Azul insensato (2)

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Como cada verano, las hermanas Taylor se disponen a conquistar un nuevo imperio. O dos…, ya veremos.

Para matar el aburrimiento les dejo con otro capítulo de una historia sin fin, azul e insensata:

CAPITULO SEGUNDO

PETRONILA

Registraba los bolsillos de su mortaja sin pudor. El clavel de la solaba se había marchitado. Era ahora de un color indefinido, como el de la sangre estancada.

Me quedé clavado al suelo, mientras Petronila escarbaba en el interior del ataúd de roble presa de un nerviosismo elegante. Mi madre sabía en cada momento cómo debía comportarse, pero a solas dejaba a un lado sus modales y se mostraba como una campesina cualquiera, esas mujeres que pueblan la tierra con el fruto de la impotencia. Sus hijos nos sirven a regañadientes y ellas se conforman con arrojar sobre los fogones su destino incierto. Cada día me levanto con el mismo temor, ser asaltado en el bosque por la mansedumbre de mi criado.

–Señor Lorenzo –me había dicho nada más marcharse mis abuelos–, necesito dinero para la leña.

No poseía más que un billete de veinte. Insuficiente para pagar siquiera una ronda de cerveza en la taberna.

–No me molestes con esas tonterías –contesté quitándole importancia a mi pobreza.

–Usted verá, pero sin leña nos vamos a quedar como un pajarito en cuanto venga el invierno.

Poco a poco me había alejado de él, sin apartar mis ojos de los suyos. Un amo debe saber imponerse a su criado sean cual sean las circunstancias.

–Algo encontraré.

Amanecía a mi espalda con insoportable belleza. La muerte siempre le hace el boca a boca a boca a la vida para que ésta permanezca a pesar de su pereza. Mi cansancio no era de este mundo, ahora estaba seguro. En el saloncito, los primeros rayos de sol hirieron los mofletes sonrosados de Nicolás. Si te acercabas a él aún desprendía un olor intenso a coñac. Era como si el alcohol lo hubiera disecado por dentro dejándolo tal cual había sido, con ese aspecto de beodo eterno.

–Deben de estar por aquí –murmuró Petronila afanándose en su execrable tarea.

–¿Qué es lo que busca, madre?

–Dinero. Tu padre siempre llevaba dinero encima, fajos de billetes tan gruesos como su desvergüenza.

El vestido de mi madre se extendía sobre las baldosas, era una plaga de moscardones silenciosos. Pude ver asomar unas enaguas blancas, femeninas, de esas que se deshacen entre los dedos.

–No seas escrupuloso Lorenzo y ayúdame –me pidió volviendo su rostro de cera hacia mí.

Toda la juventud de mi madre se la había bebido Nicolás, de un solo trago, eructando después por lo bajini y limpiándose los restos del festín con su palma pequeña y sudorosa, de hombre desconfiado. Mi padre no conocía más amor que el suyo propio. Me pregunté, mientras hacía penetrar mis manos en los bolsillos de su mortaja, cómo era posible que aquella bola de sebo enrojecida por el coñac pudiera haber amado siquiera una vez, con ese amor que nace del fondo de las tripas. Nicolás tenía un estómago inabarcable y esférico, de luna hambrienta. Pensé en aquella niña feucha y una sonrisa estúpida escapó de mis labios. “Hay tripas que carecen de escrúpulos”, me dije, y la imagen fugaz de la mujer que asía del brazo a Natacha pasó de forma fulgurante ante mis ojos.

–¿Qué hembra en sus cabales querría fornicar con un cerdo?

No me di cuenta de que estaba hablando en voz alta hasta que mi madre fijó su mirada de juez en mí.

–Lo siento –me disculpé–. No me refería a usted, naturalmente.

