La huida del cangrejo en El blog del Atisbador.

“Gastrología de la Huida del cangrejo”, en El blog del Atisbador

huida del cangrejo

Ahora están muy de moda todo tipo de manifestaciones gastronómicas: desde el Huesca de Tapas hasta series documentales sobre el Bullí. Todo gira en torno al alimento físico que, si se elabora bien, algunos elevan a la categoría de arte; pero es un arte que cuesta muy poco olvidar.

Arte efímero: perfecto.

Lo que no está tan de moda es preparar un buen guiso a base de sentimientos. Esto también dicen que alimenta y, aunque sea el espíritu, a veces sacia más que el más sofisticado de los platos que podamos imaginar.

Angélica Morales ha conseguido con su primera novela, La huída del cangrejo (Mira Editores, col. Sueños de tinta, Zaragoza, 2010), elaborar un delicioso plato único a base de sentimientos. Sentimientos puros y duros que van presentando al lector los personajes: Alejandra, la protagonista, ávida de cariño desde la desaparición de su padre, Roberto, y desde su divorcio con Mario, poseedora de un rico mundo interior y que contrasta con la superficialidad de silicona y Botox de su hermana Dorita, que siempre fue —y es— para Alejandra su toxina botulínica cosmética particular; y su madre Casiana, metástasis de Dorita, que crece paralelamente al cáncer de mama que le han diagnosticado.

Es ese mundo interior lo que le sirve a Alejandra de coraza contra las constantes agresiones externas: las amenazas de su dictatorial y egoísta madre, quien padece de narcolepsia y parece que sea la única enferma del mundo, y sus constantes exigencias de que todo el mundo se pliegue a sus caprichos…

Esto convierte a la protagonista en un ser vaciado de cariño, resentido y ahora temeroso tras conocer su diagnóstico, aunque dispuesto a luchar contra todos y contra todo hasta el final.

Los ingredientes nos los va presentando Angélica Morales en pequeñas porciones, en pequeños bocados, condimentados con un lenguaje que se adecúa precisa y armónicamente a cada una de las situaciones que se presentan en la acción para que saboreemos mejor el desarrollo de la trama, elaborada con mimo. A cada plato su especia y con las dosis justas de sal y pimienta.

La vajilla donde se nos presenta la especialidad es Zaragoza, con referencias a otras porcelanas, como Valencia o los fiordos noruegos. Es tan lustrosa que en ella podemos ver reflejada nuestra actual sociedad de consumo, donde todo es de usar y tirar, o, mejor, de tirar directamente. De lo que no podemos desprendernos los lectores es del retrogusto que nos comunica tal exquisitez, porque permanecerá en nuestros paladares durante mucho tiempo. Le ha salido el plato redondo. Y delicioso.

Arte eterno: perfecto.

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