César en rojo (extracto del acto segundo)

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Otra portada de Ubé

ACTO SEGUNDO.

(SE ESCUCHA UNA MÚSICA DE CABARET. LA LUZ SE VUELVE ROJA INTENSA. UNA FIGURA DE ESPALDAS Y VESTIDA DE ROJO SE CONTONEA AL COMPÁS DE LA MÚSICA. SE DA LA VUELTA Y VEMOS A SERVIO SUPLICIO QUE LLEVA UNA MASCARA EN LA MANO).

SERVIO SUPLICIO: (MIRANDO HACIA EL PÚBLICO). ¡Comienza el espectáculo! (DA UNA PALMADAS Y APARECE CÉSAR FLANQUEADO POR DOS ENFERMERAS. EMPUJAN A CÉSAR HASTA EL CENTRO. CÉSAR SE QUEDA QUIETO MIRANDO A LA MUERTE VESTIDA DE ROJO, O LO QUE ES LO MISMO, A SERVIO SUPLICIO DISFRAZADO DE MUERTE CARMESÍ. LAS ENFERMERAS RETROCEDEN UNOS PASOS Y SE CRUZAN DE BRAZOS. PARECEN DOS LEGIONARIOS).

JULIO CÉSAR: Ya me estoy acostumbrando a estos encuentros furtivos que se dan cita en el rincón más apartado de mi mente, en el centro mismo de mi fantasía desatada. A veces no consigo distinguir el sueño de la realidad pero de cualquier manera os siento, noto vuestra presencia aún cuando todavía no he cerrado mis ojos; a pesar de que todo transcurre a mi alrededor como de costumbre: los niños en la escuela, las madres concentradas en sus tareas, los esposos  en sus trabajos, lo ancianos esperando. Ese es el peor de los estados: la espera. ¡Lo que yo daría porque no me hicieráis esperar para darme vuestro abrazo, para aprisionarme en vuestro cuerpo y desnudar al fin mi alma de los harapos de su carne! ¿A qué esperáis dulce señora? No voy a resistirme, podéis tomarme cuando os plazca, me convertiré en vuestro fiel sirviente, en vuestra mayor ramera. El César también puede prostituirse.  Su naturaleza humana lo dota de una magnífica facilidad para la corrupción. Venid  y corrompedme. Haced de mi un miserable, convertirme en una doncella gritona, travestidme, hacedme sentir insignificante como una de esas pobres mujeres que son golpeadas por manos amadas; pegadme, muerte maldita; arremeted contra mi divina persona y demostrarme que yo también estoy condenado, que incluso el César acaba apagándose como un fuego que deja de alimentarse. Porque así me siento, con el estómago vacío, con la mente hueca, con los huesos rotos. Alimentadme con el fin, pero apresuraos señora, el César no es muy paciente. Mi dignidad me impide permanecer por mucho tiempo postrado a los pies de nadie; ni siquiera a los vustros, a esos pies que han sido besados por grandes hombres, por hombres tal vez más grandes que yo. No importa, también ellos se resistieron en su momento, se revolvieron en el último instante y dejaron de ser rameras; recuperaron el orgullo y alzaron sus cuellos para poder mirarle de frente, sin temor. No hay que temer lo inevitable, señora; por ese motivo os tengo un miedo atroz, porque no se puede evitar temer a la muerte. El temor es la vida. Si no os temiera significaría que ya estoy muerto. ¿Por qué sonreís señora? ¿Es eso? ¿Estoy muerto o continúo soñando? ¿He asesinado mis sueños y vivo sin capacidad para soñar? Hablad. Sé que sonreís tras esa mascara que oculta vuestro rostro.  Sólo silencio recibo de vos, señora; nada puedo hacer ante él. El silencio amordaza nuestras lenguas, le hace un torniquete al pensamiento impidiéndole manifestarse. Calláis y es como si me apuñalarais el alma. (JULIO CÉSAR CAE DE RODILLAS). Me desesperáis, señora; hacéis que sienta asco de mi mismo, me siento sucio (JULIO CÉSAR COMIENZA A LIMPIARSE CON LAS MANOS) Muy sucio. Dejad de ensuciarme… Parad, por los dioses, tened piedad de este pobre César. Todos mis crímenes se manifiestan ahora: una mancha, un delito… No cesan de brotar manchas en este cuerpo impoluto, divino. Los dioses como yo somos inmaculados, estamos llenos de una luz blanquecina que nos protege de las leyes de los mortales, por eso violamos las reglas; podemos hacer con el mundo lo que nos plazca, somos sus