Antes que nada

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Antes que nada, obra de Ubé.

No entiendo de amor, esa es la verdad. Mis encuentros siempre han sido breves, una mirada oportuna en un garito apestando a humo y desilusión, que si rozo su trasero en la pista, que si ella abre la boca para soltar risas y mentiras, que si más ron con coca cola por favor. Y la música martilleando mis oídos, naturalmente, y ese aroma a sudor dulce que me embriaga acabando de golpe con mi paciencia. Los hombres somos así, animales salvajes. Eso no lo digo yo, que conste, es Paula quien lo afirma, después de subirse las bragas y pintarse los labios. Me gusta, sí, su aspecto de mujer fatal y su forma de mover las caderas, también ese mal genio que la sacude en cuanto da por terminado el revolcón.

—Y no pienses que voy a darte mi teléfono.

Tiene la voz ronca, de gata maullando bajo el chaparrón. Enciendo un cigarrillo y aparto la mirada de su escote. Antes de arrancar el coche, la miro por última vez. Está guapa despeinada. Me dan ganas de volver a tenderla en el asiento trasero y meterme en ella. Las entrañas de una mujer son como ríos que no acaban de desembocar.

—A qué esperas, llévame a casa.

Cruza las piernas Paula, completamente vacía de mí. Ahora supongo que no hablará. Siempre es la misma historia. Hundo el pie en el acelerador y doy una calada, sin soltar el humo, como si fuese ella la que atraviesa mi garganta con sus tacones.

Ya nos conocíamos Paula y yo, íbamos al mismo instituto. Ella era entonces más flaca, casi el palo de una escoba, y llevaba el pelo corto, a lo garçon. Nunca he entendido esa obsesión de las jovencitas por parecer un tío. La prefiero así, dueña de una melena indómita, también con la carne forrando sus huesos. Cuando estábamos en primero de BUP, salía con el chori, un muchacho alto y desgarbado que no quería ser nadie en el futuro. Bebía mucha cerveza el chori, y su boca de cuchillo sostenía a todas horas un porro apagado por la desidia. Nos pelábamos las clases a menudo para escapar a la playa y gandulear, entregarnos a elucubraciones color tabaco, sin más. Ninguno de la pandilla pretendía ser un premio Nóbel, nos conformábamos con un trabajo digno que nos permitiera pagar nuestros vicios, alcohol, por supuesto y maría, el resto no tenía importancia. El matrimonio sonaba a guasa.

—A mí no hay quien me aguante —decía quemando una china. Tan moderna, Paula.

En tercero, le perdí la pista. Dejó el instituto y estuvo un par de años dando tumbos por ahí, sin dedicarse a nada en concreto. Al chori le dio puerta enseguida, en cuanto conoció a Braulio, un intelectual medio calvo que la convenció para que enseñara las tetas en el escenario. Actriz, sí; creo que Paula se convirtió en actriz.

La noche se ha vuelto fría. En el maletero he dejado mi chaqueta de cuero. No, no es una chupa con cremalleras como las de antes, es un modelo discreto. Ya no soy un chiquillo. El instituto pasó, la playa no guarda hoy mis secretos, ni enfría las litronas en la orilla. He comprendido que los recuerdos son humo y se esfuman a ratos enredándose a las telarañas del techo en casas que no nos pertenecen. Ayer, el tranvía no alborotaba el paseo ni yo esperaba ponerme al mando de uno para serpentear entre las aceras y tocar la bocina a las mujeres hermosas. A Paula, claro, una tarde de agosto, al doblar la esquina del instituto, ¡moooooccccc!. Dio un respingo y me miró a través de sus gafas. Pantaloncito corto y camiseta ceñida, el pelo recogido en una coleta alta que se movía con ritmo propio. No me reconoció, al menos no ese día. Me dieron ganas de sacar la cabeza por la cabina y gritarle.

—¡Eh Paula, soy yo, Andrés Solís, el mejillón!

A mí en el instituto me llamaban así, vete tú a saber por qué; se me ocurre que pueda ser debido al color naranja de mi pelo, pero eso fue años antes, cuando calzaba a todas horas unas náuticas y llevaba la raya al lado y un flequillo de Spandau Ballet que soplaba de forma automática para presumir ante las chicas, calderilla en los bolsillos, qué remedio, y entre las manos, sudor y sueños.

Una semana más tarde, volví a toparme con ella. Esta vez subió al tranvía, en el primer vagón, muy cerca de la cabina. En una parada en la que debía hacer trasbordo, me acerqué a Paula, como si tal cosa, masticando chicle y metiendo tripa.

—Hola —le dije—. ¡Cuánto tiempo!

—Perdona, ¿nos conocemos?

Me rasqué la barbilla y sonreí. A Paula siempre le gustó mi sonrisa, decía que era como un pedacito de cielo; sí, un cielo de primavera, ancho y despejado. Confieso que la forma de hablar de Paula me resultaba empalagosa, se empeñaba en ponerle mucha poesía al asunto, a cualquier cuestión, incluso a la más tonta. Ya lo he dicho, ninguno de la pandilla aspirábamos a ser un premio Nóbel.

—Ya lo creo, íbamos juntos al insti.

Sonrió perezosa, como si acabara de despertar de una siesta.

—Eres el chori, ¿a que sí? ¡qué fuerte!

Planchazo, eso pensé, e inmediatamente solté el aire dejando en libertad mis michelines. Mi aspecto me importaba un carajo ahora que me había confundido con otro.

—No, soy Andrés Solís, el mejillón.

—¡Coño, el mejillón!, haberlo dicho antes —exclamó golpeándose el muslo.

Me pregunté a dónde habría ido a parar el lirismo de Paula, ese verde que te quiero verde lorquiano que declamaba en el aula de teatro totalmente extasiada, igual que si bajo su falda hubiese un enano lamiendo su sexo.

