Los pensamientos de Irina (2)

pensamientos_de_irina_2_web

Pensamientos de Irina (2) – Obra de Ubé.

A Santiago Álvarez le costaba explicarse cuando se refería a mi trabajo. Intentaba no juzgarme y si era necesario se partía la crisma con cualquiera que se atreviera a reírse de mí o de mis artilugios.

Lo que hace Pepito es sagrado ¿Entiendes mamón? Así que no te vuelvas a reír ni de su red, ni de sus sensores, ni de sus polvos ni de nada o te mando al otro barrio ¿Entendido?

Entendido jefe – Decía el otro arreglándose torpemente el uniforme. Tras la discusión Santiago encendía un pitillo, me observaba un rato trabajar y se marchaba tal y cómo había llegado, en silencio.

Pronto la brigada acabó acostumbrándose a mis extraños métodos, quizás debido a que mi trabajo había ayudado a solucionar algún que otro caso difícil o puede que su aceptación proviniera del miedo que suscitaba en todos ellos la sola mención del teniente Santiago Álvarez.

– Hola Pepito – Me saludó Ignacio. – Es toda tuya.

Antes de dejarme a solas con Irina, Ignacio chasqueó la lengua, moviendo la cabeza hacia arriba y hacia abajo como si su cuello fuera un muelle.

– Qué lástima Pepito, porque la rusa estaba para comérsela.

No hice ningún comentario, me limité a inspeccionar su mente, o lo que quedaba de ella. Me llamo José Portero Suárez, Pepito para los amigos y soy cazador de pensamientos. Por muy extraño que pueda sonar mi oficio es tan viejo como el mundo, al menos en el mundo que no conocemos, pero esa es otra historia que si me permiten reservaré para más adelante.

Rocié sobre la cabeza de Irina una especie de polvos incoloros, después ayudándome de una tela blanca y limpia la tapé dejando una distancia de varios centímetros entre la carne y la tela para que no hubiera contagio posible. Como los polvos necesitaban unos minutos para que surtieran efecto, me dispuse a pasar la aspiradora sensorial por la habitación, los muebles e incluso dentro del armario empotrado. Los pensamientos suelen esconderse dónde menos lo esperas, tienen tendencia a diluirse por el espacio, a traspasar puertas y a saltar por las ventanas. Sin embargo no encontré ni rastro del pensamiento travieso de la rusa. Nada indicaba que su pensamiento hubiera escapado instantes antes de su muerte. Aún así volvía a pasar la aspiradora sensorial.

Unos nudillos golpearon en la puerta.

Adelante Santiago.

¿Molesto compañero?

Supongo que vienes a ver si he averiguado algo.

Santiago me dedicó una sonrisa torcida al tiempo que hacía sonar la suela de sus botas en las baldosas. Yo me giré hacia él malhumorado. Enseguida captó el mensaje.

Lo siento Pepito, siempre se me olvida que el ruido interfiere en el cacharro ese.

Es una aspiradora sensorial.

Pues eso.

Antes de guardar la aspiradora en el maletín, saqué el filtro y me lo metí en el bolsillo. Ha habido casos en los que he desechado muy alegremente lo que había en el interior del filtro y he llegado a tirar pensamientos a la basura. Desde entonces me lo guardo en el bolsillo de la chaqueta y lo examino con detenimiento mientras me tomo un café con leche en el primer bar que encuentro.

¿Cómo lo ves Pepito? ¿Hay algo que pueda sernos de utilidad? ¿Alguna pista qué seguir? A mí me da a la nariz que tanta limpieza se debe a que en el fondo hay toneladas de mierda.

No sé que decirte santiago, de momento no hay nada.

¿Ni un grito, ni un nombre, ni un taco ni una maldición?

Nada de nada. Irina parece una chica silenciosa.

Me cago en las chicas silenciosas, Pepito. Con el silencio no se mete entre rejas a los hijos de puta. Busca, busca Pepito, que al final siempre acabas encontrando algo.

Santiago se estaba poniendo nervioso, apretó los puños y le asestó una patada con la punta de su bota a un peluche que había en el suelo.

Cago en la leche… Dijo dándome la espalda.

En ese momento se escuchó una voz, era uno de sus muchachos reclamándolo.

Ahora mismo voy – Gritó Santiago. – Tómate tu tiempo Pepito, no hay prisa.

Y salió de la habitación dejándome a solas con Irina. Quité la sábana y la observé. La muchacha tenía los ojos abiertos y parecía mirarme, me miraba y sonreía, supuse que se estaba riendo de mi y que quería decirme algo así como “No vas a encontrar nada de nada, baby” pero en ruso, claro. Coloqué la sábana en una esquina de la cama y pasé un rodillo especial que tiene como función atrapar la raíz del pensamiento o lo que es lo mismo el pensamiento motriz de dónde surgen los pequeños pensamientos. Todos poseemos un pensamiento motriz y aunque hayamos muerto este se conserva intacto durante un largo periodo de tiempo, por lo tanto Irina debía tener el pensamiento motriz, eso me permitiría empezar a trabajar. Doble la tela y la metí en el maletín junto al rodillo. Estaba dispuesto a marcharme de allí, pero me detuvo el orgullo. Nunca me había ocurrido antes, abandonar el lugar del delito sin encontrar ningún pensamiento póstumo. De modo que no lo pensé. Me incline sobre la frente de Irina y la olfateé de nuevo, me estaba preparando para pasar la aspiradora sensorial cuando una figura descomunal y renqueante se coló en la habitación.

