A mano derecha (y 2)

angievirtualbn_marcoIlustración de Eduardo Blanco.

Esta vez el señor Ubé ha cedido su trono al señor Blanco para que todos podamos recrearnos con su trabajo, un regalo que agradezco sinceramente; aunque advierto a mis múltiples admiradores que también acepto collares de esmeraldas y diamantes negros. Eso sí, que sean buenos, no vaya a ser que al morderlos eche a perder mis colmillos. Gracias también al señor Lozano y a mi primo, el señor Morales, por hacerme la tarde de ayer más grata si cabe. Dicho lo cual abandono el escenario para que mi pluma gansa pueda lucir peineta. Os dejo con la segunda parte del relato “A mano derecha”.

La habitación resultó ser amplia y luminosa. Decorada con sencillez pero al detalle. Disponía de un baño espacioso, con esos colores metálicos que apaciguan los sentidos, como si estuvieses en una cápsula espacial.

En ocasiones hacíamos el amor en hostales infectos, tugurios donde no hacía falta más que un billete de veinte euros. Resultaba excitante aquella dejadez, la rapidez del encuentro, el roce de los cuerpos sobre una cama mal hecha, con olor a turista o a estudiante extranjero, habitaciones angostas que retenían vidas miserables, que no conocían la elegancia, que te ocultaban de la vida que discurría fuera de sus paredes desnudas, hostales de nombre impronunciable y olvidadizo, pasaportes caducados hacia un placer efímero. Allí, más que hacer el amor, nos entregábamos con desespero, arañando el ansia.

Eso pensé deshaciendo la maleta. A solas con mis recuerdos, mientras aguardaba a Lázaro. “No podía engañarme”. Eso lo dije más tarde. Al escuchar sus pasos precipitados en el pasillo y una voz demasiado irritante como para ser la de un amante.

—No, nena, no. Llegaré el miércoles, ya te lo dije. Tengo una reunión

mañana a primera hora y el martes a mediodía. Venga no exageres, ya sabes que te quiero, nena.

Lázaro nos llamaba “nena” a las dos, a su mujer Magdalena y a mí.

Sus nudillos golpearon la puerta tres veces. Tal como acordamos. Todavía continuaba parloteando con el móvil al entrar. De la maleta tan sólo había sacado un par de faldas y el neceser.

—Te llamaré más tarde, nena.

Lo miré seria. De cerca me pareció más viejo. Todo su atractivo había volado, y me encontré frente a un hombre corriente, un tipo que engañaba a su esposa al otro lado del país, sin más. Egoísta y mezquino, un pobre hombre enfermo del corazón. Con los días llegué a convencerme de que su pecho no albergaba sino un trozo de plomo oxidado.

Dejó la bolsa en el suelo y se quitó los zapatos. Llevaba un agujero en el calcetín izquierdo.

—Tráeme un vaso de agua, nena; estoy molido.

—Yo no soy Magdalena —le dije.

—Deja de dar por saco, anda, no son horas —y se tumbó sobre la cama.

Al pasar junto a él me zafé de su abrazo. Lo oí maldecir entre dientes mientras se daba la vuelta.

—Me voy —le dije—,te dejo. Esto ya no tiene sentido.

Ni siquiera contestó.

La recepcionista me dedicó una sonrisa formal.

En la plaza me senté en un banco, a mano derecha de un sauce llorón. Miré el reloj con calma, quitándole importancia al tiempo, a su pavorosa pérdida. Al cabo de una hora llegó una mujer, alta y recia, de andares felinos. Llevaba un maquillaje llamativo y vestía un pantalón vaquero corto y ajustado. Sus pechos bien hubieran podido amamantar a una camada de lobos. La perdí de vista cuando entró en el hotel.

Yo maté la espera con un cigarrillo. El humo abrasó mi garganta.

El matrimonio maduro abandonó su guarida para salir a respirar aire fresco. El hombre se detuvo un momento, a escasos pasos del sauce, pero la noche ya había extendido su manto y me ocultaba en su espesura.

Debí quedarme dormida, pues creí soñar que alguien me hablaba.

—Señora, oiga… —y una mano huesuda me sacudió.

Se trataba de Judas, la prostituta que había contratado Lázaro, la misma que viajó conmigo en el autobús. Dejé caer su tarjeta en el Hotel, por casualidad.

—Liquidado cachalote.

—¿Seguro?

—Y tanto que sí, a ver si se cree que estas dos piernas no saben de achuchones. A mí me llaman la boa constrictor porque mato de amor. Vamos, no pierda cuidado que se ha quedao el infeliz tieso como la mojama. Palabrita de Judas. No me ha durao mas que un asalto, mucho cuento es lo que tienen algunos, sí señor.

Saqué un sobre del bolso y se lo tendí.

—Oiga, no me espere que me vuelvo en el autobús de las doce.

Cerca del banco se detuvo un taxi.

En el asiento de atrás encontré a Magdalena.

—Asunto resuelto, nena —le dije depositando en sus labios un beso.

Al llegar al hotel nos tendimos en la cama.

—Hazte la muerta —le ordené.

Y sin querer me puse a llorar su ausencia.

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5 pensamientos en “A mano derecha (y 2)

  1. El aspecto de los escritores; apenas le gustan a uno sus relatos y empieza a preguntarse cuál será su cara, conocer su imagen para identificarla con su obra. El agradecido soy yo por dejarme decorar su post. Un Honor.
    Su relato, perturbador, esos perdedores entrañables.

    Un abrazo.

  2. El sauce tenía que ser llorón, pero no me gusta que los besos se depositen en los labios. Ya se que no es sensato, pero es que es Jaloza el que lo es.

    ¿Irá a ver la expo de Carlos el viernes? Utilice la fusta con el chófer Ubé y vénganse, podemos tomar otra cerveza.

  3. Felicidades, Angélica. Hacía tiempo que no leía nada tan bien construido, tan fresco y tan original como tu segunda parte de “A mano derecha”. Sorprendente y genial.

  4. El aspecto de los escritores; apenas le gustan a uno sus relatos y empieza a preguntarse cuál será su cara, conocer su imagen para identificarla con su obra. El agradecido soy yo por dejarme decorar su post. Un Honor. Y un detalle de su habitual ilustrador.

    Su relato, perturbador, esos perdedores entrañables.

    Disculpa que no me pronunciara antes, creía haber enviado el comentario, pero por alguna extraña razón del destino no fue así. Estoy a malas con el ordenador y, seguro, ha sido él (Últimamente nuestra relación se ha deteriorado un poco). Con toda la intención, para hacerme quedar como un memo ingrato. Mil perdones por el ético contratiempo.

    Un abrazo con recargo

  5. Estimado Emilio, gracias por tus palabras. He intentado dejarte un mensaje en tu blog pero me ha resultado imposible, el muy tunante se resiste. En fin, ya me dirás cómo puedo vencer su verborrea de máquina infernal y anglosajona.

    Saludos de mar en calma

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