La puta durmiente

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(relato publicado en “Piel de Lagarta”, de Angélica Morales, ISBN 84-9621987-9)

Un hombre velando un cadáver. Acción detenida, personajes semi–mudos.

–Es conmovedora la decencia que exhibe tu cuerpo muerto. Hay que ver qué empeño le ponen las de tu clase en presentar su rostro desnudo de maquillaje, como si no adivináramos en él las pinturas de guerra que todavía lo cubren.

(Pausa)

–Estás vieja, Adelaida; agrietada y vieja. Lo mismo que uno de esos palacios churriguerescos que se caen en silencio a pedazos. Tus pedazos los tengo yo, todo lo que queda de ti lo llevo puesto, amor mío. ¿Quieres verlo? ¡Levántate! Alza tu cabeza altiva y mírame. Contempla tus miserias en mi carne, morena y dura, de hombre que siempre llega tarde a las modas. ¿Te hago gracia?

Probablemente estés riéndote en el infierno, puta. Abrasada en tu propia vanidad.

(Pausa acalorada)

–Ruego disculpes mi lenguaje. Desconozco la forma en que he de dirigirme a una muerta. En realidad ni siquiera estoy seguro de reconocerte como algo mío; por más que te miro no puedo sentir que me perteneces o acaso que, en otro tiempo, fueras absolutamente mía. Hoy te desvaneces en mi pensamiento igual que una pompa de jabón. ¿Has limpiado tu conciencia antes de abandonar este mundo, Adelaida?

(Pausa sin más)

–He encontrado tus zapatos favoritos en el armario. Estaban guardados en una caja, junto a una muñeca de trapo que es idéntica a tu madre antes de sufrir el ataque; ya sabes a lo que me refiero, mucho antes de quedarse con la boca torcida y las cejas en punta, al acecho. Daba la sensación de que a cada momento iba a iniciar un interrogatorio. Las hijas se parecen a las madres con el paso del tiempo. Los días acaban transformándolas en el monstruo que nunca soñaron ser. Agradece a tu suerte el estar muerta.

(Pausa cachonda)

–¿Qué te parece? ¿No me hacen el pie más pequeño, como de bailarina turca? No hace falta que contestes, puedo adivinar en tus labios el desprecio, ese rictus de superioridad del que tanto te has jactado. No eres más señora que yo puta. Sí, puta; con tu ropa y tus zapatos no soy más que una fulana, igual que tú. No tengo piedad de ti en el fin porque tu extinción será mi vida, renazco de tus cenizas convertido en pavo real y ya nada me importa más que yo.

(Pausa en blanco y negro)

–Recuerdo el lugar exacto donde compraste estos zapatos. Fue en Pamplona, el quince de agosto, el día de tu cumpleaños. Treinta y cinco. ¿O eran treinta y nueve? Siempre me has ocultado tu verdadera edad, escondías el carnet en la caja fuerte y después olvidabas darme la contraseña. Cinco, siete, cinco, siete. ¿Era esa? Mi memoria es tan ancha como tus caderas. Los estrenaste nada más salir de la tienda; aún tengo grabada la cara de estupor que puso la dependienta cuando los señalaste en el escaparate. “Quiero aquellos del fondo, los naranjas”, dijiste con la determinación de una reina y de tu cogote salieron disparadas dos flechas que indicaban la dirección inversa de tus intenciones. Su tacón era tan afilado como el aguijón de una avispa y caminabas despacio, agarrada a mi mano, tambaleándote a cada instante, incapaz de guardar el equilibrio que tanto había regido tu vida hasta entonces. “¡No me sueltes, imbécil!” dijiste fuera de ti, o quizá muy dentro. ¿Eras ya así o te transformaron en una perra aquellos zapatos anaranjados de tacto delicioso? ¿Comenzaste en ese momento a sonreír a los hombres o fue ayer cuando se abrieron tus labios a la traición?

(Pausa encadenada)

–Son cómodos, sí señor, y favorecedores. A ti te hacían parecer una zorra principiante, de esas que todavía guardan su pecado en bolsos de importación. Los hombres en su pensamiento más íntimo te arrancaban la ropa de cuajo y sin embargo no se atrevían a despojarte de los zapatos. Es excitante la visión de una mujer desnuda y bien calzada.

Quisiera quedarme desnudo ahora, y caminar por esta habitación con olor a miedo hasta que mis pies sangraran dentro de tus zapatos. ¿Cuántos tipos han lamido tus plantas, Adelaida?

(Pausa teatral)

–Pamplona es un lugar como otro cualquiera para asesinar un amor. En realidad yo estoy más muerto que tú. Me pregunto adónde irán a parar los muertos que se desnudan a la vida. ¿Callas? Haces bien; tu silencio se filtra aquí, en la costura de estos zapatos horripilantes que te convirtieron en la puta más hermosa. Es curioso cómo penetran los deseos en uno; en este instante han renacido mis ganas de ti, me hubiera gustado ser uno de tus amantes para hundir tu rostro entre mis piernas y ahogar en ellas todos tus pesares. Las mujeres decentes nacen cautivas en cárceles de lujuria. No me canso de gritar tu nombre: puta, puta, puta, puta, puta…

(Pausa rota por la alarma de un reloj. La muerta se incorpora súbitamente)

–¿Cuándo piensas contarle lo nuestro a tu mujer? –pregunta una voz quebrada.

–Calla puta, y duérmete…

Tic, tac, tic, tac…

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