Se incorporó mi madre con los puños apretados. Los billetes aliviaron por un momento el luto de su manga. Entre el encaje se había enredado uno de cincuenta. Me dieron ganas de arrancárselo de cuajo, como si fuera un racimo de uvas balanceándose en la parra a la espera de una mano amiga que lo liberase del aburrimiento. De este modo se me apareció el fruto de aquel ultraje. Para engatusar mi conciencia quise creer que el dinero también siente la falta de compañía y gusta de mezclarse en los bolsillos con otros de su especie; sin embargo, cuando su dueño ha dejado de necesitarlo es del todo preciso que corra en busca de un amo mejor. Petronila presionó su botín y con la insensibilidad de las de su clase, lo metió en su bolsito, sin dejar de vigilarme.

–Ese cerdo, como tú lo llamas, me ha dado dos hijos –sentenció ajustando el bolsito sobre sus caderas.

Su talle todavía era esbelto. Había conocido a muchas jovencitas que ya en la primavera de su existencia se presentaban en los salones de baile luciendo una figura de matrona, como si pese a su soltería fueran cada noche dando a luz a una pléyade de bastardos que se ocultan entre sus carnes. Tuve la oportunidad de acariciar alguna de esas cinturas anchas y juro por mi honor que nunca supe encontrar el camino de regreso a su inocencia.

–Ruego me disculpe –repetí en un susurro.

En el saloncito el humo blanco se hizo nube. Sobre nuestras cabezas flotaron los primeros vapores de la muerte.

–Con esto y con lo que he encontrado en los cajones de su mesilla habrá suficiente para pasar el invierno –me dijo extinguiendo con su aliento la llama lánguida de un cirio–. Cuando se abra el testamento tendremos más.

Su sentencia sonó lejana, igual que si la hubiera pronunciado desde uno de esos países por los que había viajado el intruso. Recordé de pronto las palabras de Edgar M:”Europa es una mujer que se alimenta con los besos del viajero”. El decoro me obligaba a rescatar a Cristiana de su boca ávida, de extranjero insaciable. “Cristiana es un continente volcánico”, dije yo para mis adentros antes de besar la mano de Petronila y girar sobre mis talones.

Los encontré riendo, tendidos sobre una manta vieja que recorrían una legión de hormigas completamente disciplinadas. Algo parecido a las migas de un pastel se distinguía sobre sus cabecitas de alfiler. La casa de Edgar M se hallaba al otro lado del estanque. Siempre había una barcaza dispuesta para llegar hasta allí. Mi criado se ocupaba de mantenerla en condiciones para surcar aquellas aguas cenagosas que desprendían un olor a cloaca. El estanque no se había drenado en años. Ahora su color era el de un azul indefinido, echado a perder por la desidia. Até el cabo al saliente de una roca y limpié mi pantalón. La vegetación era abundante y salvaje, sus ramas peinaban la tierra hasta el interior. Tropecé dos veces antes de llegar junto a Cristiana.

–¡Demonios! –mascullé intentando guardar el equilibrio.

El intruso se levantó al punto. Ante mis ojos inquisidores quedó expuesta su figura de otro tiempo. El traje de sastre presentaba un sinfín de arrugas. A la altura de sus tobillos se habían enredado unas hojas de helecho que ya empezaban a amarillear, mientras que su chaqueta, ajustada en exceso al tronco, estaba salpicada por pequeños pétalos de margarita, como si mi hermana hubiera deshojado sobre su pecho un amor de contrabando.

–No me quiere –dijo Cristiana rodando hasta la otra punta de la manta–, Es usted un hombre malo –y su boca de grana se cerró en un mohín caprichoso–. ¿Se puede saber qué mira con tanta atención? –lo contemplaba ella a través de sus pestañas espesas, con el abandono propio de la que ama a regañadientes, casi sin querer.

–Edgar, conteste si no quiere que me marche ahora mismo. Soy capaz de dejarlo plantado y de mucho más –lo amenazó incorporándose apenas lo necesario para dejar al descubierto su ira.

–Buenos días, Lorenzo –me saludó intentando planchar el traje con la palma de su mano. Los pétalos de margarita cayeron sobre la tierra lentamente, con la parsimonia de una lágrima de novia.

Hice un gesto brusco con la cabeza, sin dejar de observar sus movimientos pues con gran presteza había agarrado el sombrero de la manta y lo sostenía entre sus dedos de pianista. Me percaté de que su cabellera castaña comenzaba a clarear a la altura de las sienes lo que me llevó a deducir que ya habría entrado el intruso en los albores de la cuarentena.

