Azul insensato (capítulo segundo)

Azul insensato, Obra de Ubé.

CAPITULO SEGUNDO

 

PETRONILA

Registraba los bolsillos de su mortaja sin pudor. El clavel de la solaba se había marchitado. Era ahora de un color indefinido, como el de la sangre estancada.

Me quedé clavado al suelo, mientras Petronila escarbaba en el interior del ataúd de roble presa de un nerviosismo elegante. Mi madre sabía en cada momento cómo debía comportarse, pero a solas dejaba a un lado sus modales y se mostraba como una campesina cualquiera, esas mujeres que pueblan la tierra con el fruto de la impotencia. Sus hijos nos sirven a regañadientes y ellas se conforman con arrojar sobre los fogones su destino incierto. Cada día me levanto con el mismo temor, ser asaltado en el bosque por la mansedumbre de mi criado.

–Señor Lorenzo –me había dicho nada más marcharse mis abuelos–, necesito dinero para la leña.

No poseía más que un billete de veinte. Insuficiente para pagar siquiera una ronda de cerveza en la taberna.

–No me molestes con esas tonterías –contesté quitándole importancia a mi pobreza.

–Usted verá, pero sin leña nos vamos a quedar como un pajarito en cuanto venga el invierno.

Poco a poco me había alejado de él, sin apartar mis ojos de los suyos. Un amo debe saber imponerse a su criado sean cual sean las circunstancias.

–Algo encontraré.

Amanecía a mi espalda con insoportable belleza. En el saloncito, los primeros rayos de sol hirieron los mofletes sonrosados de Nicolás. Si te acercabas a él aún desprendía un olor intenso a coñac. Era como si el alcohol lo hubiera disecado por dentro dejándolo tal cual había sido, con ese aspecto de beodo eterno.

–Deben de estar por aquí –murmuró Petronila afanándose en su execrable tarea.

–¿Qué es lo que busca, madre?

–Dinero. Tu padre siempre llevaba dinero encima, fajos de billetes tan gruesos como su desvergüenza.

El vestido de mi madre se extendía sobre las baldosas, era una plaga de moscardones silenciosos. Pude ver asomar unas enaguas blancas, femeninas, de esas que se deshacen entre los dedos.

–No seas escrupuloso Lorenzo y ayúdame –me pidió volviendo su rostro de cera hacia mí.

Toda la juventud de mi madre se la había bebido Nicolás, de un solo trago, eructando después por lo bajini y limpiándose los restos del festín con su palma pequeña y sudorosa, de hombre desconfiado. Mi padre no conocía más amor que el suyo propio. Me pregunté, mientras hacía penetrar mis manos en los bolsillos de su mortaja, cómo era posible que aquella bola de sebo enrojecida por el coñac pudiera haber amado siquiera una vez, con ese amor que nace del fondo de las tripas.. Pensé en aquella niña feucha y una sonrisa estúpida escapó de mis labios. “Hay tripas que carecen de escrúpulos”, me dije, y la imagen fugaz de la mujer que asía del brazo a Natacha pasó de forma fulgurante ante mis ojos.

–¿Qué hembra en sus cabales querría fornicar con un cerdo?

No me di cuenta de que estaba hablando en voz alta hasta que mi madre clavó  su mirada en mí.

–Lo siento –me disculpé–. No me refería a usted, naturalmente.

Se incorporó mi madre con los puños apretados. Los billetes aliviaron por un momento el luto de su manga. Entre el encaje se había enredado uno de cincuenta. Me dieron ganas de arrancárselo. Petronila, como si hubiese leído mi pensamiento  presionó su botín, y con la insensibilidad de las de su clase, lo metió en su bolsito, sin dejar de vigilarme.

–Ese cerdo, como tú lo llamas, me ha dado dos hijos –sentenció ajustando el bolsito sobre sus caderas.

