Llagas en el pensamiento (7)

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Llagas en el pensamiento (7), obra de Ubé.

Iba a salir de la choza Vladimiro, sin embargo unas voces femeninas y devotas alentaron al maestro. Sin necesidad de mediar palabra el rapaz tomó las cestas y las metió bajo el lecho, después disimuló hojeando un libro de Puskin que hablaba de fortalezas y de hijas de capitanes. Doña Casiana entró del brazo de la boticaria. Traían la frescura de la mañana prendida al talle, más amplio debido al almuerzo que ambas acababan de degustar.

—Esas tartitas de fresa me han sabido a gloria bendita

—¿Y qué me dice usted de las yemas de Santa Felisa?

—Calle, calle por dios, que son pecados capitales. Por no mentar la tortilla de chorizo y el pernil. Nunca imaginé que acabaría alabando a un puerco.

—Ni yo que adoctrinaría al pueblo

Arrugó el ceño Doña Casiana, un tanto disgustada.

—¿También el pueblo come cerdo?

—Seguro que sí madrecita, pero son puercos de otro costal.

Vladimiro, al verlas, las saludó con un movimiento de cabeza. El libro continuaba entre sus manos, abierto por la página 86. Doña Casiana con paso resuelto asomó la nariz entre sus líneas; luego, olfateó en el aire su fragancia, como si aquellas letras impresas perteneciesen al enemigo.

—¿Qué historias son esas, jovenzuelo?

—Ya sabéis, señora, que me chiflo por las leyendas negras.

La boticaria se mantenía erguida, con su sombrero de domingo, aquél que portaba la pluma de tres faisanes a la izquierda. Había decidido en el último momento atravesar la aldea para personarse en la choza del maestro y hacer acopio de sus octavillas. Si el bosque hablaba, ella tenía la obligación de aleccionarlo.

—Casiana, querida, deja al muchacho que se instruya como le plazca. Al fin y al cabo todas las leyendas están escritas por la mano de Dios, aún si éstas son del color del hollín.

La madrecita se alejó del rapaz un tanto molesta, sin dejar de dirigirle miradas inquisitivas por encima del hombro, hueco y brillante de su vestido de seda.

—Sea como dices —concedió. Y de inmediato comenzó a revolver entre las octavillas.

El maestro les ofreció un par de cestas limpias.

—Nuestro señor, sin duda, ha tenido a bien enviarnos una señal —murmuró la boticaria persignándose al punto.

Mordióse el labio el maestro. Sus ojos, vagaban sin rumbo por la mesa buscando quizá la prueba de su propio delito. Pero nada había allí que pudiese poner en peligro su empresa, si acaso la antipatía que despertaban en él sendas damas.

—Y doy gracias al cielo, a la tierra y a los espacios de fe ambulatoria por haber depositado en mí la esperanza de la conversión.

—Amén —concluyó la otra cargando con las cestas.

—Ya ve, querido maestro, el bosque nos llama, ya parece que escucho sus súplicas, de pecador milenario. ¿No oyes, madrecita, esa voz lastimera que dice: ven, ven y conviérteme?

Doña Casiana, muy atenta, escudriñó el silencio, Al poco sus ojos se agrandaron por una dicha pasajera. El rostro se arreboló al completo, como si de pronto alguien hubiese prendido un fósforo a la altura de sus cejas achicharrando su desconfianza.

—Cierto es, amiga mía. Nos llama el magno deber.

Y salieron las dos atropelladamente, propinándose codazos por el camino, hasta que sus figuras grotescas se adentraron en el corazón del bosque.

Una vez a solas el maestro retomó su misión.

—Ya no habrás de verme más en calma —le dijo cargando las cestas.

—Qué le vamos a hacer, el diablo es puerco —contestó el rapaz haciéndose el tonto.

(continuará)

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