–Cristiana, dentro de una hora darán sepultura a nuestro padre –dije de corrido.

Mi hermana volvió el rostro hacia mí. Los volantes de su falda estaban sucios de tierra, como si se hubiera arrastrado suplicante a los pies del extranjero. El solo pensamiento de su rendición me produjo una arcada. Recordé que no había probado bocado desde la noche anterior cuando, frente al cadáver de Nicolás, mi madre había repartido en los platos un poco de sopa de col con carne picada. La comimos en silencio, sin apartar la mirada de las patas de la mesa, ancha y destartalada, que solía desmoronarse hacia el lado derecho, donde Cristiana desmigaba con perversidad una hogaza de pan.

–En ese caso, debemos marcharnos –habló mi hermana recomponiendo su ropa y tendiendo hacia el hombre su mano de alabastro.

Cristiana vestía de luto riguroso. No obstante, era tal el desenfado con el que portaba la negrura insulsa de aquel vestido que, de inmediato, la sensualidad se había adueñado de todos y cada uno de sus pliegues. Digno de ver eran los encajes que rodeaban su cintura, tan fina que podría abarcarla con mi mano. Y el escote en forma de uve que ponía de manifiesto unos senos llenos, de mujer avocada al infortunio. Hubiera querido perderme entre los volantes polvorientos de su falda, enredarlos entre mis dedos y tirar de ellos hasta que no quedara de Cristiana más que su alma sucia. Porque si de algo estaba seguro era de que mi hermana había llegado a este mundo con el pecado tatuado en su piel de Afrodita. No había más que mirarla, respirar su aliento de serpiente, irresistible y letal para darse cuenta de que estabas perdido.     Como castigo a mis horribles pensamientos mordí mi labio inferior hasta notar la sangre entre mis dientes, amarga cual destino. También los ojos de nuestro padre habían retenido en sus pupilas la feminidad de mi hermana. Lo supe siempre, desde que Cristiana cumplió los doce años, el mismo día en que su infancia se redondeó como una manzana exquisita y andaba por la casa con la soberbia del que acaba de inventarse a la vida. Las mujeres hermosas carecen de lazos de sangre, por eso no me une a mi hermana más que la casualidad, el hecho detestable de haber asomado la cabeza entre los muslos de una misma madre. No pude evitar que la imagen de aquella niña feucha me embargara, tan sólo un instante, y Natacha ya estaba allí, muy dentro, golpeando mis sienes. La hija bastarda de Nicolás tendría ahora quince años. Mientras Cristiana caminaba colgada del brazo del extranjero contoneando las caderas como si fuera una pescatera en día de mercado, yo mastiqué el recuerdo de la otra.

–¿A qué esperas hermanito? –me espetó poniendo un pie en la barcaza.

–Permítame –dijo Edgar M haciendo alarde de unos modales irritantes.

Juntos atravesamos el estanque. Ya no nos separaríamos hasta el día siguiente. Una lluvia torrencial e imprevista nos obligó a dar cobijo al intruso. El techo de mi hogar se me antojó un firmamento exento de nubes donde su sombrero llamativo refulgía con la insolencia de una estrella tan fugaz como dañina. Para cortar de cuajo mis ansias batalladoras, se lo entregué a Brígida, la criada.

–Toma, guárdalo donde yo no lo vea –le ordené dirigiéndome a la chimenea.

El fuego crepitaba con timidez. Me acerqué a los leños y arrojé uno, el más grueso. Inocencio tenía razón, como no comprásemos más leña al llegar el invierno íbamos a quedarnos tan tiesos como un gorrión muerto.

Al sepelio de Nicolás no acudieron más que un puñado de conocidos. Vladimiro y Rosita ocuparon la primera fila. Mi abuela lanzó tres monedas cuando el féretro tocó fondo.

–¡Qué le vamos a hacer, son cosas de la vida! –se lamentó mecánicamente Vladimiro.

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