Rebajas del corazón

el_mercadillo

(Foto: Manolo Navarro)

Me gustan los mercadillos inútiles, esos en los que se venden bragas anchas y sujetadores que fueron ayer mágicos, cafeteras con tara y frutas mordidas.

–Eh, guapa, llévate unos “targas”, que les tengo de todos los colores.

El que habla es un hombre recio, de barriga prominente y tez cetrina. Me mira a través de unas gafas que resbalan a cada rato y de vez en cuando regala sonrisas inacabadas, de esas que se ensayan frente a los retrovisores de furgonetas sucias.

–Tres por uno, chata.

Nunca he sabido resistirme a las ofertas.

Me detengo ante el puesto y finjo interesarme por aquel material sin nombre. Una señora entrada en carnes se detiene a mi altura, huele a tomates sulfatados y a colonia de limón.

–Me los llevo –afirma al cabo.

El tipo lanza un suspiro antes de volver a abrir la boca. Cuando se decide, deja al descubierto una dentadura rebelde, de cordillera ibérica.

–Lo siento, señora, pero no tengo “targas” de su talla. Llévese una faja de encaje, que aprietan como unas condenadas.

Tarda en reaccionar la señora. Su enfado es evidente. Se le han dilatado las aletas de la nariz y ha puesto los brazos en jarras. De su codo derecho cuelgan un puñado de pimientos, una sandía enana y una camisola playera vuelta del revés, con la etiqueta borrosa.

–¡Métasela donde le quepa! –dispara la doña.

Ni siquiera le ha echado un vistazo a la faja que emerge de entre un puñado de bragas de encaje, como si fuera una ballena sola.

–Tres por uno, chata –repite el tipo.

Antes de que pueda decidirme, una chica teñida de rubio me arrebata el “targa” de las manos. Ha llegado con prisa al puestecillo, meneando piercings y caderas. Me fijo en el acné de su rostro, en sus ojos pintados de azul y en sus labios inyectados en sangre y silicona.

–Me los llevo –afirma al instante con soltura.

Y rascando en el bolsillo de sus tejanos, le tiende al tipo un billete de diez.

Al marcharse respiro su aroma a chicle y sudor.

Más allá, en el puesto número siete, un  fulano larguirucho bate las palmas en señal de atención.

–Acercarse, guapas, que hay para todas. Les tengo rubios, morenos, peludos y calvos; con los ojos verdes y la mirada turbia, que lo mismo tienen una cuenta bancaria en Suiza que acumulan deudas en los cajones. Venga, chatas, que hoy regalo tres por uno. Hombres-estatua que saben a hiel, que roncan en la noche de bodas y parten el corazón con los dientes, sin siquiera moverse del sillón, domingo tras domingo. Tres por uno, guapísimas –sentencia el fulano.

La señora entrada en carnes se hace un hueco entre la multitud, inspecciona  el  género y grita al poco:

–¡Me los llevo!

Estoy a punto de abandonar el mercadillo cuando escucho a mi espalda:

–Pues si no te quedas los “targas”, cómprate unas medias de “nilon”, que son muy “sesis”, reina.

–Me las llevo –repite la doña mientras los hombres-estatua acarician con descuido una faja solitaria.

(Publicado en el Diario del Alto Aragón, el domingo, 16 de agosto de 2009)

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5 pensamientos en “Rebajas del corazón

  1. Para un fetichista como yo, ésta es una historia conmovedora. Las tiendas de lencería son lugares mágicos. Desde que en los centros comerciales hay tiendas de lencería puedo entrar y mirar sin que me pregunten. En las mercerías del barrio todo estaba guardado en cajas y no se veía nada. Y siempre acababa comprando botones, cremalleras o calcetines cuando me daba cuenta que había entrado en una y la dependienta me preguntaba qué deseaba. Luego me quedaba mirando las fotografías del escaparate. Alguna noche quise romperlo de una pedrada y llevármelas a casa.
    Los hombres estatua me parecen bien, al fin y al cabo nosotros tenemos las muñecas hinchables.
    Un saludo admirativo.

  2. Jo! hay q ver cómo describes las cosas! En tu caso, un puñado de palabras colocadas con tu gracia sideral, valen más q mil imagenes. Un beset reine!

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