Llagas en el pensamiento (y 10)

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Llagas en el pensamiento (10), obra de Ubé

Cuando el mariscal tomó su brazo se percató de que no estaba sola. Toda la aldea al completo había seguido a aquella perdida. En primer término se hallaba el boticario, sudoroso y resuelto; a su derecha el cartero, mordiendo la impaciencia; a su espalda, Don Aureliano, con las manos aún impregnadas de harina. También la polaca estaba allí luciendo busto y avaricia. Dicen que nada más enterarse de que hasta el bosque había llegado el Emperador, cerro las piernas de una parturienta y dejó suspendido en el aire el grito de dos mellizos.

—Ya vendrán al mundo en otra ocasión —le dijo al suegro dando un portazo.

No faltó un alma, incluso la princesa de Éboli quiso poner su pellejo a disposición del bandido.

—Queremos ver al Emperador para saber qué hay de cierto en las palabras de esa loca —gritó uno de los parroquianos al fondo.

—Eso, que asome la nariz el padre del loco —pidió una mujer fornida y con la calvicie a la vista.

Y es que tras leer el pliego que le entregara Vladimiro, la doña fue propagando por la aldea la noticia de que en efecto, en el bosque le aguardaba el capitán del barco ballenero para convertirla en su esposa y poder de una vez por todas formalizar un amor que tiempo ha transportaba el cariño en fardos de contrabando.

Se adelantó unos pasos el boticario exigiendo audiencia.

—Decidle al Emperador que he querido evitar esta rebeldía, pero el pueblo en cuestiones de amoríos siempre se torna en populacho y con él no se puede entrar en razón, si acaso en tiranía.

—Romualdo —aulló la doña—. Sal a conocer a tu hijo.

Miraronse el conde y el mariscal, circunspectos, como si en verdad tuviesen entre manos una cuestión de estado. Antes de adentrarse en la cueva, ajustaron la banda a su cuerpo con una dignidad fingida, de pobre hombre a secas.

Y no se hizo de rogar Romualdo, que sin moverse del trono, salió a hombros de dos presidiarios terribles y poderosos.

—¡Qué diantres! —exclamó sin soltar la cecina. Luego, sus ojos saltones recorrieron a la multitud con aburrimiento, hasta detenerse en el rostro arrebolado de la doña que, coqueta, extendió los brazos hacia él.

—Capitán, he aquí el fruto de nuestra pasión —y propinándole un empellón a Vladimiro lo arrojó a sus pies—. ¿Y qué otra cosa podía haber parido que a un loco? Pues loca estoy por vos, loca me volví cuando os marchasteis y como una cabra sigo —se inclinó sobre su vástago y le susurró al oído—: Ve y abraza a tu padre, deja que pellizque tus carrillos y no se te ocurra pedirle un Potosí, que los Emperadores guardan con celo sus tesoros y no reparten bagatelas ni con su abuelo.

Un silencio apoteósico se instaló entre los presentes. Vladimiro se alzó del suelo y despacio tomó la mano del Emperador depositando un beso en su dorso. El trozo de cecina tembló emocionado. Tanto el marqués como el mariscal se enjugaron las lágrimas, mas no duró demasiado su blandenguería y pronto recompusieron los truhanes su estampa fiera toqueteando dagas y pistolones con chulería.

—Un heredero —dijo el marqués.

—El heredero —le corrigió el mariscal.

—Cagoentó.

—Como tiene que ser.

El Emperador agarró a Vladimiro de la camisa y tras mirarlo con fijeza lo aplastó contra su pecho. Era tal su alegría que no encontró otro modo de plasmarla que violentando al rapaz, al que bien le atizaba un bofetón, bien le estiraba de los cabellos, bien le asestaba un puñetazo en mitad del estómago.

—¡Hijo mío! —decía cautivo del sentimiento—. ¡Loco mío!

Y levantándose del trono lo hizo sentar en él, con ceremonia, obligando a sus secuaces a rendirle justa pleitesía mientras la gente de la aldea reía sin parar, como poseídos por una dicha puñetera. El boticario había echado al olvido su seriedad y ahora abría la boca para dar rienda suelta a una carcajada de hiena, y el cartero revolcábase en el barro de pura guasa, y en su trayecto quiso derribar a la comadrona, que se palmeaba los muslos pícara, sin soltar el alborozo. También Don Aureliano emitía risotadas atroces sin apartar los ojos de la estampa coronada de Vladimiro.

—Padre —dijo el rapaz—, quiero pediros una cosa.

—Habla hijo mío, que tus deseos serán cumplidos.

—¿El Emperador mata?

Arrugó el ceño Romualdo, adoptando al punto una pose científica, como si de veras estuviera capacitado para dar una contestación exacta.

—Mata el hombre, el Emperador esconde su crimen bajo el trono, donde siempre acaba llenándose de telarañas.

—Entonces yo guardaré el mío.

Y al batir de sus palmas, todos los vecinos fueron pasados a cuchillo. Más allá, una anciana bigotuda y paticorta se precipitó al agua con el orgullo moribundo. Bajo la cascada quedó sepultado su recuerdo.

En la aldea la nieve lo cubría todo, parecía una novia ausente, muerta de aburrimiento. Al cabo, de una de las chozas se escuchó un alarido; era la parturienta, que quebraba su talle en dos para alumbrar a los gemelos. Cuando a la mañana siguiente el ejército rebelde tomó la plaza, ellos ya habían nacido, solos y libres.

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