El vuelo de Alicia

Artificial Theatre (obra de Ubé)

EL VUELO DE ALICIA

1

No ha podido negarse a acompañarlo. El viaje estaba previsto desde hacía meses.

–Venga, Alicia, no seas aguafiestas, hemos quedado toda la pandilla – le dijo Pablo.

Era otoño y llovía tras los cristales.

En la habitación 105, Alicia deshace la maleta.

Han sido los primeros en llegar al hotel. El resto del grupo ha sufrido un atasco en la autovía. Marta la ha llamado al móvil para advertirle sobre lo sucedido.

–Estamos en mitad de la  nada, con el termómetro en picado y la paciencia  al límite. Creo que lo que ha ocurrido es que uno de esos camiones gigantes se ha estrellado contra la mediana. Así que tenemos para rato, guapa. Ni te cuento cómo está Roberto, ladra a cada rato como un pekinés. Ya lo conoces, odia los contratiempos.

La pandilla está compuesta por dos parejas más: Marta, Roberto, Lourdes y Salva.

A Lourdes apenas la conoce, no hace mucho que comparte cama con su amigo.  Tiene veinticuatro  años, estudia farmacia y adora la comida italiana. Sonríe poco porque lleva aparato corrector en los dientes  y con frecuencia muestra la arrogancia de su edad.

Los hombres la adoran; sin embargo, Marta aprovecha cualquier oportunidad para humillarla. En realidad son celos. Cuando una mujer rebasa los cuarenta y debe compartir protagonismo con una jovencita las buenas intenciones se emponzoñan.

–Podría ser su hija, a Salva tendría que darle vergüenza, ¿es que no se da cuenta de que está haciendo el ridículo?

Alicia no contesta. A ella Lourdes le da pena. Sabe que no durarán mucho, que no es más  que un capricho pasajero, que a Salva lo que de verdad le gusta es cazar y exhibir su trofeo, pero después de llevárselo a la boca tiende a cambiarlo por otro.

Es adicto  al ego. El sexo no es más que una puesta en escena barroca de cara a la galería.

Ha traído demasiada ropa de abrigo. Hace calor en el hotel a pesar de que fuera la mañana se ha presentado moscovita.

La culpa de que se encuentren  en aquel lugar perdido en los  mapas la tiene Marta.

–Hay que explorar mundo. No siempre vamos a saltar de costa a costa alguna vez habrá que adentrarse en el interior. Os he preparado unas vacaciones románticas. Iremos a visitar la laguna de Gallocanta.

–¿Y dónde coño está eso?- preguntó Salva pellizcando el trasero de su novia- .

–Entre Zaragoza y Teruel.

–A mi Teruel me suena a drama siciliano, a jamón y a  frío que pela… Prefiero una escapada al mar, ya sabes lo que dice el refranero, “más vale malo conocido…”

Pablo siempre le replica a Marta. Entre ellos existe una relación tensa, como si no acabaran de digerirse.

–Si por ti fuera, no saldríamos del bar “Missisipi”. Y te recuerdo que hay vida más allá de los barriles de cerveza y los paseos de Santurce a Bilbao.”

Pablo ha abandonado la habitación con la excusa de salir a fumar. Antes de marcharse, ha besado sus labios. Los besos de Pablo saben a mentira y a caramelos para la tos.

2

La ducha del hotel es acristalada, un espejo impúdico que funde desnudez con naturaleza.

Marta no ha parado de hablar sobre ello durante la comida. Se ha soltado la melena y luce retoques nuevos en el rostro, botox en la frente, pómulos y labios. Al sonreír, dispara  una alegría petrificada, como si fuese la cariátide de un templo clásico. No hay comentarios al respecto.

–Al atardecer iremos a ver a las grullas. Es todo un espectáculo, ¿hay algo más excitante que contemplar el vuelo de las aves? –pregunta doblando la servilleta sobre el regazo.

Alicia no tiene muy buena relación con los pájaros. Cuando estuvo en la isla de Tabarca fue atacada por las gaviotas. Las grullas son unas criaturas extrañas, con sus crestas y su plumaje insolente, las ha visto bailar a ras del agua danzas de amor y miedo.