Su talle todavía era esbelto. Había conocido a muchas jovencitas que ya en la primavera de su existencia se presentaban en los salones de baile luciendo una figura de matrona, como si pese a su soltería fueran cada noche dando a luz a una pléyade de bastardos que se ocultan entre sus carnes. Tuve la oportunidad de acariciar alguna de esas cinturas anchas y juro por mi honor que nunca supe encontrar el camino de regreso a su inocencia.

–Ruego me disculpe –repetí en un susurro.

En el saloncito el humo blanco se hizo nube. Sobre nuestras cabezas flotaron los primeros vapores de la muerte.

–Con esto y con lo que he encontrado en los cajones de su mesilla habrá suficiente para pasar el invierno –dijo extinguiendo con su aliento la llama lánguida de un cirio–. Cuando se abra el testamento tendremos más.

Su sentencia sonó lejana, igual que si la hubiera pronunciado desde uno de esos países por los que había viajado el intruso. Recordé de pronto las palabras de Edgar M: ”Europa es una mujer que se alimenta con los besos del viajero”. El decoro me obligaba a rescatar a Cristiana de su boca ávida, de extranjero insaciable. “Cristiana es un continente volcánico”, mascullé  para mis adentros antes de besar la mano de Petronila y girar sobre mis talones.

Los encontré riendo, tendidos sobre una manta vieja que recorrían una legión de hormigas completamente disciplinadas. Algo parecido a las migas de un pastel se distinguía sobre sus cabecitas de alfiler. La casa de Edgar M se hallaba al otro lado del estanque. Siempre había una barcaza dispuesta para llegar hasta allí. Mi criado se ocupaba de mantenerla en condiciones para surcar aquellas aguas cenagosas que desprendían un olor a cloaca. El estanque no se había drenado en años. Ahora su color era el de un azul indefinido, echado a perder por la desidia. Até el cabo al saliente de una roca y limpié mi pantalón. La vegetación era abundante y salvaje, sus ramas peinaban la tierra hasta el interior. Tropecé dos veces antes de llegar junto a Cristiana.

–¡Demonios! –escupí  intentando guardar el equilibrio.

El intruso se levantó al punto. Ante mis ojos inquisidores quedó expuesta su figura de otro tiempo. El traje de sastre presentaba un sinfín de arrugas. A la altura de sus tobillos se habían enredado unas hojas de helecho que ya empezaban a amarillear, mientras que su chaqueta, ajustada en exceso al tronco, estaba salpicada por pequeños pétalos de margarita, como si mi hermana hubiera deshojado sobre su pecho un amor de ida y vuelta.

–No me quiere –dijo Cristiana rodando hasta la otra punta de la manta–, Es usted un hombre malo –y su boca de grana se cerró en un mohín caprichoso–. ¿Se puede saber qué mira con tanta atención? –lo contemplaba ella a través de sus pestañas espesas, con el abandono propio del  que ama a regañadientes, casi sin querer.

–Edgar, conteste si no quiere que me marche ahora mismo. Soy capaz de dejarlo plantado y de mucho más –lo amenazó incorporándose apenas lo necesario para dejar al descubierto su ira.

–Buenos días, Lorenzo –me saludó intentando planchar el traje con la palma de su mano. Los pétalos de margarita cayeron sobre la tierra lentamente, con la parsimonia de una lágrima de novia.

Hice un gesto brusco con la cabeza, sin dejar de observar sus movimientos pues con gran presteza había agarrado el sombrero de la manta y lo sostenía entre sus dedos de pianista. Me percaté de que su cabellera castaña comenzaba a clarear a la altura de las sienes lo que me llevó a deducir que ya habría entrado el intruso en los albores de la cuarentena.

–Cristiana, dentro de una hora darán sepultura a nuestro padre –dije de corrido.

