La cabeza del monstruo

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Se empecina en acercar su boca grandiosa a mí y escupir en mi oído millones de gérmenes que al cabo de un rato comienzan a declararme la guerra en mi interior.

Tiene los ojos chiquitos, de aceituna aún por madurar, y de su mandíbula cuelga  a todas horas un hilo de incertidumbre donde se columpian  sus pensamientos.

Me mira y retrocede, fingiendo enojo. Y entonces sacude su cabeza magna despojándose de intenciones.

Yo lo contemplo clavada al suelo, con los brazos en alto para agarrar su furia.

La cabeza del monstruo se desenrosca sola; eso me lo enseñó mi madre, a oscuras, mientras invocaba el sueño.

Por eso espero, con el aliento suspendido, su claudicación que no ha de llegar.

Por mi ventana se cuela un viento chillón, de doncella mancillada, que parece advertirme de un peligro que conozco.

Sus ojos chiquitos me enfocan obstinadamente. Aprieto los párpados y me dejo capturar por su insignificancia.

La cabeza del monstruo es idéntica a la mía. Eso me lo enseñó mi madre, a oscuras, mientras yo desenroscaba la suya.

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2 pensamientos en “La cabeza del monstruo

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