Déjate de gaitas

Déjate de gaitas, collage de Ubé.

DÉJATE DE GAITAS

(relato publicado en el libro homenaje a José Antonio Román Ledo: Ducha Escocesa, Certeza, 2008)

MacFerguson miró a MacDonald altanero mientras MacGregor, ajeno a todo, rascaba con fruición su coronilla. Alrededor de una mesa ancha y destartalada, los MacPherson discutían con una frialdad exquisita, como si en vez de ponerle fin a una guerra se hubieran dado cita para tomar un té turco. El aire era denso, irrespirable, y gustaba de hacerse picadillo entre las barbas hirsutas de los hombres.

–Eh tú, MacKenzie, déjate de gaitas y al grano –aulló uno poniéndose en pie. Era un coloso sinvergüenza, un Rodas resucitado.

–Eso, a soplar a Pontevedra –intervino el mediano de los MacPherson asestándole un puñetazo a la mesa.

–Aquí lo hay que hacer es darse menos humos y agachar la cabeza de vez en cuando.

–Y nada de si te he visto no me acuerdo, que saludar al prójimo no cuesta un maldito carajo.

–Correcto –apostilló MaGregor escondiendo entre los pliegues de su falda unas uñas tan negras como su intención–. Aunque sea a la más fea.

–A mi señora, la primera.

–Es lo que tienen las señoras, que se mustian en un amén-Jesús.

–Menos lobos, que se avecina tormenta.

–Tate, a mi vecina, la segunda –habló de nuevo MacDonal con una cogorza fenomenal.

–Yo, por mi parte, me he propuesto enterrar el cardo de la discordia –MacKenzie se había puesto ahora en el centro de la estancia, con los brazos en jarra y las piernas ligeramente arqueadas. MacMillan o el coloso de las Hébridas, llegando a su altura se agachó para fisgar bajo su kilt. Una risotada terrible les dio a entender el resultado de la investigación.

–Menudo timo cobijas en la entrepierna, chaval.

Los carrillos de MacKenzie se incendiaron al punto.

–Ahí quería yo llegar, al quid de la cuestión política –dijo MacDonald con voz pastosa–. No se puede ir dando por saco a tus semejantes con una pamplina entre las piernas. O se tiene una gaita como Dios manda, o se toca la pandereta.

–O las narices –apunta MacFerguson.

–Para hocico, el de mi suegra –dispara MacKenzie sacudido por una risa puñetera.

–Señores, al grano. Las guerras domésticas, no venden. Cíñanse ustedes al conflicto bélico nacional, a las fronteras de un territorio de nadie que todos se empeñan en reclamar.

–Yo tengo gaita propia desde tiempos inmemoriales.

–Y yo unos cuadros en mi falda hechos con el pulso de una abuela miope. Lo auténtico siempre ha provenido de los círculos concéntricos, de enredar la cuestión con una jeta de aúpa.

–Te voy a limpiar la conciencia con la borla, guapetón. El que no tiene borla hoy en día no es de fiar.

–Mi señora la primera –vuelve a insistir el de la cogorza.

–¿Entonces no hay paz? –quiere saber MacGregor.

–Ni gaitas en vinagre –escupe MacMillan

–Eso, a soplar al Pirineo –dice un tipo al fondo, guillotinando al ras la espuma de su cerveza.

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2 pensamientos en “Déjate de gaitas

  1. Primero, digale al Ubé que esa manía de meterles presostatos a los hombres por el culo me da mucha grima… argggggg

    Segundo, que vaya modelito que me llevaba el dia de la Gala…¡pero que prima más mona tengo!

    Tercero, que a la siguiente voy… ¡por estas!

  2. me gustan estos líos de faldas, aunque sean escocesas. Siento no estar ahora mismo en tu estreno…espero q te vaya fenomenalmente, como siempre!!
    Un beso!

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