Mi hermana volvió el rostro hacia mí. Los volantes de su falda estaban sucios de tierra, como si se hubiera arrastrado suplicante a los pies del extranjero. El solo pensamiento de su rendición me produjo una arcada. Recordé que no había probado bocado desde la noche anterior cuando, frente al cadáver de Nicolás, mi madre había repartido en los platos un poco de sopa de col con carne picada. La comimos en silencio, sin apartar la mirada de las patas de la mesa, ancha y destartalada, que solía desmoronarse hacia el lado derecho, donde Cristiana desmigaba con perversidad una hogaza de pan.

–En ese caso, debemos marcharnos –habló mi hermana recomponiendo su ropa y tendiendo hacia el hombre su mano de alabastro.

Cristiana iba de  luto . No obstante, era tal la osadía con la  que lucía aquella negrura que, de inmediato, la sensualidad se había adueñado de todos y cada uno de los pliegues de su vestido . Digno de ver eran los encajes que rodeaban su cintura, tan fina que podría abarcarla con mi mano. Y el escote en forma de uve que ponía de manifiesto unos senos llenos, de mujer avocada al infortunio. Hubiera querido perderme entre los volantes polvorientos de su falda, enredarlos entre mis dedos y tirar de ellos hasta que no quedara de Cristiana más que su alma sucia. Porque si de algo estaba seguro era de que mi hermana había llegado a este mundo con el pecado tatuado en su piel No había más que mirarla, respirar su aliento de serpiente, para darse cuenta de que estabas perdido.           Como castigo a mis horribles pensamientos mordí mi labio inferior hasta notar la sangre entre mis dientes .También los ojos de nuestro padre habían retenido en sus pupilas la feminidad de mi hermana. Lo supe siempre, desde que Cristiana cumplió los doce años, el mismo día en que su infancia se redondeó como una manzana exquisita y andaba por la casa con la soberbia del que acaba de inventarse a la vida. Las mujeres hermosas carecen de lazos de sangre, por eso no me une a mi hermana más que la casualidad, el hecho detestable de haber asomado la cabeza entre los muslos de una misma madre. No pude evitar que la imagen de aquella niña feucha me embargara, tan sólo un instante, y Natacha ya estaba allí, muy dentro, golpeando mis sienes. La hija bastarda de Nicolás tendría ahora quince años. Mientras Cristiana caminaba colgada del brazo del extranjero contoneando las caderas como si fuera una pescatera en día de mercado, yo mastiqué el recuerdo de la otra.

–¿A qué esperas, hermanito? –me espetó poniendo un pie en la barcaza.

–Permítame –dijo Edgar M haciendo alarde de unos modales irritantes.

Juntos atravesamos el estanque. Ya no nos separaríamos hasta el día siguiente. Una lluvia torrencial e imprevista nos obligó a dar cobijo al intruso.. Quitándole importancia a su presencia, entregué  aquel sombrero tan  llamativo  a Brígida, la criada.

–Toma, guárdalo donde yo no lo vea –le ordené dirigiéndome a la chimenea.

El fuego crepitaba con timidez. Me acerqué a los leños y arrojé uno, el más grueso. Inocencio tenía razón, como no comprásemos más leña al llegar el invierno íbamos a quedarnos tan tiesos como un gorrión muerto.

Al sepelio de Nicolás no acudieron más que un puñado de conocidos. Vladimiro y Rosita ocuparon la primera fila. Mi abuela lanzó tres monedas cuando el féretro tocó fondo.

–¡Qué le vamos a hacer, son cosas de la vida! –se lamentó mecánicamente Vladimiro.

El testamento se abrió una semana más tarde. Hacía calor y mi madre sudaba. Me fijé en que sus manos retorcían un pañuelo cuyas iniciales bordadas en una de las esquinas se correspondían con las letras E. M.

–¿Crees que nuestro padre se habrá acordado de nosotros? –preguntó Cristiana pegándose al Intruso con descaro.

–Claro.

–No lo has dicho con mucho convencimiento.

–Señora, mi presencia aquí está de más –comenzó a decir Edgar M. avanzando hacia mi madre para depositar sobre su mano un beso empalagoso.