dueños. Y ahora el mundo va a dejar de pertenecerme. (JULIO CÉSAR SE QUITA LA TÚNICA Y MIRA SU OMBLIGO) Mi mundo se está haciendo pequeño. Se me desinfla. Se me va por el ombligo, ese ombligo maldito que me unió a la que me dio el ser  ahora quiere engullirme; es una tubería atascada que vomita los capítulos  oscuros de mi vida y apesta. Este ombligo apesta. El mundo huele a cloaca. Mi mundo es mi ombligo y mi ombligo ha dejado de reconocerme. Haced algo señora, decidle que soy César, que le ordeno que vuelva a adorarme, que me traiga ofrendas. Rápido, hablad, pronunciad una sola palabra aunque no sea cierta; insultadme, fustigadme con el látigo de vuestra lengua, pero no me regaléis el silencio; no soporto que el silencio me devore. El silencio daña mis oídos, baja por el cerro de mi garganta y se instala en mis pulmones (CÉSAR GRITA DESESPERADAMENTE , RETORCIÉNDOSE MIENTRAS LAS ENFERMERAS Y  LA MUERTE, QUE SE HA SENTADO EN UN TABURETE,  SACA DE SU CAPA UN BOCADILLO DE CALAMARES Y COMIENZA A COMER) Matadme señora. Acabad conmigo de una vez. No quiero que nadie me vea así. No deseo ver en sus rostros la piedad dibujada, el triunfo esbozado en sus pupilas, el sudor de sus manos, sus sonrisas cómplices, sus lágrimas provocadas, sus lamentos coreografiados. No podré soportarlo. No he nacido para verme morir a mi mismo y en todos ellos estaré muerto. Ya lo estoy. Deben estar celebrando mis funerales mientras yo converso con vos. Es posible que a estas horas brinden con mi mejor vino por sus futuros horrendos. Mis hombres, mis mujeres, mis hijos… incluso mis madres; todos se reirán de mi muerte y danzaran frenéticos sobre una tumba que todavía no ha sido excavada, y borrarán mi memoria, y maldecirán mi nombre… Pequeños hipócritas. Ignoran que mañana necesitaran mi poder, olvidan que yo jamás moriré del todo, que rebuscarán entre mis cenizas la esencia de lo que fui, y que cuando posean todo lo que me  arrebataron volverán a quedarse sin nada; porque habrá otros que desearán su muerte y la celebrarán, mientras ellos creen estar viviendo su gloria. Sí, señora mía, mi alma permanecerá aquí y se vestirá de púrpura cada día, y conquistará nuevas tierras y yacerá con nuevas mujeres y tendrá nuevos hijos que serán repudiados por sus hijos y por los hijos de sus hijos. No hace falta dejar de respirar para morir. Yo ya estoy muerto. Sucio, cansado y muerto. Pero vos continuáis infringiéndome dolor, dejándome al cuidado de ese ejército de enfermeras asesinas, que tienen la fuerza de un millar de  legionarios y el tacto de una tortuga. Sólo la memoria es eterna, el recuerdo es la inmortalidad. Yo permaneceré en el recuerdo y en la memoria de los hombres por los siglos de lo siglos. Y ahora matadme, dejadme descansar; necesito dormir sin tener que ingerir pastillas rosas y naranjas, disfrutar del calor de los brazos de Morfeo sin el temor de que arranquen de ellos una cohorte de enfermeras disciplinadas. Exijo mi derecho a morir con la dignidad de un César, con la pompa de un dios. Dejad que muera de pie, con la espada alzada, guiando a mi ejército; o mejor dejad que lo haga después de que Roma me agasaje, tras mi desfile triunfal por sus calles, mientras el gentío me aclama y las jóvenes me sonríen con las mejillas rubicundas. Dejadme morir lejos de la mirada de curiosos. No quiero que los fotógrafos inmortalicen mi agonía, os prohíbo que se me haga una entrevista póstuma. Quiero desaparecer de este mundo como vine; quiero recuperar al marcharme la inocencia que extravié en los caminos, en los pliegues jugosos de alguna carne que no recuerdo, en las sandalias que un día cubrieron mis pies, en la risa que no dejé aflorar, en los cultos que me cegaron, en las victorias que amargaron mi boca, en las vidas que ordené sesgar… Es lo único que os pido ¿Me concederéis al menos ese deseo?

