Los pensamientos de Irina (1)

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Pensamientos de Irina (1) – Obra de Ubé

Cuando me la presentaron estaba muerta.

–Se llamaba Irina. La encontraron hace un rato. Todavía no sabemos con exactitud la causa de su muerte, habrá que esperar a la autopsia. A lo mejor tú puedes ayudarnos.

Me quedé mirando fijamente a Irina mientras el policía se alejaba. No había signos de violencia, aquella muchacha tenía una sonrisa dibujada en su rostro, como si fuera un tatuaje póstumo. Era una de esas sonrisas que surgen de la incomodidad y no conozco nada más incómodo que la muerte. Me incliné sobre ella y olfateé su frente. Nada, no encontré ni rastro de su pensamiento. Pudiera ser que llevara muerta mucho tiempo, los pensamientos se evaporan con rapidez. Abrí el maletín y saqué mis artilugios colocándolos con cuidado sobre el suelo. Un hombre de dimensiones pantagruélicas apareció de la nada, como por arte de birlibirloque. Después, sin sacar el puro de su boca, se acercó hasta dónde me encontraba. Cojeaba ostensiblemente de la pierna izquierda por lo que toda su monumental anatomía parecía que iba a venirse abajo de un momento a otro, como un gran coloso siendo asaltado en su flanco izquierdo por un ejército de pigmeos.

–Eh tú, ¿qué son todas esas pamplinas? No sé cómo coño lo hacéis pero los de la prensa os enteráis de todo antes que la propia policía, sois unos profesionales del saqueo, buitres, cantamañanas. Recoge tus cacharros y lárgate si no quieres que te empapele por manipular las pruebas de un delito, por ocultarlas o por lo que me salga de los cojones. Que inventiva me sobra.

Mientras me soltaba todo aquel sermón, el señor Juan José Villena y Castellar, como más tarde me enteré que se llamaba, movía el puro de un lado a otro de su boca. Lo tenía sujeto por unos dientes menudos que comparados con el resto de su persona resultaban ridículos e infantiles. Sin soltar el habano que hacía rato que debía de estar apagado, agachó su cabeza y me dirigió una mirada desafiante.

–¿Me has oído o quieres que te lo repita?

No tenía ganas de discutir. Me había llamado Santiago Álvarez a las dos de la mañana para pedirme que acudiera a la calle de Los porches.

–Al número cinco, no tiene pérdida. Parece que es un asunto feo.

–¿Hay mucha sangre? –pregunté disimulando un bostezo.

–No te preocupes Pepito, no hay ni una gota de sangre. Ven lo antes posible, antes de que llegue el comisario.

–¿El Comisario Benítez?

–No, a ese lo han destinado a Huesca. Ahora tenemos a uno que da gusto verlo, vamos que no te cansas nunca de mirarlo -Santiago guardó silencio, supuse que estaría dándole una calada a su cigarrillo, después escuché el sonido de una sirena a lo lejos. Mi informador soltó un par de tacos.

–Mala suerte amigo, el comisario acaba de hacer acto de presencia. Voy a ver si lo ayudo a salir del coche, me temo que se ha quedado encajado. Nos han jodido con los comisarios de grandes proporciones.

Salté de la cama sin convencimiento. Apenas había dormido un par de horas, así que yo también maldije entre dientes mi mala suerte. De pie frente al espejo del baño observé mi rostro detenidamente. Por mucho que se empeñaran en seguir llamándome Pepito, los cuarenta y ocho ya no los cumplía. Me pasé el peine sobre el pelo mojado y me abroché el último botón de la camisa. Santiago me recibió en la puerta. Habían acordonado el lugar pero un par de vecinas se habían saltado la prohibición y asomaban sus narices curiosas por la puerta del domicilio de “la rusa”. Así era como se la conocía en el barrio, Irina Prokofievna, nacida en Minsk en 1974, al menos eso decía su pasaporte.

–En el caso de que no sea falso, claro, que vete tú a saber Pepito. A estas pobres las traen y las llevan a base de engaños; a estas y a quién se crea el cuento de los tres cerditos, porque hay cada uno por ahí que le echa un cuento a la vida… Bueno eso de los cuentos te lo dejo a ti que eres el profesional.

Santiago se abrió paso entre un grupo de policías que con cara de sueño metía en bolsitas todo aquello que les resultaba sospechoso, a punto estuvo uno de agarrar el pitillo que mi amigo se disponía a aplastar con su bota de falsa piel de serpiente.

–Quieto parao, Adolfo, que el pitillo es mío.

El policía, al que calculé unos veinticinco años, se disculpó de inmediato, no sin antes hacerle a su jefe una advertencia que pretendía ser graciosa.

–Pues no se me ponga a tiro jefe, o lo que es lo mismo, a tirar las colillas a otro sitio que sino se confunde al personal. Y a estas horas soy capaz de meter en una bolsa hasta a mi madre si se me pone por delante.

Santiago no contestó, se limitó a darle una patada a la colilla que fue a aterrizar a las manos enguantadas de otro policía que como era de esperar la introdujo con cuidado en una bolsita.

–Al final voy a acabar en comisaría Pepito, haciéndome la foto de turno.

Lo seguí por un largo pasillo desangelado. Al fondo a la izquierda había una habitación pequeña con una gran cama deshecha en la que descansaba el cuerpo sin vida de Irina Prokofievna.

–Les he pedido a los chicos que tocaran lo menos posible, ya sabes a lo que me refiero, no he querido que ellos hablasen aquí dentro por si se confundía con… bueno tú ya me entiendes.

(continuará

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3 pensamientos en “Los pensamientos de Irina (1)

  1. Pero prima… con la que está cayendo en el blog de mi primo consorte, en Jalozadas, y en el mío mismo, pensaba yo que se iba usted a sumar con una ilustración en plan diva-divina y tres tipos a los coros o acompañando con greñas y guitarras.

    Ok. Entiendo que no quiere mancillar su imagen. Entonces que estaba enclaustrada preparando su obra magna para la Generación Guirlache. ¿Tampoco?

    Y en vez de eso, veo que me comienza una serie que amenaza con tenernos pegados frente a la pantallita para seguirle… usted no es cristiana.

    ¡Viva el espectáculo!

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