La mujer que enamoraba en martes

collage de Ubé.

Fumo tabaco negro. Lo hago por aburrimiento, cada tarde, después de comer, mientras le doy sorbos a un café que siempre se me queda helado entre las manos. Vivo en Huesca, en una casa estrecha del Coso bajo. No estoy casada ni tengo ningún interés en meter a un tío en mi cama, al menos no de forma permanente. Me da pereza echarme a la calle y ligar, poner en marcha esos planes absurdos de conquista cotidiana, también las caderas, claro. Ningún hombre es capaz de resistirse a un movimiento sugerente de caderas. Sobre todo de noche, bajo la luz tenue de los focos, en una pista repleta de funcionarios del amor; esos bares cuya música ensordece y que siempre huele a rancio y soledad, a orgasmo de mosquito y a ron con coca cola. Sí, yo también los frecuento; todos los martes, desde la media noche a la madrugada. Frente al espejo contemplo mi cuerpo desnudo antes de embutirme en uno de esos vestidos que dejan al descubierto la mala intención, mucho antes de que el reloj comience a empacharse. No conozco a ninguna mujer que esté satisfecha con su figura. Siempre sobra carne, un cuarto de desvergüenza en los glúteos o medio kilo de gula en el vientre, aunque con el paso de los años una acaba por acostumbrarse a no reconocer en los escaparates el reflejo de su propia sombra. Dos cajetillas fumo, sí señor; a veces encadeno un pitillo tras otro hasta que se me secan los labios y el aliento se emponzoña. Fumar perjudica el ego de una mujer, surgen pequeñas arrugas alrededor de las comisuras y apaga el brillo de las uñas. Esta sociedad no perdona el deterioro natural de las cosas, mucho menos la ruina anatómica. No es mi caso. Yo soy inmune al mordisco de los calendarios, sobre todo los martes, porque es entonces cuando me convierto en una de esas tipas que embelesan al prójimo con sólo agitar las pestañas. Es sencillo; un taburete frente a la barra, un copazo de olvido con hielo, y la espalda muy tiesa, napoleónica. Enseguida comienzan a revolotear los moscones, de dos en dos, como guardias civiles calenturientos. Lo mismo da que sea en Huesca o en el corazón de New York, la táctica es idéntica. Los hombres llevan tragándose el anzuelo desde que el mundo es mundo, o quizá antes, mucho antes de que estallara la casualidad. Una cabaretera, eso es. De niña era la única profesión a la que le tenía respeto. Y soñaba con comerme escenarios y ramos de rosas mustias. Una cabaretera no puede aspirar a un Rolex, faltaría más. A las mujeres que habitan tugurios lo único que puede hacerlas sentir una emperatriz de cuento asirio son las rosas, sean del color que sean. A cambio ellas obsequian a sus amantes con una indiferencia abismal. Hay mucho bofetón emocional en los clubs que alternan con el desamor. También yo suelo asestar guantazos de refilón, de esos que propinan las madres que están hartas de serlo. En el ocaso peino pensamientos, hasta que la oscuridad me hace bostezar; o bien hago sudokus frente a la ventana, como si estuviese bordando un ajuar imaginario a la luz de una farola. No, tampoco trabajo. Hace meses que sólo soy un número en la larga lista del paro. Me importa un bledo, esa es la verdad, porque los martes soy otra, y cuando mi culo toma asiento en el taburete del pub es posible que ya sea millonaria. No sé. Los martes Claudio se encarga de la contabilidad. Parece un buen tipo, Claudio.

Ceno a veces, según me da. Pasta o una pechuga de pollo, cualquier alimento que sea capaz de absorber el alcohol y no me haga vomitar agarrada a una columna de los porches al regresar a casa. No me lo pregunten porque no tengo ni puñetera idea. A menudo doy por finalizada la noche a las nueve de la mañana, tras liquidar un zumo de naranja y un bocadillo de atún con anchoas en la cafetería de Isidro. Ni se les ocurra insinuarlo. Yo no eructo, ni siquiera por lo bajini, con ese disimulo de taberna que te hace liberar lastre con los ojos clavados en el techo, como si toda la culpa la tuviesen las musarañas. Si acaso en jueves; los jueves una puede darse a la perdición porque sí. Las explicaciones sobran, se transforman en rutina con los días.