¿Me has oído o quieres que te lo repita? – Bramó.

No tuve que pensar mucho para llegar a la conclusión de que aquel individuo gigantesco era el mismísimo comisario. Sin embargo ignoraba su nombre, por lo que decidí dirigirme a él como señor, con todas las letras y en mayúscula.

Sí señor, le he escuchado perfectamente, señor.

Entonces mueve el culo y lárgate de aquí, deja trabajar a los profesionales.

Me giré despacio hacia el comisario, y apuntándole con la aspiradora sensorial, le contesté.

Mire usted por dónde yo también soy un profesional, así que no me voy, pero moveré mi culo. Es necesario mover el culo para ponerse en acción.

El comisario emitió un gruñido, avanzó renqueando hacia la puerta y su cuerpo inmenso se quedó atrapado en el quicio.

Cabrón como te coja te vas a enterar… – Me decía sin soltar el puro.

Sácame de aquí imbécil, sácame para que te parta la cara – Gritaba siempre con el puro pegado a los labios.

No me dio tiempo a reaccionar, Santiago Álvarez llegó en auxilio del comisario.

Ignacio échame una mano – Gritó Santiago sin dejar de empujar el ciclópeo cuerpo.

Ignacio se arremangó la chaqueta y le dio un soplido a su flequillo antes de sumarse a los esfuerzos de Santiago.

Joder jefe, lo mismo hay que llamar a una grúa – murmuró Ignacio apretando los dientes.

Calla y empuja, que la fuerza se te va por la boca – Escuché que decía Santiago.

No sabría decir si el comisario Juan José Villena y Castellar era consciente de lo complicado que resultaba rescatar sus carnes del mordisco de la puerta, lo que sí puedo afirmar es que su ira aumentaba por momentos y su rostro pasó de pronto a adquirir el color de un tomate maduro, de esos que si los aprietas un poco te revientan en las manos. El único que se mantenía impasible ante aquella charlotada era el puro, que continuaba en su sitio, como si el asunto no fuera con él. Me dieron ganas de arrebatárselo de la boca.

Te vas a enterar listillo – Gritaba el comisario – Voy a hacerte picadillo. No te va a conocer ni tu madre.

Juan José Villena y Castellar escupía con cada palabra y entre una amenaza y otra se veía obligado a tomar aire y chupetear el puro como si en su interior hubiera una especie de elixir medicinal que le hacía recuperar el vigor que perdía con los empellones que Santiago Álvarez e Ignacio Castaño le propinaban a su formidable persona.

Un poco más Ignacio, empuja un poco más que ya lo tenemos – Decía Santiago sacando la voz de las tripas.

Ajeno al esfuerzo de sus muchachos, el comisario continuaba dedicándome miradas furiosas. A mí me recordaba a uno de esos toros bravos que echan espuma por la boca y arañan el piso de la plaza con sus pezuñas antes de salir a toda castaña del toril. Lo malo de las comparaciones es que uno siempre sale perdiendo, porque si Juan José Villena y Castellar era un toro bravo a mí no me quedaba más remedio que ser uno de esos muñecos de paja que plantan delante de los toriles para que el animalito se ensañe a sus anchas y lo empitone hasta que el torero de marras lo salude con una verónica o con tres padres nuestros.

Tranquilo comisario, que casi está fuera. Venga Ignacio, a la de tres con todas tus fuerzas.

Santiago contó tres e Ignacio hizo lo que pudo, se escuchó un grujido y yo pensé que el comisario del barrio de San León se acababa de partir en dos. Retrocedí unos pasos apretando la aspiradora sensorial contra mi pecho y al cerrar los ojos la imagen sonriente de Irina me vino a la cabeza, pero la muy tunanta no soltó prenda, continuaba sin decir este pensamiento es mío. Cuando abrí de nuevo los ojos Santiago estaba a mi lado, limpiándose el sudor de la frente con la palma de la mano mientras que con la otra golpeaba suavemente mi hombro en una actitud que no dejaba espacio a la confusión.

Señor comisario le presento a Pepito, nos está ayudando con el caso. Es un cazador de pensamientos, supongo que habrá oído hablar de ellos.

Juan José Villena y Castellar se sacó el puro de la boca, después hizo que su lengua se paseara de un lado a otro capturando la saliva sobrante de la comisura de sus labios.

Me paso por los cojones a los cazadores de pensamientos. Yo no comulgo con mariconadas.

Ignacio emitió una risita nerviosa, Santiago se giró hacia él y sus ojos se clavaron en el rostro sonriente del policía como si fueran cien puñales.

Cualquier método es bueno por extraño que parezca, señor. Hasta ahora Pepito no nos ha fallado.