Roberto intenta besar a Marta,  pero Marta esquiva su boca ancha, impregnada ahora de  restos de crema de espinacas. Al otro lado de la mesa, Lourdes disimula un bostezo mientras que Salva rellena las copas de vino. Antes de reclamar atención, carraspea.  Se ha vestido de negro absoluto y lleva el pelo engominado, igual que un agente secreto  holliwodiense.

–Un momento, por favor. He de deciros algo muy importante.

Lourdes se pone rígida en la silla, luego empuja el plato a un lado y cruza los brazos sobre el pecho. Lleva una gorra de lana blanca que le otorga un halo misterioso. Es hermosa a su pesar.

–Déjame adivinar- interrumpe Roberto- ¿vas a volver a divorciarte?

Ríen todos menos Alicia, que fija la mirada en un recién llegado, un chico alto y con aspecto de deportista, que dos mesas más allá la saludó alzando una ceja. Marta se percata del gesto y le da un codazo bajo el mantel.

–Muy gracioso pero no. Esta vez lo que quiero anunciaros es todo lo contrario, Lourdes y yo nos vamos a casar.

De las manos de Marta resbala la copa. El vino mancha sus pantalones de montaña y, murmurando una disculpa, abandona la reunión. El resto aplaude. En un momento los novios oficiales se ven rodeados de brazos y bocas ávidas.

3

Las grullas hieren pedazos de cielo. Sobrevuelan sus cabezas en bandadas, cuando la tarde comienza a languidecer y el frío pellizca bajo los anoracks.

Marta se mantiene alejada del grupo. Fuma sentada en el suelo. La noticia de la boda de Salva la ha sumido en el desconcierto. Ella pensaba que Lourdes sería una más, carne desechable, alguien a quien  poder sustituir sin arrepentimiento.

–Menudo cabrón, casarse a su edad. ¿Por qué los tíos cuando envejecen no pueden conformarse con echar un polvo sin santificarlo? ¿No se supone que adoran la libertad ¿ ¿A qué viene volver a atarse?

El romanticismo de las vacaciones, acaba de esfumarse.

Alicia no contesta. Se arrodilla a su lado y mira a las grullas volar. No hace  falta ser muy lista para darse cuenta de que Marta y Salva tienen  un lío.

De regreso al hotel, la pandilla se dispersa. Los hombres deciden celebrar la buena nueva tomando unas copas en el bar, mientras que ellas no terminan de ponerse  de acuerdo.

–Me apetece descansar  un poco antes de cenar- Lourdes es  la primera en hablar.

–Pues yo me iría con los chicos, pero me temo que no sería bien recibida. Voy a acercarme a Berrueco caminando. Necesito que me dé el aire, ¿vienes? – le pregunta a Alicia.

–No, gracias. Tengo que mandar unos correos. Me he traído el portátil.

–Desde luego, lo tuyo no tiene nombre, siempre trabajando. Cualquier día te nombran ministra… Nos vemos, guapa.

Alicia es profesora de literatura Se ha llevado algunos exámenes para corregir entre horas. También el pendrive con su nueva novela. Ya tiene tres libros publicados, ninguno con la suficiente repercusión como hacerse un hueco en el mundillo, pero sabe esperar, ha aprendido con los años a cultivar la paciencia.

Se sienta frente al ordenador y teclea su clave. Tras los cristales el paisaje parece  dormido. De pronto vibra un móvil sobre la mesilla, se levanta y lo coge. No es suyo, Pablo ha debido olvidarlo con las prisas. El mensaje es de una tal Clara.

Deja el  móvil en la mesilla y regresa al trabajo.

Un minuto más tarde, sale de la  habitación dando un portazo.

4

La sospecha acaba de convertirse en puñal. Ya no se aman como antes, el deseo se ha podrido entre las sábanas, como una de esas flores del desierto que ahogan su belleza bajo  la tierra estéril.