(LA MUERTE DEJA DE COMER. LO MIRA. SE QUITA LA MÁSCARA Y CÉSAR RECONOCE EL ROSTRO DE SERVIO SUPLICIO).

SERVIO SUPLICIO: ¡Coño, que buenos estaban los calamares!

(JULIO CÉSAR GRITA).

JULIO CÉSAR: ¡Hija de puta….!

SERVIO SUPLICIO: Dadle su medicación, esta noche ración doble de pastillas rosas y anaranjadas.

JULIO CÉSAR: (GRITANDO): ¡No!, ¡dejadme, os lo suplico, os lo ordeno! No me pongáis ni un gotero más, no me obliguéis a ingerir ni una pastilla más.

(LAS ENFERMERAS TRAEN UNA CAMILLA Y SUBEN EN ELLA A JULIO CÉSAR. LO SUJETAN POR LOS BRAZOS).

JULIO CÉSAR: Escaparé, lo juro por los dioses. Lograré romper vuestras cadenas, muerte maldita, monstruo de infinitos  rostros; seguro que tenéis  uno para cada ocasión. Os equivocáis, señora, si creéis que habéis conseguido engañarme siquiera un instante. Vos no podéis ser mi fiel amigo Servio Suplicio, aunque tengáis las mismas facciones, por mucho que os esforcéis en  imitar su voz, pese a engullir esos grasientos bocadillos. Me niego a aceptarlo, y os escupo en vuestra cara; escupo vuestro vano intento por confundirme de nuevo (JULIO CÉSAR ESCUPE. UNA ENFERMERA LE HACE INGERIR LAS PASTILLAS. JULIO CÉSAR SE TRANQUILIZA UN MOMENTO, LUCHA CONTRA EL SUEÑO). En esta batalla vos tenéis clara ventaja, amiga mía. Yo estoy solo y en cambio a vos os rodean las hordas de la sanidad pública. (JULIO CÉSAR MIRA A LAS ENFERMERAS) ¿Cómo os llamáis jovencitas? No digáis nada, no quiero saberlo. Os bautizaré yo mismo: tú serás, Roberta (SEÑALA A UNA) y Tú, Leonora.

(SERVIO SUPLICIO BATE DE NUEVO LAS PALMAS. LAS ENFERMERAS SE ACERCAN  A ÉL. SERVIO SUPLICIO LES ENTREGA LA MÁSCARA Y EL MANTO ROJO QUE LO CUBRE. BAJO ÉL SE ENCUENTRA SU UNIFORME DE LEGIONARIO.  SACA DE SU CORAZA LAS ZAPATILLAS DE ESTAR POR CASA Y SE QUITA LAS BOTAS. JULIO CÉSAR HABLA COMO EN SUEÑOS).

JULIO CÉSAR: Leonora, Roberta, no os marchéis, no abandonéis a este pobre moribundo, no me neguéis el placer de vuestra compañía. Preparáis unas pastillas tan deliciosas. Vuestro rico manjar me sume en la calma, me atonta el pensamiento, me nubla la vista y me hace ver bello lo que en realidad es horrendo.

(LAS ENFERMERAS DESAPARECEN POR UN LATERAL).

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