El comisario Juan José Villena y Castellar volvió a introducirse el puro chupado en la boca.

¿Y tú te fías de alguien que continua llamándose Pepito a los cuarenta y tantos?

El comentario hirió mi orgullo, pero en el fondo tenía razón, hacía tiempo que intentaba en vano reivindicar un nombre más acorde con mi edad, por eso insistía siempre que tenía ocasión en que me llamaran José, haciendo hincapié en el acento, porque a mí los acentos me parecen de lo más masculino.

Mire comisario, a mi el nombre de cada uno me la trae al fresco ¿comprende? Lo que me importa de veras son los resultados y Pepito en eso es un fuera de serie, sus resultados son cojonudos.

El comisario me examinó mientras hacía girar su puro con la lengua. Debía estar registrando en su memoria cada detalle de mi insignificante persona, sin mediar palabra el gigante se inclinó hacia mí, parecía la torre de un castillo viniéndose abajo. Santiago lejos de sentirse intimidado, sacó pecho y apretó mi hombro, era su modo de decirme “No te preocupes chaval, que aquí estoy yo para lo que haga falta”. Ese era otro de los enigmas que encerraban el comportamiento de Santiago hacia mi, el hecho de que se empeñara en llamarme Pepito y se hubiera adjudicado el papel de hermano mayor cuando todo el mundo sabía que yo le llevaba tres años.

Vamos a ver cazador de hostias, a ver si adivinas qué es lo que estoy pensando en este momento.

Hizo una maniobra de ajuste corporal y alzó su anatomía hasta volver a parecer el coloso de Rodas, después se cruzó de brazos y esperó mi respuesta chupeteando el puro apagado.

Usted está convencido de que en vez de cazar pensamientos debería dedicarme a cazar moscas, que la policía siempre ha sido un cuerpo respetable y no un circo, que los extraterrestres son un invento publicitario, aunque haya sido comprobada científicamente su existencia e incluso se tenga contacto oficial. Esta pensando sobre todo por las noches cuando da vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño que más les valdría a los tipos del espacio haberse ido a aterrizar a Plutón o a hacer puñetas. Y que en lugar de abrirnos la mente y enseñarnos a utilizar el cerebro hubiera sido mejor que nos hubieran pegado un par de guantazos como Dios manda o en el peor de los casos hacer de nosotros paté de mortadela con olivas. Está pensando, señor comisario, que el mundo ya no es lo que era, que no teníamos ninguna necesidad de inventar tanto ni de mandar cohetes a la luna, que como en casa no se está en ningún sitio y que de fuera vendrán y del planeta nos echarán. Está pensando que el nombre de Pepito me queda que ni pintado porque todos los pepitos que ha conocido eran unos soplapollas. ¿Quiere usted que continúe o ya tiene bastante?

El comisario Juan José Villena y Castellar apretó los puños y su rostro se incendió como un bosque de pinos en una tarde de agosto.

Haga lo que tenga que hacer pero no se cruce en mi camino.

Por cierto – Me atreví a decir soltándome del brazo de Santiago – No hay comisarías mierdosas, si no comisarios con el olfato atrofiado.

Pantagruel salió de la habitación con paso marcial, el enfado acentuaba su cojera, pero lograba mantener el equilibrio y aunque su cuerpo se mecía frenéticamente hacia la izquierda, no llegaba a precipitarse como todos hubiéramos deseado. Cuando cruzó el quicio de la puerta a Ignacio se le escapó una risita.

¡A trabajar coño! – Gritó el comisario dándonos la espalda. Luego se perdió por el pasillo soltando una retahíla de tacos y sin dejar de chupar el puro.

Ignacio se acercó a mí.

¿De verdad piensa que esta comisaría es una mierda?

Una mierda pinchá en un palo.

Qué hijo de puta el comisario. No, si ya lo decía el Damián, como os traigan al del Carrel os vais a enterar y vaya si nos estamos enterando. Me ha dejado con menos energía que un pajarito. La próxima vez que se quede atrapado no me llames Santiago, que sabes que yo no tengo chicha.

Santiago Álvarez sonrió, era su primera sonrisa de la mañana. Me dio unos golpecitos en el hombro y miró en dirección a la rusa. Ignacio y yo seguimos el recorrido de sus ojos.

¿Y ésta qué, continua tan silenciosa?

Como una tumba.

Ignacio se rió por lo bajini.

No he querido hacer un chiste, Ignacio, pero es que Irina Prokofievna está más muda que Nefertiti.

Será porque hace menos tiempo que está muerta. Poco tiene que contar uno cuando acaba de palmarla, digo yo que como para todo en esta vida y en la otra se necesita tiempo para reaccionar.

Ignacio confiaba tanto en mi trabajo como el comisario, pero al menos el policía lograba disimularlo con cierta gracia.

Venga, vámonos de aquí, estamos estorbando a Pepito.

Santiago Álvarez antes de marcharse me guiñó un ojo, yo lo interpreté como que le había echado un par al asunto. Santiago era hombre de pocas palabras.

(continuará)

Anuncios

Un pensamiento en “Los pensamientos de Irina (2)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s