtivo, a regalarnos fogonazos de cariño sobre un lecho ajeno. Los hoteles que habían pasado por mi memoria conservaban cierto aroma a nostalgia. Lejanos o a la vuelta de una esquina, baratos o con el lujo domesticado. Todos ellos parecían formar parte de una postal en color sepia donde yo salía retratada de espaldas y al final de cada encuentro regresaba a casa con la sensación de haber perdido una guerra, cansada y rota.

Di un nombre falso en recepción. Lázaro aún no había llegado.

—La 702 —me informó una chica rubia de sonrisa ancha. Su voz sonó lejana, como si proviniera de los confines del mundo.

En el ascensor me topé con un matrimonio maduro. Él lucía una elegancia de mercadillo; desde el cristal, sus ojos me recorrieron sin prisa. A su lado, la mujer luchaba por mantener a raya un bostezo. Llevaba unos zapatos de tacón vertiginoso y se movía inquieta, haciendo girar las caderas sin concierto. Me dio la impresión de que se estaba orinando. Las puertas se abrieron en el tercer piso pero no había nadie esperando. Lanzó el hombre un suspiro, ella mordió la impaciencia. De inmediato volví a marcar el número siete, sin despegar los labios, apretando la maleta contra mis piernas en un intento infantil por mantenerme a salvo de aquellos extraños.

Me pareció que había transcurrido una eternidad hasta que llegué a la habitación 702, en la planta séptima, a mano derecha.

Ninguno de los dos dijo adiós. Se alejaron en silencio, como si tal cosa. En el aire dejaron prendidos pedacitos de desilusión.

Estaba a punto de introducir la llave cuando sonó el móvil.

—Oye, nena, voy con retraso, ya sabes como son estas cosas. Ponte cómoda y espérame. Ñam.

Lázaro siempre se retrasaba y para limpiar su conciencia me regalaba una animalidad cautiva, de león destronado.

—Ñam, ñam —solía decirme. Y acto seguido me clavaba los dientes en la carne.

También le gustaba hacerse el muerto. Se tendía sobre la cama y entrelazando las manos sobre el vientre cerraba los ojos a la pasión. Luego, tras el fuego de mis caricias, fingía resucitar.

—No aprenderás nunca, nena. Ahora viene eso de “levántate, Lázaro”, ¿es que tú no has leído la Biblia?

—No.

—¿Tampoco has visto ninguna película de romanos, de esas en que le dan a Cristo hasta en el cielo de la boca?

—No —contestaba yo con un desinterés mayúsculo.

—Joder, Chus, así no se puede. Menuda inculta emocional. Sin educación cristiana no hay traumas y sin traumas no hay fantasías sexuales que valgan.

La discusión se zanjaba de golpe, en cuanto yo sellaba su boca con la mía.

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4 pensamientos en “A mano derecha (1)

  1. De hecho sé que es una descarada osadía por mi parte, pero ya que te conocí a través de éstas, tus letras, y entendí que forman parte de tu existencia(Nada más lejos de mi intención que robar tu tiempo), cuando estés en medio de un bostezo por aburrimiento échale un vistazo a esta historia:
    http://eduardblanco.wordpress.com/2008/10/13/chicas-y-viejos/
    Siquiera estás comprometida a comentarla, sólo espero que te guste.

    PD Subí una foto al Blog en ACERCA DEL AUTOR, para ver si dejabas de tratarme de usted.

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