—Termino mi turno dentro de veinte minutos, si te apetece podemos tomar un café.

Me dijo que sí, que bien, que me esperaba sentada en un banquito de la estación, pero que mejor una birra porque estaba tan seca como el desierto del Gobi.

Bajamos juntos del tranvía, en silencio; yo masticando chicle, ella haciendo bailar los volantes de su falda, cortísima y negra, como una tarde de invierno. Al poco, frente a una mesa sucia, fue desnudando sus miserias, gajo a gajo, como quien pela una naranja; funciones tristes en pueblos que ni siquiera figuraban en los mapas, nicotina alrededor de los dedos y polvos de arroz en el rostro, cantidades ingentes de aburrimiento sobre escenarios estrechos, pan y salami entre los dientes; en la maleta, bragas del todo a cien y algún vestido de moda para no olvidar el paso del tiempo.

—Ya ves, Andresito, nunca planifiques tu vida si no quieres que ésta acabe dándote por saco.

No contesté. Mis ojos estaban detenidos en su escote. Las tetas de Paula son firmes y emergen curiosas a través de la seda para retar al mundo y de paso a la gravedad. Duros, sí; me fijé en que sus pezones estaban duros, como si en su imaginación ya los hubiese pellizcado.

Tres cervezas más y nos dijimos adiós.

—Y no pienses que voy a darte mi teléfono.

Esa es su frase preferida, también la repite ahora, a mi lado, mientras deja vagar la mirada por un paisaje de cemento y neón.

—Para, me quedo aquí —dice de pronto.

Cada vez la dejo en un sitio diferente. Teme que Braulio, su marido, pueda verla en compañía de otro hombre. Acaba de cumplir cincuenta y ocho años, Braulio, y no le queda ni un solo pelo en el cogote. Lo imagino encima suya, resoplando por el esfuerzo, con la frente sudorosa y la boca abierta. No sé por qué pero creo que los intelectuales deben follar de pena, que prefieren desplegar la lengua antes que derramar su semen. Me da por pensar que son pavos reales que la palman en un orgasmo de mosquito, visto y no visto. Yo no, a mí Paula me pone muy cachondo, y mientras me besa, le pido que me masturbe despacio hasta que mi polla no cabe en su palma, tan complaciente Paula.

Estamos en una plaza pequeña rodeada de árboles y jovencitos pelmazos. Se gira hacia mí y me lanza un beso de despedida. Nunca me toca cuando estamos cerca de su casa.

—Ya nos veremos —y se alisa la falda con gesto impaciente.

Huele Paula a engaño, a chicle de menta y a recreo.

Tienen que pasar dos días más antes de que pueda volver a verla, antes aún el tranvía ha doblado la esquina del instituto y tocado la bocina a una mujer hermosa, una desconocida de falda corta y camiseta ceñida que camina al lado de un hombre en ruinas.

—¡Eh, Paula, soy yo, Andrés Solís, el mejillón! —he querido gritarle.

No entiendo de amor, esa es la verdad, pero quizá se me ha metido en la cabeza que amo a esa mujer, a la extraña que se ha convertido en actriz y que ayer suspendía matemáticas. Tan perra, Paula, tendida sobre la arena como una muerta en vida mientras el chori le mordisqueaba el cuello con sus colmillos de roquero.

Ni teléfono ni gaitas. Nuestra siguiente cita no necesita más que de la casualidad, esa costumbre que ha acabado por adquirir la forma de una estación de paso, con banquitos de piedra puestos al sol de la esperanza. El número cinco, ese es mi tranvía con destino Neptuno; allí descargo turistas y familias al borde del aburrimiento. Entre un batallón de sandalias y faldas cortas busco a Paula, un día tras otro, tardes y mañanas de espera, cigarrillos que se apagan entre mis labios convirtiendo en ceniza la paciencia. Hasta que una noche detecto su rastro a sudor dulce en uno de esos garitos que apestan a humo y desilusión; que si rozo su trasero en la pista, que si ella abre la boca para soltar risas y mentiras.

—Mira Andresito, lo nuestro se ha terminado. Finita la comedia, así, como lo oyes —me dice mientras el ron con coca cola baila entre sus manos.

Al fondo, un grupo de niños viejos parecen querer comérsela, esos tipos echados a perder por los sueños, que continúan acudiendo a la facultad a pesar de haber sobrepasado los cuarenta, intelectuales de medio pelo que más que follar la palman en un orgasmo rápido, de moscardón playero.

Antes de nada quiero decir que fue un accidente, que no la vi venir, que aquella mujer hermosa se me echó encima, como si fuese la mismísima Ana Karenina, y que conste que al doblar la esquina del instituto le toqué la bocina… ¡mooooooccccc!, pero Paula se quedó quieta en mitad de las vias, con su falda corta y su camiseta ceñida. A mí me da que siempre le puso mucha poesía al asunto, a cualquier cuestión, incluso a la más tonta.

Ya lo he dicho, no entiendo de amor; esa es la verdad, señor juez.

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4 pensamientos en “Antes que nada

  1. Me ha gustado mucho, prima. Es suyo en estado puro, lo reconocería entre todo el Paseo Independencia lleno de libros. Se dice que Certeza le va a volver a publicar. Quiero segunda fila, centrada, para la presentación. La primera es para los que tengan ISBN. Bravo y me alegra saber que le arranqué una sonrisa y una palmada en el muslo al ver el libreto de Desiree.

  2. Antes que nada decirle que me ha encantado el relato. La voz del narrador está muy conseguida y el desenlace es sobrio y contundente.Al fin que leo relatos publicados que tienen muchísimo menos calidad que el suyo.
    Un saludo.

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