Llagas en el pensamiento (4)

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Llagas en el pensamiento (4), obra de Ubé.


En efecto, días más tarde, había vaciado ya la panza de dos botellas cuando se decidió a desenrollar su lengua de lagartijo.

—Así que ahora el rapaz además de aprendiz de boticario anda en negocios con el diablo —el de la vozarrona de sargento no era otro que Basilio, el cartero, hombre flemático y con gran sentido del honor si hubiera nacido con él.

—No señor —se apresuró a aclarar Vladimiro—. Lo que penetra en mis oídos no es una voz, si no muchas, un coro de ángeles celestiales.

A poco se atraganta el cartero y dejando a un lado el vaso, se dispuso a rascarse las patillas antes de retomar su discurso. El frío empañaba los cristales de la taberna, parecía que un dragón imaginario hubiese dado rienda suelta a su furia, ese aliento blanquecino que desde hacía semanas cubría tejados, cogotes y conciencias. Las calles estaban desiertas; frente a la botica, un burro se revolvía atado a un árbol. Todo el mundo sabía que era el penco de doña Casiana, escuálido y casi tan viejo como ella. Sobre su lomo colgaba una manta hecha de retales, oscura y pasada de moda, muy del gusto de aquellos que se complacen más en guardar las formas que el sentido común. Vladimiro pegó su nariz al cristal y lo observó detenidamente. Por un momento le pareció la estrofa de un verso soñado, la poesía en carne y hueso de una vida que se deshacía a gajos ya desde el instante mismo del parto. Lo intentó de veras, rescatar de sus sentidos aquella sensación de abandono, de fútil existencia, pero fueron inútiles sus esfuerzos porque no consiguió estremecerse siquiera por la compasión. Empezaba a creer, igual que el resto de sus vecinos, que poseía una cabeza de chorlito. Pronto los parroquianos se congregaron en torno a su figura desvalida. Fumaban unos con las bocas tenebrosamente abiertas, los menos se entregaban a cavilaciones necias, de esas que no llevan más allá del aborrecimiento. No ha mucho habían llegado a la aldea dos forasteros de planta urbana, altos, silenciosos y limpios, con ese toque que distingue a los que no han trabajado más que con el seso, eruditos de libro que lucen perillas elocuentes, sacan impertinentes de sus bolsillos y se hacen lustrar los zapatos mañana y tarde. De esos que están en la lejanía, como buitres rondando desgracias, hombres con sombrero de hongo y corazón de manzana mordida por el progreso. Se habían dispuesto éstos al pie del hogar, sin desprenderse de sus abrigos. Y miraban de hito en hito hacia la barra, sopesando la estupidez de Vladimiro y sin saltarse ni una sola de sus palabras.

—Nos han jodido con los ángeles afónicos. Ni que el bosque fuera una coral, ¡quiá! A mí me da que lo que has escuchao no ha sido más que el rugir de tus tripas. Dile a tu madre que deje de pensar en novelas y engorde los peroles.

—Eso, o que se afeite el bigote, que no hay mujer que pueda pensar en ser mujer portando los bigotes de un capitán —y desde su boca chiquita llegó la satisfacción de un chasquido. Don Aureliano además de amasar el pan y hacer rosquillas con el dedo gordo, en sus ratos libres instruía a los jóvenes haciendo que cargaran sobre sus hombros una estaca que él mismo preparaba al amanecer, después de alimentar el horno. Estaba convencido el panadero de que la milicia popular era imprescindible para salvaguardar la dignidad de cualquier hombre. A Vladimiro no lo quería entre sus filas y si lo veía merodear por sus tierras, sacaba la escopeta de perdigones y disparaba al aire. En más de una ocasión hizo blanco con una paloma que terminó en su cazuela sin querer, como las guerras que se avecinan.

—Y dinos rapaz, ¿qué te cuentan esos lamentos abismales?

—Nada, sólo son murmullos y algunas risas atronadoras.

—El diablo es puerco —afirmó con convencimiento Don Aureliano.

—Y cojo —el cartero, bebía ahora su tercer vaso de vino.

—Y bizco.

—Y huele a rayos.

—Y chapurrea en arameo.

—Y bendice con la izquierda.

—Y perdona a cambio de sangre.

—Y revienta a medianoche en todos los relojes buenos.

Don Aureliano arrugó el ceño. Sus cejas, pobladísimas, parecían dar cobijo a un Imperio.

—Pero si tú no entiendes las horas —le reprochó el panadero a su compinche.

El otro elevó los ojos al techo. Su mirada se quedó suspendida en la lámpara. Al cabo, meneó la cabeza apesadumbrado y destapó la caverna de su boca, donde un aliento de ladrón acarició el rostro de Vladimiro.

—Me las invento como todo en esta vida.

—Oye rapaz —se precipitó a decir Basilio—, ¿no nos estarás tomando la cabellera? —se había erguido instantáneamente, con la ofensa titilando en las aletas de su nariz ganchuda.

—Es tan cierto como que estoy aquí, en esta taberna maloliente.

(continuará)

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