–          Amigo mío, usted hace tiempo que es parte de nuestra familia– habló Petronila –

El intruso sonrió con arrobo. Por un momento me propuse aceptar su sinceridad.

El acto fue sencillo, sin grandes preludios, ni peroratas grandilocuentes tal y como lo hubiera querido mi padre, que siempre se había caracterizado por su simpleza. Las instrucciones dadas al notario fueron explícitas, la totalidad de su fortuna pasaba a manos de sus hijos; Cristiana y yo figurábamos así como principales herederos. Todo transcurría con la perfección esperada de no ser por la aparición de una pequeña y fastidiosa cláusula; Natacha debía venir a vivir a nuestra casa quedando bajo la tutela de mi madre, que se convertía de inmediato en su tutora. Cristiana palideció. Sus mejillas se convirtieron en dos gladiolos.

–No puede ser cierto –murmuró.

–Absolutamente.

– Pero si ni siquiera la conocemos. Es una bastarda.

–Es el último deseo de su padre.

–¡Ja! El último deseo de mi padre hubiera sido arrancarme el vestido en el pajar –exclamó poseída por la furia. Después abandonó el saloncito como una exhalación, dejando suspendido en el aire un perfume de ponzoña.

Mi madre secó el sudor de su frente con el pañuelo. Las iniciales arañaron su piel, y retorciéndose en la silla derramó un poco de té sobre la taza del notario.

A un palmo de su cabeza pendía la imagen de Cristo crucificado.

–¿Azúcar o miel? –le preguntó en tono conciliador.

–Una cucharadita de miel por favor –pidió el notario con los ojos chispeantes.

Aquella noche nadie pudo conciliar el sueño. La casa se convirtió en un cementerio por el que vagaban nuestras almas muertas. Natacha lo había invadido todo, podía leerse en las paredes su nombre, sentirse su presencia a nuestras espaldas, su respiración entrecortada alrededor de las nucas , amenazadora y cruel, como  navaja en la madrugada .. Al pie de la chimenea,  conté tres leños, cuatro más descansaban sobre un trapo ajado. Era de Inocencio, el mismo con el que cubrió el rostro de Celina al hallarla en el bosque bañada en sangre. Ahora mi criado lo utilizaba para transportar la leña a su espalda, lo aferra con fuerza, igual que si fuera el pescuezo del asesino de su hija, y luego muy despacio se seca el sudor de las manos limpiándose de todos sus pecados, hasta que las palmas cobran  un color encarnado. Apreté la chaqueta contra mi cuerpo y aspiré el humo del cigarrillo. A pesar de que llevaba dos minutos consumido todavía flotaba en el aire su esencia, la nada teñida de blanco.

Brígida abrió la puerta del saloncito, asomó primero su nariz de botón, tan pequeña que se confundió en la penumbra. Al poco, las velas iluminaron su rostro hombruno. Producía espanto enfrentarse a sus facciones, dibujadas con trazo firme sobre una faz morena, casi negruzca. Tenía Brígida unos pómulos sobresalientes, una tentación para los pellizcos; en contraste con sus ojos, hundidos prematuramente en unas cuencas chiquitas. Sus labios finos y en forma de corazón se estiraron en una sonrisa ladina. Aún conociendo su significado, dejé que la criada hablara.

–¿Desea algo el señor? –e hizo que la toquilla se deslizara sobre sus hombros desnudos.

No contesté.

–El pobre señor Nicolás era un santo –murmuró gatuna acercándose a mí.

Me tragué su embuste, la gente como ella se deshace en alabanzas hacia los que un día fueron verdugos. Brígida tenía dos cicatrices en su cuerpo de sirvienta, la más profunda en el pecho, cerca del pezón izquierdo donde mi padre hincó sus dientes una noche, en presencia de Inocencio que sostenía impertérrito la botella de coñac carísimo que había atontado su voluntad. Brígida contaba entonces  con quince años de edad, la misma que mi hermana Cristiana.

