Mienten

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Mienten, obra de Ubé.

Mienten.

Ni ojos de ginebra azul, ni piel de ángel caído. Desirée no era más que una chiquilla insulsa, asustadiza y poco agraciada, con ese acento catastrófico que arrastraba erres y nicotina, y una tendencia al suicidio que rozaba lo grotesco.

Ya lo he repetido hasta la saciedad. Mienten. Mi primo es inocente. Así se lo hice ver al señor Borrás primero, una tarde de primavera plomiza mientras despachábamos en una terraza de Caesaraugusta un dry martini.

-Señor Borrás, a pesar de las sospechas de nuestro amigo Eduard, y de las fantasías juveniles de Jaloza, Berbi es inocente. Él no intentó liquidar a la chica, créame. ¿Acaso no ha visto su semblante de tejón, sus ojos de ciervo herido, su risa de hiena amiga y domesticada? No, de ninguna manera. Desirée utilizó Tellerda como escenario para su fin. Era una desquiciada. Mienten. Se lo digo yo. ¡Mienten!

El hombre que tenía enfrente arrugó el ceño. Después, con una lentitud exasperante se llevó la copa a sus labios y apuró el martini.

-Estoy de acuerdo –afirmó.

El señor Borrás es uno de esos tipos que sentencian, un magistrado de pega al que le gusta ajusticiar los sentimientos.

-Pero dígame –continuó-. ¿Qué piensa hacer ahora?

Adopté una postura meditabunda, de catálogo de revista chic.

-Defenderlo, naturalmente. A fin de cuentas, es de la familia. ¿Acaso hay algo más importante que la famiiiiiiliiiaaaaa? –repetí alargando hasta el infinito aquella feroz palabra.

Al cabo, vino a nuestro encuentro el hombre invisible. Había olvidado tomar su superpócima, aquella que le hacía desaparecer del mundo a capricho, y por ello andaba desnudo por la city como si tal cosa, en carne viva la emoción. Clavé mis ojos de fuego en sus partes íntimas y murmuré un tanto avergonzada:

-¡Tápate un poquito, hombre! Que vas a asustar a los niños de pecho.

He de decir que el hombre invisible goza de una virilidad desorbitada. Es, muy a su pesar, un adán en un paraíso de neón y tequila, de serpientes con cuerpos de mujer que reptan sobre escenarios sucios.

De mi mochila extraje un slip y se lo tendí con prisa. El señor Borrás ahogó la risa en el humo de su cigarrillo.

-¡¡La famiiiiiiiiiiliiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaa!! – enfatizó entonces el invisible en calzoncillos-. ¡¡La familiiiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaa!!

Silencio.

-Mañana mi primo ingresará en la cárcel de Zuera –dije después de lo que me pareció una eternidad.

-En ese caso ya no hay vuelta atrás –soltó Borrás con un deje nostálgico.

-¡Mienten! –insistí yo.

-¡¡La famiiiiiiiiliiiiiiiiiiiaaaaaaaaaa!!

El señor Ubé nunca se cansa de ensalzar el drama de los otros. Eché de nuevo mano a mi mochila y extraje un pantalón chino y una camiseta turca.

-Anda, vístete y calla.

Silencio.

La tarde comenzó a enfadarse. Encima de nuestros cogotes comenzó a desatarse la tormenta. La primera gota cayó sobre la copa vacía de Borrás, la segunda sobre la recién estrenada normalidad del visible, y la tercera…

-¡Levantad el culo de ahí! –dijo de pronto una voz conocida. Era Eduard que había aparecido a nuestro lado como por arte de birlibirloque. Alto, guapetón, espigado, con un aire de ruina y fatalidad, igualito a uno de esos detectives de serie B que alimentan las televisiones de los mayores.

-Tenemos trabajo, señores.

Y antes de que pudiese replicar, de un coche negro con las ventanas ahumadas, salió un tipo estrafalario, feo como un pecao y tan gordo que parecía que de un momento a otro fuese a estallar.

-¡Andiamo bambina, tutto por la familia!

Aquel individuo trajeado que llevaba sombrero de ala estrecha y un clavel chuchurrío prendido en la solapa era ni más ni menos que el tío Paolo Moralinni. Cuando accedimos al interior del coche, una sombra pronunció:

-¡¡La famiiiiiiliiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaa!!

Inmediatamente descubrimos que se trataba de Jaloza, que sin dejar de mirarnos repitió:

-¡Tutto por la familia!

En su acento descubrí más mentiras que sueños.

-¡Andiamo!

Dedicado a mis amigos de pluma virtual Eduard Blanco, J.M. Morales, Jaloza y Luis Borrás.

Sigan las entregas anteriores en los blogs:

Eduard Blanco (1)

J.M. Morales

Jaloza

Eduard Blanco


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4 pensamientos en “Mienten

  1. No sé que opinará de esto el Fiscal Baudelaire (Padre de Désirée). El caso huele mal desde el principito. Y mientras, ¿Qué ocurre con el sospechoso? Mucho largar de ésto y lo otro y Berbi sin aparecer. ¿No lo tendrán ustedes escondido en un bolsillo? Y esas prisas con el andiamo presto subito la famiiiiiiiiiiliaa. ¿Amantes a la boloñesa en el Pirineo? ¿Saben que el tipo invisible que va con ustedes fue detectado por un invidente con estrabismo? Háganse un favor y no salgan de la ciudad sin avisar.

  2. Estimada señora Morales:
    Uno vuelve de viaje y se encuentra con estas agradables sorpresas.
    Conoce usted una de mis debilidades, la coctelería alcoholica en cualquiera de sus delicadas versiones. El lugar idóneo, cualquier terraza con amplias sombrillas, tabaco rubio americano y ceniceros de Cinzano.
    Me inquieta este nuevo giro en la historia del presunto criminal apodado Berbi. La implicación de personajes empadronados en Nápoles.
    Espero en breve puedan ustedes leer mi propia versión de esta historia. En cuanto reciba la imagen adecuada para acompañarla.
    Reciba un embriagado saludo de su más rendido admirador.

  3. La familia es la familia, todo por la familia. Siempre me han dicho que tengo un fuerte acento calabrés… jojojo. Sois unos cachondos.Espero que mi madre nunca llegue a saber con qué clase de gente me junto.

    Espero ansioso el broche de Don Luis. Por cierto, Berbi que sigue con problemas de línea (nunca te apuntes a una compañía cuyo nombre no seas capaz de pronunciar, le dije) me indica que está recluído en Zuera, que anda escribiendo y que su venganza será terrible. El Conde de Montecristo lleva cachirulo.

    Besos y abrazos.

  4. Pingback: Désirée Caso Abierto « Relatos y Cuentos Depredadores Weblog

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