Rumor (y 2) -relato breve-

rumor_web(Rumor, obra de Ubé)

No me rendí y comencé a frecuentar el Café del arte con la esperanza de un nuevo encuentro, sin embargo ella parecía haberse esfumado de la ciudad. Vacío, así me sentía; solo en mitad de la nada, con su recuerdo manchado por la niebla aquel día en la furgoneta de regreso a casa, sus labios rojos emergiendo sobre la taza en una de esas tardes tontas, y Patxi, por supuesto, el bueno de Patxi, con las botas y los sueños rotos. En ocasiones las parejas nacen de la incomprensión, de esa necesidad acuciante de litigio, de peleas en el interior de los bares cuando ya todo es cansancio y el alcohol envenena las tripas y la intención.

Ya son las ocho, cierro el local y me dirijo al Rugaca. Es posible que Teresa esté allí, antes solía frecuentarlo los jueves, después de salir del trabajo. Quizá ha estado llamando para avisar de que no vendría y yo no he escuchado el teléfono. Los móviles son una mierda, se quedan sin batería en el momento más inoportuno. Me pongo los guantes y aprieto el paso. Aquí los inviernos son interminables, el frío pellizca la carne bajo los abrigos; también la de las muchachas que exhiben el ombligo en pleno diciembre, rubias o morenas, con esa melena postiza que oculta su mirada, eternamente esquiva. En los porches, como de costumbre, Juana pasea el tedio, de su brazo cuelga a todas horas una bolsa repleta de objetos muertos.

—Eh, guapetón, ¿no tendrás una moneda por ahí, verdad?

Tiene la voz oscura, con el acento castrado. Nadie sabe a ciencia cierta dónde nació Juana. Es posible que viniera al mundo con la vejez entre los muslos, tan guapa y tan pintada, a vuelta de las desgracias

—No, lo siento.

—Eh, ¿y unas bragas? —insiste—. Mira a ver si me compras unas bragas modernas, de esas que llevan encaje, no te olvides.

Le digo que sí, que vale y doblo la esquina.

Sentada en la acera se queda Juana, viendo pasar al personal, estirando la mano de vez en cuando, sin dejar de aferrar la bolsa con sus miserias. Hoy pide unas bragas, ayer fueron unas medias. Las modas van y vienen pero Juana permanece en el Coso, igual que Teresa, lo mismo que todos.

Al llegar al Rugaca, creo divisarla a lo lejos, sentada en una mesa que comienza a cojear. Lleva el pelo recogido en un moño historiado. Aparto a un matrimonio que discute junto al ficus sin dejar de comer pepinillos. También debo esquivar a un niño llorón y mal vestido que me mira con ojos asombrados, como si en lugar de contemplar a un hombre estuviese enfocando a un dinosaurio. Teresa no sonríe, se esconde de pronto entre las hojas amarillentas de un periódico. Cuando me siento a su lado se limita a decir.

—Mira, no es el mejor momento —su voz suena a metralla.

—No has venido a la reunión. Hemos estado esperándote dos horas, pero no importa, ya verás qué barranco te he preparado, te va a encantar —me quito el abrigo y pido una cerveza.

—Me tengo que ir, lo siento.

Sus piernas rozan las mías bajo la mesa. La noto sudar a pesar del frío y el vino que apura ahora de un trago, mientras se levanta y comienza a vestirse.

—Podemos dejar el barranco para otro día y hacer una excursión. ¿Qué te parece si caminamos desde la ermita de Santa Helena hasta la Hoz de Jaca? A ti te gusta mucho ese sitio, ¿verdad? Tú me lo dijiste.

Me da la espalda en silencio, Teresa; después pone en marcha sus tacones, chac, chac, chac, hasta que la oscuridad y la niebla sepultan su huída. Huele su ausencia a hojarasca, barro y aguacero.

Recorrimos un sendero húmedo y sombrío bajo un cielo empeñado en ofuscarse, sí, y de la misma manera que penetrábamos en una maraña de ramas y árboles intrincados me hubiera gustado emboscarme contigo entre las sábanas, sólo contigo, Teresa, sin brújulas que señalasen nuestro rumbo. No puedo evitar pensar en aquellos días de naturaleza muerta, cuando tomabas mi mano para cruzar el agua que brotaba del fondo de la tierra. La primavera tiene esas cosas, ya lo sabes, alterna la belleza con el terror. Tus ojos y los míos anclados a las piedras, un paso en falso y podríamos caer en el vacío, teníamos la nada a nuestros pies y sin embargo tú te mostrabas risueña.

—No exageres, anda; menudo montañero estás hecho.