–No era tan malo como se empeñan en pintarlo –continuó–. No señor.

Se movía sinuosa, dibujando en el aire círculos gloriosos en los que quedaban encerradas sus caderas, tan rotundas como pilastras. A la altura de la clavícula, lucía Brígida la marca de unas tenazas candentes que el bueno de Nicolás se había encargado de propinar a la criada cuando frente a la chimenea, un día osó resistirse a su avidez.

–Pero es lo que yo digo, Dios lo acoja en su gloria y allí paz y aquí guerra. Porque la vida no es más que eso, un sálvese quien pueda.

Sin darme cuenta se encontraba ya en la alacena. Introdujo una mano en su escote y sacó del fondo de su camisón la llave maestra. Mi madre se la entregó la misma noche en que Nicolás yacía inerte en su ataúd de roble.

–No quiero más alcohol en esta casa –le dijo con la repulsión de las de su clase.

Ahora yo me hacía llamar Señor Lorenzo y bebía a solas resguardado por el manto de la noche, sin más compañía que la de mis pensamientos, tan turbios como sus ojos.

–Y no se preocupe el señor, que las cosas se arreglarán, que una bastarda aunque haya cumplido los quince años y tenga los pechos firmes y jugosos no deja de ser una bastarda. ¡Ja! –y se palmeó el muslo con fuerza–. Me río yo de los derechos de sangre. Por la mía debe correr la de un marqués y cien pelagatos, vaya usted a saber quién fue mi padre, si me pusiera a reclamar sería capaz de pedir cuentas  hasta en  el mismísimo palacio Real.

Dicho lo cual me tendió una copa de coñac. El más regio de los que se amontonaban en el interior de la alacena.

–Acércate –le dije.

Olía Brígida a lilas. El perfume que usaba Cristiana. Yo mismo le pedí que robara del tocador de mi hermana unas gotas de su esencia más íntima.

–El señor es igualito a su padre –habló abrazándose a mi cuello–. Los dos se empeñan en imposibles, porque usted perdonará, pero en asuntos de amores más le valdría dirigir sus intenciones hacia un blanco más limpio–

En un santiamén crucé su cara.

–Esto para que sepas que soy de los que no perdonan.

Sus ojos se empequeñecieron al instante, después echando la cabeza hacia detrás dejó escapar un gritito, como si al fin hubiera conseguido su propósito.

–Sí, señor –aceptó mordisqueando mi oreja–. Lo que el señor diga.

Dos días después recibimos a Natacha. En el saloncito mi madre aguardaba muy seria, con las manos entrelazadas sobre su regazo y la mirada perdida en el fuego. Inocencio había traído aquella misma mañana más sacos de los que podía abarcar su espalda. Él mismo se encargó de alimentar la chimenea, con paciencia, hasta que el calor lo arrojó a un lado. Junto a mí se hallaba el notario, absorto en el té, al que daba pequeños sorbos con indiferencia. Más  allá y en compañía del intruso, Cristiana agitaba mimosa los volantes de su falta. No alzó el rostro hasta que Natacha irrumpió en la estancia. Estaba tan encarnada que daba miedo mirarla.

–Señora, acaba de llegar una mujer que dice llamarse Poncia –echó un vistazo rápido a su alrededor y acto seguido continuó hablando–. Viene con una niña alta como un ciprés y tan flaca que bajo la camisa se le adivinan todos los huesos.

El intruso carraspeó incómodo, mi madre se irguió en la mecedora iniciando una balanceo chirriante, igual que si estuviera machacando sobre las baldosas los malos pensamientos. En cuanto a Cristiana, acercó mi hermana su mano de alabastro a la chimenea, tanto, que temí que iba incendiarse. De inmediato llegué a su altura y tomando su mano entre las mías deposité sobre su palma ardiendo un beso de consuelo.

–Suéltame, imbécil –respondió ella regresando su atención al extranjero.

