Máquina (microrrelato)

MÁQUINA

En la consulta del doctor Z se hacían rayos al gusto.

Los pacientes podían pedir que se adivinara el color de sus huesos, el parentesco más  cercano entre una tibia y un esternón o bien si había alguna probabilidad de morir desintegrado en su propio cuerpo por falta de sensatez ósea.

Un día el doctor Z decidió cerrar la consulta porque halló en el interior de la computadora un hueso capitalista y voraz que pronto sometió con falsas promesas al resto del aparato adivinatorio, entre ellos a una bruja en prácticas que el doctor Z adquirió de oferta en uno de sus viajes.

La crisis no tardó en llegar, a pesar del fallido intento del doctor Z por insuflar a su máquina un hálito financiero comprando en bolsa un coro de bailarinas a peso y tres pitias tabaquizadas de Delfos.

La consulta pertenece ahora a un doctor en paro llamado Nadie.

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