La serpiente no fue (relato)

Liz Taylor y Richard Burton

(relato perteneciente a la antología de relatos: “Revisiones, Obsesiones y Otros Tributos”, Comuniter Editorial, Colección Voces de Margot, 2012)

LA SERPIENTE NO FUE

Roma, 1961

Fuera de estas paredes, arde Roma. En los estudios Cinecittá cientos de jóvenes bailarinas acaban de declararse en huelga. Son jóvenes, guapas y exuberantes y han decidido detener el rodaje hasta que los extras italianos cejen en su acoso. Algunas fuman sentadas en la acera, con la mirad perdida y los labios pintados de rojo; otras hacen cola en los baños, sin desprenderse de los collares y las plumas, con el exotismo dormido en sus pies de muchacha sin nombre.

Hace calor y sudan.

También suda Cleopatra sobre la colcha mientras Richard Burton lame su sexo en un apartamento custodiado por paparazzis y curiosos.

Ayer recibió una visita inesperada. Sybil Williams se presentó en los estudios y sin mediar palabra le arañó el rostro.

Los celos van sumando costes de producción.

Ni siquiera Mankiewicz pudo calmar su ira.

Gime y se retuerce, lejos de pelucas e inciensos. Su amor es demencial. En momentos como ese quiere comérselo, llevarse a la boca toda su arrogancia irlandesa.

Horas antes estaban borrachos.

Beben, follan y discuten en el interior de un apartamento en Roma que huele a rosas muertas.

“El amor es una mierda, ya lo dijo Shakespeare, aunque puede que no lo dijera con esas palabras. Tanto en la literatura como en el cine sobran los dramas”, sentencia Liz estirándose hacia el otro lado.

Es posible que no conozca a Cleopatra a pesar de haber leído todo sobre ella. Sabe que era hermosa, que poseía una ambición desmesurada y que murió por la picadura de una serpiente. A menudo confunde realidad y ficción. Escucha una música imaginaria cuando Marco Antonio la estrecha entre sus brazos, mientras un chico tartamudo llamado Paul golpea la claqueta.

Hace unos meses estuvo a punto de morir, tuvieron que practicarle en Londres una traqueotomía, y aunque se han afanado en disimularla, hay planos en que el rastro de aquella cicatriz trepa por su garganta.

Cleopatra ahora es sinónimo de Liz Taylor, Liz Taylor es sinónimo de capricho, y capricho tiene nombre de Richard.

“La pasión pesa tanto como los Imperios”, piensa. No está segura de nada excepto de que al día siguiente ha de filmar su muerte.

Ensaya posturas en la cama, ese rictus impertinente que deben de tener las reinas al abandonar el mundo. Richard la mira y se ríe, bebe y se ríe, eructa y deja que Marco Antonio la haga suya por la fuerza.

—Quita, bruto —se queja ella—. A veces tienes la sensibilidad de un hipopótamo
—¿Y quién te ha dicho a ti que los hipopótamos seamos insensibles? Me gusta cuando te haces la ofendida.

Liz le abofetea, como siempre. Luego se aman, como siempre.

Se morirá con todo el esplendor que merece su rango de diva del celuloide y de señora de las dos orillas del Nilo. Lucirá para la ocasión el traje con el que hizo su entrada en Roma.

“La belleza es importante incluso en el fin”, susurra una voz que no es la suya.

Está sentada en su rulotte, frente al espejo. Acaban de rodar la huida del áspid. Ha visto a Lucas introducirla en el cesto de mimbre con un palo. Lucas es un domador de reptiles o puede que un loco que se juega la vida. En uno de los descansos le ha enseñado todas sus picaduras, la de una serpiente cascabel y dos alacranes; aún así le quita importancia, se encoge de hombros y dibuja una mueca con los labios.

—¡Faltan dos minutos! —le grita un tipo.

Liz echa un último vistazo a su maquillaje, después abandona la rulotte con la ayuda de su asistenta, que momentos antes, reía al lado de la cesta de mimbre, mientras Lucas hacía estallar en su boca bolas de chicle.

Sobre un sarcófago de cartón—piedra, se tumba. Le cuesta respirar bajo el yugo de las joyas. Sabe que Richard la contempla desde el fondo. A buen seguro permanecerá con su faldita de flecos.

—Baby, más a la derecha —le pide Mankiewicz.
(Baby es cariño a veces)

Antes que la cámara retrate su muerte, llegan las bailarinas acompañadas de moscones y cigarrillos. Aprovechando el desconcierto algunos operarios se entregan a la rapiña. En los estudios de al lado se está rodando la versión italiana de Salomé o puede que sea la Reina de Saba. Hace tiempo que los trabajadores locales juegan sucio.

—Baby, joder, relájate —repite el director.
(A ratos el cariño se esfuma)

Una de las bailarinas se separa del grupo. Ni siquiera es guapa, tampoco tiene una figura envidiable. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo y al sonreír descubre una dentadura desordenada. Huele a colonia barata y a ron con coca—cola.

—La serpiente no fue —afirma deteniéndose ante Liz con los brazos en jarras—. Estoy harta de tener que desmentirlo. Shakespeare es el culpable, él y su romanticismo de folletín. Mira que se lo dije: “Darling, no insistas, ni serpientes ni hostias. Yo la palmé a causa de un cóctel de drogas, ya sabes; un poco de opio, cicuta y acónito”. Es infalible. ¿Cómo coño crees que se forja una leyenda, muriéndote con la boca torcida? La belleza es importante incluso en el fin.

Revisiones, Obsesiones y otros relatos (2012)

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