Llagas en el pensamiento (9)


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Am I Dreamer, obra de Ubé.

Se agazapaba el rapaz ora en el tronco de un árbol, ora bajo unos matojos, pegando los pies al ras del suelo tan delicadamente como una bailarina, y tomaba aliento por las ventanas de la nariz dejándolo salir después por los labios. Tuvo que controlar más de una vez los latidos de su corazón, que golpeaba su pecho con tal fuerza, que parecíale que iba a brincar de un momento a otro en pos de aquellos bandidos.

En su ceguera no se percató Vladimiro de que habían llegado a la boca de la cascada. Escuchó aquel sonido incesante del agua y alzó la cabeza para echar un vistazo. Por un camino resbaladizo y angosto, tuvo que adentrarse. Al poco apoyóse en una roca a descansar. Cuando miró hacia abajo descubrió un abismo. Se secó el sudor de la frente con la palma y retomó la marcha. Las huellas de los malhechores estaban impresas en el barro. Cada paso que daba lo acercaba más a la cueva, ésa que en las leyendas dan cobijo a dragones y depravados. Penetró el rapaz con cautela, sobre su cogote cayó una gota firme y puntiaguda, de lanza enemiga; más allá contempló una cortina transparente confeccionada con el llanto de los duendes, una sucesión infinita de lágrimas que hacían que el bosque pareciera un lugar misterioso. Se rodeó con los brazos en busca de calor. En el interior de las cavernas el frío es tenaza, pensó, y aprieta la carne y la intención.

—Emperador, aquí están los fardos —y reconoció Vladimiro la voz del truhán.

Avanzó un poco más, de cuclillas, hasta que pudo ver aquel palacio de pega levantado a expensas de la vida. Sobre las paredes húmedas se extendían pañuelos de colores, brocados ostentosos y restos de baratijas, como si hubiesen querido imitar, sin conseguirlo, la finura napoleónica. Al fondo, divisó el rapaz una figura enjuta sentada en un trono enano. Masticaba el Emperador un pedazo de cecina, y tenía las manos gruesas, hinchadas de golfería, y un rostro cetrino y malencarado y unos ojos de buey y una mirada mansa que embestía a la menor ocasión.

—Mañana la aldea será historia —murmuró con una voz aguda y chirriante.

Los dos bandidos hicieron una reverencia y retrocedieron hasta pegar la espalda al musgo. Una banda de color azul cruzaba sus torsos, empero estaba ésta surcada de manchas de vino. El mariscal habló al conde, el conde se rascó la nariz.

—¿Y qué hacemos con las damas? — preguntó al cabo.

El emperador arrojó al suelo la cecina, dejó escapar un eructo y se colocó con dignidad sobre el trono, balanceando los pies en el aire y adoptando un gesto de indolencia como corresponde a los que están acostumbrados a decidir la suerte del prójimo.

—Traédmelas —ordenó.

No tardaron en aparecen doña Casiana y la boticaria atadas de pies y manos. Sus vestidos otrora elegantes y limpísimos, arrastraban el espanto. Sus rostros habían perdido la lozanía adquiriendo una palidez mortuoria, igual que si las acabaran de sacar de un mausoleo. Sin embargo no habían extraviado la fe, y presas de la devoción mascullaban salvas y credos.

—Bienaventurados aquellos que sufren porque de ellos serán las nubes, bienaventurados los que resisten porque en su pecho estallará la felicidad eterna, loada sea yo y doña Casiana porque…porque… —ahí detuvo la boticaria sus rezos.

—Madrecita, mejor sería ceder a la tentación, al fin y al cabo son hombres y si con algo se puede aplacar la furia de un hombre impío es con la carne y de eso andamos sobradas amiga mía.

Estuvo de acuerdo la boticaria y, dejando a un lado remilgos, pidieron que las desataran. Al momento fueron las santas desnudándose de enaguas y mandamientos. Como dos Evas se ofrecieron sin vergüenza a los bandidos.

—Nunca gozareis tanto como conmigo, Emperador. Que soy cristiana vieja y ladina.

—Ni que decir tiene que yo además soy estrecha de pensamiento y tan fanática e intolerante que si penetráis en mí, echareis por tierra las doctrinas.

—Convertidnos en pecadoras siendo castas, morder nuestra fe que está instalada entre los muslos, abofetear las creencias y escupir en los dogmas. Hacednos libres siendo esclavas —pidió Doña Casiana al borde del delirio.

Mas nada escuchó el Emperador, que tomando de nuevo otro pedazo de cecina entre sus manos, mandólas asesinar. El mariscal se encargó de la boticaria a la que propinó dos cuchilladas en el vientre, el conde descerrajó sobre la cabeza de Doña Casiana un trabucazo. Sus sesos salpicaron el musgo.

A la boca de Vladimiro vino una arcada. Con el miedo a cuestas inició la huida, pero tropezó el rapaz con una piedra y cayó de bruces.

—¿Habéis oído eso? —preguntó el Emperador

Pusieronse en guardia los bandidos y hallaron a Vladimiro tendido en el barro.

—Es un muchacho excelencia —dijo el conde sacando el pistolón.

El otro llegando a su altura, desenvainó el espadín y ya se disponían a darle alcance, cuando escucharon jaleo al otro lado de la cueva.

—Dejadme entrar malandrines, que soy de vuestra calaña. Abrid paso a la Emperatriz de la Cochinchina o no respondo.

Vladimiro reconoció al punto la vozarrona de su madre e incorporándose con torpeza quiso correr a su encuentro.

—Alto ahí, mozalbete —dijo el conde apretando el trabuco contra su sien—. Y tú —ordenó al mariscal—, ve a sellar la boca de esa loca.

—Es mi madre —murmuró el rapaz.

—Por mí como si es Cleopatra.

—Dejadme os digo, redios.

Traía las sayas puestas del revés y un ligero perfume a lilas marchitas. Sus labios finos estaban cubiertos por una capa pegajosa y del color de la sangre y movía las caderas sin concierto iniciando un baile tonto con los pies, que parecían perderse dentro de unos zapatos altísimos y pasados de moda.

(continuará)

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