Historia de una Actriz Ilustrada

HISTORIA DE UNA ACTRIZ ILUSTRADA

relato de  Eduard Blanco.

(Gracias mil por el regalo)

Sin quitarse el abrigo se acomodó en la silla para los clientes.

Siéntese por favor

Dije queriendo dejar una sutil constancia de mi notable ingenio. No obstante, soy culpable de dejarme fascinar. Era la mujer más bella jamás vista, insólita como un felino por descubrir, atrayente como la gravedad de la tierra y sugestiva como el mirar de una serpiente. Derrochaba elegancia natural, con una superioridad inusual para las mujeres de aquellos tiempos.

Quiero encargarle un trabajo. Que siga a alguien, porque eso es lo que hace ¿Verdad Sr. Mórtimer? Seguir a la gente.

No moví un músculo facial, dejando que nuestras miradas se fundieran en un mutuo deseo. Si bien, un estúpido lapsus impidió que mantuviera los ojos atentos. Mientras fumaba, dibujaba órbitas de humo en forma gradual y ascendente; otra demostración de mis habilidades, uno de los círculos humeantes se me metió en el ojo, decorándolo como un tomate partido. Y lo peor, cohibiendo la excitación que, sin duda, mi virilidad provocaba en ella.

Sepa usted que me he informado de su pasado – Dijo de repente, dejándome con la mandíbula colgando de un cigarrillo. – Su paso por prisión y sus tres divorcios (El cuarto estaba al caer) Su expulsión con deshonor del cuerpo de policía.

No siga por favor – Interrumpí – Me halaga tanta afición por mi biografía. Pero ¿A qué se debe el honor? ¿Si puede saberse?

Quiero contratarle Sr. Mórtimer. Tengo mis razones personales y dinero para remunerar facturas y gastos extras.

Tengo una reputación moral que sufragar Srta. Parker, la cual, como bien se ha documentado, está en entredicho.

Cincuenta dólares la hora. Doscientos por adelantado.

Trato hecho.

Comencé por ella, intentando fotografiar el recuerdo de sus marmoleas posaderas al partir en cuanto terminamos la entrevista. Angie Parker, nombre auténtico: Angélica Morales. Actriz, 31 años, metro setenta y tres, 90, 60, 90, europea, blindada por un agente anónimo que queda fuera del asunto. La Srta. Parker cometió el error de acudir a la comisaría personalmente a denunciar el acoso, mejor dicho, la supuesta persecución de un hombre al que nunca vio. Con todo, lejos de cohibirse a causa del trato policial, se envalentonó. Por expreso deseo de la casualidad, el sargento de guardia le proporcionó mi dirección.

Durante dos semanas no abrí las ventanas del despacho con la intención de contener el aroma de su perfume, también así mantuve la sesera centrada en el caso, y en caso de necesidad, un ambiente idóneo para la práctica del onanismo. Dormía de día y la seguía de noche. Aunque tuve que pedir un salvoconducto para que dejaran de vetarme la entrada a los locales que solía frecuentar. Infiltrado en la vanguardia de los famosos, pasé percibido. Sin embargo, ello no impidió el resultado de mis pesquisas, sobornos al personal de cocina, camareros, peluqueras, jardineros. A pesar de peinar la ciudad como el sedoso pelo de una muñeca, no di con una jodida pista. Y no podía defraudar a aquella mujer, existían posibilidades de boda si todo salía bien, razón por la cual decidí arriesgarme acercándome más.

Engrasé el viejo Colt y lo enfundé en el cinto. Acicalado como le hubiera gustado a la madre que nunca conocí, decidí convertirme en la sombra de su sombra. Aquella noche de estreno, descubrí al sospechoso entre bastidores, a pocos metros de mí, alto y fornido, con abrigo largo, cándido e inexperto. Aprovechando un cambio de escenario a media luz, probé emboscarlo pipa en mano. Caí sorprendido, atrapado en mi propio plan, con el frío cañón de un hierro presionándome el cogote. Al girarme para enfrentarme al captor, me quedé tonto, sordo y mudo.

Dejo el caso. Le devolveré hasta el último dólar. Búsquese a otro.

Pero, ¿Qué ocurrió? ¿A qué viene esta conducta? ¿Tuvo problemas?

La cité en el despacho esa misma madrugada. Mientras la esperé, bebiendo y fumando, me rompí la cabeza buscando cómo asimilarlo. Una definición; horror. Lo vi con mis propios ojos y no iba a verlo más porque era imposible. ¡Imposible!

Usted lo sabía. Está buscando a un tonto para que cargue con el muerto, si se puede llamar de este modo. Alguien que lo asesine por miedo, o lo denuncie para que lo linchen. ¿Quién es, Parker? ¿El fantasma de su abuela? ¿Un científico loco? Rompo el contrato delante de usted. Ahora váyase y no vuelva nunca. Hablo muy en serio.

Aseguré quitando el seguro al Colt del 45, apuntando justo en medio de los pechos más hermosos que jamás volvería a ver.

Si mi pasado ya era una caja de truenos dada mi profesión, haber suscrito la existencia de un hombre invisible me hubiera costado el permiso de armas y tal vez la reclusión en un loquero. Razón por la cual: Ustedes no me conocen, yo a ustedes tampoco. Y esta conversación jamás tuvo lugar.

Dedicado a la Pluma de Gas y al Pincel Invisible

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