–Permítame –dijo Edgar M tendiéndole un pañuelo con sus iniciales bordadas.

MI hermana se limpió al punto, como si en vez de la huella de mis labios recorriera su piel una tarántula.

–Hazlas pasar, Brígida –ordenó Petronila.

A través de los cristales pude ver a Inocencio. Conversaba mi criado con la tal Poncia, aquella mujer menuda que caminaba de forma marcial, una generala de cuento chino que llegaba a tomar posesión de su plaza. Pegué mi frente al cristal. Fuera comenzaba a llover, gotas gruesas que se clavaron como alfileres sobre la chaqueta roída de Inocencio. No tardó el infeliz en cruzar el jardín sorteando con torpeza los matorrales, que zancada sí y zancada también ,se enredaban en torno a sus botas, eternamente sucias.

La Poncia entró en el saloncito con la dignidad de una reina, sin soltar la mano de Natacha. La niña, que ya empezaba a ser mujer,  encajó la cabeza entre sus hombros. Era, en efecto, un saco de huesos. Imaginé que la Poncia desatendía con frecuencia las necesidades de su hija. Las de su especie sólo piensan en sí mismas, en acicalarse al caer la tarde y correr en busca de un idiota que remiende sus vidas perras. Así debió suceder con Nicolás. Mi padre buscó en la Poncia la bajeza que no halló en mi madre. Ese abismo agridulce donde gustan perderse los hombres que creen tenerlo todo. Nicolás mendigaba en los suburbios el amor  mientras que en su propia casa nos castigaba con el despego.

En el saloncito Natacha enredaba sus huesos bajo la falda,

–Ea, aquí estamos –dijo la Poncia con total tranquilidad.

Mi madre le ofreció en silencio una taza de té que la generala aceptó de buen grado. Se había propuesto hacer gala de unos modales que ella consideraba exquisitos, así que tras tomar la taza con una calma insoportable y sin dejar de sostenerla con el meñique y el pulgar, se acomodó en la mecedora vacía.. En el trayecto hacia la boca  derramó sobre su falda un poco del líquido .

–Pues sí que estamos bien. Vaya por dios y me cisco en los ángeles –murmuró presa de la cólera–. Es que acabo de estrenarla ¿sabe usted? –le confesó a mi madre–. Esta falda es el último grito en París, pero si le soy clara a mi me parece que lo único que me va a traer es dolor de tarro. Los franceses siempre han sido muy suyos para esto de las prendas.

Brígida permanecía en pie, sin mover un sólo músculo.

–Eh tú, muchacha, tráeme un trapo que esté limpio, date prisa o te escaldo. El servicio también es muy suyo, parece venido directamente desde la misma Francia ¿no cree usted? –preguntó a Petronila en tono confidencial.

Mi madre no contestó. Se limitó a servir más té en su taza, después, dirigió sus ojos de hielo al notario.

–Vite, vite –volvió a decir la Poncia en un francés de catálogo.

Abandoné mi posición de estatua y me ofrecí a socorrer a la visita. Natacha lanzó un estornudo al tiempo que Cristiana emitía un bostezo. Mi hermana a menudo fingía aburrirse en los momentos más dramáticos. Edgar M le susurró una nadería al oído, entonces sus labios se abrieron a una risa jugosa.. Ni una sola vez se había dignado Cristiana a mirar a la quinceañera raquítica.

–Brígida, haz el favor –le pedí a la criada tocando levemente su hombro.

El hogar comenzaba a languidecer, arrojé dos leños más y revolví las brasas. Desde las baldosas observé los pies chiquitos de Natacha encerrados en unos zapatos de cuero marrón de un estilo algo pasado de moda y con una hebilla dorada que atravesaba su empeine. Daba la sensación de que pertenecían a una extraña, a una muchacha invisible que habitaba a escondidas sus entrañas. Estaban éstos lustrados en demasía, como si todas las intenciones de la Poncia se hallaran en su superficie, tan pulida como espejo de madrastra.