Cabaretera, claro, eso me digo al abrir la bolsa de aseo. El maquillaje suele depender del ánimo. No tiene ningún misterio, se trata de sumar en el aire uno y uno y obtener de resultado un tres. Polvos de arroz en la cara, esa es la clave, esparcidos despacio, a golpes sobre mejillas y frente. Después embadurno los pómulos de colorete, cualquiera es válido con tal de pronunciar la avaricia. Hay que ir a por todas los martes, sin tapujos. Por eso guardo en el bolsillo los credos y las avemarías. En Huesca se reza mucho, entre dientes, de lunes a domingo, salvo los martes, evidentemente. Ese es el único día en que se puede sacar a pasear el pecado con una correa fina que encadena la culpa a tus muñecas. ¡Uau! me digo al intuir mi silueta en la luna del armario. En cuanto el reloj marca las doce salgo pitando del hogar, esa tumba confortable que ha alojado a perpetuidad un olor a caldo de gallina exprés. Por lo tanto nada de perfume, ni caro ni de saldo; prefiero mi propio aroma los martes, esa esencia marina que me envuelve de la cabeza a los pies. Una Venus rediviva, eso es lo que soy. En el portal detengo mis pasos para prender un pitillo. Ya he perdido la cuenta de las boquillas a las que me he aferrado. Qué más da. Lo fundamental es llegar al pub, por eso aprieto el bolso contra mi cadera y les marco un ritmo endiablado a mis tacones. No me duelen los pies los martes, aunque al día siguiente tenga ampollas en los tobillos y moratones en las rodillas. Tiene su riesgo transformarse en otra en una ciudad cercada por el tedio, pero de noche incluso los fulanos más estúpidos sucumben a mis encantos. Todo es posible los martes, ya lo creo. Y me hablan de usted, como Dios manda, y me sonríen desde la barra camareros que no hablan más lengua que la del embuste. No sé por qué pero me excitan los extranjeros, su acento catastrófico y sus ojos empapados de desencanto. Aunque nunca invitan a una copa, los muy cabrones; deben de tener el corazón y la cartera desértica. Los perdono, sí, soy muy capaz de echar al olvido su tacañería los martes.

–Un gin-tonic, Fran –le ordeno a un chico rubio y coloradote.

Siempre empleo un tono dictatorial, casi antipático. A los hombres les gusta obedecer. Por mucho que se empeñen en detentar el poder, han nacido para servirnos. Los martes, más que hombres son esclavos. No, no estoy exagerando, con sólo un pestañeo provoco su rendición. Pueden comprobarlo si eso les hace felices. Hay mucho desconfiado los martes, gente que se niega en redondo a desnudar sus miserias. Allá ellos. El calendario se ha inventado precisamente para ser ignorado. Los días y las noches se suceden en todos los continentes con la misma rapidez, se escapan los sueños a lomos de suspiros, ya sean de quinceañeras, ya de vejestorios; los pechos tienden a desinflarse con los años, no hay silicona que aguante los embates de vida, tampoco los disgustos. ¿Pero qué se han creído ustedes? Ni de coña me implantaría yo unos melones de pega, antes muerta que robótica. La perfección no existe, es un camelo empresarial. Mi abuela nació con dos dientes y sin embargo antes de cumplir los veinte se le quedaron las encías en el pellejo. Lo que yo diga, un cuento terrorífico, de esos que se susurran en la oscuridad durante la tormenta.

–¿Es que estás sordo o qué? –vuelvo a gritar.

Tarda el gin-tonic, también mis admiradores se hacen de rogar. Estoy sola en la barra, sentada en un taburete tan duro como el tiempo, puede que más. Por el rabillo del ojo compruebo mi aspecto. Todo está en orden: el rimel, el carmín de mis labios y el cardado de mi moño. Los martes se me antojan señoriales; por ese motivo en lugar de soltarme la melena la amordazo alrededor de la nuca. Un capricho, sí. Las millonarias solemos tener arranques impredecibles, estamos hechas de otro molde. No, no es un chiste, es una realidad. Yo los martes digo verdades como puños. Me espanta mi sinceridad los martes, a veces he de pedirme cuentas; es entonces cuando me pongo en contacto telepático con Claudio, mi contable.

–Vamos a ver, darling –le digo uniendo los labios en un mohín de fastidio. En ocasiones imito los ademanes de las estrellas, de las de antes, ya les digo, esas mujeronas inaccesibles que flotaban en muselina y sonreían en la distancia, tal vez desde el faro de Alejandría, vayan ustedes a saber; en las películas todo puede suceder, incluso los finales previstos.

–Estimado Claudio, ¿una y una? –le pregunto con una impaciencia de maestro de escuela.

Él siempre me responde cinco. Es generoso, el jodío.

Remuevo el líquido con mi dedo. Es una tontería, ya lo sé, pero me relaja introducir el índice en la copa. Después chupo la inseguridad, despacio.

Es curioso, esta noche ninguno me ofrece fuego al veme sacar la pitillera del bolso. Me extraña que siendo martes nadie me mire. Todos se encuentran al fondo, a kilómetros luz de mi persona, y al entrar en el pub, más que murmullos de admiración, he escuchado algún comentario malicioso, como si fuese otra la que hubiese atravesado el umbral en mi lugar.

Está caliente la copa, he de reconocerlo, igual que la bombilla que alumbra mi rostro. Es absolutamente intolerable que las jetas se iluminen de una forma tan cruda. Ni que yo fuese una cabaretera.

–Por favor, que hoy es martes, un poco de seriedad, señores –le digo a Fran, el camarero coloradote.

Silencio.

(relato publicado en el libro “Amar en Martes“, de Angélica Morales, editado por Certeza, 2009)

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