Amada suya

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No, no era amor, estaba seguro, ni siquiera fijación; tampoco podía hablarse en términos absolutos, tales como obsesión o locura. Margarita no era más que una de tantas; calladita, la chica, y resultona por detrás, con un culo que bien podría haber provocado la rendición de Napoleón. La vio acercarse calle arriba, cargada con las bolsas del súper, peripuesta y supermoderna, el último grito en estupidez. Un obrero sin andamio le dedicó un silbido, algo parecido a la sirena de un barco mercante; después chasqueó la lengua con chulería, con esa destreza de los de su gremio y se perdió entre el bullicio. A Margarita se le escapó una sonrisa perezosa, de hija de Sodoma, pero siguió avanzando con su compra y su falda, y sus pendientes de aro y sus zapatitos de tacón, y su perfume barato que dejaba el aire en continuo suspense. Le había contado ya tres novios: Lolo, Franchu y Moncho. Todos ellos de cabellera rala, rasgos simiescos y carcajada sospechosa. No, naturalmente que no se trataba de amor, un capricho, si quieres, un decir “me la como”. De amor… de eso no entendía, si acaso de fútbol y de gresca a la salida del bar, en las madrugadas más frías donde el invierno es madrastra y regala caricias de hielo, igual que los que chupa los domingos, en casa, cuando ya ha apurado el whisky que le trajo su cuñado de Escocia.
–¿Qué otra cosa iba a traerle a un pringao como tú? Güisquito del bueno, macho, una delicatesen o como coño se diga la cosa.
Amancio, su cuñado, tenía la boca muy suelta, y un tic en el labio inferior que se lo levantaba cada dos por tres dejando al descubierto unas encías sonrosadas y eternamente húmedas. Era más feo que él, sin embargo ligaba como un Hermes.
–Sexapil. Eso es lo que las vuelve locas. Hazme caso, no hay nada como un feo de categoría. Pringao, que eres un pringao.
¿Amor? De ninguna manera. Quizá debilidad. Sí, esa era la palabra exacta: debilidad, un cierto cosquilleo en la planta de los pies al verla aparecer, como si un volcán enano le pellizcara con su aliento de fuego.
A Margarita le gusta el tequila a palo seco. El limón lo muerde él, muy despacio mientras clava sus ojos en los suyos. No, no son de color violeta, son unos ojos normales, sin importancia, dos granos de café colombiano.
Le costó un gran esfuerzo, pero al final la invitó a casa el día de su cumpleaños.
–Como debe ser pringao, las cosas hay que hacerlas bien: que si unas velitas, que si una música romántica, que si un güisquito del bueno…
Vieron Salomé en la versión de Rita Hayworth. Ella vino muy arreglada, de domingo de ramos, tan moderna que causaba espanto, con sus aros y sus zapatitos de tacón y ese perfume barato que olía a gaseosas de papel, a espuma de mar embotellada.
Antes de que Herodes mandara segar la cabeza del bautista, Margarita había dejado de existir. Él apuró el escocés y sofocó el disgusto con una ducha. Hasta allí le llegaron sus ronquidos.
No, no era amor, estaba seguro. Tal vez desilusión.
–Pringao, que eres un pringao… –escucha decir al Hermes.

(Relato publicado en el libro “Ducha Escocesa“, obra conjunta dedicada a José Antonio Román Ledo)

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