Regresó Brígida con un trapo y se lo  entregó  a la generala con asco

–Ahí va –dijo arrugando el ceño.

Su negrura completaba de alguna manera la rojez permanente de la Poncia.

–Ya no hay criadas como antes, ¿no le parece? –volvió a hablar restregando la mancha de té.

–Señora… –comenzó a decir el notario con voz de flauta interrumpiéndose al instante.

–Poncia a secas, los apellidos siempre me han resultado empalagosos –hizo una pausa y se arregló apresuradamente el cabello, un intento estudiado de endulzar su bravura–;  Menos cuando se trata de una hija, claro está, en ese caso ni un millón de apellidos le bastan a una. Pero de momento me conformo con uno, con el de mi Nico.

Presta cual rayo puso en marcha una aflicción pasajera, gemidos apenas audibles que hacían temblar su barbilla puntiaguda y agolpaba en sus ojos lágrimas que no acababan de desbordarse.

Mi madre se tensó. La mecedora arrancó en un balanceo temerario, suicida de no ser porque permanecía en el sitio y no podía estrellarse sino contra la sinvergüenzura de la Poncia.

Aproveché la ocasión para fotografiar su estampa, desde el pelo rojizo a las mejillas rubicundas, deteniéndome con curiosidad en sus ojos grandiosos, luego poco a poco fui analizando su desamparo, la papada al frente y  la nariz un poco desviada a la derecha. Era la Poncia mofletuda y hermosa, dos caracoles engominados pendían con descaro de sus patillas, en lo alto, un moño hinchado coronaba su cabeza Seguidamente me dejé atrapar por el rojo intenso de sus labios, y sin querer mordí los míos, castigándome por mi debilidad. Descendí al cabo hasta sus dedos gruesos salpicados de anillos baratos, piezas horripilantes que despedían débiles destellos. En la muñeca izquierda lucía una cadena de oro con dos cruces colgando que se estremecían al compás de su pena. Suspiraba la Poncia con sentimiento, elevando unos pechos grandes y caídos que acababa recogiendo sobre los brazos.

–Espero que a la señora no le moleste el trato familiar al fin y al cabo Nicolás nos pertenecía un poquito a las dos –sentenció malévola.

Mi hermana arrojó la taza a la chimenea.

–Se acabó,  señora. Póngale un precio a la bastardía y lárguese de una vez.

El notario dio unos pasos hacia ninguna parte. Mi madre le tendió el testamento de Nicolás. Tras un silencio atronador, el de la voz de flauta se decidió a dejar las cosas claras.

–Cláusula número cinco: “En fecha de hoy a tantos de mil novecientos y pocos y en plena sobriedad es mi deseo que… mi hija Natacha, concebida en el concubinato tenga derecho a una parte sustanciosa de mi patrimonio con la condición de que viva bajo el mismo techo familiar y acepte la tutoría de Petronila, mi santa esposa…” –leyó con parsimonia, Don Aureliano, el notario.

Sobre la mesa derramó mi madre unas gotas de té. Ya no humeaba la tetera como antes y la vajilla nobiliaria había perdido su categoría para vestirse ahora de vulgaridad en manos de la Poncia.

–¿Y no hay ninguna cláusula que me mente? –preguntó la generala echando el tronco hacia delante.

–Me temo que no. El señor Nicolás se refiere exclusivamente a su hija Natacha.

La niña que comenzaba a ser mujer ahogó un suspiro. Su camisa se hinchó por algo parecido a la dicha. Me di cuenta entonces de que  Natacha aceptaba  su destino sin rechistar. Al fondo, Cristiana, se refugió en la cortesía dañina del intruso, y así, extendiendo sus manos hacia el fuego, dejó que las llamas devoraran los anteriores capítulos de su vida. Cuando alzó el rostro, sus ojos se toparon un instante con los de Natacha. No sabría decir cuál de los dos era más perversamente azul.

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