En la segunda planta del hotel hay un salón acogedor y una biblioteca. Alicia ha pedido un vino blanco y bebe sumida en el silencio.

Recuerda el mensaje de Clara:

“Mi amor, te echo mucho de menos, ¿cuánto regresas, gordito? Ya no puedo más”.

Pablo pesa 98 kilos de desconfianza. Ya casi nunca utilizan palabras cariñosas. Se reclaman con imperativos o directamente, se ignoran. Permanecen uno al lado del otro por mero trámite. Temen asistir al derrumbe de sus sueños, a ese futuro que tejieron juntos, mano a mano, aquella tarde de abril en un año que ya no recuerdan.

La pandilla hace tiempo que está muerta. Marta se empeña en retener su juventud a golpe de talón e inyecciones de botox.

Vive romances, fuma cigarrillos mentolados y se tiñe la melena de rubio, como si fuese una extraña de sí misma. El paso de los años la obsesiona. Nunca estuvo enamorada de Roberto, pero se complementan. Han diseñado códigos que los convierten en irreductibles, pequeños secretos que han acabado por sellar sus soledades para  siempre. Mentiras que mudan de nombre y lugar.

Alicia bebe mientras el orgullo le mordisquea el alma. Todos estos años junto a Pablo han sido idénticos, estelas grises que no han dejado más huella que la de la indiferencia. A menudo imagina la vida sin él y no encuentra espacio en su corazón ni para el  dolor ni para el duelo. Hace tiempo que Alicia no viaja a través de los espejos.

Debería desnudarse y volar, abrir las piernas para que entrara en ella la vida, cambiar el olor de Pablo por un olor nuevo, otro rostro, otra geografía, esa voz que a escondidas te nombra.

–Hola, ¿te molesta si me siento a tu lado?- escucha a su espalda.

–El joven del comedor ha cambiado su atuendo deportivo por unos tejanos gastados y una camisa blanca.

–Por supuesto que no- responde Alicia.

La copa tiembla un instante en  su mano.

–Me llamo Ismael, y aunque te parezca  una locura, no puedo dejar de pensar  en ti.

5

Bajo la ducha, limpia su cuerpo de los besos de Ismael. Brillan a lo lejos luces solas. Ismael tiene un tacto suave y no pesa, ignora en cuántos kilos podría tasarse su osadía.

Los hombres jóvenes deberían estar prohibidos. Follan con alevosía, con el convencimiento de estar regalando un recuerdo imborrable.

De estar al corriente de su aventura, Marta no modificaría su discurso:

–Podría ser tu hijo, tendría que darte vergüenza, Alicia. ¿Es que no te das  cuenta de que estás haciendo el ridículo?

Su amiga prefiere revolcarse con señores maduros de pelo cano y visa efervescente. La juventud le da alergia, prefiere ser ella la deseada, ella la imperecedera, ella la madrastra de todos  los cuentos.

Se enjabona el sexo dos veces, después canturrea una canción de moda que Pablo y ella venían escuchando en la radio.

Las decisiones importantes deben tomarse al instante, piensa.

Tras el tabique escucha gemidos. Su habitación está pegada a la habitación de Marta. Se envuelve en la toalla y se acerca despacio a la puerta. A través de la mirilla ve los hombres llegar. Roberto se detiene un momento para  soltar una carcajada, mientras que Pablo rebusca en sus bolsillos con cierta inquietud. No hay rastro de Salva.

Más gemidos, Roberto que se dispone a abrir la puerta de la  habitación 106. El vacío, un acantilado irlandés por el que asoma el terror  de  Alicia.

–Ehh, chicos, os invito a otra ronda, joder, no os vayáis tan pronto, la cena puede esperar. Aquí no hay nada que hacer excepto  emborracharse o follar.

Grita un hombre salido de la nada.

Antes de abandonar la habitación 105, Alicia manda un  mensaje al móvil de Pablo.

“Mi amor, te echo mucho de menos, ¿cuándo regresas, gordito? Ya no puedo más”.

Ha cambiado el nombre de Clara por el suyo.

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