En la mochila libros y bocatas, un refresco de naranja y chocolatinas.

Y un salto y otro.

—Los árboles caídos en el camino son como brazos de gigante pidiendo auxilio, ¿no te parece? —eso dijiste como si tal cosa, en cuclillas para tomar aliento, con el pelo empapado en sudor y la boca roja y entreabierta. Seguro que era una de esas frases de novela. A veces hablas en nombre de otro, disparas sentencias que se escribieron ayer, lejos de Huesca, en lugares que no existen y que saben a ron y a desengaño.

Aguardo a que el semáforo se ponga en verde y enfilo la calle, Coso arriba, faltaría más, ese lugar que se asemeja a un decorado cinematográfico donde se cruzan las vidas; siempre los mismos actores que pasean barras de pan recién hechas, perros o novias chillonas, mañanas, tardes, inviernos y otoños, de una estación a otra.

Al medio día, cuando salgas de la tienda, iré a recogerte. Eso determino al meter la llave en la cerradura, en el número 54, tercero izquierda, ¿recuerdas?

Llueve a las dos, también a las dos y media. Tengo que refugiarme del chaparrón en los porches, alimentando la impaciencia con chismes que duermen en los bolsillos de los transeúntes. Los rumores viajan, sí, pero en esta ciudad se quedan pegados a las suelas hasta que la palman de aburrimiento.

Te veo salir. Llevas el pelo suelto y unos vaqueros ajustados, también un jersey de lana blanco con dibujos en azul. Te sienta bien ese jersey. Es el mismo que te pusiste hace meses, cuando fuimos a Riglos y te quedaste dormida sobre la hierba.

Me acerco despacio. No quiero que vuelvas a escaparte.

—¿Es que nunca te rindes? —me dices.

No hay besos, tampoco sonríes. Tus labios son una línea firme, el trazo del fastidio.

—Olvida lo del barranco, si no te apetece no vamos a ningún sitio.

Te detienes en mitad de la acera, los brazos en jarra, la melena revuelta.

—Mira, no sé cómo decírtelo para que lo entiendas. Estoy saliendo con otro. Déjame en paz.

Llega Juana con compañía. Caminan los dos cogidos del brazo, ella lo mira coqueta, como si acabara de regresar a los quince años. Cuando nos alcanzan escucho su voz oscura, castrada de acento.

—Oye, guapetón, ¿no tendrás una moneda por ahí, verdad?

Escarbo en mis bolsillos y no hallo más que telarañas.

—No, lo siento.

Entonces Teresa me mira, perezosa, como si ya estuviese haciendo la digestión de mi cariño.

—Es mejor así, no teníamos nada en común; además, para serte sincera, estoy saliendo con Juan.

Pobre Patxi, pienso, tan rubio y tan coloradote, un galán de cine francés echado a perder en el Pirineo.

—Ehhh ¿Y unas bragas? Mira a ver si me compras unas bragas modernas, de esas que llevan encaje a los lados…

Le digo que oui, que vale y aprieto el paso, Coso abajo, un hombre bala, descendiendo en picado hacia el infierno.

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Un pensamiento en “Rumor (y 2) -relato breve-

  1. Como siempre, la compleja naturaleza humana, esos personajes tan cercanos y complejos, esos diálogos incisivos. Presos de los deseos, de los amores imposibles. Juan y Juana, Teresa y Patxi (Que nombre tan adecuado para un escalador) digiriendo el eterno desamor, los desengaños ó la frustración. En suma, tanta vida ante tamaña adversidad. Quizás Juana sea mi personaje favorito, aunque, no sé por qué, la imaginé vendiendo claveles de madrugada. Quizás la conociese de antes, posiblemente me cruzara con ella en más de una ocasión, saliendo de algún local de copas con una muchacha colgada del brazo. ¿Un clavel para la señorita? Adornando las historias de amor con flores.
    En otro registro: escaladores y montañas. Yo también realicé mis vías en las montañas mágicas de Montserrat, es más, creo recordar que me instalé en la ermita con el padre Basilio, en medio de las nieblas más espesas, allá, en lo alto, en lo más alejado de la civilización. Puede que lo hiciera por un desengaño, por buscarme a mi mismo o por escalar. Poco importa ya.
    Sus letras me resultan familiares, tal vez yo también sea uno de sus personajes no tan ficticios. Puede que usted me diera vida y yo sólo existiera en la realidad virtual de sus relatos. Quizá le sirva de inspiración para los mismos. Quizá, puede, tal vez…

    Un cálido abrazo de todo corazón. A su service, You friend, EDU

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