La muerte del turco

UrgentObra de Ubé.

 

La muerte aún no se había llevado el gozo de sus ojos, conservaba en la quietud la sonrisa y el éxtasis del que ha amado a escondidas del otro. Sobre las baldosas, una revista pornográfica abierta a medias. Entre las arrugas del suelo se adivinan los senos de Natalia, también sus nalgas.

El cadáver del turco lo tuvo que identificar su amigo Tomás dos horas más tarde en el anatómico forense de Marsella. La soledad de los muertos huele a mar que se pudre, a orgasmo que hace las maletas y decide marcharse al otro lado del mundo; justo allí donde se encuentra Natalia, ajena a la desaparición del turco, sudando en italiano, a dos mil kilómetros de Marsella mientras la penetra un polaco con aires de alemán insufrible.

–Es él –afirma Tomás.

De camino se detiene en casa del turco y recoge la revista. En el baño se masturba con la foto de Natalia, muy despacio, para no despertar a los niños.

Cuando lo encontraron, la muerte aún no se había llevado el gozo de sus ojos. Juraría que desde el papel, Natalia regala una risa de escándalo.

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